PARTE 2: ESTA VEZ ÉL NO ELIGIÓ A NINGUNA

El viernes nevaba cuando llegué al aeropuerto.

Adrian ya estaba allí.

Abrigo negro, expresión impaciente y tres guardaespaldas manteniendo a los curiosos a distancia.

Cuando me vio, apagó el teléfono.

—Victoria.

—Llegaste temprano.

—Me dijiste que viniera. Pensé que finalmente aceptarías cenar conmigo.

—No.

Su expresión se endureció.

—Entonces, ¿para qué estoy aquí?

Miré el panel de llegadas.

El vuelo de Evelyn acababa de aterrizar.

—Para presentarte a alguien.

Veinte minutos después comenzaron a salir los pasajeros.

Entonces apareció ella.

Mi mismo rostro.

Mi misma altura.

Pero cabello más corto y una pequeña cicatriz junto a la muñeca izquierda.

Sentí que Adrian dejaba de respirar.

Evelyn también lo vio.

Se detuvo.

Durante varios segundos nadie habló.

Adrian dio un paso hacia ella.

—Eres tú.

Exactamente las mismas palabras que había pronunciado en nuestra boda en mi vida anterior.

Esta vez no había anillos cayendo al suelo.

No había invitados observando mi humillación.

Solo nieve detrás de los ventanales y tres personas que conocían una verdad que antes había llegado demasiado tarde.

Adrian miró la cicatriz.

—Aquella noche…

—La tormenta en Chengde —respondió Evelyn.

Él palideció.

—Me curaste la mano.

—Sí.

—Me diste tu bufanda.

—Sí.

Adrian se volvió lentamente hacia mí.

Vi confusión.

Después horror.

—Victoria…

—Ahora entiendes.

—¿Por qué nunca me dijiste que tenías una gemela?

Sonreí sin alegría.

Incluso esta vez su primera reacción era culparme.

—Porque nunca me preguntaste si yo era la mujer que buscabas.

—Te reconocí.

—Reconociste una cara.

Evelyn se acercó.

—Y decidiste inventar el resto.

Adrian la observó fijamente.

Algo cambió en su expresión.

Aquella intensidad que durante dos años había dirigido hacia mí encontró finalmente su origen.

Pero Evelyn no sonrió.

—No me mires así.

Adrian pareció desconcertado.

—Te busqué durante cinco años.

—Ese era tu problema, no el mío.

—Pensé que Victoria eras tú.

—También era tu problema.

Casi sentí ganas de reír.

Evelyn siempre había sido más cruelmente directa que yo.

Adrian respiró hondo.

—Necesito hablar contigo.

—No.

—Solo diez minutos.

—Ya tuviste cinco años para convertir una noche de tormenta en una fantasía. No necesitas diez minutos más.

Adrian quedó inmóvil.

Entonces Evelyn dijo algo que yo no esperaba.

—Además, recuerdo la boda.

Mi corazón se detuvo.

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué boda?

La miré.

—Evelyn.

Ella tomó mi mano.

—Es hora.

Y comprendí.

Mi hermana también recordaba nuestra vida anterior.

Evelyn miró a Adrian.

—Recuerdo cómo dejaste caer los anillos cuando me viste. Recuerdo cómo miraste a Victoria como si ella te hubiera engañado.

El rostro de Adrian perdió todo color.

—¿De qué estás hablando?

—De otra vida. Una en la que llegué demasiado tarde.

Adrian soltó una risa incrédula.

Pero Evelyn continuó.

Le contó detalles que él jamás había compartido públicamente.

La canción que había elegido para nuestra boda.

La inscripción interior de los anillos.

La discusión privada que tuvimos después.

Yo sentí que mis ojos se llenaban de lágrimas.

—¿Lo recordabas todo?

Evelyn asintió.

—Desperté seis meses antes que tú.

—¿Por qué no me dijiste?

—Porque primero necesitaba saber si tú también habías regresado.

Me abrazó.

—Cuando me enviaste la fotografía de Adrian, lo entendí.

Adrian nos miraba como si el mundo hubiera dejado de obedecer sus reglas.

—Si esto es cierto…

Su voz se quebró ligeramente.

—Entonces Victoria y yo estuvimos casados.

—Durante muy poco tiempo —respondí.

—Y yo…

No pudo terminar.

Evelyn sí.

—La destruiste.

Silencio.

—Cuando descubriste que yo era la mujer de aquella noche, convertiste cada año que habías pasado con Victoria en una mentira.

Adrian me miró.

Por primera vez vi algo diferente en sus ojos.

Vergüenza.

—¿Te culpé?

—Sí.

—¿Te abandoné?

—Sí.

Cerró los ojos.

—¿Y tú dijiste que moriste?

No respondí.

No necesitaba hacerlo.

Adrian entendió.

Dio un paso hacia mí.

Evelyn se interpuso.

—No.

—Solo quiero hablar con ella.

—Ya hablaste suficiente en la otra vida.

Por primera vez, Adrian Zhou comprendió que el destino no le había concedido una segunda oportunidad para recuperar a la mujer correcta. Nos la había concedido a nosotras para alejarnos de él.

Nos marchamos juntas.

Durante las semanas siguientes, Adrian dejó de perseguirme.

No hubo flores.

Ni automóviles frente a mi casa.

Ni invitaciones.

Pensé que finalmente había entendido.

Hasta que un mes después apareció Evelyn en mi apartamento con una carpeta.

—Tenemos un problema.

Dentro había documentos relacionados con una empresa tecnológica que nuestro padre pretendía vender.

—¿Qué tiene que ver Adrian?

—Está intentando comprarla.

Me puse rígida.

—¿Para presionarnos?

—Eso pensé.

Pero Evelyn negó.

—Mira el precio.

Adrian había ofrecido casi un treinta por ciento más de su valor estimado.

Había además una cláusula extraña.

La administración permanecería bajo control de nuestra familia.

—No quiere la empresa —dije.

—Exacto.

Evelyn dejó otro documento.

Adrian había descubierto que uno de nuestros socios, Marcus Lin, desviaba dinero mediante contratos falsos.

En nuestra vida anterior aquella estafa salió a la luz demasiado tarde y provocó la ruina de una parte del patrimonio familiar.

Yo lo recordaba.

Evelyn también.

Pero ninguna sabía que Adrian había comenzado a investigarlo.

—Nos está ayudando —murmuré.

—Sí.

—¿Por qué?

Evelyn me sostuvo la mirada.

—Creo que él también empezó a recordar.

Tres días después Adrian pidió verme.

Acepté.

Nos encontramos en un restaurante vacío.

No intentó sentarse cerca.

No me regaló nada.

Simplemente dejó una carpeta sobre la mesa.

—Marcus planea mover el dinero el lunes.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ya ocurrió.

Sentí frío.

—¿Desde cuándo recuerdas?

—Desde el aeropuerto.

Adrian bajó la mirada.

—Primero fueron fragmentos. Después todo.

El silencio entre nosotros se volvió pesado.

—Recuerdo nuestra boda —dijo.

No respondí.

—Recuerdo acusarte.

Sus manos se cerraron.

—Recuerdo decirte que habías ocupado el lugar de Evelyn deliberadamente.

—Yo jamás supe que la buscabas.

—Lo sé.

Su voz apenas fue audible.

—Ahora lo sé.

Levantó los ojos.

—Y recuerdo algo peor.

Mi pecho se tensó.

—Después del divorcio descubrí la verdad.

Parpadeé.

—¿Qué verdad?

—Que durante aquellos años dejé de buscar a la mujer de la tormenta mucho antes de nuestra boda.

Me quedé inmóvil.

Adrian respiró profundamente.

—Me enamoré realmente de ti.

Aquello era lo último que esperaba escuchar.

—Entonces ¿por qué me abandonaste?

—Porque cuando apareció Evelyn, no soporté aceptar que había construido nuestra relación sobre un error inicial.

Se rio amargamente.

—Era más fácil culparte que admitir que yo había sido un idiota.

Esa era la primera gran diferencia entre el Adrian de entonces y el de ahora.

Por fin asumía su culpa.

—Después intenté encontrar a Evelyn —continuó—. Pensé que debía terminar lo que había comenzado.

—¿Y?

—Me rechazó.

Casi sonreí.

—Eso suena a mi hermana.

—Me dijo que un hombre capaz de destruir a una mujer por una fantasía no sabía amar a ninguna.

Evelyn definitivamente habría dicho eso.

—Cuando quise regresar contigo —continuó Adrian—, ya era demasiado tarde.

Sus ojos se oscurecieron.

—Habías desaparecido.

Comprendí que no conocía las circunstancias de mi muerte.

Y preferí mantenerlo así.

Adrian empujó la carpeta hacia mí.

—No espero que me perdones. Solo quería evitar que Marcus vuelva a destruir a tu familia.

—¿Qué quieres a cambio?

—Nada.

—No te creo.

—Entonces considéralo el pago de una deuda.

Me levanté.

—Las deudas emocionales no funcionan así.

—Lo sé.

Lo miré.

—Pero gracias por la información.

Y me fui.

Con las pruebas de Adrian logramos detener a Marcus antes de que transfiriera el dinero.

Mi padre descubrió además que llevaba años manipulando contratos.

Fue expulsado de la empresa y enfrentó una investigación.

Nuestra familia evitó la crisis que en la otra vida había tardado años en superar.

Pero todavía faltaba el último giro.

Dos meses después Evelyn me pidió acompañarla a cenar.

Al llegar encontré a Adrian.

Me detuve.

—¿Qué significa esto?

Evelyn se sentó tranquilamente.

—Quiero terminar algo.

Miró a Adrian.

—Dile la verdad.

Adrian guardó silencio.

—¿Qué verdad?

Evelyn respondió por él.

—La noche de la tormenta nunca estuve enamorada de Adrian.

—Eso ya lo imaginaba.

—No. Hay más.

Sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía Evelyn junto a una mujer.

Estaban abrazadas y sonrientes.

—Cuando conocí a Adrian, yo ya estaba enamorada de otra persona.

Adrian cerró los ojos.

Yo entendí inmediatamente.

La gran historia romántica que Adrian había perseguido durante años jamás había existido.

Para Evelyn, aquella noche solo había sido un acto de bondad hacia un desconocido herido.

Nada más.

Adrian había construido una obsesión alrededor de un recuerdo.

—Entonces ninguno de nosotros era el amor destinado de nadie —murmuré.

Evelyn sonrió.

—Exactamente.

Miré a Adrian.

Él asintió.

—Necesitaba escuchar eso dos veces para entenderlo.

Evelyn se levantó.

—Bien. Mi trabajo aquí terminó.

—¿Adónde vas?

—Tengo una cita.

Me guiñó un ojo y desapareció.

Adrian y yo quedamos solos.

—Victoria —dijo—, no voy a perseguirte otra vez.

—Bien.

—Y tampoco voy a pedirte que olvides lo ocurrido.

—Mejor.

Sonrió ligeramente.

—Pero si algún día quieres conocerme de nuevo, sin tormentas, sin gemelas, sin destinos inventados…

Negué suavemente.

—No.

Su sonrisa desapareció.

Me acerqué.

—No quiero conocerte de nuevo.

Hice una pausa.

—Quiero conocerme a mí misma sin ti.

Adrian entendió.

—Entonces espero que seas feliz.

—Lo seré.

Y esta vez nos despedimos sin odio.

Un año después, Evelyn y yo abrimos juntas una fundación ligada a la empresa familiar.

Ella regresó definitivamente a Beijing.

Yo asumí una posición en el consejo que en mi vida anterior había rechazado para acompañar a Adrian.

Construimos nuestras propias vidas.

Adrian nunca volvió a perseguirme.

A veces coincidíamos en eventos.

Nos saludábamos.

Nada más.

La gente continuó preguntándose cómo una mujer podía rechazar dos veces al heredero más poderoso de Beijing.

Nunca comprendieron que yo no había rechazado riqueza.

Ni poder.

Ni siquiera a Adrian.

Había rechazado volver a interpretar el papel de otra mujer en la fantasía de un hombre.

En mi primera vida creí que había perdido porque Adrian finalmente encontró a la mujer que buscaba.

En la segunda entendí la verdad.

Evelyn nunca lo había esperado.

Yo ya no lo necesitaba.

Y Adrian tuvo que aprender que amar un recuerdo no le daba derecho sobre ninguna de las dos.

Esta vez no hubo boda destruida.

No hubo hermanas enfrentadas.

No hubo sustitutas.

Solo dos mujeres que conocían el final de aquella historia y decidieron escribir uno diferente.

Adrian había pasado años preguntándose cuál de las gemelas era la mujer destinada para él.

La respuesta resultó ser la única que jamás había considerado.

Ninguna.

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