PARTE 2: LA MADRE QUE NO PUDIERON COMPRAR.

Alexander miró a Gabriel como si acabara de aparecer un fantasma.

Durante meses había ordenado investigaciones privadas, revisado movimientos bursátiles y presionado a sus ejecutivos para descubrir quién estaba acumulando acciones de Fuentes Holdings.

Nunca imaginó que la respuesta estaba delante de él.

Mucho menos que era mi hermano.

—¿Navarro? —murmuró—. ¿Tú eres el accionista misterioso?

Gabriel acomodó tranquilamente el puño de su camisa.

—Treinta y uno por ciento.

Alexander apretó la mandíbula.

—Eso no te da control.

—No.

Gabriel miró hacia mí.

—Pero sumado a las acciones que posee mi hermana, sí puede cambiar muchas cosas.

Alexander se volvió lentamente.

—¿Qué acciones?

Sonreí.

Por primera vez desde que había entrado en aquella habitación, su seguridad desapareció por completo.

—Las que nunca te molestaste en preguntar si tenía.

Uno de los abogados de Gabriel colocó una carpeta sobre la mesa.

—Hace siete años, antes del matrimonio, la señora recibió una participación en Navarro Capital. Posteriormente, varias inversiones de ese fondo adquirieron acciones de Fuentes Holdings.

Alexander abrió la carpeta.

Su expresión se volvió rígida.

—Esto es imposible.

—No —respondió Gabriel—. Solo estabas demasiado ocupado pensando que mi hermana dependía de ti.

Mi madre permanecía junto a la ventana.

No sonreía.

Después de verme pasar seis años soportando silencios, humillaciones y desprecios, aquel momento no le producía alegría.

Solo alivio.

Alexander arrojó la carpeta sobre la mesa.

—Nada de esto cambia la custodia.

—Tienes razón —dije—. La custodia no se decide por acciones.

—Mis hijos llevarán mi apellido.

—Y eso tampoco decide quién los cría.

Sus ojos se endurecieron.

—¿De verdad quieres una guerra?

Miré las incubadoras visibles a través del cristal de la habitación contigua.

Mis dos bebés dormían ajenos a todo.

—No quiero una guerra.

Volví la mirada hacia él.

—Quiero a mis hijos.

—Los cuatro son herederos de la familia Fuentes.

—Son niños, Alexander. No títulos de propiedad.

Gabriel hizo una señal a sus abogados.

Uno de ellos sacó otro documento.

—Esta mañana presentamos una solicitud urgente para impedir cualquier traslado de los menores sin autorización de ambos progenitores.

Alexander soltó una risa seca.

—Mis abogados anularán eso antes del mediodía.

La directora del hospital intervino.

—Hasta que exista una resolución diferente, ningún niño abandonará este hospital sin el consentimiento correspondiente.

Alexander la miró con furia.

—Fuentes Holdings financió esta ala.

—Y eso no convierte a los pacientes en propiedad de Fuentes Holdings.

El silencio cayó sobre la habitación.

Entonces Alexander tomó su teléfono.

—Bien.

Marcó un número.

—Quiero al equipo jurídico completo aquí en veinte minutos. Y convoquen una reunión extraordinaria de la junta.

Gabriel sonrió.

—Excelente idea.

Alexander lo miró.

—¿Qué?

—Yo también solicité una.

El teléfono permaneció junto a su oído.

—¿Para qué?

Gabriel sacó un documento.

—Para votar tu destitución como presidente ejecutivo.

Alexander dejó lentamente el teléfono.

—No tienes suficientes votos.

—Todavía no.

Aquellas dos palabras parecieron inquietarlo más que cualquier amenaza.

Porque Gabriel no hablaba sin tener un plan.

Alexander me miró.

—¿Cuánto tiempo llevan preparando esto?

—Yo no estaba preparando nada.

—¡No me mientas!

Su voz hizo que uno de los gemelos se moviera dentro de la incubadora.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Intenté incorporarme.

El dolor de la cesárea atravesó mi abdomen.

Mi madre corrió hacia mí.

—No te levantes.

Gabriel dio un paso hacia Alexander.

—Baja la voz.

Alexander ni siquiera lo escuchó.

—¿Te casaste conmigo para entrar en mi familia?

Lo observé incrédula.

Incluso entonces necesitaba imaginar una conspiración para evitar reconocer la verdad.

—Me casé contigo porque te amaba.

Mi voz salió más baja de lo esperado.

—Ese fue mi único error.

Alexander se quedó inmóvil.

—Durante años defendí tus ausencias. Les decía a nuestros hijos que papá trabajaba mucho porque quería darles un futuro.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Cuando nuestra hija preguntaba por qué nunca ibas a sus presentaciones, inventaba excusas por ti. Cuando nuestro hijo tuvo fiebre y llamó tu nombre toda la noche, fui yo quien dijo que estabas atrapado en una reunión.

Alexander apartó la mirada.

—No uses a los niños para manipularme.

—No necesito manipularte.

Señalé los papeles.

—Tú acabas de demostrar quién eres.

Su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Después volvió a vibrar.

Y otra vez.

La sangre desapareció lentamente de su rostro.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

No respondió.

Gabriel recibió también una notificación.

La leyó.

—Parece que la junta extraordinaria se adelantó.

Alexander salió al pasillo mientras marcaba frenéticamente.

—¡Cancelen esa reunión!

Escuchó la respuesta.

—¿Cómo que no pueden?

Gabriel permaneció junto a mi cama.

—Tres miembros del consejo pidieron revisar las cuentas de la compañía.

Alexander se volvió.

—¿Qué les diste?

—Nada.

Gabriel señaló hacia mí.

—Pregúntale a tu esposa.

Todos me miraron.

Abrí el cajón de la mesa de noche y saqué una pequeña memoria USB.

La coloqué sobre la sábana.

Alexander dejó de respirar.

—¿Qué contiene?

—Seis años de documentos.

—Entrégamela.

—No.

Avanzó un paso.

Los abogados de Gabriel se interpusieron inmediatamente.

—¿Robaste información confidencial?

—Guardé copias de documentos que llegaron a nuestra casa y que tú mismo me pediste organizar.

Su expresión cambió.

Recordó aquellas noches.

Carpetas que dejaba sobre el escritorio.

Contratos que me pedía clasificar.

Transferencias que suponía que yo no comprendía.

—No sabes interpretar esos documentos.

—Quizá no.

Miré a Gabriel.

—Pero sus auditores sí.

Por primera vez, vi verdadero miedo en los ojos de Alexander.

No miedo a perderme.

Miedo a perder su imperio.

Entonces la puerta se abrió violentamente.

Mi suegra entró acompañada por dos hombres.

Su rostro estaba completamente desencajado.

—Alexander.

Él se volvió.

—Mamá, ahora no.

Ella caminó hasta él y le dio una bofetada.

Todos quedamos inmóviles.

—¿Qué demonios hiciste?

Alexander se llevó una mano al rostro.

—¿De qué hablas?

Mi suegra arrojó varios documentos sobre la cama.

—La junta congeló las cuentas del fideicomiso familiar.

Gabriel frunció el ceño.

Aquello tampoco parecía formar parte de su plan.

Tomé uno de los documentos.

Había transferencias realizadas a nombre de mis hijos.

Cantidades enormes.

Sociedades que jamás había visto.

Y firmas que parecían mías.

Sentí frío.

—Yo nunca firmé esto.

Alexander miró los documentos.

Su expresión cambió de furia a desconcierto.

—Yo tampoco autoricé esas transferencias.

Mi suegra palideció.

—Entonces tenemos un problema mucho peor.

Gabriel tomó una de las páginas.

Leyó durante varios segundos.

Después levantó la mirada.

—Estas operaciones comenzaron hace cinco años.

—¿Quién las autorizó? —pregunté.

Nadie respondió.

Hasta que uno de los abogados encontró una página escondida entre los anexos.

—Aquí aparece el beneficiario final.

Alexander extendió la mano.

—Dámelo.

Pero el abogado no se movió.

Me miró directamente.

—Señora, creo que debería leerlo usted.

Tomé la hoja.

Mis dedos comenzaron a temblar.

Reconocí inmediatamente el nombre.

Era alguien que había entrado en mi casa cientos de veces.

Alguien que conocía a mis hijos.

Alguien que había estado presente durante mis embarazos.

Y alguien a quien yo había confiado personalmente todos mis documentos durante seis años.

Levanté la vista.

—No puede ser.

En ese mismo instante, la puerta volvió a abrirse.

La persona cuyo nombre aparecía en aquella hoja entró en la habitación.

Miró primero a Alexander.

Después a Gabriel.

Finalmente, sus ojos se detuvieron en mí.

Y sonrió.

—Veo que por fin encontraron las cuentas.

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