PARTE 2: NUNCA FUI TU SUSTITUTA.

Lucas no dijo nada.

La mujer frente a nosotros sonreía con una seguridad que solo tienen quienes están convencidos de seguir ocupando un lugar en la vida de alguien.

Yo la observé con atención.

Sí.

Nuestros ojos se parecían.

Pero eso era todo.

—¿No vas a presentarnos? —preguntó ella.

Lucas reaccionó finalmente.

—Elena, ella es Victoria Hayes.

Después me miró.

—Victoria, mi esposa, Elena.

Mi esposa.

Victoria arqueó una ceja.

—Vaya. Así que realmente te casaste.

—Sí.

—Pensé que tu madre estaba exagerando.

Entonces comprendí cómo sabía de mí.

Lucas frunció el ceño.

—¿Hablaste con mi madre?

—Me llamó cuando supo que regresaba.

Victoria sonrió y volvió a mirarme.

—Espero que mi comentario anterior no te haya molestado. Lucas siempre fue muy sentimental.

—Victoria.

La voz de Lucas se endureció.

Ella levantó las manos.

—Está bien. No diré nada.

Yo debería haber sentido celos.

Sin embargo, lo único que sentía era cansancio.

Nuestro matrimonio había comenzado con una verdad bastante clara.

Lucas amaba a otra persona.

Yo quería formar una familia.

No tenía derecho a reclamar algo que nunca me habían prometido.

—Voy a casa —dije.

Lucas se giró inmediatamente.

—Voy contigo.

Victoria perdió la sonrisa.

—Lucas, acabo de regresar después de tres años.

Él la miró.

—Bienvenida.

Y tomó las llaves del automóvil.

Victoria se quedó inmóvil.

Yo también.

Durante el trayecto, ninguno habló.

Cuando llegamos al apartamento, fui directamente al dormitorio.

Lucas me siguió.

—Elena.

—No necesitas explicarme nada.

—Sí necesito.

Me giré.

—Lucas, nuestro acuerdo era sencillo. No tienes que sentirte culpable porque haya regresado.

Su expresión se volvió extraña.

—¿Crees que quiero estar con ella?

—Me dijiste que la amabas.

—Dije que la había amado.

Aquella diferencia me hizo guardar silencio.

Lucas se sentó al borde de la cama.

—Cuando Victoria se marchó, pensé que nunca podría querer a nadie de esa manera.

Bajó la mirada.

—Después te conocí.

Mi corazón dio un golpe incómodo.

—Y te casaste conmigo porque me parecía a ella.

—Eso creía.

La respuesta me dolió más de lo esperado.

Lucas levantó los ojos.

—Pero llevamos casados poco tiempo y ya sé que estaba equivocado.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti.

Se levantó.

—Victoria nunca toma sopa porque dice que engorda. Tú puedes beber dos platos y después preguntar si queda más.

Parpadeé.

—Eso no suena romántico.

—No intento ser romántico.

Por primera vez sonrió.

—Victoria odia levantarse temprano. Tú despiertas antes que la alarma y después te quedas diez minutos negociando contigo misma para levantarte.

Sentí calor en las mejillas.

—¿Me observas dormir?

—Duermo a treinta centímetros de ti.

Se acercó un poco.

—Tus ojos pueden parecerse a los suyos, Elena.

Su voz bajó.

—Pero hace tiempo que dejé de verla cuando te miro.

Aquella noche no hablamos más del tema.

Sin embargo, Victoria sí tenía planes.

Tres días después apareció en Arcadia Games.

Llevaba café para Lucas.

Después comenzó a escribirle.

Luego llamó a su madre.

La señora Bennett me telefoneó aquella misma noche.

—Victoria y Lucas crecieron juntos. Siempre pensé que terminarían casándose.

Comprendí inmediatamente el mensaje oculto.

—Pero no ocurrió.

Hubo silencio.

—Elena, eres una mujer razonable.

Sonreí.

Siempre desconfiaba cuando alguien empezaba una petición llamándome razonable.

—Lucas se casó demasiado rápido.

—Eso tendrá que hablarlo con Lucas.

—No quiero que salgas lastimada.

—Entonces estamos de acuerdo.

Colgué.

Cuando Lucas llegó, le conté la conversación.

Su expresión se oscureció.

Sacó inmediatamente el teléfono.

—¿Qué haces?

—Llamar a mi madre.

—No hace falta.

Lucas me miró.

—Sí hace falta.

Marcó delante de mí.

—Mamá, Elena es mi esposa. No vuelvas a llamarla para hablarle de Victoria.

Escuchó unos segundos.

—No me importa lo que imaginaste cuando éramos niños.

Otra pausa.

—Si quieres respetarme, empieza respetando a la mujer con la que elegí casarme.

Colgó.

Me quedé mirándolo.

En mi primer matrimonio había suplicado durante años que Sebastián pronunciara una frase parecida frente a su madre.

Nunca lo hizo.

Lucas acababa de hacerlo sin que yo se lo pidiera.

Entonces entendí por qué aquel matrimonio extraño empezaba a asustarme.

Porque estaba comenzando a importarme.

Un mes después descubrí que estaba embarazada.

Me quedé sentada en el baño observando las dos líneas.

Eso era exactamente lo que había querido.

Un hijo.

Nada más.

Sin embargo, cuando Lucas vio la prueba, se quedó completamente inmóvil.

—¿Estás bien? —pregunté.

Me abrazó.

Fue un abrazo torpe, cuidadoso, como si temiera romperme.

—Estoy feliz.

Y entonces comprendí que yo también.

Victoria se enteró poco después.

Me pidió verme.

Acepté.

Nos encontramos en una cafetería.

—Lucas me amó durante diez años —dijo directamente.

—Lo sé.

—Si yo hubiera regresado antes, jamás se habría casado contigo.

Revolví mi bebida.

—Tal vez.

Pareció sorprendida.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que haga? ¿Que compita contigo por quién ocupa más espacio en sus recuerdos?

Victoria apretó los labios.

—Eres su sustituta.

Esta vez sonreí.

—Entonces tienes un problema.

—¿Cuál?

Apoyé una mano sobre mi vientre.

—Que Lucas ya sabe perfectamente quién soy.

Me levanté.

Al salir encontré a Lucas esperando junto a su automóvil.

—¿Cómo sabías dónde estaba?

—Victoria me escribió.

Suspiré.

—¿Y?

Lucas me mostró el teléfono.

Había un mensaje de ella.

“Si todavía significo algo para ti, ven solo.”

Debajo estaba su respuesta.

“Significaste mucho para mí. Mi esposa significa mi presente.”

Sentí que algo dentro de mí finalmente se soltaba.

Meses después nació nuestra hija.

Lucas lloró antes que ella.

Yo me reí tanto que la enfermera tuvo que pedirme que respirara despacio.

Victoria dejó de buscarnos.

Sebastián volvió a escribir una vez.

Nunca respondí.

No porque lo odiara.

Simplemente ya no existía ningún lugar para él en mi vida.

Una noche, mientras nuestra hija dormía entre nosotros, le pregunté a Lucas:

—¿Todavía crees que mis ojos se parecen a los de Victoria?

Los observó seriamente.

—Un poco.

Le lancé una almohada.

Lucas la atrapó riéndose.

Después tomó mi mano.

—Pero ahora cuando pienso en esos ojos, pienso en ti.

—Eso estuvo mejor.

—He practicado.

Apoyé la cabeza sobre su hombro.

Me había casado con un desconocido porque había dejado de creer en el amor.

Él se había casado conmigo porque creyó reconocer en mi rostro a una mujer que no pudo tener.

Los dos comenzamos aquel matrimonio buscando algo diferente del otro.

Y, sin embargo, encontramos algo que ninguno había planeado.

No fui la sustituta de Victoria.

Lucas tampoco fue simplemente el hombre que elegí para tener un hijo.

Nos convertimos en familia lentamente.

En desayunos compartidos.

En discusiones tontas.

En noches sin dormir.

En pequeñas decisiones donde, una y otra vez, ambos elegíamos quedarnos.

Miré a nuestra hija dormida.

Después miré a Lucas.

Y finalmente comprendí algo.

Parecerse a alguien puede hacer que una persona se detenga a mirarte.

Pero solo quien aprende a conocerte puede decidir amarte.

Lucas me había mirado por primera vez pensando en otra mujer.

Pero cuando decidió quedarse, ya solo me veía a mí.

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