Firmé mi nombre debajo del de Caleb y contemplé el documento durante varios segundos.
No sentí alivio.
Tampoco tristeza.
Sentí una claridad aterradora.
Mi padre tomó los papeles y los revisó cuidadosamente.
—Elena, si presentamos esto mañana, ya no habrá vuelta atrás.
—Eso quiero.
Mi madre se sentó a mi lado.
—¿Qué ocurrió?
Por un momento pensé en protegerla de la verdad.
Luego recordé las palabras de Caleb.
“¿Y si la familia de Elena cae antes?”
Levanté la vista.
—Caleb está planeando algo contra nosotros.
Mi padre endureció el rostro.
—¿Qué escuchaste?
Se lo conté todo.
La Casa de Huéspedes Victoria.
Luna.
El ascenso secreto.
El año entero de mentiras.
Y finalmente aquella frase sobre destruir a mi familia para impedir que yo pudiera abandonarlo.
Cuando terminé, mi padre permaneció en silencio.
Después se levantó y cerró las cortinas.
—Entonces ya empezó.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Fue hasta su escritorio y sacó una carpeta.
Dentro había varias notificaciones administrativas.
Investigaciones.
Auditorías.
Revisiones de contratos.
Mi padre había trabajado durante décadas como proveedor civil para distintas instituciones públicas. Nunca había tenido problemas graves.
Hasta tres meses atrás.
—Pensé que eran inspecciones rutinarias —dijo—. Ahora ya no estoy tan seguro.
Miré las fechas.
Todas eran posteriores al traslado de Luna.
Caleb no estaba preparándose para cumplir su pesadilla. Ya estaba ejecutando el plan.
—No le digamos que sé nada —dije.
Mi madre me miró horrorizada.
—¿Vas a volver con él?
—Sí.
—Elena.
—Si descubre que escuché aquella conversación, acelerará todo.
Tomé los documentos del divorcio.
—Necesito que crea que sigo siendo la misma mujer asustada de perderlo.
Mi padre negó.
—Es peligroso.
—Más peligroso sería dejarlo actuar mientras nosotros permanecemos ciegos.
Guardé el acuerdo firmado dentro de mi bolso.
—Presentaremos esto cuando tengamos asegurada nuestra salida.
A la mañana siguiente regresé a casa.
Caleb estaba esperándome.
Seguía usando el uniforme.
Sobre la mesa había un ramo de rosas blancas.
—¿Dónde estuviste?
Su voz parecía tranquila, pero reconocí inmediatamente la tensión en su mandíbula.
—Con mis padres.
—¿Toda la noche?
Asentí.
Sus ojos estudiaron mi rostro.
—¿Por qué?
Bajé la mirada.
—Me sentía mal después de nuestra discusión.
Mentirle me produjo una sensación extraña.
Durante años había sido él quien conocía todos mis gestos.
Esta vez necesitaba que creyera exactamente lo que esperaba encontrar.
Me acerqué y lo abracé.
Su cuerpo tardó un segundo en responder.
—Caleb, tuve miedo.
—¿De qué?
—De tu pesadilla.
Sentí cómo se relajaba.
Había encontrado la llave correcta.
—Fue solo un sueño, Elena.
—Lo sé.
Enterré el rostro contra su pecho.
—Pero ayer pensé que quizá estabas empezando a cansarte de mí.
Sus brazos me rodearon.
—Nunca.
La facilidad con que mintió casi me hizo estremecer.
—¿Y Luna?
Hubo una pausa.
—Ya fue trasladada.
Cerré los ojos.
—Gracias.
Caleb me besó la frente.
—No vuelvas a desaparecer sin avisarme.
—No lo haré.
Entonces pronunció exactamente las palabras que esperaba.
—Porque no soportaría perderte.
Aquella noche fingí dormir.
A las dos de la madrugada, Caleb salió del dormitorio con su teléfono.
Esperé.
Cinco minutos.
Diez.
Después me levanté.
Su despacho estaba vacío.
Pero había olvidado cerrar completamente uno de los cajones.
Dentro encontré una carpeta con el nombre de mi padre.
Mi corazón comenzó a latir con violencia.
Había informes sobre sus empresas.
Contratos.
Propiedades.
Cuentas.
Incluso fotografías de mis padres entrando y saliendo de casa.
Caleb no estaba investigando negocios. Estaba vigilando a mi familia.
Fotografié cada página.
Cuando llegué al último documento, mis manos se congelaron.
Era una solicitud preparada para iniciar una investigación formal contra mi padre.
Todavía no estaba presentada.
Pero aparecía una fecha.
Tres días después.
Escuché pasos.
Guardé todo rápidamente y regresé al dormitorio.

Caleb entró minutos después.
Me encontró acostada.
—¿Estás despierta?
—Tuve sed.
Se quedó observándome.
—¿Entraste en mi despacho?
Mi respiración se detuvo apenas un instante.
—No.
Se acercó.
Luego sonrió y acarició mi mejilla.
—Bien.
A la mañana siguiente envié las fotografías a mi padre desde un teléfono que Caleb desconocía.
Su respuesta llegó diez minutos después.
“Ya entendí. No vuelvas a tocar nada. Déjamelo a mí.”
Durante los siguientes dos días, representé perfectamente mi papel.
Preparé el desayuno de Caleb.
Le envié mensajes cariñosos.
Incluso le pregunté si quería celebrar nuevamente nuestro aniversario.
Él parecía satisfecho.
Mientras tanto, mi familia comenzó a mover sus piezas.
Mi padre suspendió voluntariamente varios contratos y entregó sus registros a un equipo jurídico independiente.
Mi madre transfirió documentos importantes fuera de casa.
Y el acuerdo de divorcio fue presentado discretamente.
La pesadilla empezaba a cumplirse.
Solo que Caleb todavía no lo sabía.
El tercer día recibí una llamada.
—Señora Hoffman, su solicitud ha sido procesada.
Miré por la ventana.
—¿Ya está confirmado?
—Sí.
Cerré los ojos.
Legalmente, Caleb Hoffman acababa de dejar de ser mi esposo.
No sentí dolor.
Solo libertad.
Entonces escuché la puerta principal.
Caleb había regresado antes.
Colgué inmediatamente.
Entró con una expresión extraña.
—Elena.
—¿Qué ocurre?
Dejó una carpeta sobre la mesa.
—La investigación contra tu padre fue cancelada esta mañana.
Fingí sorpresa.
—¿Investigación?
Sus ojos no abandonaron los míos.
—No importa.
Se acercó.
—También desaparecieron varios documentos de un archivo interno.
Mi corazón golpeó contra mis costillas.
—No entiendo.
Caleb sonrió.
Pero aquella sonrisa ya no tenía ternura.
—Yo tampoco.
Entonces su teléfono sonó.
Contestó.
Su rostro cambió.
—Repítelo.
Silencio.
Después me miró.
—¿Cuándo?
Colgó lentamente.
—Qué curioso.
—¿Qué pasó?
Metió la mano en el bolsillo y sacó un sobre.
Lo reconocí inmediatamente.
Era una copia del documento que había firmado.
Caleb la levantó entre nosotros.
—Acaban de informarme que mi divorcio fue registrado esta mañana.
No respondí.
Sus ojos comenzaron a llenarse de algo oscuro.
—Así que finalmente ocurrió.
—¿Qué cosa?
Caleb soltó una risa seca.
—Mi pesadilla.
Dejó caer el sobre.
—Firmaste mientras yo todavía creía que estabas conmigo.
Me puse de pie.
Ya no necesitaba fingir.
—Tú mismo preparaste esos documentos hace años.
—Porque confiaba en ti.
—Y yo confiaba en ti cuando me prometiste que Luna había sido trasladada.
Su expresión se congeló.
En ese momento comprendió que yo sabía la verdad.
—Estuviste allí.
No contesté.
—En Victoria.
Silencio.
Caleb dio un paso hacia mí.
—¿Cuánto escuchaste?
—Lo suficiente.
Por primera vez, el hombre que llevaba meses anticipándose a cada movimiento mío parecía no saber qué hacer.
Tomé mi bolso.
—Adiós, Caleb.
Caminé hacia la puerta.
Él no intentó detenerme.
Eso fue precisamente lo que me preocupó.
Cuando puse la mano sobre el picaporte, habló.
—En mi sueño había una parte que nunca te conté.
Me detuve.
Su voz llegó desde detrás de mí.
—Después de que desaparecías, descubrí quién te había ayudado.
Giré lentamente.
Caleb sostenía su teléfono.
En la pantalla había una fotografía tomada aquella misma mañana.
Mi padre saliendo de su oficina.
A su lado caminaban dos hombres.
Y detrás de ellos estaba Luna Torres.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Qué hace Luna con mi padre?
Caleb sonrió.
—Esa es la pregunta equivocada.
Su teléfono vibró.
Miró el nuevo mensaje.
Después levantó los ojos hacia mí.
—Deberías preguntarte por qué la mujer que creías mi amante acaba de entregarle a tu padre un expediente secreto sobre mí.
Mi mano cayó lentamente del picaporte.
Caleb dejó el teléfono sobre la mesa.
—Elena, Luna nunca fue la verdadera mujer de mi pesadilla.
Se inclinó hacia mí.
—Y si descubres quién era antes que yo pueda detenerla, entenderás por qué todo esto apenas acaba de empezar.