PARTE 2: EL IMPERIO QUE NUNCA FUE SUYO.

Damian seguía con el teléfono pegado al oído.

—Repítelo.

Su asistente palideció mientras revisaba su propia pantalla.

La respuesta llegó clara desde el altavoz.

Todas las cuentas vinculadas a Pierce Holdings están temporalmente congeladas. También se suspendieron las líneas de crédito y la junta acaba de revocar sus facultades para autorizar movimientos extraordinarios.

Damian colgó.

Me miró.

—¿Qué hiciste?

Guardé mi teléfono lentamente.

—Todavía nada importante.

Vivian soltó una risa nerviosa.

—Damian, seguramente es un error bancario.

Entonces sonó otro teléfono.

Y otro.

El asistente de Damian recibió una llamada, se apartó unos metros y regresó con el rostro completamente blanco.

—Señor Pierce…

—Habla.

—Tres inversionistas cancelaron la reunión de mañana.

—¿Por qué?

El hombre tragó saliva.

—Porque recibieron una notificación del Fondo Whitmore.

Por primera vez, Damian pareció confundido.

—¿Whitmore?

Yo sonreí.

Cinco años atrás había dejado de usar ese apellido.

Elena Whitmore.

Hija única de Alexander Whitmore.

Heredera del grupo financiero que había rescatado a Pierce Holdings cuando la empresa de la familia de Damian estuvo a semanas de declararse insolvente.

Damian conocía el nombre.

Por supuesto que lo conocía.

Lo que nunca había sabido era que ese nombre también me pertenecía.

—No —murmuró.

Lo miré directamente.

—Sí.

Vivian alternó la mirada entre nosotros.

—¿De qué están hablando?

Damian no respondió.

Yo sí.

—Pierce Holdings sobrevivió hace siete años gracias a una inyección de capital de Whitmore Capital.

La expresión de Vivian comenzó a cambiar.

—¿Y qué tiene que ver contigo?

—Todo.

Damian apretó los puños.

—Me dijiste que tu padre había muerto.

—Murió.

—Me dijiste que no habías heredado nada.

—Nunca dije eso.

El silencio cayó sobre el pasillo.

Recordé perfectamente aquella conversación.

Damian me había preguntado si tenía familia.

Le dije que mi padre había muerto y que llevaba años distanciada de sus negocios.

Él decidió interpretar el resto.

Porque para Damian una mujer con un teléfono viejo y una madre enferma solo podía ser pobre.

Nunca preguntó más.

Nunca quiso conocerme realmente.

—¿Por qué ocultaste esto? —preguntó.

—Porque quería saber si te habías casado conmigo o con mi apellido.

Su rostro se endureció.

Aquello también tenía una respuesta.

Y ambos la conocíamos.

Al principio, Damian había sido diferente.

Ambicioso, sí.

Orgulloso.

Pero atento.

Después llegaron los ascensos.

Las revistas.

Los eventos privados.

Vivian.

Y poco a poco comenzó a tratarme como si yo fuera una carga que había tenido suerte de convertirse en señora Pierce.

Qué curioso que ahora descubriera quién había tenido suerte realmente.

Damian dio un paso hacia mí.

—Descongela las cuentas.

—No.

—Elena, estás actuando emocionalmente.

Miré la factura hospitalaria que seguía en el suelo.

Después levanté los ojos.

—Hace cinco minutos ibas a retirar el dinero del tratamiento de mi madre para obligarme a arrodillarme.

Me acerqué.

—No vuelvas a hablarme de emociones.

Vivian intentó intervenir.

—Todo esto empezó por un accidente insignificante.

La miré.

—Tienes razón.

Sus hombros se relajaron.

Entonces continué.

—Por eso puedes disculparte y marcharte.

—¿Disculparme?

Señalé el suelo.

—De rodillas no.

Hice una pausa.

Yo no necesito humillar a otra mujer para sentir que gané.

Vivian enrojeció.

Damian quiso decir algo, pero las puertas del ascensor se abrieron.

Un hombre de cabello gris salió acompañado por dos abogados.

Lo reconocí inmediatamente.

Charles Whitmore había sido el mejor amigo de mi padre.

También había administrado el fideicomiso familiar desde su muerte.

Cuando me vio, su expresión profesional desapareció.

—Señorita Elena.

Se acercó.

—Lamento haber tardado.

Damian miró su reloj.

Habían pasado doce minutos.

Charles observó mi labio lastimado.

Después vio la factura en el suelo.

Su rostro se volvió frío.

—¿Quién hizo eso?

—No importa.

—Para mí sí.

Recogió la factura.

—Los gastos médicos de la señora Whitmore serán cubiertos directamente por el fideicomiso desde este momento.

Sentí que el pecho se me aflojaba.

Mi madre estaba segura.

Eso era lo único que realmente importaba.

Damian pareció comprenderlo también.

Acababa de perder la única cadena con la que todavía podía sujetarme.

—Elena —dijo—, hablemos en privado.

—No tenemos nada privado que hablar.

Charles entregó una carpeta a uno de los abogados.

—En realidad, señor Pierce, sí tenemos varios asuntos pendientes.

Damian frunció el ceño.

El abogado abrió la carpeta.

—Whitmore Capital conserva garantías contractuales sobre una parte significativa de la deuda de Pierce Holdings.

Pasó una página.

—Además, encontramos movimientos financieros que requieren una auditoría inmediata.

Damian palideció.

—¿Qué movimientos?

El abogado enumeró varias empresas.

Al escuchar la tercera, Vivian dejó caer su bolso.

Todos la miramos.

Demasiado tarde.

Charles entrecerró los ojos.

—¿Conoce esa compañía, señorita Cole?

—No.

Respondió demasiado rápido.

Damian giró hacia ella.

—Vivian.

—Te dije que no.

Pero yo había visto su expresión.

Y Charles también.

El abogado sacó otro documento.

—Esa empresa recibió varios pagos por servicios de consultoría durante los últimos dieciocho meses.

Miró a Vivian.

—Y está registrada a nombre de su hermano.

Damian se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Vivian retrocedió.

—Puedo explicarlo.

Solté una risa amarga.

Qué frase tan familiar.

Damian había exigido que yo me arrodillara por unas gotas de agua.

Mientras tanto, la mujer que defendía parecía estar vinculada a transferencias de su propia compañía.

Pero ya no quería quedarme allí.

Mi madre seguía en cuidados intensivos.

Me giré hacia Charles.

—Quiero terminar con esto.

Él entendió inmediatamente.

—Los abogados ya prepararon todo.

Damian me miró.

—¿Prepararon qué?

Charles sacó un sobre.

Se lo entregué personalmente.

—El divorcio.

Por primera vez aquella noche, Damian perdió completamente la compostura.

—No.

—Sí.

—No puedes decidir algo así en una noche.

—No lo decidí esta noche.

Lo miré sin odio.

Eso pareció dolerle más.

—Esta noche solo dejé de posponerlo.

Damian bajó la vista hacia los documentos.

Vivian aprovechó para alejarse.

Pero dos hombres con identificación corporativa acababan de salir del ascensor.

Auditores.

Charles los señaló.

—La investigación empieza ahora.

Vivian se detuvo.

Damian levantó lentamente la cabeza.

Horas después, mientras los fuegos artificiales de Año Nuevo iluminaban las ventanas del hospital, me senté junto a la cama de mi madre.

Su estado finalmente se había estabilizado.

Le tomé la mano.

No sabía cuánto tardaría en despertar.

Pero ya nadie podría utilizar su tratamiento para controlarme.

A medianoche, Charles entró silenciosamente.

—Encontramos algo.

Me entregó una carpeta.

La abrí.

Transferencias.

Facturas falsas.

Empresas fantasma.

Y una autorización que reconocí inmediatamente.

La firma era de Damian.

Pero Charles señaló la fecha.

—Mire esto.

Aquella transferencia había ocurrido meses antes de que Vivian apareciera públicamente en nuestras vidas.

Levanté la mirada.

—¿Qué significa?

Charles permaneció en silencio unos segundos.

Después dejó una fotografía sobre la mesa.

En ella aparecían Damian y Vivian entrando juntos a un hotel.

La fecha estaba impresa en una esquina.

Dos días antes de mi boda.

Sentí que todo mi cuerpo se enfriaba.

Charles colocó entonces un último documento frente a mí.

—Señorita Elena, hay algo más que necesita saber.

Miré la hoja.

Era el informe financiero original de Pierce Holdings del año en que conocí a Damian.

Y allí, junto a una serie de transferencias ocultas, aparecía mi propio nombre.

—No entiendo.

Charles respiró profundamente.

—Damian sabía quién era usted antes de conocerla.

Levanté lentamente la cabeza.

—¿Qué?

Charles cerró la puerta de la habitación.

—Su matrimonio nunca fue una coincidencia, señorita Elena.

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