Parte 2: EL DÍA QUE DEJÉ DE SER SU PADRE

La voz de Laura salió del teléfono con una naturalidad que me golpeó en pleno pecho.

—Cariño, ¿Lucas pudo caminar bien o le dolió mucho la pierna por acompañarte?

Daisy miró inmediatamente a Lucas.

—Estoy bien, mamá. Él dice que no le duele.

—Está mintiendo —respondió Laura, casi divertida—. Cuando dice que está bien es porque le duele muchísimo.

Lucas sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Familiar.

Demasiado familiar.

Sentí que algo dentro de mí se tensaba.

Durante nuestro matrimonio, Laura nunca había aprendido a leerme así. O quizá sí lo había hecho y yo simplemente había dejado de notarlo.

Daisy giró la pantalla.

—Mamá, mira quién está aquí.

El rostro de Laura cambió cuando me vio.

No se sorprendió.

No se enfadó.

Simplemente guardó silencio.

—Hola, Laura.

—Ethan.

Una sola palabra.

Ni siquiera mi nombre había sonado tan distante durante el divorcio.

Natalie se acercó y apoyó una mano sobre mi brazo.

—Qué coincidencia encontrarnos todos aquí.

Laura la miró a través de la pantalla.

—Sí. Qué coincidencia.

Daisy devolvió el teléfono a Lucas.

—Mamá, luego te llamo.

—De acuerdo. Y no dejes que Lucas cargue tu mochila.

—¡Ya se lo dije!

Laura rio.

Lucas también.

Daisy colgó.

Yo seguía mirándolos.

Parecían compartir una vida de la que yo no sabía absolutamente nada.

—¿Desde cuándo Laura y tú sois tan cercanos? —pregunté.

Lucas dejó el teléfono sobre la mesa.

—No creo que este sea el lugar.

—Solo hice una pregunta.

Mi padre golpeó suavemente la mesa.

—Ethan.

Conocía ese tono.

Pero aquella vez no me detuve.

—Eres mi mejor amigo. Ella es mi exesposa. Daisy es mi hija. Creo que tengo derecho a saber qué está pasando.

Lucas me sostuvo la mirada.

—¿Derecho?

La palabra cayó entre nosotros como una piedra.

Mi madre cerró los ojos.

Daisy bajó la cabeza.

—Lucas —murmuró ella—, vámonos.

Eso me dolió todavía más.

No había dicho “papá, vámonos”.

Había elegido a Lucas.

Me agaché frente a ella.

—Daisy, espera. Podemos hablar.

Ella apretó las correas de su mochila.

—Tengo tarea.

—Puedo ayudarte.

Daisy me miró por fin.

—Lucas ya me ayudó ayer.

Sentí una punzada de celos tan absurda como inmediata.

—¿Ayer también estuvo contigo?

Lucas se levantó.

—Ethan, basta.

—No estoy hablando contigo.

Entonces Daisy retrocedió un paso.

Un movimiento mínimo.

Pero suficiente.

Mi propia hija acababa de apartarse de mí.

Me quedé inmóvil.

Y por primera vez entendí que aquello no había empezado ese día.

Yo simplemente había llegado demasiado tarde para verlo.

Mi madre se levantó y abrazó a Daisy.

—Llámame cuando llegues a casa, cielo.

—Sí, abuela.

Mi padre acarició su cabeza.

Lucas tomó la mochila.

Esta vez Daisy no protestó.

Los vi alejarse juntos.

—¡Daisy!

Ella se detuvo.

—Este fin de semana… podríamos hacer algo juntos.

Durante unos segundos no respondió.

Luego miró a Aiden.

El niño seguía junto a Natalie, observándonos confundido.

—Tengo planes.

—¿Qué planes?

—Lucas prometió llevarme al museo de ciencias.

La respuesta me dejó sin palabras.

Lucas no se giró.

Daisy tampoco.

Salieron del restaurante.

Natalie suspiró.

—No deberías presionarla.

La miré.

—Es mi hija.

—Precisamente. Dale tiempo.

Mi padre soltó una risa amarga.

—Tiempo es exactamente lo que no le has dado.

—¿Qué significa eso?

—Significa que sabes qué asignaturas estudia Aiden, qué profesores tiene, qué comida le gusta y cuándo juega fútbol.

Señaló la puerta por la que Daisy acababa de desaparecer.

Pero ni siquiera sabías en qué escuela estudiaba tu propia hija.

No pude responder.

Natalie intervino:

—Ethan está intentando construir una nueva familia.

Mi madre la miró con una frialdad que nunca antes le había visto.

—Construir una familia no exige abandonar la anterior.

El silencio fue insoportable.

Aquella noche no pude dormir.

Natalie descansaba a mi lado mientras yo revisaba mi teléfono.

Abrí el chat con Laura.

La última conversación tenía casi tres meses.

Yo había escrito:

“Esta semana estoy ocupado. ¿Podemos cambiar mi día con Daisy?”

Laura:

“Sí.”

Dos semanas después:

“Viaje de trabajo. No podré recogerla.”

Laura:

“Entendido.”

Después:

“Natalie tiene un evento familiar. Compensaré a Daisy más adelante.”

Laura:

“Está bien.”

Seguí subiendo.

Cancelación.

Cancelación.

Cancelación.

Laura nunca me había impedido ver a Daisy.

Había sido yo.

Siempre yo.

Abrí las fotografías.

Había cientos de Aiden.

Su cumpleaños.

Su primer partido.

Una excursión.

Su bicicleta nueva.

Busqué una fotografía reciente de Daisy.

La última era de hacía ocho meses.

Antes del divorcio.

Sentí vergüenza.

Entonces recordé la cojera de Lucas.

Su lesión.

Había ocurrido cuatro meses atrás.

De repente, una frase de Daisy regresó a mi mente.

“Mejor deme la mano para que no se caiga.”

¿Por qué una niña de ocho años estaba tan acostumbrada a cuidar de él?

Abrí el chat con Lucas.

Busqué nuestra conversación del día de su accidente.

Yo:

“¿Qué demonios hiciste para lesionarte así?”

Lucas:

“Larga historia.”

Yo:

“¿Fue durante el partido?”

Hubo una pausa de varias horas antes de su respuesta.

“Algo así.”

Fruncí el ceño.

Algo no encajaba.

Al día siguiente fui a la escuela de Daisy.

Esperé frente a la entrada hasta verla salir.

Pero Laura estaba allí.

Había regresado de su viaje.

Se veía diferente.

Más tranquila.

Más segura.

Daisy corrió hacia ella.

Laura la abrazó.

Yo avancé.

—Laura.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué haces aquí?

—Quiero hablar de Daisy.

—Ahora no.

—Entonces dime cuándo.

Laura suspiró.

—Ethan, durante meses tuviste oportunidades para hablar de ella.

—Lo sé.

Aquello pareció sorprenderla.

—Sé que fallé —continué—. Pero quiero arreglarlo.

Laura guardó silencio.

Entonces pregunté:

—¿Qué relación tienes con Lucas?

Su expresión cambió.

—Eso no es asunto tuyo.

—Es mi mejor amigo.

—Y yo ya no soy tu esposa.

No pude discutirlo.

Daisy tiró suavemente de la manga de Laura.

—Mamá, Lucas dijo que hoy saldría del hospital.

Me quedé helado.

—¿Hospital?

Laura cerró los ojos.

Demasiado tarde.

—¿Qué pasó?

—Nada que te concierna.

—Laura.

Daisy me miró confundida.

—¿Papá no sabe?

El corazón empezó a golpearme.

—¿Saber qué?

Laura tomó la mano de nuestra hija.

—Daisy, al coche.

—Pero…

—Ahora.

Daisy obedeció.

Yo bloqueé el paso de Laura.

—¿Qué me estás ocultando?

Ella levantó lentamente los ojos.

Y vi algo que no esperaba.

No era rabia.

Era decepción.

—¿De verdad quieres saber por qué Lucas cojea?

—Sí.

Laura respiró hondo.

—Entonces pregúntale qué ocurrió la noche en que Daisy te llamó once veces… y tú apagaste el teléfono porque estabas celebrando tu compromiso con Natalie.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué noche?

Laura abrió la puerta del coche.

—La noche en que Lucas tuvo que elegir entre salvar su carrera…

Me miró por encima del techo del vehículo.

—…o salvar a tu hija.

Y antes de que pudiera detenerla, subió al coche y cerró la puerta.

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