Ethan permaneció mirando la puerta después de que Sophie desapareciera.
Las risas del salón se apagaron poco a poco.
Vanessa todavía sostenía su copa, pero la expresión de triunfo que había tenido unos segundos antes comenzó a desvanecerse.
—Ethan —preguntó—, ¿por qué estás tan preocupado por la cita de Sophie?
Él no respondió.
Miró su teléfono.
Ninguno de sus mensajes había sido leído.
Volvió a llamar.
La llamada ni siquiera entró.
Entonces comprendió.
Sophie lo había bloqueado.
—¿Qué está pasando? —insistió Vanessa.
Uno de sus antiguos compañeros soltó una carcajada.
—Parece que alguien está celoso.
Ethan levantó la cabeza.
—No estoy celoso.
—Entonces deja que Sophie tenga su cita.
Aquella frase provocó algunas risas.
Pero Ethan ya no sonreía.
Durante diez años había vivido convencido de que Sophie siempre estaría allí.
Podía pedirle paciencia.
Podía esconderla.
Podía aplazar cada promesa.
Y cuando ella amenazaba con marcharse, bastaban unas palabras dulces para hacerla regresar.
Aquella noche había ocurrido algo diferente.
Sophie no había discutido.
No había llorado.
No le había exigido explicaciones.
Simplemente había brindado por su nueva relación y se había marchado.
Ethan se levantó.
Vanessa frunció el ceño.
—¿Adónde vas?
Él tomó su chaqueta.
—A buscarla.
—¿Por qué?
La pregunta quedó suspendida frente a todos.
Ethan cerró los ojos durante un instante.
Después de diez años escondiendo la verdad, finalmente pronunció las palabras que Sophie había esperado durante una década.
—Porque Sophie es mi novia.
Nadie reaccionó.
Parecía que todos necesitaban unos segundos para comprenderlo.
—¿Tu novia? —repitió Vanessa.
Ethan tragó saliva.
—Llevamos juntos diez años.
El silencio fue devastador.
Una copa golpeó suavemente contra la mesa.
Alguien apagó la cámara del teléfono.
Vanessa perdió completamente el color.
—¿Diez años?
—Sí.
—Entonces cuando te pregunté si estabas soltero…
Ethan bajó la mirada.
No existía una respuesta capaz de salvarlo.
Vanessa soltó una risa amarga.
—Dijiste que sí.
—Fue complicado.
—No.
Ella dejó la copa.
—Acabas de hacerlo complicado.
Ethan salió del restaurante.
Fue primero al apartamento de Sophie.
Tenía una llave.
O, al menos, creía tenerla.
La introdujo en la cerradura.
No giró.
Probó nuevamente.
Nada.
Sophie había cambiado la cerradura aquella misma noche.
A la mañana siguiente, cuando Sophie abrió los ojos, encontró a su madre sentada frente a ella con una expresión satisfecha.
—¿Lo bloqueaste?
—Sí.
—¿Y no piensas desbloquearlo?
—No.
Su madre sonrió.
—Entonces ya puedo enseñarte quién será tu cita.
Colocó una fotografía sobre la mesa.
Sophie la miró.
Y se quedó inmóvil.
—¿Daniel?
Daniel Foster.
Su antiguo compañero de universidad.
El hombre que había estudiado dos cursos por encima de ella y que, años atrás, había sido una de las pocas personas capaces de hacerla reír incluso durante los exámenes finales.
También había sido amigo de Ethan.
—Pensé que vivía en Londres.
—Regresó hace seis meses.
Sophie sostuvo la fotografía.
Recordaba perfectamente la última conversación que había tenido con Daniel antes de que él abandonara el país.
Habían estado frente a la biblioteca universitaria.
Daniel había querido decirle algo.
Pero Ethan apareció antes de que pudiera hacerlo.
Poco después, Daniel se marchó.
—¿Él sabe que soy yo?
Su madre evitó mirarla.
—Tal vez.
—Mamá.
—Está bien. Sí.
Sophie suspiró.
—¿Y aceptó?
—Inmediatamente.
Tres días después, Sophie entró en un pequeño restaurante del centro.
Daniel ya estaba esperando.
Cuando la vio, se levantó.
—Hola, Sophie.
—Hola.
Él sonrió.
—Han pasado diez años.
Aquellas palabras le provocaron una extraña sensación.
Diez años.
Exactamente el tiempo que había entregado a Ethan.
—Pensé que te sorprenderías más.
—Tu madre nunca ha sabido guardar secretos.
Sophie soltó una risa.
La primera risa auténtica desde la reunión.

Daniel la observó unos segundos.
—Sigues riéndote igual.
Sophie bajó la mirada.
—Tú sigues diciendo cosas incómodas.
—También.
La cena resultó sorprendentemente sencilla.
No hubo preguntas invasivas.
No hubo promesas.
Daniel habló de Londres, de su empresa y de las razones por las que había regresado.
Sophie le contó algunos cambios de su vida, evitando deliberadamente mencionar a Ethan.
Hasta que Daniel preguntó:
—¿Terminaste con él?
Sophie dejó lentamente el tenedor.
—¿Lo sabías?
—Siempre lo supe.
Ella quedó paralizada.
—¿Cómo?
Daniel sonrió con tristeza.
—Porque Ethan me pidió que guardara el secreto.
Sophie sintió un nudo en el pecho.
—¿Cuándo?
—En la universidad.
—¿Desde entonces?
Daniel asintió.
—Me dijo que ustedes querían privacidad durante unos meses.
Sophie casi se rio.
—Los meses se convirtieron en diez años.
Daniel dejó de sonreír.
—No sabía eso.
Antes de que Sophie pudiera responder, alguien se detuvo junto a la mesa.
Daniel levantó la vista.
Sophie no necesitó hacerlo.
Conocía aquella respiración.
—Así que era él.
Ethan.
Sophie levantó lentamente los ojos.
Parecía no haber dormido en varios días.
—¿Cómo supiste dónde estaba?
—Tu madre.
Sophie apretó los labios.
Tendría una conversación seria con ella.
Ethan miró a Daniel.
—¿No te parece extraño salir con la novia de un amigo?
Sophie respondió antes que él.
—Exnovia.
Ethan se volvió hacia ella.
—No hemos terminado.
—Tú dijiste delante de treinta personas que estabas soltero.
—Cometí un error.
—Durante diez años.
Ethan palideció.
—Sophie, confesé todo después de que te marchaste.
Ella sintió algo parecido a una tristeza tranquila.
—Eso era exactamente lo que quería hace diez años.
Se puso de pie.
—Ahora ya no lo necesito.
Ethan intentó tomarle la mano.
Sophie retrocedió.
Daniel también se levantó, pero Sophie negó suavemente.
No necesitaba que nadie la protegiera.
—¿De verdad vas a tirar diez años por una noche? —preguntó Ethan.
Sophie lo miró fijamente.
—No estoy tirando diez años.
Estoy evitando perder otros diez.
Ethan quedó en silencio.
Sophie tomó su bolso.
—Daniel, gracias por la cena.
Él sonrió.
—¿Puedo volver a invitarte?
Sophie miró a Ethan.
Después volvió los ojos hacia Daniel.
—Sí.
El rostro de Ethan se endureció.
Pero ya no tenía derecho a protestar.
Sophie salió del restaurante sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que podía respirar.
Una semana después, Ethan dejó de llamar.
Vanessa también desapareció de sus redes sociales.
Sophie pensó que todo había terminado.
Hasta que una mañana recibió un sobre en su oficina.
No tenía remitente.
Dentro había una fotografía antigua.
Ella, Ethan y Daniel durante la universidad.
Detrás aparecía escrita una fecha.
La noche anterior a que Daniel se marchara a Londres.
Debajo había una frase escrita a mano.
“SOPHIE, ETHAN NUNCA TE CONTÓ POR QUÉ DANIEL SE FUE.”
Sophie sintió que se le helaban los dedos.
Entonces su teléfono sonó.
Era Daniel.
Contestó.
—¿Hola?
Al otro lado hubo varios segundos de silencio.
Finalmente, Daniel habló.
—Sophie, necesito contarte algo sobre Ethan.
Ella miró nuevamente la fotografía.
—¿Qué cosa?
Daniel respiró profundamente.
Y las siguientes palabras hicieron que Sophie comprendiera que la relación que acababa de terminar había comenzado con una mentira mucho más grande de lo que jamás imaginó.