PARTE 2: EL CONSEJO QUE SE VOLVIÓ CONTRA MÍ.

No dormí aquella noche.

Cada vez que cerraba los ojos escuchaba nuevamente la cerradura girando desde el otro lado.

Ethan había preparado todo.

La comida.

El teléfono sin señal.

La mentira sobre el retiro universitario.

Incluso había cancelado mi cita con Daniel.

Aquello no era una decisión impulsiva.

Lo había planeado.

Y esa certeza era mucho más inquietante que cualquier cosa que pudiera decirme.

A las siete de la mañana escuché pasos.

Me levanté inmediatamente.

La puerta se abrió.

Ethan apareció con una bandeja de desayuno.

—Buenos días.

—Déjame salir.

Colocó la bandeja sobre la mesa.

—Buenos días, Lily.

—No voy a jugar a esto contigo.

Su expresión permaneció tranquila.

—Entonces hablaremos.

—No tenemos nada que hablar.

—Yo creo que sí.

Lo miré fijamente.

—¿Desde cuándo?

Ethan entendió la pregunta.

Se quedó en silencio unos segundos.

—Desde antes de aquella conversación.

Sentí un escalofrío.

—¿Por eso me preguntaste por esa supuesta mujer?

—Quería saber qué pensabas.

—Te estaba tomando el pelo.

—Ahora lo sé.

Algo en su voz había cambiado.

Por primera vez desde que desperté allí, parecía menos seguro.

Aproveché esa grieta.

—Entonces sabes que esto está mal.

Ethan apretó la mandíbula.

—Sé que, si te hubiera dicho la verdad, habrías salido corriendo.

—Exactamente.

—Por Daniel.

—No.

Di un paso hacia él.

—Por ti.

Aquello lo golpeó.

Lo vi en sus ojos.

—Lily.

—No conviertas esto en una historia romántica, Ethan. Me mentiste, manipulaste mi teléfono y me encerraste en un sótano.

Señalé la puerta.

—Eso no es amor.

Su rostro se endureció.

—No entiendes.

—Entonces explícame.

Ethan guardó silencio.

Finalmente habló.

—Hace dos años, cuando volviste a casa después de tu primer semestre, comprendí que ya no eras aquella adolescente ruidosa que conocí cuando nuestros padres se casaron.

—Detente.

—Intenté mantener distancia.

—Ethan.

—Acepté proyectos en otras ciudades. Evité las cenas familiares. Dejé de responder algunos de tus mensajes.

De repente muchas cosas adquirieron sentido.

Yo siempre había creído que simplemente no le caía bien.

—Y después apareció Daniel —continuó—. Empezaste a hablar de él.

—Así que decidiste encerrarme.

—Decidí impedir que cometieras un error.

Solté una risa seca.

—El único error fue darte aquel consejo absurdo.

Ethan me observó.

—¿Qué quieres que haga?

La pregunta me sorprendió.

—Abrir la puerta.

—Además de eso.

—No existe un “además”.

Me acerqué hasta quedar frente a él.

—Si alguna parte de ti todavía entiende la diferencia entre querer a alguien y poseerlo, abre esa puerta.

Durante unos segundos creí que funcionaría.

Entonces Ethan tomó las llaves.

Pero en lugar de abrir, retrocedió.

—Todavía no.

La esperanza desapareció.

—Entonces no vuelvas a preguntarme qué quiero.

Salió.

La puerta volvió a cerrarse.

Esta vez no grité.

Si Ethan había planeado aquello con tanta precisión, yo necesitaba dejar de reaccionar y empezar a pensar.

Recorrí la habitación.

Ventana demasiado alta.

Puerta sólida.

Teléfono inútil.

Baño.

Cocina.

Libros.

Entonces recordé algo.

Mi teléfono no tenía señal móvil.

Pero Ethan había dejado una tableta conectada al sistema de sonido del sótano.

La encendí.

Pedía contraseña.

Probé fechas.

Nada.

Después recordé nuestra conversación.

Ethan era obsesivamente metódico.

Introduje el código de acceso que utilizaba antiguamente en la casa familiar.

Funcionó.

Contuve la respiración.

La tableta estaba conectada a la red interna de la propiedad.

No podía abrir páginas externas porque tenía restricciones.

Pero sí podía acceder al sistema inteligente de la casa.

Luces.

Temperatura.

Cámaras.

Alarma.

Y una opción llamada “Mantenimiento remoto”.

La abrí.

Apareció el nombre de la empresa de seguridad.

Debajo había un botón.

SOLICITAR ASISTENCIA TÉCNICA.

Lo pulsé.

Se abrió un pequeño formulario.

No podía llamar a la policía directamente.

Pero podía escribir.

Mis dedos volaron sobre la pantalla.

“ESTOY RETENIDA CONTRA MI VOLUNTAD. LLAMEN A LA POLICÍA. NO CONTACTEN AL PROPIETARIO.”

Envié el mensaje.

La pantalla mostró:

SOLICITUD RECIBIDA.

Casi lloré de alivio.

Pero entonces escuché pasos.

Bloqueé la tableta y regresé al sofá.

Ethan entró.

Me estudió detenidamente.

—Estás demasiado tranquila.

—Me cansé de discutir.

Sus ojos recorrieron la habitación.

Por un instante pensé que lo sabía.

—He hablado con nuestros padres —dijo.

Mi corazón dio un salto.

—¿Qué les dijiste?

—Que decidiste prolongar el retiro.

—Ethan, esto se está haciendo cada vez peor.

—Solo necesito tiempo.

—¿Para qué?

No respondió.

Entonces escuchamos un sonido lejano.

Un vehículo.

Ethan giró hacia la pequeña ventana.

Otro motor se acercó.

Y otro.

Su expresión cambió.

—¿Esperas a alguien? —pregunté.

No contestó.

Salió inmediatamente y cerró la puerta.

Corrí hacia la ventana.

No alcanzaba a ver el camino, pero escuché puertas de automóviles cerrándose.

Después voces.

Una orden firme.

Pasos rápidos.

El corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¡Estoy aquí abajo! —grité—. ¡Estoy en el sótano!

Golpeé la puerta.

—¡Aquí!

Arriba comenzó una discusión.

Reconocí la voz de Ethan.

Después otra.

Y otra más.

Finalmente escuché pasos descendiendo.

La cerradura giró.

Retrocedí.

La puerta se abrió.

Dos agentes aparecieron.

—¿Lily Blake?

Asentí.

—¿Está herida?

—No.

Uno de ellos me indicó que podía salir.

Cuando llegué al piso superior, Ethan estaba en el vestíbulo acompañado por otros agentes.

Nuestros ojos se encontraron.

No dijo nada.

Yo tampoco.

Porque finalmente había comprendido algo que mi estúpido consejo había ignorado: ninguna historia de amor empieza quitándole a alguien la libertad de elegir.

Horas después, sentada junto a mi madre mientras daba mi declaración, recibí mi teléfono.

Tenía decenas de mensajes.

Daniel había sospechado del mensaje de cancelación porque no estaba escrito como yo solía escribir.

Había llamado a una amiga.

Mi amiga había llamado a mi madre.

Y la empresa de seguridad había confirmado mis sospechas.

Todo había terminado.

O eso creí.

Hasta que uno de los investigadores regresó con una carpeta.

—Señorita Blake, encontramos algo durante el registro de la propiedad.

La abrió frente a mí.

Dentro había fotografías, horarios y registros impresos.

Todos relacionados conmigo.

Algunos tenían fechas de casi dos años atrás.

Mi madre palideció.

—¿Ethan hizo todo esto?

El investigador cerró la carpeta.

—Eso estamos intentando determinar.

—¿Qué quiere decir?

El hombre dejó una fotografía sobre la mesa.

Mostraba mi universidad.

En una esquina aparecía Daniel.

Y detrás de él había un círculo dibujado con tinta roja.

Debajo aparecía una frase escrita a mano.

“ÉL NO ES EL ÚNICO QUE DEBE DESAPARECER DE SU VIDA.”

Miré al investigador.

—Esa no es la letra de Ethan.

El hombre asintió lentamente.

—Lo sabemos.

Sentí que se me helaba el cuerpo.

—Entonces, ¿quién escribió eso?

El investigador sacó una segunda fotografía.

Y cuando vi a la persona que aparecía en ella, comprendí que Ethan quizá no había sido el único que llevaba años observándome.

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