PARTE 2: LA PROMESA QUE ETHAN NUNCA ROMPIÓ

—Cuando tenías nueve años, intenté separar a Ethan de ti.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

Mamá bajó la mirada.

—Fue durante mi divorcio con tu padre. Yo estaba asustada, agotada y… me convertí en una persona que no me gusta recordar.

—¿Qué tiene que ver Ethan?

Las lágrimas comenzaron a caerle.

—Todo.

Recordaba aquel año.

Papá se había marchado de casa.

Mamá trabajaba demasiado.

Yo cambié de escuela durante varios meses y después regresé.

Pero había partes borrosas.

—Una tarde —continuó— te escuché decirle a Ethan que querías vivir con tu padre.

Fruncí el ceño.

—No recuerdo eso.

—Estabas enfadada conmigo. Eras una niña. Pero yo estaba tan destruida que lo interpreté como una traición.

Mamá respiró profundamente.

—Y culpé a Ethan.

Sentí frío.

—¿Por qué?

—Porque siempre acudías a él cuando estabas triste. Pensé que su familia estaba influyéndote. Que él te alejaba de mí.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé ahora.

Su voz se quebró.

—Entonces no.

Me solté de sus manos.

—¿Qué hiciste?

Mamá tardó demasiado en responder.

—Fui a su casa.

Algo en su expresión me asustó.

—Hablé con sus padres. Les dije que vuestra amistad se había vuelto poco saludable. Que necesitabas amigos diferentes.

—Mamá…

—Les pedí que mantuvieran a Ethan alejado de ti.

Me levanté.

—¿Hiciste qué?

Abajo escuché otra carcajada de Ethan.

Seguía esperando con mi ramillete.

Sin saber que doce años de nuestra amistad acababan de cambiar de forma.

—Sus padres se enfadaron —continuó mamá—. Con razón. Pero Ethan escuchó parte de la conversación.

—¿Y qué pasó?

Mamá se cubrió la boca durante un instante.

—Me siguió cuando salí.

La imaginé.

Ethan con nueve años.

Mamá rota por el divorcio.

Dos personas que nunca debieron cargar con aquella conversación.

—Me preguntó si tú estabas triste por su culpa.

Cerré los ojos.

Eso sonaba exactamente a Ethan.

—Le dije que necesitabas espacio.

—¿Y él?

Mamá comenzó a llorar con más fuerza.

—Me dijo: “Si Emily está mejor sin mí, puedo dejarla tranquila”.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Pero nunca dejó de hablarme.

—Porque tres días después terminaste en el hospital.

Mi cabeza se levantó.

—¿El accidente de bicicleta?

Ella asintió.

Lo recordaba.

Había salido sola.

Llovía.

Perdí el control bajando una pendiente y terminé con una fractura en el brazo y una conmoción leve.

—¿Qué tiene que ver Ethan?

—Fuiste a buscarlo.

El aire pareció desaparecer.

—¿Qué?

—Habías descubierto que estaba evitándote. Fuiste en bicicleta hasta su casa para preguntarle por qué.

Me quedé helada.

Nunca había sabido eso.

—Después del accidente —continuó mamá—, Ethan vino al hospital. Yo estaba fuera de mí. Lo culpé.

—Mamá.

—Lo sé.

—¡Él tenía nueve años!

—Lo sé.

Ahora prácticamente susurraba.

—Le dije que si realmente era tu amigo, debía dejar de causarte problemas.

Me alejé de ella.

Sentía rabia.

Pero también había algo que todavía no entendía.

—Entonces ¿por qué seguimos siendo amigos?

Mamá levantó los ojos.

—Porque Ethan me hizo una promesa.

Silencio.

—¿Cuál?

—Dijo que nunca volvería a pedirte que eligieras entre él y tu familia.

Fruncí el ceño.

—Yo nunca tuve que elegir.

—Precisamente.

Mamá se secó las lágrimas.

—Desde entonces, cada vez que había un problema, Ethan era quien retrocedía primero. Nunca te contaba cuando algo que yo decía le dolía. Nunca permitía que vuestra amistad se convirtiera en una pelea conmigo.

De repente recordé pequeños momentos.

Cumpleaños a los que Ethan decía no poder asistir.

Excursiones familiares en las que nunca preguntaba si podía venir.

La vez que mamá se negó a dejarme ir a un partido con su familia.

Ethan simplemente había dicho:

—Está bien. Veremos otro.

Yo siempre pensé que era fácil para él.

Ahora comprendía que quizá no lo había sido.

—¿Por qué me cuentas esto esta noche?

Mamá miró hacia la puerta.

—Porque cuando lo vi abajo con ese traje… recordé todo.

—Eso no explica la condición.

Su rostro volvió a tensarse.

—La condición es que antes de ir al baile, debes preguntarle qué significa esta noche para él.

Parpadeé.

—¿Por qué?

—Porque creo que Ethan está enamorado de ti.

Mi corazón dio un golpe extraño.

—Somos mejores amigos.

—Lo sé.

—Desde niños.

—También lo sé.

—Entonces ¿qué problema hay?

Mamá respiró profundamente.

—Ninguno, si tú sabes lo que él siente y quieres ir igualmente.

Me quedé mirándola.

Esperaba otra cosa.

Una prohibición.

Un comentario cruel.

Algo que me hiciera enfrentarme a ella.

Pero mamá continuó:

—Lo que no permitiré es que vayas creyendo que para ambos significa exactamente lo mismo si quizá no es así.

Eso me hizo detenerme.

—¿Él te dijo algo?

—No.

—Entonces estás suponiendo.

—Sí.

Mamá bajó la cabeza.

—Y después de lo que hice cuando eran niños, no tengo derecho a decidir por ninguno de los dos.

Por primera vez comprendí que la condición de mamá no era que rechazara a Ethan. Era que dejáramos de esconder cosas “para protegerme”.

Abrí la puerta.

—Voy a hablar con él.

Bajé las escaleras.

Ethan estaba examinando el ramillete como si temiera haberlo roto.

Cuando me vio, sonrió.

—Finalmente. Pensé que ibas a necesitar otros doce años.

Me reí.

Después lo miré.

De verdad lo miré.

—Ethan, tenemos que hablar.

Su sonrisa desapareció.

—Eso nunca significa algo bueno.

Salimos al porche.

La noche estaba fresca.

—Mi mamá me contó lo que pasó cuando teníamos nueve años.

Ethan quedó completamente quieto.

—Ah.

Solo eso.

Ah.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Se encogió de hombros.

—Porque estabas triste.

—¿Durante nueve años?

—A veces eres muy dramática.

Solté una risa involuntaria.

Después volví a ponerme seria.

—Ella te culpó de mi accidente.

Ethan miró sus zapatos.

—Tu mamá estaba pasando por cosas difíciles.

—No la defiendas.

—No la estoy defendiendo.

Levantó la cabeza.

—Pero tú la quieres.

Aquello era tan Ethan que me dolió.

—¿Y la promesa?

Él entendió inmediatamente.

—Dije que nunca haría que tuvieras que escoger.

—¿Incluso si eso significaba perderme?

Ethan tardó unos segundos.

—Sí.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Eres un idiota.

—Eso es bastante grosero en una noche formal.

Me reí mientras me limpiaba una lágrima.

Entonces llegó la pregunta difícil.

—¿Estás enamorado de mí?

Ethan se congeló.

Completamente.

—¿Quién dijo eso?

—Mamá.

—Tu mamá habla demasiado.

—Ethan.

Se puso rojo.

—Podemos perder el baile si seguimos aquí.

—Ethan.

Suspiró.

—Sí.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

—¿Desde cuándo?

—No sé.

—Mientes fatal.

—Desde los quince.

Me quedé sin palabras.

—¿Tres años?

—Sí.

—¿Y nunca dijiste nada?

Su expresión cambió.

—Tenías novio.

—Después terminé con él.

—Estabas triste.

—Después dejé de estar triste.

—Tenías exámenes.

Lo miré incrédula.

—¿Los exámenes eran el problema?

—Eran exámenes importantes.

Me eché a reír.

Él también.

Entonces pregunté:

—¿Por eso recordaste la promesa del baile?

Ethan negó.

—No.

—¿Entonces?

Su respuesta llegó inmediatamente.

—Recordé la promesa porque te la hice.

Eso fue todo.

No porque creyera que me debía una cita.

No porque hubiera esperado doce años una recompensa.

Simplemente porque Ethan era Ethan.

Había protegido una promesa infantil sin convertirla nunca en una deuda que yo tuviera que pagarle.

—¿Qué quieres que pase esta noche? —pregunté.

Pensó seriamente.

—Quiero bailar.

—Bien.

—Quiero comer algo porque estoy muriendo de hambre.

—También bien.

—Y quiero que sigamos siendo mejores amigos mañana.

Sentí que el pecho se me aflojaba.

—¿Aunque yo no sienta lo mismo?

Ethan asintió.

—Sí.

—¿Te dolería?

—Probablemente.

Su honestidad me hizo sonreír.

—Pero eso sería mi problema. No tu culpa.

Entonces entendí por qué confiaba tanto en él.

No necesitaba una respuesta romántica aquella noche.

Y yo tampoco.

Le ofrecí el brazo.

—Vamos al baile.

Su sonrisa regresó.

—¿Eso significa que puedo poner el ramillete?

—Para eso lo compraste.

—Mi mamá lo compró.

—No destruyas el momento.

Nos fuimos.

Bailamos horriblemente.

Comimos demasiado.

Ethan discutió durante quince minutos con un compañero porque aseguraba que el velocirraptor de una decoración estaba científicamente mal representado.

Y cerca de medianoche, durante una canción lenta, se acercó una chica llamada Lily.

—Ethan, ¿quieres bailar?

Él me miró.

Yo sonreí.

—Ve.

Ethan bailó con ella.

Y ocurrió algo inesperado.

No sentí celos.

Sentí felicidad.

Porque de repente comprendí que aquella noche no tenía que decidir si Ethan era “el amor de mi vida”.

Éramos dieciocho años.

Teníamos tiempo.

Dos semanas después, Ethan me llamó.

—Lily me pidió mi número.

—¡Lo sabía!

—No grites.

—¿Se lo diste?

—Sí.

Salieron durante varios meses.

No funcionó.

Pero Ethan sobrevivió.

Yo también tuve otras relaciones.

Fuimos a universidades diferentes.

Nuestra amistad cambió.

Maduró.

Mamá, por su parte, hizo algo que no esperaba.

Visitó a los padres de Ethan.

Les pidió perdón.

Después se lo pidió a él.

Sin excusas.

Ethan respondió:

—Está bien.

Mamá negó.

—No. No estuvo bien.

Y aquella fue probablemente la primera vez que ambos pudieron dejar atrás lo ocurrido.

Cuatro años después del baile, Ethan y yo regresamos a nuestra antigua escuela para visitar a una profesora.

Pasamos frente al gimnasio.

—Aquí cumplimos nuestra promesa —dijo.

—Técnicamente la promesa era ir al baile.

—Y fuimos.

—Sí.

Ethan sonrió.

—Entonces tengo buen historial.

Lo miré.

—¿Para qué?

Sacó algo del bolsillo.

No era un anillo.

Era una pequeña figura de dinosaurio.

Me reí.

—¿Qué demonios es esto?

—Una invitación.

—¿A qué?

—A cenar.

—Cenamos todo el tiempo.

—No como amigos.

Mi sonrisa desapareció lentamente.

Ethan estaba nervioso.

Mucho.

Pero no apartó la mirada.

—Esta vez no hay promesas de niños —dijo—. No me debes nada. Puedes decir que no.

Pensé en todo lo que habíamos vivido.

En aquella noche del baile.

En los años separados.

En las personas que habíamos conocido.

Y en algo que había cambiado sin que yo pudiera señalar exactamente cuándo.

Sonreí.

—Sí.

Ethan parpadeó.

—¿Sí?

—Sí, quiero cenar contigo.

—¿Románticamente?

—Ethan.

—Necesito claridad.

Me reí.

—Románticamente.

Su sonrisa fue enorme.

A los seis años prometimos ir juntos al baile porque dos niños no entendían todavía lo complicada que podía ser la vida.

A los dieciocho cumplimos aquella promesa sin exigirle que significara algo más.

Y a los veintidós elegimos intentarlo de nuevo, esta vez como adultos.

Sin deudas.

Sin secretos.

Sin destinos obligatorios.

Porque el amor más bonito que Ethan me enseñó nunca fue aferrarse a alguien hasta conseguir que te eligiera.

Fue permanecer a su lado sin convertir tu cariño en una obligación.

Y cuando finalmente lo elegí, no fue porque se lo hubiera prometido a los seis años.

Fue porque, después de conocerlo durante casi toda mi vida, seguía siendo la persona con quien más quería compartir el siguiente baile.

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