Parte 2: LA VERDADERA DUEÑA

Guardé el teléfono en el bolso.

Después levanté la vista hacia el enorme letrero dorado de Seaside Cove Resort.

Ryan tenía razón en algo.

Era hora de volver a casa.

Solo que aquella familia todavía no sabía exactamente dónde estaba mi casa.

—Señora, puedo pedirle un vehículo —ofreció el guardia.

Negué con la cabeza.

—Gracias. Entraré caminando.

El hombre me observó mejor y su expresión cambió de inmediato.

—¿Señora Bennett?

Sonreí.

—Hola, Marcus.

Se quedó rígido.

—No la reconocí con…

Miró discretamente la mancha de vino.

—No pasa nada.

—¿Quiere que avise al señor Collins?

El señor Collins era el director general del resort.

Miré hacia la entrada, donde la camioneta de los Miller acababa de desaparecer.

—Todavía no.

Marcus entendió que no debía preguntar.

Atravesé los jardines lentamente.

Tres años atrás, después de la muerte de mi madre, descubrí que aquella mujer que Linda describía como una pobre trabajadora había construido en silencio algo que nadie conocía.

Mi madre había invertido durante décadas.

Pequeñas propiedades primero.

Luego terrenos.

Después hoteles.

Cuando enfermó, transfirió gran parte de sus activos a una sociedad fiduciaria de la que yo era beneficiaria.

Seaside Cove era la joya principal.

Nunca se lo había contado a Ryan.

Al principio porque quería asegurarme de que me amaba por mí.

Después porque empecé a sospechar que, si descubría cuánto tenía, nunca sabría si seguía conmigo por amor o por dinero.

Ahora aquella duda parecía ridícula.

Ryan ya me había mostrado exactamente cuánto valía nuestro matrimonio para él.

Al entrar al vestíbulo, vi a los Miller frente a recepción.

Linda estaba furiosa.

—Reservamos la Villa Presidencial Coral —decía—. Revíselo otra vez.

La recepcionista mantenía una sonrisa profesional.

—Sí, señora Miller. Estoy verificándolo.

Ashley suspiró.

—Mamá, dijiste que todo estaba organizado.

—Lo está.

Ryan permanecía unos pasos detrás.

Entonces me vio.

Su expresión se endureció.

Caminó hacia mí.

—Maya, ¿qué haces aquí?

—Entrando.

—Te dije que regresaras.

—Lo sé.

Miró mi vestido.

—¿Vas a hacer una escena?

Aquello casi me hizo reír.

—No.

—Entonces vete.

Antes de que pudiera responder, una voz surgió detrás de nosotros.

—Señora Bennett.

Ryan se volvió.

El director general avanzaba rápidamente por el vestíbulo.

Thomas Collins era un hombre de cincuenta años, impecablemente vestido, que llevaba administrando Seaside Cove desde antes de que yo asumiera la propiedad.

Se detuvo frente a mí.

—No sabíamos que vendría hoy.

Ryan frunció el ceño.

—¿La conoce?

Thomas lo miró brevemente.

—Por supuesto.

Linda también se había acercado.

—¿Maya viene aquí?

Ashley soltó una risita.

—Seguro trabajó aquí antes de casarse.

Thomas volvió lentamente la cabeza hacia ella.

Yo intervine antes de que respondiera.

—Thomas, ¿podemos hablar?

—Naturalmente.

Linda chasqueó la lengua.

—Primero resuelvan nuestra villa. Hemos esperado demasiado.

Thomas miró a la recepcionista.

—¿Qué sucede?

—La reserva Miller solicita la Villa Coral.

Thomas revisó la pantalla.

—Aquí está.

Linda sonrió triunfalmente.

—Por fin alguien competente.

Pero Thomas no respondió.

Continuó leyendo.

—Hay una observación en la cuenta.

Linda perdió la sonrisa.

—¿Qué observación?

Thomas me miró.

Yo no tenía idea.

—La reserva se realizó utilizando una membresía corporativa vinculada a Bennett Hospitality.

Sentí que Ryan se tensaba.

—¿Bennett? —preguntó.

Mi apellido de soltera.

El apellido que nunca había dejado de utilizar legalmente para mis negocios.

Linda me miró.

—Qué coincidencia.

Thomas cerró la carpeta.

—No exactamente.

El silencio empezó a extenderse.

Ryan dio un paso hacia mí.

—Maya, ¿qué está pasando?

Antes de responder, miré a Linda.

Por primera vez desde que la conocía, parecía incómoda.

—Nada complicado —dije—. Solo estoy intentando entender por qué una membresía de mi empresa está pagando sus vacaciones.

La sonrisa de Ashley desapareció.

—¿Tu empresa?

Linda soltó una carcajada forzada.

—Por favor.

Thomas habló con absoluta tranquilidad.

—Bennett Hospitality es propietaria de Seaside Cove Resort.

Nadie dijo nada.

Ryan me miró como si hubiera cambiado de rostro delante de él.

—¿Qué?

—Y la señora Maya Bennett —continuó Thomas— es la accionista mayoritaria.

Ashley dejó la copa sobre el mostrador.

Linda palideció.

Ryan abrió la boca.

—Maya…

Mi teléfono vibró.

Otro mensaje.

Esta vez era de mi abogado.

“Encontramos algo importante. Llámame cuanto antes.”

No lo abrí todavía.

Linda recuperó la voz.

—Esto debe ser algún tipo de malentendido.

—No lo es —respondí.

—¿Eres dueña de este lugar?

—Desde hace tres años.

La expresión de Ryan cambió.

Primero incredulidad.

Después confusión.

Y finalmente algo mucho peor.

Cálculo.

Lo reconocí inmediatamente.

—Cariño —dijo, acercándose—, ¿por qué nunca me lo contaste?

Cariño.

Hacía diez minutos yo era una vergüenza.

Ahora volvía a ser “cariño”.

Retrocedí.

—No me toques.

Linda intervino.

—Maya, todos estamos alterados. Lo de la camioneta fue una broma que se salió de control.

La miré.

—¿Una broma?

—Somos familia.

—Hace media hora dijiste que arruinaba la foto de tu familia.

Ashley cruzó los brazos.

—No tienes que dramatizar.

Thomas me miró.

—¿Desea que cancelemos la reserva?

Linda abrió mucho los ojos.

—¡Ni se te ocurra!

Entonces sonreí.

—No.

Todos parecieron relajarse.

—La reserva puede quedarse.

Ryan exhaló.

—Gracias.

—Pero carguen la tarifa completa.

Thomas asintió.

—Por supuesto.

Linda parpadeó.

—¿Tarifa completa?

—La Villa Coral cuesta doce mil dólares por noche —respondió Thomas.

Ashley casi dejó caer el teléfono.

—¿Doce mil?

—Reservaron siete noches —añadí.

Linda palideció.

—La membresía cubría eso.

—Mi membresía.

Ryan me tomó del brazo.

—Maya, basta.

Bajé la mirada hacia su mano.

La retiró inmediatamente.

—Hablaremos en privado —dijo.

—Sí. Hablaremos.

Mi teléfono volvió a vibrar.

El abogado.

Esta vez contesté.

—Daniel.

—Maya, necesito que estés sola.

Miré a los Miller.

—No puedo.

Hubo un breve silencio.

—Entonces escucha sin reaccionar.

Mi estómago se contrajo.

—Revisamos los documentos que me pediste después de detectar movimientos extraños en Bennett Hospitality.

Miré lentamente a Ryan.

Él estaba hablando con su madre.

—¿Qué encontraste?

—Alguien lleva meses intentando obtener información sobre tus activos.

Sentí frío.

—¿Quién?

—Todavía estamos confirmándolo. Pero encontramos solicitudes de valoración, documentos internos y consultas sobre tu participación en Seaside Cove.

Apreté el teléfono.

—Ryan no sabía que era mío.

Daniel guardó silencio.

Demasiado tiempo.

—Maya… creo que sí lo sabía.

Mi respiración se detuvo.

—¿Desde cuándo?

—No puedo asegurarlo.

Ryan levantó la mirada.

Nuestros ojos se encontraron.

Entonces Daniel pronunció las palabras que convirtieron aquella humillación familiar en algo mucho más peligroso.

—Hay otra cosa. Encontramos un borrador de autorización para transferir parte de tus acciones.

—Yo nunca autoricé ninguna transferencia.

—Lo sé.

—Entonces ¿quién lo hizo?

Daniel respiró profundamente.

—El documento lleva tu firma.

Miré a Ryan.

Y esta vez él ya no estaba sonriendo.

Porque por primera vez aquella tarde comprendí algo aterrador.

Quizá echarme de aquella camioneta nunca había sido el verdadero plan.

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