En aquellos meses en Ginebra aprendí algo que jamás habría aprendido quedándome al lado de Kỳ Lang.
El hambre no mata tan rápido como esperar que alguien te elija.
El experimento ciento cuarenta y tres funcionó.
Después llegó el ciento cuarenta y cuatro.
Y seis meses más tarde, el proyecto que todos consideraban imposible recibió financiación internacional.
Tres años después, mi nombre aparecía en revistas médicas que antes ni siquiera me habrían permitido entrar como asistente.
Por eso la Oficina de Asuntos Exteriores había enviado un vehículo.
No porque yo fuera importante.
Sino porque la tecnología desarrollada por mi equipo estaba negociando un acuerdo con varios hospitales del país.
Pero aquel viaje no era para hablar de negocios.
Había vuelto por mi padre.
Nada más.
Al día siguiente llegué a la funeraria a las nueve en punto.
El director ya nos esperaba.
—Doctora Giang, todos los documentos están preparados.
Asentí.
Estaba revisando los permisos cuando Nguyễn Tiểu Ngư dejó de hablar de repente.
Seguí su mirada.
Kỳ Lang estaba al otro lado del vestíbulo.
Esta vez sí me había encontrado.
Llevaba el mismo abrigo negro del aeropuerto.
Parecía no haber dormido.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante ocho años imaginé aquel momento miles de veces.
Pensaba que, si algún día regresaba convertida en alguien extraordinario, él se arrepentiría.
Que entonces yo podría sonreír con elegancia y hacerle sentir todo lo que me había hecho sentir.
Pero la realidad fue mucho menos dramática.
Solo pensé:
Ha envejecido.
Kỳ Lang caminó hacia mí.
—Giang Đường.
—Señor Kỳ.
Se detuvo.
Aquellas dos palabras parecieron golpearlo.
—No tienes que llamarme así.
—Entonces, Kỳ Lang.
Su expresión tampoco mejoró.
Nguyễn Tiểu Ngư tuvo la inteligencia de alejarse con el director.
Nos quedamos solos.
Kỳ Lang me miró durante varios segundos.
—Ayer fui al aeropuerto.
—Lo vi.
Sus ojos se iluminaron.
—Entonces, ¿por qué no…?
—Porque tenía transporte.
La esperanza desapareció de inmediato.
—Te envié mensajes.
—Cambié de número hace tres años.
—Lo sé.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Entonces?
Sacó el teléfono.
—Seguí enviándolos.
No pude evitar mirarlo.
—¿Durante tres años?
—Sí.
Solté una risa breve.
Qué absurdo.
Durante ocho años, yo había perseguido a un hombre que no quería girarse.
Cuando finalmente dejé de hacerlo, él pasó tres años hablándole a un número que ya no existía.
—Kỳ Lang, estoy ocupada.
Intenté pasar a su lado.
Él preguntó:
—¿Cuánto tiempo te quedarás?
—Cinco días.
—¿Y después?
—Zúrich.
Su rostro se tensó.
—¿Vas a volver?
—Esta es mi ciudad. Naturalmente volveré alguna vez.
—No preguntaba eso.
Lo sabía.
Pero ya no quería responder las preguntas que llegaban con tres años de retraso.
Seguí caminando.
Entonces dijo algo que consiguió detenerme.
—Me divorcié.
Giré lentamente.
Kỳ Lang tenía los ojos clavados en mí.
—Hace dos años.
Sentí una pequeña presión en el pecho.
No dolor.
Solo el eco de algo antiguo.
—Lo siento.
Su rostro se volvió todavía más pálido.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—Giang Đường…
—Tú te casaste con mi hermana.
Pronuncié cada palabra despacio.
—Yo me fui. Tú te divorciaste. Son hechos independientes.
—No lo son.
—Para mí sí.
Me alejé.
Aquella tarde fuimos al nuevo cementerio.
Cuando regresé al hotel, mi hermana estaba esperándome en el vestíbulo.

Giang Ninh.
La mujer con quien Kỳ Lang había caminado hacia el altar.
Tres años atrás habría temblado al verla.
Ahora solo sentí cansancio.
Ella se levantó.
—Hermana.
—No sabía que todavía me llamabas así.
Sus ojos se enrojecieron.
—Necesitamos hablar.
—Tenemos diez minutos.
Nos sentamos.
Giang Ninh apretó el bolso sobre sus rodillas.
—Kỳ Lang nunca me amó.
La miré en silencio.
—Eso deberías hablarlo con él.
—Se casó conmigo porque papá se lo pidió.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
Ella bajó la cabeza.
—Papá sabía que estaba enfermo.
Sentí frío en las manos.
—Continúa.
—Antes de morir, pensaba que tú habías sacrificado demasiado por Kỳ Lang. Quería que te fueras al extranjero, que aceptaras aquella oportunidad en Ginebra.
Sus lágrimas comenzaron a caer.
—Sabía que si Kỳ Lang te correspondía, nunca te marcharías.
Me levanté de golpe.
—No.
—Hermana…
—No intentes convertir aquello en un sacrificio noble.
Mi voz tembló por primera vez.
—Él pudo hablar conmigo.
Giang Ninh lloró.
—Lo sé.
—¡Ocho años!
Varias personas del vestíbulo miraron hacia nosotros.
Bajé la voz.
—Durante ocho años me dijo que éramos imposibles. Después se casó contigo delante de mí.
—La boda nunca debió celebrarse.
Me quedé inmóvil.
Giang Ninh sacó un sobre.
—Papá dejó esto para ti.
Reconocí inmediatamente su letra.
Mis dedos temblaron al tomarlo.
—¿Por qué lo tienes tú?
—Porque fui cobarde.
Cerró los ojos.
—Papá me pidió que te lo entregara después de su funeral. Pero tú te marchaste antes.
—Tuviste tres años.
—Lo sé.
La miré.
Por primera vez comprendí que quizá aquella historia tenía más capas de las que yo conocía.
Pero ninguna podía devolverme los años perdidos.
Guardé la carta.
—Tus diez minutos terminaron.
Aquella noche no pude abrirla.
La dejé sobre la mesa hasta el amanecer.
Al día siguiente trasladamos la tumba de mi padre.
Cuando terminó la ceremonia, permanecí sola frente a la lápida nueva.
—Papá, realmente dejaste un desastre.
Una voz respondió detrás de mí.
—En eso estamos de acuerdo.
Kỳ Lang.
Suspiré.
—¿Ahora también me sigues hasta el cementerio?
—Vine a despedirme de tu padre.
Colocó flores frente a la tumba.
Después sacó algo del bolsillo.
Una pluma estilográfica.
La que me había regalado cuando cumplí dieciocho años.
—La dejaste antes de irte.
—Entonces tírala.
Sus dedos se cerraron alrededor de ella.
—No puedo.
Lo miré.
Sus ojos estaban rojos.
—Giang Đường, aquella mañana de mi boda fui a buscarte.
Mi corazón dio un golpe.
—No mientas.
—Llegué tarde.
—Siempre llegas tarde.
Aquella frase lo dejó inmóvil.
Di media vuelta.
Él me sujetó del brazo, pero me soltó inmediatamente cuando lo miré.
—Dame cinco minutos.
—Te di ocho años.
—Entonces déjame usar cinco minutos para explicarte por qué fui un idiota durante los ocho.
Quise marcharme.
Pero mi teléfono sonó.
Era Nguyễn Tiểu Ngư.
Contesté.
—Hermana, tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
—El vuelo de regreso a Zúrich fue cancelado.
—Busca otro.
Hubo un silencio extraño.
—No es solo eso.
—¿Qué pasa?
—La Oficina de Asuntos Exteriores acaba de llamar.
Su voz cambió completamente.
—El acuerdo médico fue aprobado. Quieren que te quedes aquí para dirigir el nuevo centro de investigación durante los próximos tres años.
Me quedé inmóvil.
Tres años.
Miré a Kỳ Lang.
Él obviamente había escuchado.
Y algo cambió en sus ojos.
Una esperanza peligrosa.
Negué inmediatamente.
—No significa nada.
Pero Kỳ Lang dio un paso hacia mí.
—Para mí sí.
—No empieces.
—Esperé tres años.
—Yo esperé ocho.
Su rostro se quebró.
Y entonces pronunció la frase que jamás pensé escuchar de su boca.
—Por eso esta vez seré yo quien espere, aunque tardes otros ocho en perdonarme.
Lo miré durante unos segundos.
Después saqué del bolso la carta de mi padre.
Todavía seguía cerrada.
Rompí finalmente el sobre.
Leí la primera línea.
Y todo mi cuerpo se congeló.
Porque mi padre no había escrito sobre mi futuro.
Ni sobre Ginebra.
Ni siquiera sobre mi hermana.
Había escrito un nombre.
Kỳ Lang.
Y debajo había una frase.
“Giang Đường, si algún día lees esto, debes saber que fui yo quien le pidió a Kỳ Lang que te rechazara.”
Levanté lentamente la cabeza.
Kỳ Lang había dejado de respirar.
Y por la expresión de su rostro comprendí algo todavía peor.
Él ya sabía exactamente lo que decía el resto de aquella carta.