PARTE 2: LA MUJER QUE YA NO NECESITABA SU DINERO

Sebastián miró las manos de Clara durante varios segundos.

Ella reaccionó rápido.

—Mi madre nunca me dejaba hacer trabajos pesados —dijo con una sonrisa nerviosa—. Siempre decía que mis manos eran lo único bonito que tenía.

Era una respuesta perfecta.

Demasiado perfecta.

Sebastián apartó la mirada.

—Valeria, basta.

Asentí.

No necesitaba convencerlo.

Las dudas funcionan mejor cuando uno no intenta alimentarlas.

Fui al dormitorio, saqué dos maletas y empecé a guardar mis cosas.

Sebastián apareció en la puerta.

—¿Qué haces?

—Me voy.

—Te dije que puedes quedarte.

Solté una risa.

—Qué generoso.

Su mandíbula se tensó.

—No conviertas esto en una escena.

Me giré.

—Sebastián, me conoces desde hace cinco años. ¿Cuándo me has visto hacer una escena gratis?

No respondió.

Terminé de empacar.

Antes de salir, Clara apareció detrás de él.

—Valeria, si te vas por mi culpa, puedo buscar otro lugar.

La miré.

—No me voy por ti.

Después miré a Sebastián.

—Me voy porque finalmente entendí cuál era mi lugar aquí.

Él frunció el ceño.

—¿Y cuál era?

Sonreí.

—Temporal.

Me marché.

Pero no fui a llorar.

A la mañana siguiente llamé a un abogado.

Luego a un asesor financiero.

Después a una agente inmobiliaria.

Durante cinco años, todos se habían reído porque Valeria Shi amaba el dinero.

Lo que nadie sabía era qué había hecho Valeria Shi con ese dinero.

Nunca gasté todo lo que Sebastián me daba.

Vendí varios bolsos.

Invertí regalos en lugar de acumularlos.

Compré dos pequeños apartamentos para alquilar.

Participé en un negocio de cosméticos con una antigua compañera de universidad.

Y aquel apartamento del que acababa de salir tampoco pertenecía realmente a Sebastián.

Me lo había transferido legalmente tres años antes.

A mi nombre.

Dos días después puse la propiedad en venta.

Cuando Sebastián se enteró, me llamó.

—¿Estás vendiendo el apartamento?

—Sí.

—Clara está viviendo allí.

—Entonces tendrá que mudarse.

Silencio.

—Valeria.

—¿Qué?

—No seas infantil.

Miré los documentos sobre mi escritorio.

—El apartamento es mío.

—Yo lo pagué.

—Y me lo regalaste.

Su respiración cambió.

—¿Necesitas más dinero?

Aquella pregunta habría funcionado años atrás.

Ahora casi me dio pena.

—No.

—Entonces ¿qué quieres?

Miré por la ventana de mi nueva oficina.

—Nada de ti.

Colgué.

Vendí el apartamento tres semanas después.

Con ese dinero y mis ahorros compré una participación mayor en la empresa de cosméticos.

Por primera vez, mi nombre apareció en documentos empresariales sin estar acompañado por el de Sebastián Ford.

Valeria Shi. Socia principal.

No amante.

No protegida.

No mujer mantenida.

Yo.

Pasaron seis meses.

No volví a verlo.

Su boda con Clara se anunció en todas partes.

Las fotografías estaban en revistas y redes sociales.

“HEREDERO FORD SE CASA CON UNA JOVEN DE ORIGEN HUMILDE.”

Me reí al leerlo.

Clara había construido perfectamente su personaje.

La novia pobre.

La mujer inocente.

La chica que no quería dinero.

Yo no dije nada.

Hasta que una tarde recibí una llamada.

Era Sebastián.

—Necesito verte.

—No.

—Es sobre Clara.

Eso llamó mi atención.

—¿Qué pasó?

—Tenías razón.

Guardé silencio.

Sebastián continuó:

—No era quien decía ser.

Cerré los ojos.

No sentí satisfacción.

Solo cansancio.

—Eso ya no es problema mío.

—Valeria…

—Adiós, Sebastián.

—Espera.

Su voz se quebró ligeramente.

¿Cómo supiste lo de sus manos?

Miré las mías.

Todavía conservaban una pequeña cicatriz junto al pulgar.

Me la había hecho trabajando en una cocina cuando tenía diecisiete años.

—Porque la pobreza deja marcas que el maquillaje no puede esconder.

Colgué.

Después descubrí el resto por conocidos comunes.

Clara no había crecido en la pobreza.

Su familia tenía propiedades.

Su supuesta madre enferma vivía perfectamente bien.

Había estudiado a Sebastián durante meses.

Sus gustos.

Sus debilidades.

Incluso a mí.

Sobre todo a mí.

Había entendido que Sebastián estaba cansado de mujeres que parecían interesadas en su fortuna.

Así que se convirtió exactamente en lo contrario.

No quería regalos.

No conocía marcas.

No sabía beber.

Le daba vergüenza entrar en restaurantes caros.

Todo calculado.

La boda fue cancelada.

Pensé que aquello cerraría nuestra historia.

Me equivoqué.

Dos años después, mi empresa lanzó una línea de productos que se convirtió en un éxito inesperado.

Luego llegó una inversión extranjera.

Después otra.

Una mañana, una revista financiera publicó mi fotografía.

El titular decía:

“DE AMANTE DE UN MILLONARIO A EMPRESARIA: EL IMPERIO DE VALERIA SHI.”

Odié el titular.

Pero guardé la revista.

No por Sebastián.

Por la chica de dieciséis años que había contado toallas sanitarias en un baño para no enfurecer a su madre.

Esa noche hubo una gala empresarial.

Cuando entré al salón, lo vi.

Sebastián.

No había cambiado demasiado.

Quizá algunas líneas alrededor de los ojos.

Quizá más silencio en el rostro.

Nos miramos desde extremos opuestos de la sala.

Él se acercó.

—Valeria.

—Sebastián.

Sus ojos bajaron hacia mi mano.

No llevaba anillos.

—Te ves bien.

—Lo estoy.

—Escuché que tu empresa vale cientos de millones.

—Las noticias exageran.

Sonrió.

—Sigues hablando igual.

—Tú sigues empezando conversaciones hablando de dinero.

La sonrisa desapareció.

Durante unos segundos fuimos aquellas dos personas de años atrás.

El hombre rico que podía comprar cualquier cosa.

Y la chica pobre que estaba dispuesta a aceptar.

Entonces Sebastián dijo:

—Siempre pensé que me dejarías el día que encontrases a alguien con más dinero.

—Yo también lo pensé.

—Pero no hubo nadie.

Negué suavemente.

—No necesitaba otro hombre rico.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Entonces ¿qué necesitabas?

—Capital.

Sebastián quedó inmóvil.

—¿Qué?

Sonreí.

—El dinero que me diste.

Por primera vez, pareció entender.

Los apartamentos.

Las inversiones.

La empresa.

Mi independencia.

Todo había empezado con el dinero que él me entregó pensando que así conseguiría mantenerme cerca.

—Me financiaste la salida —dije.

Su rostro perdió el color.

—Valeria…

—Me enseñaste que el dinero significaba seguridad. Así que aprendí a convertir tus regalos en una vida donde nunca volvería a necesitarte.

Sebastián tragó saliva.

—¿Alguna vez me amaste?

Esta vez no sonreí.

—Sí.

Sus ojos se iluminaron apenas.

Y tuve que destruir aquella esperanza.

—Ese fue precisamente el motivo por el que tuve que irme.

Me alejé.

Pero antes de llegar a la puerta, Sebastián habló a mi espalda.

—Aquel diamante todavía lo tengo.

Me detuve.

—Nunca se lo di a Clara.

Giré lentamente.

Él sacó del bolsillo una pequeña caja negra.

La misma.

Después de tantos años.

—Sebastián…

—No quiero comprarte.

Abrió la caja.

El diamante brilló bajo las luces.

Pero esta vez no lo puso frente a mí.

Lo dejó sobre una mesa.

—Solo quiero devolverte algo que siempre fue tuyo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

Él sacó un sobre de debajo de la caja.

—La verdad sobre el cheque que te di aquella primera vez frente a la universidad.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué verdad?

Sebastián me miró fijamente.

—Que yo no estaba allí por casualidad, Valeria.

Y mi sonrisa desapareció.

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