PARTE 2: LO QUE SU CORAZÓN NUNCA SE ATREVIÓ A DECIR.

Me quedé inmóvil frente a la puerta.

Sebastian estaba empapado. Gotas de lluvia descendían desde su cabello hasta el cuello de su camisa, pero parecía no darse cuenta.

—¿Qué haces aquí?

Su expresión permaneció serena.

—Necesito hablar contigo.

Pero dentro de mi cabeza escuché algo completamente diferente.

“Dile que la extrañaste.”

Tragué saliva.

—Es tarde.

“Lo sé. Llevo veinte minutos abajo intentando reunir el valor para subir.”

Mis dedos se cerraron alrededor del picaporte.

Chloe apareció detrás de mí.

—Bueno, esto se puso interesante.

Sebastian la miró.

—Chloe.

—Sebastian.

Mi amiga tomó su bolso.

—De repente recuerdo que tengo algo importantísimo que hacer.

—Chloe…

—Mañana me agradeces.

Pasó junto a Sebastian y desapareció por el pasillo.

Él entró cuando me aparté.

Durante unos segundos ninguno habló.

—¿Por qué dejaste de ir a mi oficina? —preguntó finalmente.

“¿Hice algo?”

Recordé aquellas palabras.

“Una simple empleada administrativa.”

“No pertenecemos al mismo mundo.”

“Resulta molesta.”

El dolor regresó con una intensidad que me sorprendió.

—Pensé que era mejor mantener una relación estrictamente profesional.

Sebastian frunció ligeramente el ceño.

“Eso suena ensayado.”

—Siempre hemos tenido una relación profesional.

—Exactamente.

“No. Yo nunca quise que fuera solamente eso.”

Mi corazón golpeó con fuerza.

Lo miré.

—Entonces no debería importarte quién entrega los documentos.

—No debería.

“Pero me importa.”

—Perfecto.

—Emma.

Intenté pasar junto a él.

Sebastian se movió y quedó frente a mí.

—¿Te hice algo?

No respondí.

—Mírame.

Levanté los ojos.

Por fuera parecía el mismo hombre inaccesible de siempre.

Por dentro era un caos.

“Está enfadada conmigo.”

“¿Qué hice?”

“¿Alguien le dijo algo?”

Entonces apareció otro pensamiento.

“Tal vez finalmente entendió que no soy alguien adecuado para ella.”

Me quedé desconcertada.

—¿Por qué dices eso?

Sebastian palideció.

—¿Decir qué?

Mi respiración se detuvo.

Había respondido a algo que él no había pronunciado.

—Nada.

Retrocedí.

Sus ojos se clavaron en mí.

—Emma, ¿qué está pasando?

—Estoy cansada.

—No vine hasta aquí bajo una tormenta para escuchar que estás cansada.

“Vine porque llevo tres semanas pensando que quizá no volvería a verla.”

Cerré los ojos.

Ya no podía soportarlo.

—Hace tres semanas escuché lo que piensas de mí.

Sebastian quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Sé que parece absurdo.

Mi voz comenzó a temblar.

—Pero escuché tu voz aunque no estabas hablando.

Su expresión cambió.

—¿Mi voz?

—Dijiste que inventaba excusas para verte. Que no tenía dignidad. Que era una empleada insignificante intentando entrar en un mundo al que no pertenecía.

El rostro de Sebastian perdió el color.

—Emma…

—Y tenías razón en una cosa.

Sentí lágrimas acumulándose en mis ojos.

—Sí inventaba excusas.

El silencio fue insoportable.

—Porque estaba enamorada de ti.

“¿Qué?”

Su pensamiento explotó dentro de mi cabeza.

Aparté la mirada.

—Durante dos años.

“Dos años.”

—Pero ya entendí.

Tomé aire.

—No tienes que preocuparte. No volveré a molestarte.

Sebastian me sujetó suavemente de la muñeca antes de que pudiera alejarme.

—Espera.

“No la dejes ir.”

—Suéltame.

Lo hizo inmediatamente.

Después pasó una mano por su cabello mojado.

Por primera vez parecía haber perdido completamente aquella seguridad que lo caracterizaba.

—Las palabras que escuchaste…

Guardó silencio.

“¿Cómo demonios pudo escuchar eso?”

—¿Qué?

—No eran sobre ti.

Solté una risa amarga.

—Escuché mi nombre.

—Entonces escuchaste solo una parte.

Me quedé quieta.

Sebastian respiró profundamente.

—Hace tres semanas estaba en una videoconferencia con Daniel Mercer.

Reconocí el nombre.

Era uno de los directivos de su grupo.

—¿Y?

—Daniel había notado tus visitas.

La mandíbula de Sebastian se endureció.

—Hizo comentarios sobre ti.

“Comentarios que hicieron que quisiera echarlo de mi oficina.”

Sentí un escalofrío.

—No entiendo.

—Me preguntó si eras otra empleada intentando llamar mi atención.

Sebastian bajó la mirada.

—Y yo cometí la estupidez de seguirle el juego.

Mi pecho se tensó.

—¿Por qué?

Su respuesta tardó demasiado.

Pero su pensamiento llegó primero.

“Porque si alguien descubre cuánto me importa, puede utilizarla contra mí.”

Lo miré fijamente.

—¿Utilizarme?

Sebastian levantó bruscamente la cabeza.

—¿Cómo sabes…?

Silencio.

Acababa de hacerlo otra vez.

Respondí a sus pensamientos.

Él dio un paso atrás.

—Emma.

Su voz era apenas audible.

—¿Realmente puedes escucharme?

No encontré sentido en seguir mintiendo.

—Sí.

Por primera vez vi auténtico miedo en sus ojos.

No miedo hacia mí.

Miedo por algo que yo todavía no comprendía.

“Entonces también puede escuchar aquello.”

—¿Aquello qué?

Sebastian cerró los ojos.

—Dios mío.

Su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Rechazó la llamada.

Volvió a sonar inmediatamente.

Esta vez respondió.

—¿Qué ocurre?

Escuchó durante unos segundos.

Su expresión se endureció.

—¿Cuándo?

Otra pausa.

—No. No hagas nada hasta que llegue.

Colgó.

—Tengo que irme.

Lo miré incrédula.

—¿Vienes aquí después de tres semanas, me dices todo esto y ahora simplemente te marchas?

“Si me quedo, la pondré en peligro.”

—¿Peligro?

Sebastian se quedó helado.

Ya ni siquiera podía fingir que no sabía lo que ocurría.

Se acercó lentamente.

—Escúchame con atención. No vayas mañana al trabajo.

—¿Por qué?

—Quédate con Chloe.

—Sebastian…

—Prométemelo.

“Mercer ya sabe que ella importa.”

El nombre atravesó mi mente.

Daniel Mercer.

—¿Qué tiene que ver Daniel conmigo?

Sebastian no respondió.

Entonces recordé algo.

La tarde en que escuché aquellos pensamientos, Sebastian estaba en videoconferencia.

Quizá no todos los pensamientos que había escuchado pertenecían a él.

La primera voz había sonado igual.

Pero ¿y si mi extraño don no funcionaba como yo creía?

Miré a Sebastian.

—Aquella tarde… ¿Daniel estaba conectado cuando llegué?

Su rostro confirmó la respuesta.

—Sí.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Entonces las palabras crueles…

Sebastian me miró fijamente.

—No eran mías.

El aire abandonó mis pulmones.

Dos años creyendo que él apenas me toleraba.

Tres semanas intentando arrancarlo de mi corazón.

Todo basado en una voz que quizá había atribuido al hombre equivocado.

Sebastian abrió la puerta.

—Hablaremos mañana.

Entonces escuché su pensamiento más claro hasta ese momento.

“Si sobrevivo a esta noche, le diré que llevo dos años enamorado de ella.”

Mi corazón se detuvo.

—Sebastian…

Él se giró.

Pero antes de que pudiera decir nada, su teléfono vibró.

Había llegado una fotografía.

Sebastian la abrió.

Su rostro cambió por completo.

Le arrebaté involuntariamente una mirada a la pantalla.

Era una fotografía tomada aquella misma noche.

Sebastian frente a la puerta de mi apartamento.

Debajo había un mensaje.

“Así que Emma Bennett es tu debilidad.”

Y segundos después llegó otro.

Esta vez había una fotografía mía saliendo del trabajo.

Tomada desde el interior de un automóvil.

Sebastian levantó la mirada hacia la ventana.

Su pensamiento hizo que toda la sangre abandonara mi rostro.

“Nos están observando ahora mismo.”

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