PARTE 2: LA CICATRIZ QUE LO CAMBIÓ

—Suéltame, Dominic.

Sus dedos permanecieron alrededor de mi muñeca unos segundos.

Luego me soltó.

Aparté con cuidado el cuello de su camisa.

La cicatriz no parecía reciente. Era una línea irregular que descendía desde su clavícula.

Pero eso no fue lo que me preocupó.

Alrededor había pequeñas marcas circulares.

Viejas.

Repetidas.

Y demasiado ordenadas para ser accidentales.

—¿Quién hizo esto?

Dominic se levantó inmediatamente.

—Se acabó.

—No.

—Callie.

—Me compraste como esposa porque querías a alguien sin conexiones que no hiciera preguntas.

Lo miré directamente.

—Elegiste mal.

Por primera vez, casi sonrió.

Pero desapareció enseguida.

—Fue hace mucho tiempo.

—Eso no significa que haya terminado.

Sus ojos se endurecieron.

—Mi padre.

Dos palabras.

Eso fue todo.

Dominic explicó que cuando tenía quince años, su padre comenzó a prepararlo para dirigir la familia Russo.

Para él, miedo significaba debilidad.

Dolor significaba entrenamiento.

Y cualquier emoción debía esconderse.

—Cuando murió —dijo Dominic—, pensé que todo terminaría.

—Pero llevaste su voz contigo.

Me miró.

—Hablas demasiado.

—Y tú bebes demasiado.

Esta vez sí sonrió.

Apenas.

Preparé una infusión suave de las hierbas que conocía bien, pero también aparté los frascos desconocidos.

—Esto no lo tomes hasta que un médico revise exactamente qué contiene y cómo interactúa con tus medicamentos.

Dominic arqueó una ceja.

—¿Ahora quieres llevarme al médico?

—Quiero evitar que mezcles cosas que nadie debería mezclar a ciegas.

—Creí que ibas a curarme con plantas.

—No soy médica.

Aquello pareció sorprenderlo.

—Sé algunas cosas. También sé cuándo algo necesita a alguien que sabe más que yo.

Esa fue la primera noche.

No hubo romance.

No hubo promesas.

Me senté en un sillón mientras Dominic intentaba dormir.

A las cuatro de la mañana finalmente lo consiguió.

Pero a las seis me despertó un golpe.

Dominic estaba de pie frente a la ventana.

Tenía una pistola en la mano.

—¿Qué ocurre?

—Alguien entró en mi oficina.

Me levanté.

—¿Cómo lo sabes?

—El cajón está abierto.

Bajamos.

Dos guardias ya estaban revisando la habitación.

Nada parecía robado.

Entonces vi algo.

Una taza de café sobre el escritorio.

—¿Es tuya?

—No.

Me acerqué.

En el fondo quedaba un residuo oscuro.

Dominic hizo ademán de tocarlo.

—No.

Me miró.

—¿Qué?

—No sé qué es. Precisamente por eso no debes tocarlo.

Llamamos al médico privado de la familia y al jefe de seguridad.

La sustancia fue enviada a analizar.

Horas después llegó la respuesta.

No era veneno.

Era peor por otra razón.

El residuo contenía restos del mismo compuesto sedante presente en uno de los frascos sin etiqueta de la habitación de Dominic.

Alguien dentro de aquella casa sabía exactamente qué estaba tomando.

Dominic convocó a sus hombres.

Yo permanecí en la biblioteca.

Hasta que escuché un nombre.

—Vincent.

Me quedé inmóvil.

Vincent Russo era el tío de Dominic.

El hombre que había administrado parte de la organización desde la muerte de su padre.

También era quien había contratado a la agencia matrimonial que me encontró.

De pronto recordé algo.

Durante nuestras negociaciones, Vincent había hecho preguntas extrañas.

Si tenía familiares.

Si alguien me visitaría.

Si sabía utilizar armas.

Si tenía experiencia médica.

Había respondido que no.

Técnicamente era cierto.

Nunca había estudiado medicina.

Pero él jamás preguntó si sabía reconocer cuándo algo estaba mal.

Entré en la oficina.

—Vincent me eligió.

Dominic se giró.

—¿Qué?

—Tú pediste una esposa sin conexiones.

—Sí.

—Pero Vincent fue quien encontró a las candidatas.

Su rostro cambió.

—Continúa.

—¿Y si no buscaba una esposa inocente para ti?

Sentí frío al pronunciarlo.

—¿Y si buscaba una esposa que no reconociera lo que te estaban haciendo?

Silencio.

Dominic miró lentamente hacia su médico.

—Quiero análisis completos.

Los resultados llegaron esa tarde.

Dominic tenía en el organismo rastros de sustancias que no coincidían con lo que su médico había recetado.

No suficientes para acabar con él de inmediato.

Pero sí para mantenerlo agotado, confundido y cada vez más dependiente de quienes administraban sus asuntos cuando él no podía hacerlo.

Vincent.

Dominic rompió un vaso contra la pared.

—Lo voy a matar.

—No.

Todos me miraron.

Incluso yo me sorprendí de haberlo dicho.

Dominic se acercó.

—¿Perdón?

—Si Vincent lleva meses haciendo esto, matarlo sin pruebas solo hará que sus aliados digan que estás perdiendo el control.

—¿Y qué propones?

—Que siga creyendo que funcionó.

Dominic me estudió.

—¿Quieres que finja estar enfermo?

—Quiero que parezcas peor.

Aquella noche empezó nuestra trampa.

Dominic dejó que Vincent creyera que apenas podía mantenerse despierto.

Canceló reuniones.

Me permitió fingir que estaba aterrorizada por su estado.

Mientras tanto, su médico sustituyó todo lo que tomaba por tratamientos controlados y supervisados.

Tres días después Vincent cometió el error que necesitábamos.

Entró en la habitación de Dominic mientras supuestamente dormíamos.

Yo estaba detrás de la puerta del vestidor.

Dominic fingía estar inconsciente.

Vincent sacó un pequeño frasco.

Vertió algo en el vaso de agua de su sobrino.

—Ya casi termina —murmuró.

Dominic abrió los ojos.

—¿Qué termina?

Vincent se congeló.

Las puertas se abrieron.

El jefe de seguridad entró acompañado por dos hombres.

Vincent miró hacia mí.

Y entendió.

—Tú.

—Sí.

Su expresión se llenó de desprecio.

—Se suponía que eras una pobre ignorante.

—Pobre sí.

Me crucé de brazos.

—Ignorante fue una conclusión tuya.

Dominic se levantó.

—¿Por qué?

Vincent soltó una risa amarga.

—Porque tu padre cometió un error.

—¿Cuál?

—Dejarte todo.

Entonces salió la verdad.

Vincent llevaba años creyendo que el imperio Russo debía haber sido suyo.

Después de la muerte del padre de Dominic, esperó.

No quería provocar una guerra abierta.

Quería que Dominic pareciera incapaz de dirigir.

Debilitado.

Inestable.

Dependiente.

Y cuando finalmente cometiera suficientes errores, Vincent asumiría el control con el apoyo de los demás.

—¿Y mi matrimonio? —preguntó Dominic.

Vincent me miró.

—Necesitabas una esposa sin poder.

Aquello confirmó todo.

—Una mujer rica habría traído abogados, médicos privados, familiares —dije.

Vincent sonrió.

—Tú no tenías a nadie.

Dominic dio un paso hacia él.

—Tiene marido.

Vincent palideció.

Aquella noche terminó el poder de Vincent dentro de la familia.

Pero algo más difícil comenzó después.

Dominic tuvo que aceptar que eliminar al traidor no eliminaba aquello que llevaba dentro.

Las noches sin dormir continuaron.

También los recuerdos.

Y las heridas que su padre había dejado no desaparecieron porque Vincent hubiera sido descubierto.

Una madrugada lo encontré sentado en el suelo de la biblioteca.

—Callie.

—¿Sí?

—Aquella primera noche dijiste que podías ayudarme.

Me senté cerca.

—Dije que podía intentar ayudarte a dormir.

—No hablo de dormir.

Comprendí.

—Eso no puedo arreglarlo yo sola.

Esperaba que se enfadara.

No lo hizo.

—Entonces dime quién puede.

Así comenzó la parte que nadie fuera de aquella casa conoció.

Dominic buscó ayuda profesional.

Continuó con médicos que supervisaban su salud y dejó de automedicarse.

Redujo el alcohol.

Y lentamente empezó a hablar de su padre.

No conmigo únicamente.

Con alguien preparado para ayudarlo a entender por qué veinte años después todavía vivía obedeciendo reglas de un hombre muerto.

Meses después, una noche me encontró en la cocina.

Yo tenía las manos manchadas otra vez.

—¿Qué haces?

—Preparando cosas para el jardín.

Tomó mis manos.

Miró debajo de mis uñas.

—Estas manchas casi destruyeron a mi tío.

Me reí.

—Tus estándares para una esposa eran terribles.

—Eso parece.

—Querías una mujer inocente.

—No.

Me miró de una manera distinta.

—Quería una mujer que no pudiera amenazar mi mundo.

—Y conseguiste…

—Una mujer que descubrió en una noche que mi mundo estaba amenazándome a mí.

Guardamos silencio.

Nuestro matrimonio había empezado como una transacción.

Pero algo había cambiado.

No porque yo lo hubiera salvado.

Eso era importante.

Yo no había curado a Dominic.

Simplemente había visto señales que otros habían ignorado y me había negado a mirar hacia otro lado.

Un año después regresamos a aquella misma capilla.

No para casarnos nuevamente.

Dominic había organizado una pequeña ceremonia privada para renovar nuestros votos.

Esta vez no había abogados.

No había contratos sobre la mesa.

Y cuando el sacerdote terminó, Dominic no permaneció inmóvil.

Me miró.

—La primera vez que estuvimos aquí pensé que había comprado seguridad.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que lo único que compré fue un vestido de veinte dólares.

Sonreí.

—Veintidós.

—Me estafaron.

Me reí.

Entonces tomó mis manos.

Las mismas manos que había estudiado durante nuestra primera ceremonia.

—Todo lo demás tuviste que elegir dármelo.

Esta vez sí hubo un beso.

Y mientras salíamos de la capilla entendí la ironía.

Dominic Russo había pasado meses buscando a una mujer pobre porque creía que pobreza significaba debilidad.

Vincent había aprobado mi elección porque creyó exactamente lo mismo.

Los dos se equivocaron.

La pobreza me había enseñado a observar.

A preguntar.

A desconfiar de soluciones fáciles.

Y, sobre todo, a saber que cuando algo parece pequeño pero se repite una y otra vez, probablemente está contando una historia.

Aquella noche de bodas, Dominic creyó que yo había descubierto una cicatriz.

En realidad, había descubierto una conspiración.

Pero la cicatriz reveló algo todavía más importante.

El hombre más temido de Chicago no necesitaba una esposa que tuviera miedo de él.

Necesitaba personas a su alrededor capaces de decirle la verdad.

Y por primera vez en su vida, Dominic decidió escucharlas.

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