PARTE 2: TRES DÍAS DESPUÉS, ME CASÉ CON EL HOMBRE CORRECTO.

Adrian me llamó diecisiete veces aquella noche.

No respondí ninguna.

A la mañana siguiente, estaba esperando frente a mi apartamento.

Tenía la camisa arrugada y el cabello desordenado.

—Claire, tenemos que hablar.

—Yo tengo que trabajar.

Intenté pasar, pero se colocó delante de mí.

—¿Quién es?

Lo miré.

—¿Eso es lo único que quieres saber?

—Dijiste que vas a casarte en tres días. ¿Con quién?

—Con alguien que sabe dónde debe sentarse su futura esposa.

Su expresión se endureció.

—¿Esto es por Vanessa?

Solté una risa.

Cinco años de espera y él todavía pensaba que el problema era una silla.

—No, Adrian.

—Entonces explícame.

—El problema eres tú.

Se quedó inmóvil.

—Durante años convertiste nuestra relación en una sala de espera. Siempre había algo más importante antes que yo.

—Estaba construyendo nuestro futuro.

—No. Estabas construyendo el tuyo y esperabas que yo permaneciera disponible hasta que decidieras incluirme.

Adrian apretó la mandíbula.

—Estás exagerando.

Ahí estaba.

La frase que necesitaba escuchar para saber que había tomado la decisión correcta.

—Adiós, Adrian.

—¡Claire!

Entré al ascensor.

Antes de que las puertas se cerraran, añadió:

—¡No puedes casarte con alguien tres días después de terminar una relación de cinco años!

Lo miré por última vez.

No decidí casarme hace tres días. Decidí dejar de esperarte hace meses.

Las puertas se cerraron.

El hombre que me esperaba se llamaba Ethan Hayes.

Lo conocía desde los dieciséis años.

Habíamos estudiado juntos, compartido cumpleaños, funerales, graduaciones y todas esas pequeñas catástrofes que convierten a alguien en parte de tu vida sin que te des cuenta.

Ethan me había confesado sus sentimientos diez años atrás.

Yo elegí a Adrian.

Él nunca volvió a mencionarlo.

Tampoco intentó interferir en nuestra relación.

Simplemente siguió con su vida.

Hasta seis meses atrás.

Aquella noche yo había terminado sentada en su cocina después de que Adrian cancelara nuestra cena de aniversario porque Vanessa necesitaba ayuda con una presentación.

—¿Soy estúpida? —le pregunté.

Ethan dejó una taza de café frente a mí.

—No.

—Entonces ¿por qué sigo esperando?

Su respuesta fue sencilla.

—Porque todavía esperas que algún día te dé lo que tú ya le diste.

No pude olvidar aquellas palabras.

Dos meses después, cuando finalmente le confesé que estaba pensando seriamente en terminar con Adrian, Ethan no sonrió.

No aprovechó la oportunidad.

Solo preguntó:

—¿Quieres dejarlo porque ya no lo amas o porque esperas asustarlo para que cambie?

Aquella pregunta me obligó a ser sincera conmigo misma.

Yo ya no quería que Adrian cambiara.

Solo quería recuperar los años que había dejado estacionados junto a él.

Cuando se lo dije a Ethan semanas después, permaneció callado.

Después sacó una pequeña caja del bolsillo.

No había un enorme diamante.

No hubo música.

Solo un anillo sencillo.

—Claire, no quiero ser tu segunda opción.

—No lo eres.

—Entonces piénsalo bien.

Lo hice.

Y dije que sí.

El segundo día después de la fiesta, Vanessa apareció en mi escritorio.

—¿De verdad vas a casarte?

—Sí.

Su sonrisa parecía nerviosa.

—Adrian dice que solo estás intentando presionarlo.

Seguí escribiendo.

—Entonces dile que no se preocupe.

—¿Por qué?

Levanté la vista.

—Porque después de mañana dejará de ser asunto suyo.

Vanessa se quedó callada.

Luego dijo algo inesperado.

—Entre Adrian y yo no pasó nada.

—No necesito saberlo.

Pareció confundida.

—¿No estás celosa?

—Antes sí.

Cerré la computadora.

—Ahora puedes quedarte con todas las sillas de la mesa principal.

Su rostro se puso rojo.

Al día siguiente me puse una camisa blanca y una falda sencilla.

Nada de vestido enorme.

Nada de flores caras.

Mis padres estaban conmigo.

Lucy también.

Ethan esperaba frente al Registro Civil con un traje oscuro.

Cuando me vio, sonrió.

No parecía un hombre que acababa de ganar una competencia.

Parecía alguien feliz de verme llegar.

Y esa diferencia significaba todo.

—Todavía puedes cambiar de opinión —susurró.

—¿Quieres que lo haga?

—Quiero que estés segura.

Le tomé la mano.

—Lo estoy.

Entonces escuché una voz detrás de nosotros.

—¡Claire!

Me giré.

Adrian corría por las escaleras.

Vanessa estaba varios metros detrás.

Mi corazón dio un golpe.

Pero no por amor.

Por la sorpresa de ver a un hombre que me había hecho esperar durante años correr finalmente detrás de mí.

—No lo hagas —dijo, respirando con dificultad.

Ethan no intervino.

No necesitaba hacerlo.

Adrian se acercó.

—Compré el anillo.

Sacó una caja del bolsillo.

Casi me reí.

—Reservé el hotel que te gustaba. Podemos casarnos este mes.

—Adrian…

—Tenías razón. Esperamos demasiado.

Esperamos.

Incluso ahora hablaba como si ambos hubiéramos tomado aquella decisión.

Negué.

—Yo esperaba. Tú posponías.

Su rostro se quebró.

—Te amo.

Durante cinco años había querido escucharlo acompañado de una decisión.

Ahora llegaba acompañado del miedo a perderme.

—Tal vez sí.

Cerré suavemente la caja que sostenía.

—Pero amar a alguien no sirve de mucho si siempre lo haces sentir reemplazable.

Adrian miró a Ethan.

—¿Y él? ¿Crees que diez años esperando lo convierten automáticamente en mejor hombre?

Ethan finalmente habló.

—No.

Después me miró a mí.

—Por eso la decisión es de Claire.

Sentí que algo dentro de mí se acomodaba.

Nadie decidía por mí.

Nadie me pedía esperar.

Nadie me colocaba en una mesa secundaria.

Tomé la mano de Ethan.

—Vamos.

Adrian no intentó detenerme otra vez.

Veinte minutos después firmé mi nombre.

Ethan firmó junto al mío.

Cuando la funcionaria nos entregó el certificado, él no hizo ningún gran discurso.

Solo apretó mi mano.

—Hola, esposa.

Me reí.

—Hola, esposo.

Tres meses después dejé la empresa.

No porque Adrian estuviera allí.

Recibí una oferta mejor y acepté sin pedir permiso a nadie.

Supe por Lucy que Vanessa había solicitado un traslado poco después.

También supe que Adrian dejó de mencionar mi nombre.

Nunca pregunté más.

Una noche, mientras Ethan preparaba la cena, encontré en un cajón la tarjeta con mi nombre de aquella fiesta.

La había guardado sin darme cuenta.

CLAIRE MORGAN.

Recordé verla boca abajo junto a una bandeja de cubiertos.

Recordé aquella humillación.

Y sonreí.

Porque finalmente comprendí que Vanessa nunca me había quitado mi lugar.

Adrian había sido quien decidió apartarlo.

Dejé la tarjeta en la basura.

Ethan asomó la cabeza desde la cocina.

—¿Todo bien?

Lo miré.

—Perfecto.

Y era verdad.

Durante cinco años esperé que Adrian me hiciera un espacio en su futuro.

Necesité perder una silla para comprender que no debía suplicar por un lugar en la vida de nadie.

Tres días después me casé con otro hombre.

Pero mi verdadera decisión no fue elegir entre Adrian y Ethan.

Fue dejar de elegir a quien siempre me pedía esperar y empezar una vida donde yo también era una prioridad.

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