El avión aterrizó en Shanghái dos horas después.
La jefa de cabina todavía sonreía.
Para ella, aquella mañana había sido una victoria.
Había complacido a un heredero poderoso, humillado a una pasajera común y, además, tenía varios videos que pensaba publicar para burlarse de mí.
Lo que no sabía era que la familia Zhou ya había recibido la devolución de los tres millones de yuanes.
El mayordomo miró la notificación bancaria tres veces.
Luego vio las cuatro palabras que había escrito.
“Busquen a otra persona.”
Su rostro cambió.
—¿Qué significa esto?
En aquel momento, Ethan Zhou fue bajado del avión en silla de ruedas.
Era joven, pero la enfermedad había consumido su cuerpo. Su rostro estaba pálido y cada respiración parecía exigirle un esfuerzo enorme.
El mayordomo corrió hacia él.
—Joven amo, ocurrió un problema con la doctora.
Ethan abrió lentamente los ojos.
—¿Qué problema?
—No llegó.
—¿Por qué?
El mayordomo recordó mis últimas palabras.
“Pregúntenle a la jefa de cabina del vuelo en el que viaja su joven amo.”
Giró inmediatamente.
La tripulación acababa de salir.
—¡Deténganse!
La jefa de cabina se volvió sorprendida.
Al reconocer al mayordomo de los Zhou, sonrió y se acercó.
—Señor, espero que el joven amo haya tenido un vuelo agradable.
—¿Expulsaron a una pasajera antes del despegue?
La sonrisa se congeló.
—Fue por sobreventa. El señor Zhou necesitaba regresar urgentemente, así que seleccionamos a una pasajera económica para…
—¿Cómo se llamaba?
Ella dudó.
—No recuerdo.
El mayordomo levantó la voz.
—¡REVISA EL REGISTRO!
Una empleada abrió rápidamente el sistema.
Segundos después respondió:
—Elena Morgan.
El teléfono casi cayó de las manos del mayordomo.
Ethan abrió los ojos por completo.
—Repítelo.
—Elena Morgan.
El silencio se volvió absoluto.
La jefa de cabina parpadeó.
—¿La conocen?
El mayordomo la miró como si acabara de escuchar la pregunta más absurda de su vida.
—Elena Morgan es la Cirujana Fantasma.
La mujer dejó de respirar.
—No…
—¡ES LA MÉDICA QUE VENÍAMOS INTENTANDO CONTRATAR DESDE HACE TRES MESES!
El rostro de la jefa de cabina perdió todo el color.
Ethan apretó el reposabrazos.
—¿Qué le hicieron?
Nadie respondió.
—Pregunté qué le hicieron.
La empleada de tierra comenzó a temblar.
—La… bajaron del avión.
—¿Voluntariamente?
Silencio.
El mayordomo comprendió la respuesta.
Entonces recordó otra cosa.
—Ella mencionó una medicina.
Ethan levantó la mirada.
—¿Qué medicina?
El mayordomo llamó inmediatamente al aeropuerto de origen.
La respuesta llegó pocos minutos después.
Y fue todavía peor.
Había videos.
Muchos.
Pasajeros habían grabado cómo seguridad me arrastraba.
Cómo la jefa de cabina pateaba mi maleta.
Cómo un frasco caía al suelo.
Y cómo ella lo aplastaba.
El médico personal de Ethan vio el video.
Su expresión se volvió mortalmente seria.
—Amplíen la imagen.
Congelaron el momento en que el frasco estaba sobre el piso.
El médico reconoció la etiqueta.
—Dios mío.
—¿Qué ocurre? —preguntó Ethan.
El hombre tragó saliva.
—Ese compuesto era la preparación especial que la doctora Morgan desarrolló para estabilizar su recuperación después de la cirugía.
—¿Pueden fabricar otra dosis?
El médico negó.
—No en unos días.
—¿Una semana?
Volvió a negar.
—Probablemente meses.
Ethan cerró los ojos.
No tenía meses.
Tal vez ni siquiera tenía semanas.
La jefa de cabina retrocedió.
—Fue un accidente.
El mayordomo giró hacia ella.
—¿Un accidente?
—Ella estaba causando problemas.
—¡USTED DESTRUYÓ LA MEDICINA QUE PODÍA SALVARLE LA VIDA!
Las piernas de la mujer comenzaron a temblar.
Horas antes me había dicho que ni diez vidas mías podían compensar un retraso de Ethan Zhou.
Ahora comprendía la ironía.
La vida que acababa de poner en peligro era precisamente la de Ethan Zhou.
Mientras tanto, yo había regresado a casa.
Me preparé una taza de té.
Apagué el teléfono profesional.
Y dormí.
Cuando desperté, tenía decenas de llamadas desde números desconocidos.
No respondí.
A las seis de la tarde llamaron al timbre.
Miré la cámara.
Había seis vehículos negros frente al edificio.
El mayordomo de los Zhou esperaba en la puerta.
Y detrás de él estaba la misma jefa de cabina.
Ya no llevaba aquella sonrisa arrogante.
Tenía los ojos hinchados.
Abrí la puerta.
El mayordomo inclinó inmediatamente la cabeza.
—Doctora Morgan, cometimos un error.
—Ustedes no.
Miré a la mujer.
—Ella.
La jefa de cabina comenzó a llorar.
—Doctora, yo no sabía quién era usted.
Aquella frase consiguió hacerme sonreír.
—Ese es exactamente el problema.
Se quedó confundida.
—Si hubiera sabido que era una cirujana famosa, ¿me habría tratado mejor?
No respondió.
—Entonces no está arrepentida de lo que hizo.
Di un paso hacia ella.

—Está arrepentida de habérselo hecho a alguien que podía tener consecuencias para usted.
Bajó la cabeza.
El mayordomo intervino.
—Doctora, discutiremos las responsabilidades después. El joven amo está empeorando.
—Busquen otro cirujano.
—No existe otro.
—Entonces deberían haber pensado mejor antes de amenazarme por teléfono.
Su rostro se puso rojo.
—Yo también me disculpo.
—Acepto su disculpa.
Sus ojos se iluminaron.
—Entonces…
—Aceptar una disculpa no significa aceptar una operación.
Cerré la puerta.
Pero antes de que terminara de hacerlo, escuché una tos profunda detrás de ellos.
Levanté la vista.
Un séptimo vehículo acababa de llegar.
La puerta trasera se abrió.
Ethan Zhou bajó lentamente.
No llevaba silla de ruedas.
Había insistido en caminar.
Cada paso parecía doloroso.
El mayordomo corrió hacia él.
—¡Joven amo!
Ethan lo apartó.
Caminó hasta quedar frente a mí.
Su rostro estaba casi blanco.
—Doctora Morgan.
—Señor Zhou.
Me sorprendió que no intentara utilizar su apellido.
No me amenazó.
No ofreció dinero.
Simplemente inclinó la cabeza.
—Lo que hicieron fue imperdonable. Y entiendo perfectamente si decide no salvarme.
Todos quedaron inmóviles.
Ethan levantó nuevamente el rostro.
—Pero antes de morir, quiero corregir lo que pueda.
Sacó una memoria USB del bolsillo.
—Aquí están las grabaciones internas del aeropuerto, las órdenes que utilizaron mi nombre para expulsarla y los nombres de todos los responsables.
La jefa de cabina palideció.
—Señor Zhou…
—Cállese.
Luego Ethan me entregó la memoria.
—No voy a pedirle que olvide lo ocurrido.
Su respiración comenzó a hacerse irregular.
—Solo quiero pedirle una oportunidad para…
No terminó.
Su cuerpo se desplomó frente a mi puerta.
El mayordomo gritó.
Los guardaespaldas corrieron.
El médico personal se arrodilló y buscó su pulso.
Después levantó la cabeza hacia mí con auténtico terror.
—¡Doctora Morgan!
Yo permanecí inmóvil.
Había jurado que Ethan Zhou ya no era mi problema.
Pero el médico pronunció entonces las palabras que cambiaron todo.
—Si no lo opera esta noche, no llegará vivo al amanecer.
Miré al hombre inconsciente frente a mis pies.
Luego miré la memoria USB que todavía sostenía en mi mano.
Y comprendí que, después de todo lo ocurrido, la decisión sobre la vida del heredero más poderoso de Shanghái acababa de quedar exactamente donde nadie esperaba.
En mis manos.