PARTE 2: LA MENTIRA QUE NOS SEPARÓ.

La pregunta de Gideon quedó suspendida entre nosotros.

—Elara, ¿desde cuándo sabes que mi hijo existe?

Miré la carpeta caída en el suelo.

Luego a Rowan.

Después a él.

Ya no podía seguir escondiéndome.

—Desde antes de volver a verte frente al Registro Civil.

Gideon retrocedió como si acabara de golpearlo.

—Entonces lo sabías.

—Sabía que existía una posibilidad.

—No juegues con las palabras.

Su voz seguía baja, pero sus manos temblaban.

—¿Rowan es mi hijo?

Tragué saliva.

—Sí.

Gideon cerró los ojos.

Durante unos segundos no dijo nada.

Cuando volvió a abrirlos, estaban húmedos.

—Me viste sostenerlo durante nueve meses.

No pude responder.

—Me viste levantarme cada madrugada. Me viste llevarlo al médico. Me viste aprender a cambiar pañales porque tenía miedo de lastimarlo.

—Gideon…

—Y durante todo ese tiempo sabías que podía ser mío.

—Tenía miedo.

Él soltó una risa amarga.

—¿Miedo de qué? ¿De decirme que tenía un hijo?

Entonces algo dentro de mí se rompió.

—¡De que volvieras a abandonarme!

Rowan se movió dentro de la cuna.

Ambos bajamos inmediatamente la voz.

Me limpié las lágrimas.

—Siete meses antes de encontrarnos frente al Registro Civil me dijiste que nuestra relación había terminado. No quisiste hablar. No quisiste escucharme. Simplemente desapareciste.

Gideon endureció la mandíbula.

—Eso no justifica ocultarme un hijo.

—Descubrí que estaba embarazada tres semanas después.

—¿Y por qué no me llamaste?

Lo miré fijamente.

—Lo hice.

Su expresión cambió.

—No.

—Te llamé once veces.

—Nunca recibí esas llamadas.

—Te envié mensajes.

—Nunca los vi.

—Fui a tu apartamento.

Gideon quedó inmóvil.

—¿Qué?

—La mujer que abrió la puerta dijo que ya no vivías allí. Después me dijo que estabas comprometido.

El color desapareció de su rostro.

—¿Qué mujer?

—No lo sé. Tendría unos cincuenta años. Cabello oscuro. Me dijo que era familia tuya.

Gideon parecía haber dejado de respirar.

—¿Te dijo su nombre?

Negué.

—Solo dijo que dejara de buscarte porque estabas comenzando una nueva vida.

Gideon caminó hasta la ventana.

Por primera vez comprendí que algo no encajaba.

—Gideon.

No respondió.

—¿Quién era?

Cuando finalmente se volvió, había algo diferente en su mirada.

—Mi madre.

Sentí un escalofrío.

—¿Tu madre?

Él asintió lentamente.

—Vendí aquel apartamento dos meses después de nuestra ruptura. Durante ese tiempo, ella tenía una copia de las llaves.

—Entonces…

—Nunca estuve comprometido.

El silencio me golpeó.

—Pero frente al Registro Civil dijiste que una mujer iba a casarse contigo.

—Una amiga.

Fruncí el ceño.

—¿Pretendías casarte con una amiga?

—Era un acuerdo.

Su expresión se volvió amarga.

—Su familia necesitaba resolver un asunto migratorio y yo… necesitaba que mi madre dejara de intentar organizar mi vida.

Me quedé mirándolo.

Todo aquello parecía absurdo.

Pero todavía faltaba la pregunta más importante.

—Entonces, ¿por qué me dejaste?

Gideon apretó los labios.

—Porque me dijeron que era estéril.

Parpadeé.

—Eso ya lo sé.

—No. No sabes cuándo.

Se acercó.

—Recibí el diagnóstico dos días antes de terminar contigo.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Gideon continuó.

—Tú querías hijos. Hablabas de ellos constantemente. Elegías nombres. Guardabas fotografías de habitaciones infantiles.

—¿Y decidiste por mí?

—Decidí que no iba a condenarte a una vida que no querías.

—¡Yo te quería a ti!

—Lo sé ahora.

Las lágrimas finalmente cayeron por su rostro.

—En aquel momento pensé que terminarías odiándome.

Me cubrí la boca.

Habíamos perdido casi un año por miedo.

Por orgullo.

Por decisiones tomadas en nombre del otro.

Pero había algo que seguía sin tener sentido.

Miré a Rowan.

—Si realmente eras estéril…

Gideon también miró al bebé.

—Eso es exactamente lo que quiero saber.

Dos días después acepté la prueba.

No porque necesitara saber quién era el padre.

Yo lo sabía.

Gideon había sido el único hombre con quien había estado.

Acepté porque él necesitaba una respuesta que pudiera tocar, leer y verificar.

El resultado llegó cuatro días después.

Probabilidad de paternidad: 99,99 %.

Gideon leyó aquella línea sentado en nuestra cocina.

Después la volvió a leer.

Y otra vez.

Finalmente dejó el documento sobre la mesa.

—Es mío.

—Sí.

Se cubrió el rostro con ambas manos.

Pensé que estaba llorando.

Entonces comenzó a reír.

Era una risa extraña, quebrada, mezclada con lágrimas.

Fue hasta la habitación de Rowan.

Lo levantó con cuidado.

El bebé abrió los ojos.

—Hola, pequeño inquilino.

Rowan agarró uno de sus dedos.

Gideon sonrió entre lágrimas.

—Parece que tendrás que empezar a pagar alquiler. Resulta que eres familia.

Yo también reí.

Pero la felicidad duró poco.

Porque Gideon decidió investigar su antiguo diagnóstico.

Pidió los informes originales.

Visitó otro especialista.

Repitió los análisis.

Y una semana después regresó a casa con el rostro completamente blanco.

—Elara.

Dejé lo que estaba haciendo.

—¿Qué ocurrió?

Puso dos informes sobre la mesa.

—Nunca fui estéril.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Cómo?

—Mi fertilidad es inferior al promedio, pero nunca fue cero.

Señaló el informe antiguo.

—El diagnóstico que recibí hace casi dos años no coincide con mis resultados originales de laboratorio.

—¿Estás diciendo que hubo un error?

—Eso pensé.

Sacó otro documento.

—Hasta que llamé a la clínica.

Me senté lentamente.

—¿Qué descubriste?

Gideon me miró.

—Alguien pidió modificar el informe antes de que me lo entregaran.

Sentí frío.

—¿Quién?

No respondió inmediatamente.

No necesitaba hacerlo.

Ambos estábamos pensando en la misma persona.

Su madre.

Tres días después, Gideon la invitó a casa.

No le explicó por qué.

Cuando llegó, sonrió al verme.

Pero aquella sonrisa murió en cuanto vio a Rowan sentado sobre las piernas de Gideon.

—Madre —dijo él—. Quiero hacerte una pregunta.

Ella dejó lentamente el bolso.

Gideon colocó delante de ella la prueba de paternidad.

Después añadió el diagnóstico manipulado.

—Rowan es mi hijo. Y alguien falsificó el informe que me hizo abandonar a Elara.

Su madre no pareció sorprendida.

Eso fue lo peor.

Simplemente miró los documentos.

Luego me miró a mí.

Y finalmente suspiró.

—Supongo que tarde o temprano ibas a descubrirlo.

Gideon se levantó.

—¿Fuiste tú?

Ella permaneció en silencio.

—¡Respóndeme!

—Sí.

La palabra atravesó la habitación.

Gideon quedó completamente inmóvil.

Yo abracé a Rowan contra mi pecho.

—¿Por qué? —preguntó él.

Su madre levantó la barbilla.

—Porque ella nunca fue adecuada para ti.

Gideon soltó una risa incrédula.

—¿Destruiste nuestra relación por eso?

—Intenté proteger tu futuro.

—Me quitaste casi un año con mi hijo.

Ella palideció.

Gideon abrió la puerta.

—Vete.

—Gideon…

—Y no vuelvas hasta que yo decida si todavía quiero llamarte madre.

Ella se marchó sin despedirse.

Esa noche encontramos el acuerdo matrimonial que habíamos firmado un año atrás.

La cláusula final decía que, después del nacimiento, revisaríamos nuestro matrimonio.

Gideon tomó el documento.

Lo rompió por la mitad.

Después volvió a romperlo.

—¿Qué haces?

Me miró.

—Corregir otra mala decisión.

—¿Y nuestro matrimonio?

Se acercó, pero se detuvo frente a mí.

No intentó tocarme.

Seguía esperando que yo eligiera.

—Esta vez no quiero un matrimonio basado en miedo, secretos ni contratos.

Miré hacia Rowan, dormido en su cuna.

Después volví a mirarlo.

—Entonces tendremos que empezar desde cero.

Gideon sonrió.

—Puedo hacerlo.

—Será despacio.

—Despacio.

—Y tendrás que volver a conquistarme.

—Eso puede llevar años.

—Probablemente.

Gideon miró a Rowan.

—Tengo ayuda.

Como si hubiera entendido, nuestro hijo abrió los ojos y balbuceó:

—Papá.

Gideon cerró los ojos, derrotado.

Yo empecé a reír.

Un año atrás me había casado con mi ex porque creía que estaba embarazada del hijo de un hombre que jamás podría ser padre.

Ahora conocíamos la verdad.

Nunca había existido otro hombre.

Nunca había existido un hijo ajeno.

Solo dos personas que todavía se amaban, un bebé con las mismas cejas de su padre y una mentira que casi consiguió separarnos para siempre.

Gideon tomó mi mano.

Esta vez no la retiré.

Y Rowan, desde su cuna, volvió a decir la única palabra capaz de cerrar definitivamente aquella historia.

—Papá.

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