Me quedé mirando a Ethan sin saber qué responder.
—Ahora dime quién te hizo creer que ya no quiero tocarte.
Los comentarios flotantes reaparecieron de inmediato.
No caigas. Solo está confundido porque Amelia dejó de perseguirlo.
Los hombres evitativos siempre reaccionan cuando sienten que pierden el control.
Bajé los ojos.
—Nadie.
Ethan soltó una risa seca.
—Mientes fatal.
—Solo estoy intentando respetar tus límites.
—¿Mis límites?
—Nunca te ha gustado que te abrace demasiado. Ni que te bese cuando estás trabajando. Ni que duerma encima de ti.
Su expresión cambió.
—¿Quién dijo que no me gusta?
Lo miré incrédula.
—Tú mismo me apartas algunas veces.
—Porque una vez casi tiraste café hirviendo sobre mi computadora intentando besarme.
Me quedé callada.
—Y cuando duermes —continuó—, me das patadas.
—Entonces…
—Entonces compré una cama más grande.
Señaló hacia nuestro dormitorio.
—No otro apartamento.
Los comentarios comenzaron a multiplicarse.
Está manipulándola.
Emma todavía no ha hecho su movimiento.
La trama original no puede equivocarse.
Apreté los dedos.
Ethan siguió mi mirada hacia el espacio vacío.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Estás mirando algo.
Se acercó.
—Desde hace dos días haces eso cada vez que te alejas de mí.
No podía explicárselo.
¿Cómo iba a decirle que unas frases misteriosas me habían informado de que yo era la mujer molesta de su historia?
Así que respondí:
—Necesito tiempo.
Ethan permaneció en silencio.
Después asintió.
—Bien.
Salió del dormitorio.
Los comentarios celebraron inmediatamente.
¿Lo ven? Ni siquiera luchó por ella.
Cuando Emma aparezca, Amelia desaparecerá de su vida.
Aquello dolió.
Pero no corrí detrás de él.
Por primera vez, dejé que la puerta se cerrara.
A la mañana siguiente Ethan ya había salido cuando desperté.
Sobre la mesa había desayuno y una nota.
“No voy a invadir tu espacio. Llámame si me necesitas.”
Sonreí con tristeza.
Quizá aquello era mejor.
Durante los siguientes días dejé de enviarle mensajes constantemente.
No pregunté qué había comido.
No le recordé llevar paraguas.
No mandé fotografías absurdas durante mis descansos.
Tampoco esperé a que regresara para dormir.
Me concentré en mi trabajo.
Almorcé con compañeros.
Acepté una invitación de Julian para asistir con varios colegas a una exposición.
Volví a leer.
Incluso comencé los trámites para adoptar un gato.
Y ocurrió algo extraño.
Cuanto menos perseguía a Ethan, más aparecía Ethan a mi alrededor.
Primero empezó a llamarme durante el almuerzo.
Después apareció frente a mi oficina con café.
Luego comenzó a regresar a casa antes de las siete.
Una noche estaba leyendo en el sofá cuando se sentó a mi lado.
Muy cerca.
Yo me moví discretamente para dejar espacio.
Él volvió a acercarse.
Me aparté otra vez.
Ethan volvió a moverse.
Terminé pegada al brazo del sofá.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Me estás arrinconando.
—Pensé que te gustaba el espacio personal.
Lo miré.
Había una sombra de sonrisa en sus labios.
—Ethan.
—Amelia.
—¿Qué quieres?
Su sonrisa desapareció.
—A mi novia.
El corazón me dio un golpe.
Los comentarios explotaron.
¡No le creas!
Solo está reaccionando porque Julian apareció.

Entonces sonó mi teléfono.
Era Julian.
Ethan miró la pantalla.
—¿Vas a contestar?
—Sí.
Contesté.
Julian quería confirmar la hora de una reunión del día siguiente.
Nada más.
Cuando terminé, Ethan seguía mirándome.
—¿Te gusta?
—¿Julian?
—No conozco a otro hombre que te lleve en motocicleta.
Casi sonreí.
—Pensé que no eras celoso.
—Yo también.
Se levantó.
—Resulta que estaba equivocado.
Aquella noche los comentarios aseguraron que todo cambiaría al día siguiente.
Ethan cenará con Emma.
Y ocurrió.
A las siete recibí una fotografía anónima.
Ethan estaba sentado frente a Emma en un restaurante elegante.
Sentí el viejo impulso de llamarlo.
Preguntar.
Reclamar.
Pero no lo hice.
Apagué el teléfono y continué cenando con Sophie.
Una hora después alguien apareció junto a nuestra mesa.
Ethan.
Detrás de él estaba Emma.
Y junto a Emma había una mujer alta que sostenía su mano.
—Amelia —dijo Ethan—, ella es Emma.
Emma sonrió.
—Finalmente.
Después señaló a su acompañante.
—Y ella es Rachel, mi prometida.
Los comentarios desaparecieron.
No se corrigieron.
No explicaron nada.
Simplemente desaparecieron.
Sentí un escalofrío.
Ethan se sentó frente a mí.
—Ahora vamos a hablar.
Sophie captó la situación inmediatamente y se marchó con Emma y Rachel.
Me quedé sola con él.
—No entiendo —susurré.
—Yo tampoco.
Ethan entrelazó las manos sobre la mesa.
—Pero sé que llevas semanas castigándote por cosas que yo nunca dije.
—No quería molestarte.
—Pues me estás molestando muchísimo.
Parpadeé.
Él continuó:
—Me molesta llegar a casa y que no corras hacia mí.
—Ethan…
—Me molesta despertarme y que no estés ocupando tres cuartas partes de mi almohada.
Sentí que los ojos me ardían.
—Me molesta comprar algo pensando en ti y descubrir que interpretaste que pertenecía a otra mujer.
Su voz bajó.
—Y odio que hayas decidido por mí qué clase de novia necesito.
Aquello me dejó sin palabras.
Ethan extendió la mano sobre la mesa.
No me tocó.
Esperó.
Por primera vez comprendí que quizá respetar límites no significaba desaparecer.
Coloqué lentamente mi mano sobre la suya.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
—¿Entonces nunca quisiste una novia más independiente?
Ethan suspiró.
—Quiero que tengas tu propia vida.
Me miró fijamente.
—Pero quiero formar parte de ella.
Algo dentro de mí finalmente se aflojó.
No volvimos a nuestra antigua relación de inmediato.
Hablamos.
De verdad.
Le pregunté qué muestras de cariño le incomodaban.
Él me preguntó cuáles necesitaba yo.
Descubrí que Ethan no odiaba mis abrazos.
Odiaba que lo sorprendiera cuando sostenía cosas calientes.
No odiaba dormir conmigo.
Solo quería conservar al menos una esquina de la manta.
Y yo descubrí algo todavía más importante.
No necesitaba convertirme en una mujer fría para ser digna de amor.
Podía tener amigos.
Proyectos.
Tiempo sola.
Y seguir siendo cariñosa.
Semanas después adopté un gato gris.
Ethan juró que no dormiría en nuestra cama.
La primera noche desperté y encontré al gato acostado sobre su pecho.
Tomé una fotografía.
—Ni se te ocurra.
—Pensé que no te gustaban los gatos.
—Duérmete, Amelia.
Me reí.
Después dudé antes de acercarme.
Ethan abrió un ojo.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Quieres abrazarme?
Asentí.
Levantó el brazo.
—Ven aquí.
Me acomodé junto a él.
Entonces aparecieron unas últimas palabras frente a mis ojos.
Esto no debería estar pasando.
Las observé durante unos segundos.
Y sonreí.
Por fin comprendía el error.
Quizá yo nunca había sido “la mujer molesta” de la historia.
Quizá alguien simplemente había intentado convencerme de que lo era.
Cerré los ojos y abracé a Ethan.
Las palabras comenzaron a desvanecerse.
Esta vez no necesitaba saber cómo terminaba la historia.
Porque había dejado de vivir según lo que otros decían que debía ocurrir.
Y, curiosamente, cuando dejé de perseguir a Ethan por miedo a perderlo, descubrí que él nunca había querido que desapareciera.
Solo necesitábamos aprender a encontrarnos a mitad de camino.