Adrian dejó la pluma sobre la mesa.
Su rostro no cambió, pero la mano que rodeaba mi cintura se aflojó.
Aproveché para levantarme inmediatamente.
Noah avanzó hacia nosotros.
—Claire, termina lo que empezaste.
Mi hermana estaba temblando.
Nunca la había visto así.
Claire siempre había sido la hija perfecta. La elegante. La obediente. La que aceptaba un compromiso con un desconocido si aquello podía salvar a nuestra familia.
Pero aquella mujer parecía aterrorizada.
—Nuestra empresa no quebró por las malas inversiones de papá —dijo finalmente.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Entonces por qué?
Claire miró directamente a Adrian.
—Porque alguien compró nuestra deuda, bloqueó nuestras líneas de crédito y presionó a nuestros principales inversionistas para que abandonaran la compañía.
Noah frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que Adrian lo hizo?
—Estoy diciendo que Blackwood Capital lo hizo.
Me giré hacia Adrian.
Él no negó nada.
—¿Por qué?
Su mirada se clavó en mí.
—Pregúntale a tu padre.
—Te lo estoy preguntando a ti.
Por primera vez, algo parecido a rabia apareció detrás de su serenidad.
—Hace dieciocho años, tu padre y el mío fundaron una empresa juntos.
Noah palideció.
—Adrian…
—Ella tiene derecho a saberlo.
Adrian caminó hasta el escritorio y abrió un cajón.
Sacó una carpeta antigua.
La lanzó sobre la mesa.
—Cuando nuestro padre murió, faltaban cuarenta millones de dólares de una cuenta de inversión.
Miré los documentos sin comprender.
Entonces vi una firma.
La de mi padre.
—Eso no demuestra nada.
—No.
Adrian pasó otra página.
—Esto sí.
Era una transferencia bancaria.
El dinero había terminado en una sociedad registrada a nombre de una empresa relacionada con nuestra familia.
Claire cerró los ojos.
Ella ya lo sabía.
—¿Desde cuándo lo sabes? —le pregunté.
—Desde hace seis meses.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Y no me dijiste nada?
—Intentaba protegerte.
Solté una risa amarga.
—¿Protegerme? Me hiciste participar en un plan para drogar a un hombre y después huiste dejándome con él.
Claire empezó a llorar.
—¡Porque ese nunca fue mi plan!
El silencio cayó otra vez.
Adrian entrecerró los ojos.
—Explícate.
Claire sacó su teléfono.
—El sedante me lo dio papá.
Mi corazón se detuvo por un instante.
—¿Papá?
—Me dijo que debía poner unas gotas en la bebida de Adrian para que pareciera enfermo durante la cena. Nada más. Después alguien tomaría fotografías y el consejo de Blackwood cuestionaría su capacidad para dirigir la corporación.
Noah la miró horrorizado.
—Eso podría haber destruido su reputación.
—Lo sé.
Claire bajó la cabeza.
—Pero papá prometió que, si lo hacía, nuestra deuda desaparecería.
Adrian extendió la mano.
—Dame el teléfono.
Claire dudó.
Luego se lo entregó.
Había mensajes.
Muchos.
Instrucciones.
Horarios.
Fotografías del hotel.
Incluso el número exacto de la habitación.

Adrian leyó todo sin decir una palabra.
Finalmente preguntó:
—¿Quién debía tomar las fotografías?
Claire tragó saliva.
—No lo sé.
—Mientes.
—¡No lo sé!
Adrian levantó la vista.
—Entonces, ¿por qué huiste?
Mi hermana me miró.
La culpa en sus ojos respondió antes que sus palabras.
—Porque recibí un mensaje.
—¿De quién?
—De papá.
Buscó algo en el teléfono.
Después me mostró la pantalla.
“SAL AHORA. DEJA A ELENA. ADRIAN NO LE HARÁ DAÑO.”
Sentí que las piernas me fallaban.
Mi propio padre sabía que yo estaba allí.
Peor aún.
Había querido que me quedara.
—¿Por qué?
Claire negó mientras lloraba.
—No lo sé.
Adrian tomó el teléfono otra vez.
Amplió la captura.
Su expresión cambió.
—Yo sí.
Todos lo miramos.
—Ese mensaje no pretendía protegerte, Elena.
Se acercó lentamente.
—Pretendía dejarte conmigo.
Noah dio un paso adelante.
—¿Para qué?
Adrian guardó silencio unos segundos.
—Porque vuestro padre sabía que, si algo salía mal, necesitaría ofrecerme algo suficientemente importante para negociar.
Sentí náuseas.
—¿Me estaba utilizando como garantía?
Adrian no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Claire comenzó a llorar con más fuerza.
—Perdóname.
Me alejé de todos.
Necesitaba aire.
Necesitaba salir de aquella mansión.
—Elena —dijo Noah—, puedo llevarte a casa.
—No.
Adrian pronunció aquella palabra con una firmeza que hizo que me girara.
—Ella no vuelve a esa casa.
—No decides por ella —respondió Noah.
—Esta vez no estoy decidiendo por ella.
Adrian levantó el teléfono de Claire.
—Estoy intentando mantenerla viva.
El silencio fue inmediato.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Adrian abrió otro mensaje.
Había llegado apenas unos minutos antes.
No tenía remitente identificado.
Solo contenía una fotografía.
Era una imagen mía saliendo del hotel aquella mañana.
Debajo aparecía una frase.
“LA HERMANA EQUIVOCADA SOBREVIVIÓ.”
Claire se tapó la boca.
Noah tomó el teléfono.
—¿Quién envió esto?
—La misma persona que manipuló el plan —respondió Adrian.
—¿Cómo lo sabes?
Adrian señaló la hora.
El mensaje había sido enviado antes de que Claire llegara a la mansión.
Alguien nos estaba observando.
Entonces sonó mi teléfono.
Era mi padre.
Todos quedaron inmóviles.
Contesté.
—Papá.
Durante varios segundos solo escuché su respiración.
—Elena, tienes que salir de la mansión Blackwood inmediatamente.
Miré a Adrian.
—¿Por qué?
Mi padre guardó silencio.
Después dijo algo que convirtió el miedo en hielo dentro de mis venas.
—Porque Adrian no compró nuestra deuda para destruirnos. La compró para impedir que otra persona lo hiciera.
—¿Quién?
Escuché un golpe al otro lado de la llamada.
Después un ruido brusco.
—Papá.
Nada.
—¡Papá!
Finalmente regresó su voz, apenas audible.
—Elena, escucha con atención. No confíes en nadie que lleve el apellido Blackwood.
La llamada se cortó.
Noah y Adrian se miraron.
Y por primera vez comprendí algo.
Mi padre no había dicho “no confíes en Adrian”.
Había dicho Blackwood.
En ese preciso instante, las luces de la mansión se apagaron.
Un estruendo resonó en la planta baja.
Los cristales vibraron.
Adrian me sujetó del brazo y me colocó detrás de él.
—Noah, cierra la puerta.
Pero Noah no se movió.
Miraba por la ventana con el rostro completamente pálido.
—Adrian…
—¿Qué?
Noah señaló hacia la entrada principal.
Varias camionetas negras acababan de detenerse frente a la mansión.
La primera puerta se abrió.
Descendió un hombre de cabello gris.
Adrian quedó completamente inmóvil.
Claire susurró:
—¿Quién es?
Noah respondió sin apartar los ojos de la ventana.
—Nuestro padre.
Miré a Adrian.
Según acababa de decirme, su padre había muerto hacía dieciocho años.
Pero Adrian ya no miraba hacia la ventana.
Me miraba a mí.
Y entonces comprendí que todavía existía una mentira mucho más grande que todas las anteriores.
Adrian Blackwood sabía que su padre seguía vivo.