PARTE 2: EL HOMBRE MUERTO SABÍA QUIÉN ERA YO.

La fotografía estaba dentro de una bolsa transparente de evidencias.

La fiscal colocó la bolsa frente a mí sin decir nada.

Sentí un escalofrío.

Era yo.

Había sido tomada una semana antes frente a la cafetería donde desayunaba casi todas las mañanas. Llevaba el abrigo gris que había comprado hacía poco y sostenía una carpeta de proyectos contra el pecho.

No estaba mirando a la cámara.

Eso significaba que alguien me había seguido sin que yo lo supiera.

—¿Estaba en poder de Gabriel? —pregunté.

—Sí.

—Entonces me conocía.

La fiscal intercambió una mirada con el investigador.

—Eso creemos.

—¿Desde cuándo?

—Eso todavía no lo sabemos.

Sacó otras tres fotografías.

Mi edificio.

Mi automóvil.

La entrada del estudio donde trabajaba.

La última mostraba la ventana de mi apartamento.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Cuánto tiempo llevaba vigilándome?

—Estamos intentando determinarlo.

Entonces colocó sobre la mesa un pequeño cuaderno negro confiscado en el aeropuerto.

En varias páginas aparecían nombres, números de identificación y fechas.

Algunos nombres estaban tachados.

Otros tenían anotaciones.

Junto al mío había una sola palabra.

“ORIGINAL.”

—¿Qué significa eso?

—Gabriel todavía no quiere explicarlo.

Me quedé mirando aquella palabra.

Hasta ese momento había creído que todo comenzaba con el robo de mi bolso cuatro años atrás.

Quizá estaba equivocada.

—Quiero hablar con él.

—No lo recomiendo.

—Necesito saber por qué me eligió.

La fiscal guardó silencio.

Finalmente aceptó.

Una hora después entré en una sala de entrevistas protegida por un cristal.

Gabriel estaba esposado al otro lado.

Era la primera vez que veía al hombre que legalmente había sido mi esposo durante tres años.

Parecía completamente normal.

Eso era lo más inquietante.

Cuando me vio, sonrió.

No como alguien que conoce a una desconocida.

Como alguien que llevaba años esperando volver a verla.

—Laura.

Me senté.

—¿De dónde me conoces?

—Tardaste bastante en hacer esa pregunta.

—Contéstame.

Gabriel inclinó la cabeza.

—¿De verdad no me recuerdas?

—Nunca te había visto.

Su sonrisa desapareció.

—Eso te dijeron.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Quién?

Gabriel se acercó todo lo que las esposas permitían.

—Pregunta por tu padre.

Me quedé inmóvil.

Mi padre había muerto cuando yo tenía diecisiete años.

—No metas a mi familia en esto.

—Tu familia ya estaba metida mucho antes que tú.

El investigador intervino.

—Gabriel, responde directamente.

Él lo ignoró.

—Laura, ¿nunca te preguntaste por qué llevabas tantas copias de documentos personales en aquel bolso?

Fruncí el ceño.

Recordaba perfectamente aquel día.

Mi madre me había pedido que llevara unos papeles a una oficina administrativa.

Certificados.

Copias de identificación.

Documentos familiares antiguos.

El bolso desapareció antes de que llegara.

Siempre creí que había sido un robo oportunista.

Gabriel sonrió al ver mi expresión.

—Exactamente.

—¿Tú robaste mi bolso?

—Yo no.

—¿Quién?

Antes de responder, la puerta se abrió.

Un agente susurró algo al oído del investigador.

Su rostro cambió.

La entrevista terminó inmediatamente.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Nadie respondió hasta que estuvimos fuera.

Entonces la fiscal habló.

—Acabamos de verificar la identidad biológica del hombre detenido.

—¿Y?

—Gabriel Vega no existe.

—Eso ya lo sabemos.

—No me entiende.

Abrió una carpeta.

—Las huellas del detenido corresponden a un hombre llamado Daniel Serrano.

El nombre no significaba nada para mí.

Hasta que vi la fotografía antigua adjunta al expediente.

Daniel aparecía veinte años más joven junto a otro hombre.

Reconocí al segundo inmediatamente.

Era mi padre.

Tuve que apoyarme contra la pared.

—Eso no puede ser.

La fiscal señaló la fecha.

La fotografía había sido tomada seis meses antes de la muerte de mi padre.

—Daniel trabajaba para él.

—¿En qué?

—Su padre participaba en una empresa de inversiones.

Negué.

—Mi padre tenía una pequeña gestoría.

—Eso era lo que figuraba públicamente.

Las siguientes horas destruyeron cada recuerdo que tenía de él.

La empresa había manejado dinero de decenas de clientes mediante sociedades diferentes.

Después ocurrió un fraude millonario.

Varias personas fueron investigadas.

Daniel Serrano desapareció.

Mi padre murió poco después en lo que siempre me dijeron que había sido un accidente.

—¿Están diciendo que Gabriel… Daniel… falsificó nuestro matrimonio por algo relacionado con mi padre?

—Probablemente.

—¿Por qué?

La fiscal deslizó otro documento hacia mí.

Era una escritura.

Había sido emitida dieciocho años atrás.

Mi nombre aparecía como beneficiaria de un fideicomiso privado.

—Nunca he visto esto.

—Nosotros tampoco hasta esta mañana.

—¿Cuánto dinero contiene?

La fiscal negó lentamente.

—No es dinero.

Sentí un vacío en el pecho.

—Entonces, ¿qué es?

—Participaciones empresariales y derechos sobre varias propiedades adquiridas por una sociedad que desapareció después de la muerte de su padre.

—¿Qué tiene que ver mi matrimonio?

El investigador respondió.

—Si usted moría estando legalmente casada y sin testamento actualizado, su supuesto esposo podía intentar reclamar parte de esos derechos.

La habitación quedó completamente silenciosa.

De pronto, los préstamos tenían sentido.

Las empresas.

Las identidades falsas.

El matrimonio.

Gabriel no pretendía únicamente dejarme sus deudas.

Estaba intentando convertirse en mi heredero.

—Entonces pensaba matarme.

—No podemos afirmar eso todavía.

Recordé las fotografías tomadas frente a mi apartamento.

Ya no parecían vigilancia.

Parecían preparación.

Aquella tarde regresé a casa acompañada por dos agentes.

La policía quería revisar mi apartamento.

Durante casi dos horas no encontraron nada extraño.

Hasta que uno de los agentes retiró el detector de humo del pasillo.

Dentro había una diminuta cámara.

Después encontraron otra frente a mi dormitorio.

Y una tercera escondida cerca de la puerta principal.

Alguien había entrado en mi casa.

Más de una vez.

El investigador ordenó que aquella noche no permaneciera allí.

Mientras preparaba una maleta, sonó mi teléfono.

Era mi madre.

Contesté inmediatamente.

—Mamá.

No respondió.

Solo escuché una respiración.

—¿Mamá?

Entonces habló una voz masculina.

No era Gabriel.

—Laura Morales.

Miré a los agentes.

Uno de ellos hizo una señal para que mantuviera la llamada.

—¿Quién es?

El desconocido soltó una pequeña risa.

—Daniel cometió un error dejándose atrapar.

—¿Dónde está mi madre?

Silencio.

—Tu madre sabe por qué te eligieron.

Sentí que las piernas dejaban de responderme.

—Déjala fuera de esto.

—Eso ya no es posible.

Entonces escuché la voz de mi madre al fondo.

—¡Laura, no vengas! ¡No les des la llave!

La llamada se cortó.

Me quedé mirando la pantalla.

—¿Qué llave? —preguntó el investigador.

Negué.

No tenía idea.

Hasta que recordé algo.

Corrí hacia mi dormitorio, abrí el viejo joyero que había pertenecido a mi padre y retiré el fondo de terciopelo.

Debajo seguía guardado el único objeto suyo que mi madre me había prohibido tirar.

Una pequeña llave de bronce con el número 317 grabado.

En ese instante llegó un mensaje desde el teléfono de mi madre.

Una fotografía.

Ella estaba sentada en una habitación que no reconocí.

Debajo aparecía una dirección.

Y una frase.

“TRAE LA LLAVE 317 SI QUIERES SABER POR QUÉ TU PADRE TUVO QUE MORIR.”

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