Parte 2: EL NOMBRE EN EL INFORME

—Erin.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Durante un segundo no supo dónde estaba.

Después vio a Damien.

Y luego vio los documentos en su mano.

Todo el color abandonó su rostro.

—No.

Intentó levantarse demasiado rápido.

Tuvo que apoyarse en el escritorio.

—Devuélvemelos.

Damien no se movió.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—No es asunto tuyo.

Él levantó la ecografía.

—Creo que esta parte sí lo es.

Erin cerró los ojos.

No negó nada.

Aquello confirmó lo que él ya sabía.

Damien sintió que la rabia intentaba dominarlo, pero esta vez la contuvo.

No iba a cometer otro error con ella.

—¿El bebé es mío?

Erin tardó varios segundos.

—Sí.

Una sola palabra.

Suficiente para cambiarle la vida.

Damien dejó los documentos sobre el escritorio.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Erin soltó una risa agotada.

—Porque después de Miami pasaste cuatro meses fingiendo que no había ocurrido nada.

—Tú también.

—Porque eres mi jefe.

Lo miró.

—Y porque eres Damien Cross.

Él entendió perfectamente lo que quería decir.

Su mundo estaba lleno de enemigos.

Secretos.

Negocios que sobrevivían porque nadie sabía dónde golpear.

Un hijo habría sido una vulnerabilidad.

—Eso no te daba derecho a decidir por mí.

—¿Decidir qué?

Erin señaló el informe.

—¿Que querías ser padre? ¿Que querías que yo siguiera trabajando para ti estando embarazada? ¿Que querías convertirnos en otra cosa?

Damien no respondió.

Porque ella tenía razón.

Nunca le había dado una razón para creer que podía acudir a él.

Entonces miró otra vez el informe toxicológico.

—¿Quién sabía del embarazo?

Erin se quedó quieta.

—Muy pocas personas.

—Nombres.

—Damien…

—Alguien está intentando hacerte daño.

Ella palideció.

—Lo descubrí ayer.

—¿Y estabas aquí trabajando?

—Necesitaba revisar algo.

Eso captó su atención.

—¿Qué?

Erin miró hacia el monitor.

—Creo que sé de dónde viene.

Damien rodeó el escritorio.

En la pantalla había registros internos.

Inventarios.

Recibos.

Accesos al piso ejecutivo.

—Durante semanas pensé que estaba enferma por el embarazo —explicó—. Después empezaron los mareos. El médico pidió más pruebas.

Desplazó varias líneas.

—Cuando recibí los resultados, pensé en todo lo que consumo aquí.

—Café.

—Exactamente.

Damien recordó algo.

Cada mañana, a las ocho, una taza aparecía sobre el escritorio de Erin.

Siempre la misma mezcla.

Siempre preparada antes de que él llegara.

—¿Quién lo prepara?

—Normalmente yo.

—¿Normalmente?

Erin señaló una columna.

—Desde hace cinco semanas, alguien ha estado entrando en la cocina ejecutiva antes que yo.

Damien leyó el nombre.

Victor Hale.

Director financiero.

Su amigo desde hacía doce años.

El hombre que había estado sentado a su derecha en negociaciones, funerales y reuniones donde todos los demás temblaban.

—No.

Erin abrió otro archivo.

—Pensé lo mismo.

Había registros de cámaras.

Victor entrando.

Victor saliendo.

Siempre temprano.

Pero nada demostraba que hubiera tocado el café.

—Esto no basta —dijo Damien.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué sospechas de él?

Erin tragó saliva.

—Porque hace tres semanas encontré algo en las cuentas.

Damien se volvió.

—¿Qué encontraste?

Ella abrió una carpeta protegida.

Transferencias.

Empresas fantasma.

Pagos fragmentados.

Casi seis millones desviados durante cuatro años.

Todos conectados indirectamente a compañías controladas por Victor.

Damien quedó inmóvil.

—¿Él sabe que encontraste esto?

—Creo que sí.

—¿Se lo dijiste a alguien?

—A una persona.

—¿Quién?

—Elias.

Damien sintió otro golpe.

Elias Cross.

Su hermano menor.

Erin continuó:

—Le pedí que me ayudara a comprobar los registros porque confiaba en él.

—¿Y?

—Dijo que yo estaba interpretando mal las cifras.

—¿Le dijiste lo del embarazo?

Erin bajó la mirada.

Damien sintió frío.

—Erin.

—Sí.

—¿Elias sabe que el niño es mío?

—Sí.

Todo cambió.

Damien sacó el teléfono.

Erin le sujetó la muñeca.

—No hagas nada impulsivo.

Él la miró.

—Alguien está intentando matarte.

—Precisamente por eso.

Su voz era débil, pero firme.

—Si reaccionas como ellos esperan, desaparecerán las pruebas.

Aquello le recordó por qué había confiado en ella durante tres años.

Incluso agotada, seguía pensando dos movimientos por delante.

—Entonces dime qué necesitas.

Erin respiró profundamente.

—Un hospital.

Aquella respuesta lo sacudió.

No venganza.

No interrogatorios.

Un hospital.

Diez minutos después estaban camino al Massachusetts General.

Damien hizo dos llamadas.

Una a su abogado.

Otra a un detective con quien había colaborado años atrás en una investigación de fraude.

Nada más.

Por primera vez, decidió que aquello no se resolvería según las reglas de su mundo.

Se resolvería con pruebas.

En el hospital, Erin fue ingresada de inmediato.

Los médicos confirmaron que la exposición podía tratarse, pero necesitaban actuar rápido y vigilar estrechamente tanto a ella como al embarazo.

Damien permaneció fuera de la habitación.

Por primera vez en muchos años, no tenía nada que controlar.

Y lo odiaba.

A las cuatro de la mañana apareció el detective Samuel Reeves.

—Cuéntamelo desde el principio.

Damien le entregó copias.

—Victor Hale y mi hermano Elias sabían que Erin estaba revisando las cuentas.

Reeves hojeó los documentos.

—Eso demuestra motivo financiero.

—¿Y el intento contra ella?

—Necesitamos más.

Erin, desde la cama, habló.

—Hay una cámara secundaria.

Ambos se volvieron.

—¿Dónde? —preguntó Reeves.

—En la cafetera.

Damien frunció el ceño.

—¿Qué?

Por primera vez, Erin sonrió débilmente.

—Hace seis meses desaparecía café de la cocina y seguridad instaló una microcámara para descubrir quién robaba cápsulas importadas.

Reeves parpadeó.

—¿Me está diciendo que una investigación por café puede resolver esto?

—Sería bastante irónico.

A las siete de la mañana recuperaron las grabaciones.

Y apareció el primer giro.

No era Victor.

La cámara mostraba a alguien entrando en la cocina ejecutiva a las seis y cuarenta y cinco.

Una mujer.

Natalie Price.

Asistente personal de Elias.

Damien observó el video tres veces.

Natalie llevaba una pequeña bolsa.

Manipulaba la zona donde Erin guardaba sus suplementos y preparaba las bebidas.

—¿Por qué Natalie? —preguntó Damien.

Reeves señaló la pantalla.

—Eso vamos a averiguar.

No tardaron mucho.

Cuando los investigadores revisaron comunicaciones autorizadas dentro de la investigación, encontraron mensajes entre Natalie y Victor.

Pero Victor tampoco dirigía el plan.

Los mensajes llevaban a otra persona.

Elias.

Damien sintió que algo dentro de él se derrumbaba.

Su propio hermano.

El hombre al que había protegido desde que eran niños.

—¿Por qué? —preguntó.

Reeves dejó varios documentos sobre la mesa.

—Porque el dinero desviado no terminaba en Victor.

Terminaba en Elias.

Victor solo había construido la estructura financiera. Elias era quien se beneficiaba.

Durante años, Damien había permitido que su hermano viviera cómodamente lejos del centro de las operaciones.

Creía que lo estaba protegiendo.

En realidad, Elias había utilizado esa distancia para crear su propio sistema.

—Pero ¿por qué Erin? —preguntó Damien.

El detective lo miró.

—Porque descubrió las transferencias.

Después hizo una pausa.

—Y porque sabía que estaba embarazada.

Damien levantó la cabeza.

Reeves señaló un mensaje recuperado.

No leyó los detalles en voz alta.

No hacía falta.

La idea era clara.

Si Erin tenía un hijo de Damien, su posición dentro de la familia cambiaría.

También cambiaría quién heredaría el control de ciertos activos legítimos de Cross Holdings.

Elias no solo estaba protegiendo un fraude.

Estaba protegiendo el futuro que imaginaba para sí mismo.

Damien tuvo que sentarse.

Erin lo observaba desde la cama.

—Lo siento.

Él soltó una risa amarga.

—¿Tú lo sientes?

—Sé lo que significa que sea tu hermano.

Damien la miró.

—Mi hermano tomó sus decisiones.

Esa misma tarde, Natalie fue detenida para ser interrogada.

Victor intentó salir de la ciudad.

No llegó lejos.

Y Elias cometió el error más grande.

Fue al hospital.

Apareció con flores.

Entró sonriendo.

—Damien, me acabo de enterar. ¿Qué ocurrió?

Damien estaba junto a la ventana.

—Erin fue envenenada.

La sonrisa desapareció.

Solo un instante.

Pero Erin lo vio.

—Eso es terrible.

—Sí.

Elias dejó las flores.

—¿Saben quién fue?

Damien lo miró directamente.

—Sí.

El silencio se volvió pesado.

Elias retrocedió.

—¿Quién?

—Natalie.

La sangre abandonó su cara.

—Mi asistente.

—Exacto.

Elias entendió.

Se volvió hacia la puerta.

Dos detectives entraron.

—Elias Cross —dijo Reeves—, necesitamos hacerle algunas preguntas.

—Esto es una locura.

Miró a Damien.

—¿Vas a permitir esto?

Damien no se movió.

—Sí.

—Soy tu hermano.

—Erin confiaba en ti.

—No hice nada.

Erin habló desde la cama.

—Te envié los registros.

Elias la miró.

—Y te dije que estabas equivocada.

—Porque necesitabas tiempo para ocultarlos.

Su rostro cambió.

Fue pequeño.

Pero suficiente.

Reeves se acercó.

—Señor Cross, venga con nosotros.

Elias miró a Damien una última vez.

—Después de todo lo que he hecho por ti…

Damien respondió con calma.

—Eso es exactamente lo que están investigando.

Se lo llevaron.

No hubo disparos.

No hubo amenazas.

No hubo la violencia que el viejo Damien Cross habría considerado inevitable.

Solo una puerta cerrándose.

Y consecuencias.

Semanas después, la investigación financiera destapó todo.

Millones desviados.

Documentos falsificados.

Empresas creadas para ocultar movimientos.

Victor aceptó colaborar.

Natalie también.

Elias terminó enfrentando cargos por su participación en el fraude y por el daño causado a Erin.

Damien hizo algo que sorprendió incluso a su abogado.

Abrió los libros.

Todos.

No solo los relacionados con Elias.

Sabía lo que podía significar.

—Si haces esto —le advirtió su abogado—, Cross Syndicate como lo conoces desaparecerá.

Damien miró a Erin.

Ella ya estaba fuera del hospital.

Todavía débil.

Pero estable.

Con una mano sobre el vientre.

—Ese es el objetivo.

Durante meses desmontó negocios que nunca debieron existir.

Vendió activos.

Cerró operaciones.

Cooperó en investigaciones donde era necesario.

Atlantic Harbor Logistics sobrevivió como empresa legítima.

El resto no.

Una tarde, Erin entró en su oficina.

—Necesito hablar contigo.

Damien dejó el bolígrafo.

—¿Es el bebé?

—Está bien.

Él respiró.

Cada vez que ella decía esas palabras, seguía sintiendo algo extraño en el pecho.

—Entonces ¿qué ocurre?

Erin puso una carta sobre la mesa.

Renuncia.

Damien la miró.

—No.

Ella arqueó una ceja.

—¿No?

—No puedes renunciar.

—Curioso. Hace unos meses ibas a despedirme.

Damien hizo una mueca.

—No me lo recuerdes.

—Lo haré durante años.

Aquello lo hizo sonreír.

Después se puso serio.

—¿Por qué quieres irte?

—Porque no quiero que nuestro hijo crezca sin saber si soy tu empleada, tu pareja o una pieza de tu imperio.

Damien guardó silencio.

Erin continuó:

—Y porque yo tampoco lo sé.

Él se levantó.

Pero no se acercó demasiado.

Había aprendido algo sobre límites.

—Entonces deja de ser mi secretaria.

Erin lo miró.

—Eso acabo de decir.

—Pero no desaparezcas.

Su expresión se suavizó.

—Damien…

—No sé hacer esto.

—Eso es evidente.

—Pero quiero aprender.

Miró su vientre.

Después volvió a sus ojos.

—No quiero ser padre porque diga un informe médico que lo soy.

Respiró.

—Quiero estar ahí.

Erin guardó silencio mucho tiempo.

—No te prometo nada.

—No te lo estoy pidiendo.

Y por primera vez, aquella respuesta fue suficiente.

Cinco meses después nació una niña.

Isabella Walsh Cross.

Damien lloró.

Negó haberlo hecho.

Erin jamás dejó que olvidara que sí.

No se casaron inmediatamente.

No tuvieron un final perfecto construido en una semana.

Tuvieron algo mejor.

Tiempo.

Damien fue a terapia.

Erin creó su propia consultoría financiera.

Él aprendió a preguntar antes de decidir.

Ella aprendió que pedir ayuda no significaba perder independencia.

Y tres años después, durante una pequeña ceremonia cerca del puerto, Erin finalmente aceptó ponerse un anillo.

Sin imperios.

Sin hombres vigilando puertas.

Sin secretos.

Solo ellos.

Esa noche, Damien encontró en una caja vieja la carta de despido que había preparado aquella tormentosa madrugada.

Se la enseñó a Erin.

Ella leyó la primera línea.

“Por incumplimiento reiterado de sus responsabilidades…”

Lo miró.

—Eras un idiota.

—Sí.

—¿Ibas a despedir a una mujer embarazada porque se quedó dormida trabajando hasta la una?

—En mi defensa…

—No tienes defensa.

Damien sonrió.

Después rompió la carta.

Erin apoyó la cabeza en su hombro.

Aquella madrugada había entrado en la oficina creyendo que eliminaría una debilidad de su organización.

En cambio, encontró una verdad que destruyó casi todo lo que creía saber.

Su mejor empleada no estaba fallando.

Estaba siendo dañada.

Su hermano no era leal.

Era el origen de la traición.

Y el hombre que había pasado la vida convencido de que tener algo que amar te hacía vulnerable descubrió exactamente lo contrario.

Erin y su hija no se convirtieron en su debilidad.

Fueron la razón por la que finalmente tuvo el valor de dejar de ser el hombre que siempre había sido.

Y el informe médico que aquella noche parecía anunciar el final de dos vidas…

terminó siendo el documento que salvó tres.

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