Gabriel me observó durante tanto tiempo que mi padre terminó aclarándose la garganta.
—Camille, el matrimonio no es algo que se decida en cinco minutos.
—Lo sé.
No aparté los ojos de Gabriel.
—Por eso no estoy diciendo que nos casemos mañana. Estoy diciendo que quiero conocerlo.
Gabriel bajó lentamente la mirada.
Yo conocía aquel gesto.
Lo había descrito en su diario.
Cada vez que estaba feliz por algo relacionado conmigo, evitaba mirarme porque temía que sus ojos lo traicionaran.
—Entonces —dijo finalmente—, aceptaré esa oportunidad.
Mi padre sonrió.
Yo también.
Mi teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa.
JULIAN SHAW.
Una vez.
Dos.
Cinco veces.
No contesté.
Gabriel miró discretamente la pantalla.
—Puede responder.
—No quiero.
—Tal vez sea importante.
Tomé el teléfono y lo apagué.
—Ya no lo es.
Por primera vez, Gabriel sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible.
Pero hizo que algo dentro de mí doliera.
¿Cuántas veces había esperado ver esa sonrisa en mi vida anterior sin siquiera darme cuenta de que existía?
Durante las siguientes semanas cumplí mi promesa.
No perseguí a Gabriel.
No intenté obligarlo a creer en un amor que todavía no podía comprender.
Simplemente empecé a conocerlo.
Descubrí que tomaba café sin azúcar.
Que odiaba las fiestas ruidosas.
Que siempre llevaba comida para el perro callejero que vivía cerca de su oficina.
Que recordaba los nombres de todos sus empleados.
Y también descubrí algo más doloroso.
Gabriel conocía cada detalle sobre mí.
—No me gustan las rosas —comenté una tarde.
—Lo sé.
Me detuve.
—¿Cómo?
Él pareció darse cuenta de su error.
—Lo mencionó alguna vez.
Yo sabía perfectamente dónde.
En una fiesta universitaria cuatro años atrás.
Según su diario, Gabriel había estado sentado tres mesas más lejos.
Sonreí sin descubrirlo.
—Tienes buena memoria, señor Blackwood.
Sus orejas se pusieron ligeramente rojas.
—Solo para algunas cosas.
Entonces Julian comenzó a aparecer de nuevo.
Primero fueron mensajes.
Después flores.
Finalmente llegó personalmente a mi casa.
—Necesitamos hablar.
—No tenemos nada que hablar.
—¿Estás saliendo con Blackwood?
—Sí.
Su rostro se endureció.
—¿Para castigarme?
Aquella pregunta casi me hizo reír.
Durante nueve años de mi vida anterior, Julian había estado convencido de que cada decisión mía giraba alrededor de él.
—Julian, no eres tan importante.
Su expresión cambió.
—Vivian tenía razón.
—¿Sobre qué?
—Dijo que estabas haciendo esto porque estabas celosa.
Ahí estaba otra vez.
Vivian.
Siempre Vivian.
—Entonces vuelve con ella.
—¡Es la viuda de mi hermano!
—Lo sé.
Lo miré directamente.
—Pero la forma en que la miras no tiene nada de fraternal.
Julian palideció.
—Estás enferma.
En mi vida anterior aquellas palabras me habían destruido.
Esta vez abrí la puerta.
—Adiós, Julian.
Tres meses después, Gabriel me pidió matrimonio.
No hubo periodistas.
Ni restaurante exclusivo.
Ni anillo frente a cientos de personas.
Estábamos caminando por el jardín de mi casa cuando se detuvo.
—Camille.
—¿Sí?
Sacó una pequeña caja.
Sus dedos temblaban.
Exactamente como aquel primer día.
—No quiero que aceptes por gratitud, por presión familiar ni porque estés huyendo de alguien.
Me miró fijamente.
—Solo aceptaré si realmente quieres construir una vida conmigo.
Las lágrimas llenaron mis ojos.
En mi vida anterior había firmado nuestro matrimonio como si firmara un contrato comercial.
Ni siquiera recordaba haberlo mirado.
Esta vez extendí la mano.
—Sí.
Gabriel quedó inmóvil.
—¿Sí?
Reí entre lágrimas.
—Sí, Gabriel.
—Quiero casarme contigo.
Nos casamos dos meses después.
Y aquella noche tomé una decisión.
No repetiría nuestra antigua vida.
No habría habitaciones separadas.
No habría silencios interminables.
No permitiría que Gabriel creyera que debía conformarse con observarme desde lejos.
Cuando entramos en nuestra nueva casa, él señaló el pasillo.
—Preparé una habitación para ti. Pensé que quizá necesitarías espacio.

Miré la puerta.
Después lo miré a él.
—No la necesito.
Gabriel se quedó paralizado.
Me acerqué y tomé su mano.
—Somos marido y mujer. Empecemos comportándonos como dos personas que realmente quieren compartir una vida.
Sus dedos se cerraron lentamente alrededor de los míos.
—Camille…
—No tengas miedo.
Él sonrió.
—Contigo siempre tengo miedo.
—¿De qué?
Su respuesta fue casi un susurro.
—De despertar.
Mi corazón se encogió.
Porque yo era la única que sabía que, en cierto modo, aquello sí era un sueño que la vida me había permitido repetir.
Pasaron cuatro años.
La empresa de mi padre se recuperó gracias a la alianza con Blackwood.
Gabriel y yo dejamos de ser un matrimonio conveniente mucho antes de nuestro primer aniversario.
Y Julian terminó exactamente donde yo sabía que terminaría.
Con Vivian.
Un día recibí una invitación a su boda.
La dejé sobre la mesa sin abrir.
Gabriel la vio.
—¿Quieres ir?
—No.
—¿Estás segura?
Lo miré.
—Completamente.
Aquella noche quemé la invitación.
No sentí tristeza.
Solo alivio.
Pero todavía existía algo que me aterraba.
La fecha de la muerte de Gabriel se acercaba.
En mi vida anterior había muerto cinco años después de nuestro matrimonio.
Durante meses investigué discretamente todo lo relacionado con aquel día.
Su diario solo mencionaba que debía viajar para cerrar una negociación.
Nunca explicó cómo ocurrió.
Hasta que una mañana escuché a Gabriel hablando por teléfono.
—Sí. Viajaré el jueves.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Jueves.
La misma fecha.
Entré en su despacho.
—Cancela el viaje.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué sucede?
—Por favor.
Debió ver algo en mi expresión porque no preguntó más.
Tomó el teléfono.
—Cancélalo.
Aquella noche hubo una tormenta terrible.
A las once recibimos una llamada.
El avión privado que Gabriel debía tomar había sufrido un accidente durante el vuelo.
Me desplomé en el suelo.
Gabriel corrió hacia mí.
—Camille.
Lo abracé con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—Estás vivo.
—Claro que estoy vivo.
—Estás vivo…
Lloré contra su pecho.
Gabriel no entendía.
Pero me sostuvo toda la noche.
Había cambiado el destino.
Gabriel viviría.
Eso creí.
Hasta la mañana siguiente.
Cuando bajé a desayunar, encontré un pequeño cuaderno negro sobre la mesa.
Mi corazón se detuvo.
Era idéntico.
El diario.
El mismo que había recibido después de su muerte en mi vida anterior.
Lo abrí con manos temblorosas.
Las primeras páginas estaban vacías.
Excepto la última.
Había una sola frase escrita con la letra de Gabriel.
“No sé por qué Camille sabía que debía cancelar aquel vuelo.”
Escuché pasos detrás de mí.
Me giré.
Gabriel estaba apoyado en la puerta.
No parecía enfadado.
Solo confundido.
—Camille.
Miró el diario entre mis manos.
—Creo que ha llegado el momento de que me digas la verdad.
Guardé silencio durante varios segundos.
Después comprendí que ya no quería esconderme.
Le conté todo.
La otra vida.
Julian.
Vivian.
Nuestro matrimonio vacío.
Su muerte.
Y el diario.
Cuando terminé, Gabriel tenía los ojos húmedos.
—Entonces regresaste por mí.
Negué.
—Al principio creía que sí.
Tomé su mano.
—Pero ahora entiendo que regresé por nosotros.
Gabriel me abrazó.
Y por primera vez pude decirle las palabras que en la otra vida había aprendido demasiado tarde.
—Te amo, Gabriel.
Cerró los ojos.
—He esperado mucho tiempo para escuchar eso.
Sonreí entre lágrimas.
—Lo sé.
Décadas después, aquel pequeño diario seguía guardado en nuestra biblioteca.
Pero sus páginas ya no estaban vacías.
Estaban llenas de viajes, aniversarios, discusiones tontas, reconciliaciones, fotografías y recuerdos.
En la última página, Gabriel escribió una frase cuando ambos ya teníamos el cabello gris.
“En mi primera vida, quizá morí amándola en silencio. En esta, tuve la suerte de escucharla decir mi nombre cada mañana.”
Debajo escribí mi respuesta.
“Me dieron una segunda vida para corregir un error. Y esta vez no perseguí al hombre que nunca me eligió. Elegí al hombre que nunca dejó de elegirme.”
Cerré el diario.
Gabriel extendió su mano hacia mí.
Y yo la tomé.
Esta vez, no llegué demasiado tarde.