PARTE 2: EL PRECIO DE SU TRAICIÓN.

Las puertas de la sala de juntas se abrieron cinco minutos después.

Adrian entró primero.

Llevaba el mismo traje oscuro con el que había aparecido la noche anterior en una gala benéfica, aunque ahora tenía la corbata floja y el rostro agotado.

Valeria caminaba detrás de él.

Vestía de blanco.

Una elección interesante para una mujer que acababa de registrar su matrimonio con el prometido de otra.

Mi padre se levantó inmediatamente.

—Tienes mucho valor para aparecer aquí.

—Señor Stone, vine a explicar lo ocurrido.

—No necesito explicaciones.

Levanté una mano.

—Papá.

Él me miró.

—Déjalos hablar.

Adrian pareció relajarse.

Ese fue su primer error.

Confundió mi disposición a escucharlo con una oportunidad para salvarse.

Tomó asiento frente a mí.

Valeria permaneció a su lado.

—Elena, sé que la forma en que ocurrió todo fue terrible.

—¿La forma?

—Debí decírtelo antes.

—¿Antes de casarte con otra mujer o antes de anunciarlo públicamente a las tres de la madrugada?

Su mandíbula se tensó.

Valeria intervino.

—No fue nuestra intención humillarte.

La miré.

—Entonces tuvieron una suerte extraordinaria, porque consiguieron hacerlo sin siquiera intentarlo.

Mi padre ocultó una sonrisa.

Adrian respiró profundamente.

—Valeria y yo tenemos una historia que comenzó mucho antes de nuestro compromiso.

—Lo sé.

—Nunca pude olvidarla.

—También lo sé.

Eso pareció desconcertarlo.

—Entonces comprenderás que no podía casarme contigo mientras siguiera sintiendo esto.

—Lo comprendo perfectamente.

Empujé la carpeta hacia él.

—Por eso tampoco puedo mantener doscientos treinta millones de dólares dentro de una empresa dirigida por un hombre incapaz de cumplir sus compromisos.

Su rostro cambió.

—Elena, una cosa no tiene relación con la otra.

—Para ti.

Abrí la carpeta.

—Para nuestros inversionistas, sí.

Marcus comenzó a enumerar las cláusulas de salida.

Adrian dejó de escucharlo después de la tercera.

—Espera.

Miró los documentos.

—¿Realmente estás retirando Stone Group de Skyline Harbor?

—Sí.

—No puedes hacerlo.

—Puedo.

—El proyecto se detendrá.

—Probablemente.

—Miles de contratos dependen de ese capital.

—Entonces deberías haber pensado en eso antes de convertir una alianza corporativa en un espectáculo público.

Valeria me observó con indignación.

—¿Vas a destruir una empresa porque Adrian no te ama?

La sala quedó completamente en silencio.

Me incliné hacia delante.

—No retiro mi dinero porque Adrian no me ame.

Deslicé hacia ella uno de los informes financieros.

—Lo retiro porque Blake Holdings tiene una deuda de mil cuatrocientos millones, tres préstamos vencen este trimestre y el flujo operativo lleva seis meses deteriorándose.

Valeria palideció.

Adrian me miró con furia.

—Eso es información confidencial.

—Soy la principal inversionista externa.

Sonreí apenas.

—Claro que conozco las cuentas.

Valeria giró lentamente hacia su nuevo esposo.

—Me dijiste que la empresa estaba creciendo.

Adrian no respondió.

Y allí comprendí algo.

Valeria tampoco conocía al hombre con quien acababa de casarse.

Mi asistente colocó otro documento frente a mí.

Las acciones habían abierto.

Menos nueve por ciento.

Luego menos once.

Los teléfonos comenzaron a vibrar alrededor de la mesa.

Adrian miró el suyo.

Tres bancos solicitaban reuniones urgentes.

—Elena.

Su voz cambió.

Ya no hablaba mi antiguo prometido.

Hablaba el presidente desesperado de una compañía endeudada.

—Dame treinta días.

—No.

—Quince.

—No.

—Una semana.

Cerré la carpeta.

—Tuviste años.

Adrian se puso de pie.

—¡Nuestros abuelos construyeron esta alianza!

Yo también me levanté.

—Y tú la destruiste en diez minutos.

Por primera vez perdió completamente la compostura.

—¿Esto es venganza?

—No.

Tomé la pluma.

—La venganza cuesta dinero. Esto evita perderlo.

Firmé.

El sonido de la pluma sobre el papel fue casi insignificante.

Pero todos comprendimos lo que significaba.

Stone Group acababa de activar su salida de Skyline Harbor.

Después firmé la retirada de Northgate.

Luego el puerto logístico.

Tres firmas.

Tres proyectos.

Tres arterias cerradas.

El teléfono de Adrian comenzó a sonar sin descanso.

No contestó.

Valeria lo miraba como si estuviera viendo desaparecer el futuro que había imaginado.

—¿Qué pasará ahora? —preguntó.

Marcus respondió antes que yo.

—Blake Holdings tendrá que sustituir aproximadamente seiscientos millones de dólares de financiación comprometida.

—¿Y pueden hacerlo?

Nadie contestó.

No hacía falta.

Adrian tomó los documentos.

—Encontraré otros inversionistas.

—Hazlo.

—Hay fondos extranjeros.

—Por supuesto.

—Bancos.

—También.

Me acerqué al ventanal.

—Pero tendrás que explicarles por qué Stone Group retiró simultáneamente todo su capital después de revisar las cuentas internas.

Adrian se quedó inmóvil.

Aquello era lo que realmente lo aterrorizaba.

Mi salida no solo eliminaba dinero.

Enviaba una señal.

Si el inversionista que mejor conocía las finanzas de Blake Holdings abandonaba el barco, todos empezarían a preguntarse dónde estaba la grieta.

Valeria agarró su bolso.

—Adrian, vámonos.

Pero antes de que alcanzaran la puerta, mi asistente volvió a entrar.

—Señorita Stone.

—¿Qué ocurre?

—William Blake está aquí.

Adrian cerró los ojos.

Su padre apareció segundos después.

Parecía haber envejecido diez años desde la última vez que lo vi.

Ignoró a su hijo.

Ignoró a Valeria.

Caminó directamente hacia mi padre.

—Robert.

Mi padre permaneció sentado.

—William.

—Necesitamos hablar.

—Ya no tenemos nada que hablar.

William miró los contratos firmados.

Sus hombros descendieron.

—Entonces es verdad.

Adrian se acercó.

—Papá, puedo solucionarlo.

William se volvió y le dio una bofetada.

El sonido retumbó en la sala.

—¡No tienes idea de lo que hiciste!

Valeria retrocedió.

Adrian se quedó paralizado.

—Me casé con la mujer que amo.

—¡No estoy hablando de tu matrimonio!

William sacó un documento arrugado de su chaqueta.

Lo lanzó sobre la mesa.

—Estoy hablando de esto.

Marcus lo tomó.

Leyó la primera página.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Desde cuándo existe esta deuda?

William no respondió.

Adrian palideció.

Yo me acerqué.

—Marcus.

Él levantó los ojos.

—Blake Holdings utilizó sus participaciones en Skyline Harbor como garantía para varios préstamos privados.

Sentí que mi padre se incorporaba detrás de mí.

—¿Sin notificarnos?

—Eso parece.

William cerró los ojos.

Adrian comenzó a retroceder.

Entonces comprendí por qué había venido corriendo aquella mañana.

No necesitaba salvar nuestro compromiso.

Necesitaba impedir mi firma.

Marcus pasó rápidamente las páginas.

—Elena, hay algo más.

—¿Qué?

—Existe una cláusula de vencimiento inmediato si Stone Group retira su inversión principal.

Miré las tres firmas todavía frescas.

—¿Cuánto?

Marcus levantó lentamente la vista.

—Ochocientos veinte millones de dólares. Pagaderos en setenta y dos horas.

Valeria dejó escapar un pequeño grito.

William se dejó caer en una silla.

Adrian me miró como si acabara de firmar su sentencia.

Pero entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje del director financiero.

Lo abrí.

Y sentí que toda satisfacción desaparecía.

“ELENA, NO FIRMES NADA MÁS. ENCONTRAMOS TRANSFERENCIAS DESDE STONE GROUP HACIA CUENTAS CONTROLADAS POR BLAKE HOLDINGS. ALGUIEN DE NUESTRA PROPIA JUNTA LAS AUTORIZÓ.”

Debajo había un nombre.

Un nombre que conocía demasiado bien.

Levanté lentamente la vista hacia las personas reunidas en aquella sala.

Porque de pronto comprendí que la traición de Adrian quizá solo había sido la parte visible de algo mucho más grande.

Y la persona que había estado financiando secretamente a los Blake estaba sentada a menos de tres metros de mí.

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