—¿Solo dejaste de actuar como mi novia? ¿Qué significa eso?
La voz de Ethan sonaba irritada, pero detrás de la irritación había algo nuevo.
Pánico.
Me acomodé contra la almohada.
—Significa exactamente eso.
—Estoy intentando pagar el desayuno y mi tarjeta no funciona.
—Mi tarjeta adicional.
Hubo un silencio.
—Era la que usaba siempre.
—Lo sé.
—¿Y mi teléfono?
—También estaba a mi nombre.
—Maya, no puedes cancelar todo de repente.
Miré la hora.
Las siete y cuatro.
Ni siquiera habían pasado diez horas desde que me había dicho que mi vida era demasiado aburrida.
—Claro que puedo. Terminamos, ¿recuerdas?
Colgué.
Dejé el teléfono sobre la mesita y fui a preparar café.
A las siete y dieciséis volvió a llamar.
No contesté.
A las siete y veintitrés recibí un mensaje.
“Necesito hablar contigo.”
Después otro.
“Hay pagos importantes vinculados a esa tarjeta.”
Sonreí.
Precisamente por eso la había cancelado.
Durante tres años, Ethan nunca preguntó cuánto costaban las cosas.
Solo aparecían.
El refrigerador siempre estaba lleno.
El internet funcionaba.
Su teléfono tenía datos ilimitados.
El auto estaba asegurado.
La plataforma de música seguía reproduciendo canciones.
Su gimnasio premium renovaba la membresía cada mes.
Incluso el café que bebía todas las mañanas llegaba mediante una suscripción que yo pagaba.
Para Ethan, aquello no era dinero.
Era simplemente su vida.
Y esa mañana estaba descubriendo cuánto costaba mantenerla.
A las ocho, mientras desayunaba, abrí la hoja de cálculo donde había registrado las veinticuatro cancelaciones.
1. Plan de teléfono.
2. Tarjeta adicional.
3. Seguro médico privado.
4. Seguro del auto.
5. Gimnasio.
6. Internet móvil.
7. Música.
8. Plataforma de películas.
9. Plataforma deportiva.
10. Almacenamiento digital.
11. Servicio de videojuegos.
12. Cuotas de la consola.
13. Suscripción de café.
14. Lavado mensual del auto.
15. Estacionamiento.
16. Servicio de asistencia vial.
17. Aplicación de entrenamiento.
18. Entregas de comida.
19. Barbería mensual.
20. Suplemento del seguro dental.
21. Nube para fotografías.
22. Membresía de descuentos.
23. Tarjeta del supermercado.
24. La transferencia mensual para sus “gastos personales”.
Me quedé mirando la última línea.
Ochocientos dólares.
Todos los meses.
Había empezado dos años atrás, cuando Ethan perdió un trabajo.
Después encontró otro.
Nunca detuve las transferencias.
Él tampoco me pidió que lo hiciera.
Cerré la computadora.
No me enfurecía haberlo ayudado.
Me enfurecía haber tardado tanto en comprender que él había convertido mi cariño en una obligación.
A las diez y media sonó el timbre.
Miré la cámara de la entrada.
Ethan.
No abrí.
Volvió a tocar.
—Maya, sé que estás dentro.
Continué doblando ropa.
—Necesito mis cosas.
Abrí la puerta dejando puesta la cadena.
Llevaba la misma camiseta de la noche anterior.
—Tus bolsas están con el portero.
—No vine solo por eso.
—Entonces no tenemos nada que hablar.
Puso una mano contra la puerta.
—¿Sabes lo que me pasó esta mañana?
—Imagino que tu desayuno fue complicado.
—No es gracioso.
—Para mí un poco.
Ethan respiró hondo.
—Mi seguro del auto aparece cancelado.
—Porque lo pagaba yo.
—Tengo que conducir al trabajo.
—Entonces contrata uno.
—También cancelaste el estacionamiento.
—Sí.
—¡Y el gimnasio!
—Sí.
—¡Hasta mi almacenamiento del teléfono!
Lo miré en silencio.
Parecía sinceramente indignado.
Como si yo hubiera entrado en su vida y le hubiera robado cosas que le pertenecían.
—¿Quieres saber lo más increíble? —pregunté.
—¿Qué?
—Anoche dijiste que mi vida era aburrida porque trabajaba demasiado y no quería gastar los fines de semana en bares.
Ethan frunció el ceño.

—¿Y?
—Ahora sabes adónde iba el dinero mientras yo trabajaba.
Su expresión se endureció.
—Yo también aportaba.
—Perfecto. Dime qué pagabas.
Abrió la boca.
Nada salió.
Esperé.
—Compraba cosas.
—¿Cuáles?
—Cenas. Bebidas. Cosas para la casa.
—La monstera.
Se quedó callado.
—Compraste la monstera hace tres años.
Cerré un poco más la puerta.
—Y yo llevo tres años manteniéndola viva también.
Aquello le dolió más de lo que esperaba.
—Te estás comportando como si yo hubiera sido una carga.
—No.
Lo miré directamente.
—Fuiste mi pareja y elegí ayudarte. El problema es que ayer dejaste de ser mi pareja. No puedes terminar conmigo y conservar los beneficios de estar conmigo.
Su rostro cambió.
Por primera vez parecía entenderlo.
—¿Entonces todo esto es un castigo?
—No. Es una separación.
—Podrías darme unas semanas.
—Podrías haber pensado en eso antes de terminar conmigo mientras jugabas con una consola que yo estaba pagando.
Cerré la puerta.
Esa tarde fui a trabajar.
A las cuatro recibí un mensaje de un número desconocido.
Era Lucas, uno de los mejores amigos de Ethan.
“¿Puedes llamarme? Ethan está teniendo problemas.”
No respondí.
A las seis llegó otro.
“Dice que lo dejaste sin dinero.”
Eso sí me hizo detenerme.
Escribí únicamente:
“Ethan tiene trabajo.”
Lucas tardó pocos segundos.
“Dice que casi todo su sueldo se va en deudas.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
¿Deudas?
Ethan jamás me había mencionado ninguna.
Abrí nuestros antiguos movimientos bancarios.
Busqué transferencias.
Pagos.
Retiros.
Entonces descubrí algo que no había visto antes.
Cada mes, pocos días después de recibir mi transferencia de ochocientos dólares, Ethan enviaba cantidades similares a una cuenta que yo no reconocía.
Doscientos.
Cuatrocientos.
Setecientos.
A veces más de mil.
Revisé doce meses.
La suma superaba los nueve mil dólares.
Sentí un nudo en el estómago.
No porque quisiera recuperar el dinero.
Sino porque finalmente comprendí que había otra parte de su vida que jamás había conocido.
A las siete y cuarenta, Ethan volvió a llamar.
Contesté.
—¿A quién le debes dinero?
Silencio.
—¿Qué?
—He visto las transferencias.
Su respiración cambió.
—Eso no es asunto tuyo.
—Correcto.
Casi colgué.
Entonces dijo:
—Espera.
Su voz ya no tenía arrogancia.
—Maya, necesito pedirte algo.
—No.
—Ni siquiera sabes qué es.
—Si implica dinero, la respuesta sigue siendo no.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
Ethan guardó silencio durante varios segundos.
Cuando habló de nuevo, parecía otra persona.
—Mañana vence una deuda. Pensaba pagarla con la transferencia que me haces cada mes y con tu tarjeta.
Sentí frío.
—¿Cuánto?
No respondió inmediatamente.
—Ethan.
Finalmente pronunció la cifra.
—Veintisiete mil dólares.
Me quedé inmóvil.
—¿Cómo acumulaste veintisiete mil dólares?
—Puedo explicarlo.
—Hazlo.
Pero antes de que respondiera, escuché una voz masculina al otro lado de la llamada.
Ethan dejó de hablar.
—¿Quién está contigo?
La llamada terminó.
Intenté devolverla.
Nada.
Cinco minutos después recibí una fotografía.
Ethan estaba sentado en una mesa.
Frente a él había varios documentos.
Y junto a los documentos reconocí algo que hizo desaparecer toda mi tranquilidad.
Una copia de mi contrato de alquiler.
Debajo de la fotografía apareció un mensaje enviado desde su número.
“MAYA, CREO QUE DEBES VENIR. HAY ALGO SOBRE TU APARTAMENTO QUE NUNCA TE CONTÉ.”