PARTE 2: EL HOMBRE QUE ADRIAN MÁS TEMÍA.

Adrian permaneció mirando la pantalla del teléfono después de que la llamada terminara.

Una sola frase continuaba golpeándole la cabeza.

“Mi novia está cansada.”

Novia.

Elena.

Su Elena.

Durante seis años había estado convencido de que podía alejarla y recuperarla cuando quisiera. Había confundido su paciencia con dependencia y su amor con una garantía permanente.

Ahora otro hombre acababa de llamarla su novia.

Adrian marcó nuevamente.

El teléfono estaba apagado.

—¡Maldita sea!

Lanzó el vaso contra la pared.

Vanessa apareció desde el dormitorio.

—¿Qué sucede?

—Nada.

—¿Era Elena?

Adrian giró lentamente.

—¿Por qué preguntas?

Vanessa cruzó los brazos.

—Porque llevas diez días preguntando por ella mientras se supone que estás conmigo.

—No empieces.

—Tú fuiste quien quiso terminar con ella.

Adrian tomó su chaqueta.

—¿Adónde vas?

No respondió.

Una hora después entró en las oficinas de Blackwood Holdings.

Su asistente se levantó sorprendido.

—Señor Blackwood.

—Quiero saber a quién pertenece este número.

Dejó el teléfono sobre el escritorio.

—Ahora.

El hombre dudó.

—Necesitaré tiempo.

—Tienes treinta minutos.

Veintisiete minutos después, su asistente entró en el despacho con el rostro extraño.

—Encontramos algo.

Adrian levantó la mirada.

—Habla.

—El número pertenece a una línea privada registrada por una empresa del Grupo Sinclair.

Adrian dejó de respirar por un instante.

Sinclair.

Solo existía un hombre relacionado con ese apellido que podía hacer que Adrian Blackwood perdiera la calma.

—¿Nombre?

Su asistente tragó saliva.

—Lucas Sinclair.

El silencio se volvió pesado.

Adrian se levantó lentamente.

Lucas Sinclair no era simplemente otro empresario rico.

Habían crecido compitiendo.

Sus familias habían compartido negocios, cenas y vacaciones hasta que una disputa entre sus padres convirtió aquella amistad juvenil en una rivalidad que duraba más de una década.

Lucas era uno de los pocos hombres que nunca había mostrado miedo ante Adrian.

Y había algo peor.

Lucas había conocido a Elena antes que él.

—Encuéntrala.

—Señor…

—¡Encuéntrala!

Dos horas después recibió una dirección.

Un hotel privado junto al mar.

Adrian condujo personalmente.

Cuando llegó, vio un automóvil negro estacionado frente a la entrada.

Reconoció inmediatamente a Lucas.

Estaba junto a una mesa de la terraza.

Pero no estaba solo.

Elena estaba frente a él.

Adrian se quedó inmóvil.

Esperaba encontrarla destruida.

No fue así.

Llevaba un vestido blanco sencillo, el cabello suelto y ninguna de las joyas que él le había regalado.

Y estaba riendo.

Adrian no recordaba la última vez que la había visto reír de aquella manera.

Lucas dijo algo.

Elena volvió a sonreír.

Entonces Adrian avanzó.

—Elena.

La sonrisa desapareció.

Ella giró la cabeza.

No hubo emoción en sus ojos.

Ni sorpresa.

Ni dolor.

—Adrian.

Lucas permaneció sentado.

—Blackwood.

—Necesito hablar con ella.

—Entonces pregúntale si quiere hablar contigo.

Adrian ignoró el comentario.

—Elena, ven conmigo.

Ella lo observó unos segundos.

—No.

Una palabra.

Nada más.

Pero nunca antes le había resultado tan difícil escucharla.

—Tenemos asuntos pendientes.

—Firmé todo.

—No hablo del acuerdo.

—Entonces no tenemos nada pendiente.

Adrian apretó la mandíbula.

—¿Ahora estás con él?

Elena miró a Lucas.

Después volvió hacia Adrian.

—Eso ya no es asunto tuyo.

—Hace diez días dormías conmigo.

—Hace diez días todavía cometía errores.

Lucas ocultó una sonrisa.

Adrian dio un paso hacia él.

—¿Te parece divertido?

Lucas se levantó.

Era casi tan alto como Adrian.

—Lo divertido es que hayas necesitado perderla para darte cuenta de que existía.

Adrian cerró los puños.

—Mantente fuera de esto.

—Entré en esto mucho antes que tú.

Aquella frase lo detuvo.

Miró a Elena.

—¿Qué significa?

Ella suspiró.

—Lucas y yo nos conocíamos antes.

—Eso ya lo sé.

—No sabes todo.

Lucas intervino.

—Déjala.

Pero Adrian no apartó los ojos de Elena.

—Dímelo.

Elena permaneció en silencio unos segundos.

—Hace siete años, Lucas y yo íbamos a comprometernos.

Adrian sintió que el mundo se detenía.

—¿Qué?

—Nunca ocurrió.

—¿Por qué?

Elena sonrió con tristeza.

—Porque conocí a alguien que parecía necesitarme más.

Adrian comprendió.

Él.

Durante seis años había pensado que Elena no tenía vida antes de conocerlo.

Nunca preguntó qué había sacrificado realmente por él.

—Entonces esto es una venganza.

—No.

—¿Volviste con Sinclair diez días después de dejarme y quieres que crea que no es una venganza?

Elena se levantó.

—Adrian, escucha bien porque será la última vez que te explique algo.

Lo miró directamente.

—Durante seis años te elegí todos los días. Cuando llegabas tarde, te elegía. Cuando me humillabas delante de tus amigos, te elegía. Cuando aparecían fotografías tuyas con otras mujeres, te elegía.

Sus ojos comenzaron a brillar, pero ninguna lágrima cayó.

—Y tú interpretaste cada oportunidad que te di como permiso para lastimarme otra vez.

Adrian abrió la boca.

Ella levantó una mano.

—Ahora me elijo a mí.

Aquellas palabras fueron peores que cualquier insulto.

Adrian bajó la voz.

—Puedo cambiar.

Elena soltó una pequeña risa triste.

—Eso debiste decirlo antes de ponerle precio a seis años de mi vida.

—Devuélveme el dinero.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué?

—Devuélvelo. Rompemos el acuerdo. Vanessa se irá hoy.

Lucas observó a Adrian con incredulidad.

Elena simplemente negó.

—No entendiste nada.

Tomó su bolso.

—Vámonos, Lucas.

Adrian la sujetó del brazo.

Ella se quedó inmóvil.

Lucas avanzó inmediatamente.

—Suéltala.

Adrian obedeció.

Elena miró el lugar donde sus dedos la habían tocado.

Después levantó los ojos.

—Nunca vuelvas a tocarme como si todavía te perteneciera.

Se marchó con Lucas.

Adrian no los siguió.

Aquella noche regresó al penthouse.

Vanessa estaba haciendo las maletas.

—Perfecto —dijo ella—. Ahora puedes correr detrás de Elena sin fingir.

Adrian ni siquiera intentó detenerla.

Horas después estaba solo.

Sobre la cama continuaba la pulsera de diamantes que Elena había dejado.

La sostuvo entre los dedos.

Y por primera vez comprendió algo insoportable.

No extrañaba que Elena organizara su agenda.

No extrañaba su café.

La extrañaba a ella.

Durante las siguientes tres semanas hizo todo lo que antes habría considerado humillante.

Envió flores.

Fueron devueltas.

Escribió cartas.

No obtuvo respuesta.

La esperó frente a su nuevo apartamento.

Elena salió por otra puerta.

Finalmente acudió a Lucas.

—Quiero verla.

—No.

—La amo.

Lucas lo observó con frialdad.

—No. Amas que ella te amara.

Adrian apretó los dientes.

—¿Vas a casarte con ella?

Lucas permaneció callado.

Ese silencio fue suficiente.

Adrian palideció.

—No puedes.

—No eres tú quien decide.

Entonces Lucas abrió un cajón.

Sacó una pequeña caja de terciopelo.

La dejó sobre la mesa.

Dentro había un anillo.

El mismo anillo que había comprado para Elena siete años atrás.

Adrian sintió un vacío en el pecho.

—¿Ella sabe esto?

—Todavía no.

Lucas cerró la caja.

—Pero esta noche pienso preguntárselo.

Adrian salió del edificio sin recordar siquiera cómo llegó al automóvil.

Marcó el número de Elena.

Esperaba escuchar el buzón de voz.

Pero esta vez ella respondió.

—¿Qué quieres, Adrian?

Él permaneció callado.

Todo su orgullo desapareció.

—Elena…

Su voz se quebró.

—Por favor. No te cases con él.

Hubo un largo silencio.

—¿Por qué?

Adrian cerró los ojos.

—Porque fui un idiota. Porque tenía lo único que realmente quería y lo destruí. Porque si existe alguna posibilidad de arreglarlo, haré lo que sea.

Elena respiró profundamente.

—Adrian, durante seis años esperé escuchar esas palabras.

El corazón de él comenzó a latir con fuerza.

—Entonces dame otra oportunidad.

—Ese es el problema.

Su voz fue tranquila.

Definitiva.

—Las dijiste cuando ya no significaban nada para mí.

La llamada terminó.

Adrian permaneció dentro del automóvil con el teléfono pegado al oído.

Horas después, una fotografía apareció en las noticias sociales.

Lucas Sinclair estaba de rodillas frente a Elena.

La pequeña caja de terciopelo estaba abierta.

Pero la fotografía no mostraba su respuesta.

Adrian condujo hasta el lugar.

Llegó cuando Elena y Lucas salían del restaurante.

—¡Elena!

Ella se detuvo.

Adrian corrió hacia ellos.

Ya no le importaban las miradas.

Ni su apellido.

Ni su orgullo.

—Solo dime una cosa.

Elena lo miró.

—¿Qué?

Adrian respiró con dificultad.

—¿Le dijiste que sí?

Elena bajó lentamente la mirada hacia su mano.

Adrian hizo lo mismo.

En su dedo brillaba el anillo de Lucas.

El rostro de Adrian se derrumbó.

Elena levantó los ojos y pronunció las palabras que cerraron definitivamente aquellos seis años.

—Sí, Adrian. Y esta vez elegí a un hombre que no necesita perderme para saber cuánto valgo.

Ella tomó la mano de Lucas y se alejó.

Adrian no los siguió.

Porque finalmente comprendió que algunas personas pueden perdonar una herida.

Pero eso no significa que estén obligadas a regresar con quien se la causó.

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