PARTE 2: NORTHSTAR ERA MÍO

Miré la primera página.

Noah ni siquiera había cambiado el nombre.

—Lo desarrollé yo.

Mi madre no apartó los ojos de mí.

—¿Completo?

—Durante casi dos años.

Diane comenzó a revisar las páginas.

—¿Tienes pruebas?

Saqué mi teléfono.

—Tengo versiones guardadas, correos, archivos con fecha, modelos originales y mensajes de Noah comentando los borradores.

Victoria cerró la carpeta.

—Entonces ahora sí tenemos un problema empresarial.

No había satisfacción en su voz.

Eso me hizo sentir mejor.

Noah no iba a caer porque hubiera dejado a la hija de la presidenta.

Si caía, sería por lo que había hecho.

—¿Por qué tenía una copia? —preguntó mamá.

Bajé la mirada.

—Hace tres meses quería practicar para sus entrevistas. Se lo envié para que entendiera cómo estructuraba una tesis de inversión.

—¿Y después?

—Discutimos. Me preocupó que conservara información demasiado detallada y le pedí que la borrara.

Abrí nuestros mensajes.

Encontré la conversación.

Yo:

“Prométeme que eliminaste Northstar.”

Noah:

“Sí. Ya no existe en mi computadora. Confía en mí.”

Diane leyó la pantalla.

—Envíame todo.

Lo hice.

Mi madre pulsó el intercomunicador.

—Detengan la presentación del comité. Que Noah Bennett permanezca en el edificio. Recursos Humanos, Legal y Cumplimiento en mi sala de juntas dentro de veinte minutos.

Entonces me miró.

—Tú también vienes.


Cuando entramos, Noah ya estaba allí.

Al verme, perdió el color.

—Elena.

No respondí.

Él miró a Victoria.

Después a mí.

Otra vez a Victoria.

Todavía no lo entendía.

—Señora Mercer, puedo explicarlo.

Mi madre se sentó.

—Excelente.

Señaló la silla frente a ella.

—Explique Northstar.

Noah respiró hondo.

—Es una estrategia que desarrollé durante los últimos meses.

Diane deslizó una tableta hacia él.

En pantalla aparecía un archivo.

Fecha de creación:

dieciocho meses antes.

Autor:

Elena Mercer.

Noah se quedó inmóvil.

—Eso…

Diane abrió otro.

Después otro.

Modelos.

Presentaciones.

Análisis.

Correcciones.

Todos anteriores a su contratación.

Finalmente apareció su mensaje:

“Confía en mí.”

Noah dejó de hablar.

Mi madre cruzó las manos.

—¿Quiere modificar su respuesta?

—Elena y yo trabajábamos juntos.

Lo miré por primera vez.

—No.

—Elena…

—Me escuchabas hablar de mi proyecto mientras cenábamos. Te enseñé los modelos. Una vez te dejé revisar una presentación.

—Me ayudaste porque éramos pareja.

—Ayudarte no significa regalarte mi trabajo.

Noah apretó la mandíbula.

—Ni siquiera trabajabas en Mercer.

Ahí comprendí lo que realmente pensaba.

Si yo no tenía un cargo impresionante, entonces mis ideas tampoco valían.

—¿Y eso te convertía en su autor? —preguntó Diane.

Silencio.

Legal pidió revisar su computadora corporativa.

Noah se negó al principio.

Después comprendió que negarse solo empeoraba las cosas.


La revisión encontró más.

Había utilizado fragmentos de mis modelos en la prueba técnica con la que consiguió el puesto.

La presentación que impresionó a sus superiores durante su primera semana también contenía trabajo mío.

Cuatro años ayudándolo a convertirse en el hombre que quería ser.

Y él había confundido mi apoyo con un recurso que le pertenecía.

Recursos Humanos suspendió su acceso mientras terminaba la investigación.

Cuando salimos, Noah corrió detrás de mí.

—Elena.

Seguí caminando.

—¡Espera!

Me tomó del brazo.

Diane se volvió inmediatamente.

—Suéltala.

Noah obedeció.

—Necesito hablar contigo.

—Ya hablamos durante cuatro años.

—No sabía que tu madre era Victoria Mercer.

Me detuve.

De todas las cosas que podía decir…

eligió esa.

—¿Eso qué cambia?

—Todo.

Solté una pequeña risa.

—Exactamente.

Ahora entendía por qué me había dejado.

Durante nuestra relación yo había evitado hablar demasiado de mi familia.

No quería que mi apellido decidiera quién se acercaba a mí.

Noah conocía a mi madre como Victoria.

Sabía que nuestra relación era complicada.

Jamás se molestó en preguntar más.

Cuando entró en Mercer Holdings, empezó a relacionarse con personas que consideraba importantes.

Y de pronto su novia de siempre le pareció pequeña.

—Si hubiera sabido quién eras…

—Habrías seguido conmigo.

Noah calló.

—Y esa es precisamente la razón por la que no quiero volver contigo.


Dos días después recibí un mensaje suyo.

“Cometí un error. Podemos arreglarlo.”

No respondí.

Luego:

“Northstar también tiene cosas mías.”

Esta vez envié el mensaje a Legal.

La investigación determinó que las aportaciones que podía demostrar eran mínimas y posteriores a versiones completas que yo ya había creado.

Su contratación fue terminada.

No por romper conmigo.

Por presentar trabajo ajeno como propio y utilizarlo durante un proceso profesional.

Mi madre cumplió exactamente lo que había dicho.

No utilizó su poder para vengarme.

Dejó que los documentos hablaran.


Una semana después entré nuevamente en su despacho.

Victoria estaba trabajando.

—¿Qué quieres hacer con Northstar? —preguntó.

—No lo sé.

—Pues deberías decidirlo.

—¿Por qué?

Mi madre levantó la mirada.

—Porque llevo días revisándolo.

Sentí que se me cerraba la garganta.

—¿Y?

—Es bueno.

Aquellas dos palabras significaban mucho viniendo de ella.

—Muy bueno.

Me senté.

—No quiero que me contrates por ser tu hija.

—Perfecto.

Cerró la computadora.

—Entonces no lo haré.

Me entregó una tarjeta.

Era el contacto de una directora de inversiones de otra firma.

—Preséntale Northstar.

—¿Le dijiste quién soy?

—No.

Sonreí.

—Gracias.

Victoria volvió a sus documentos.

—Elena.

Me detuve en la puerta.

—¿Sí?

—La próxima vez que construyas algo durante dos años, no se lo entregues a un novio para que decida cuánto vale.


Tres meses después, Northstar me consiguió una oferta.

No en Mercer Holdings.

En una firma competidora.

La acepté.

Quería algo que llevara mi nombre porque me lo había ganado, no porque mi madre estuviera sentada cincuenta y ocho pisos por encima de Manhattan.

El día que empecé, encontré un correo antiguo de Noah mientras limpiaba mis archivos.

Era de cuatro años atrás.

“Algún día voy a conseguir algo grande y tú estarás conmigo cuando ocurra.”

Lo leí una vez.

Después lo eliminé.

Noah tenía razón.

Algo grande terminó ocurriendo.

Solo se equivocó en una cosa.

No era él.

Era yo.

Durante cuatro años pensé que estaba ayudando al hombre que amaba a construir su futuro.

Tardé siete días en descubrir que el talento que él presumía como suyo llevaba todo ese tiempo sentado a su lado.

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