La aparición de Eleanor Lancaster convirtió el pasillo entero en una tumba.
Nathan fue el primero en reaccionar.
—Abuela, esto no es lo que parece.
Eleanor avanzó apoyándose en su bastón de plata.
Tenía setenta y seis años y no necesitaba levantar la voz para conseguir silencio. Durante décadas había construido clínicas, comprado laboratorios y convertido el apellido Lancaster en uno de los más poderosos de la medicina privada.
Se detuvo frente a mí.
—Emma, dame ese expediente.
Nathan se interpuso.
—No hace falta involucrarte.
Eleanor levantó los ojos hacia él.
—Apártate.
—Puedo explicarlo.
—He dicho que te apartes.
Nathan obedeció.
Le entregué las hojas.
Eleanor comenzó a leer.
Vi cómo su expresión se endurecía con cada página.
Cuando llegó al código del embrión, levantó la mirada hacia el médico.
—Doctor Harris, ¿quién autorizó este procedimiento?
El médico palideció.
—Señora Lancaster…
—He hecho una pregunta.
—La autorización llegó desde dirección médica.
—¿Firmada por quién?
El hombre miró a Nathan.
No necesitó decir su nombre.
Eleanor cerró lentamente el expediente.
—Nathan, ¿implantaste deliberadamente en tu esposa un embrión creado con el óvulo de Claire sin informárselo?
Claire empezó a llorar.
—Señora Lancaster, por favor. Yo no quería hacerle daño a Emma.
Eleanor ni siquiera la miró.
—No te he preguntado nada.
Claire cerró la boca.
Nathan respiró profundamente.
—Emma quería ser madre. Claire no podía llevar un embarazo. Encontré una solución.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Una solución.
Eso era yo.
Eleanor lo miró con una incredulidad helada.
—¿Una solución?
—El bebé sigue siendo un Lancaster.
—No estoy preguntando por el apellido del bebé.
Golpeó una vez el suelo con el bastón.
—Estoy preguntando qué derecho creíste tener sobre el cuerpo de tu esposa.
Nathan apretó la mandíbula.
—Abuela, no seas dramática.
La bofetada llegó tan rápido que nadie pudo reaccionar.
El sonido atravesó todo el pasillo.
Nathan quedó inmóvil.
Eleanor bajó lentamente la mano.
—No vuelvas a hablarme de dramatismo mientras una mujer embarazada descubre que su propio esposo decidió sobre su cuerpo a sus espaldas.
Nathan me miró.
No había culpa en sus ojos.
Había odio.
Y entonces entendí algo peor.
No lamentaba haberlo hecho.
Lamentaba haber sido descubierto.
Eleanor se volvió hacia las enfermeras.
—Desde este momento, Nathan Lancaster queda excluido de cualquier decisión médica relacionada con Emma.
—¡No puedes hacer eso! —exclamó él.
—Acabo de hacerlo.
Después señaló al doctor Harris.
—Y nadie programa ninguna cirugía sin consentimiento informado de Emma y evaluación independiente.

El médico asintió inmediatamente.
Sentí que podía respirar por primera vez desde que había leído aquel expediente.
Pero Nathan se acercó.
—Emma es mi esposa.
—Por ahora —respondió Eleanor.
Aquellas palabras hicieron que Claire levantara la cabeza.
Yo también.
Eleanor tomó mi brazo con cuidado.
—Ven conmigo.
Me condujo hasta una oficina privada.
Antes de entrar miré hacia atrás.
Nathan seguía en el pasillo.
Claire intentó tomarle la mano.
Él la apartó.
Por primera vez, ella también pareció asustada.
Cuando la puerta se cerró, Eleanor dejó el expediente sobre un escritorio.
—Necesito preguntarte algo y quiero la verdad.
—Está bien.
—¿Tú firmaste algún documento aceptando ser gestante sustituta?
—Nunca.
—¿Autorizaste el uso de un óvulo donado?
—No.
—¿Sabías que Claire era la donante?
Negué.
Eleanor cerró los ojos durante unos segundos.
Cuando volvió a abrirlos, había algo parecido a miedo en su mirada.
Eso me preocupó más que cualquier grito.
—Entonces tenemos un problema mucho mayor.
—¿Qué quiere decir?
Sacó su teléfono.
—Quiero que auditen inmediatamente el laboratorio de fertilidad. Todos los accesos relacionados con el embrión E-1736.
Colgó.
—Emma, hasta que sepamos exactamente qué ocurrió, no firmes nada.
—¿Ni siquiera los documentos del parto?
—Especialmente esos.
Sentí al bebé moverse.
Instintivamente puse ambas manos sobre mi vientre.
—¿Qué pasará cuando nazca?
Eleanor permaneció en silencio.
—No lo sé.
Aquella respuesta me aterrorizó.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Era una enfermera.
—Señora Lancaster, encontramos algo.
Nos entregó una tableta.
En la pantalla aparecía el historial digital del tratamiento de fertilidad.
Había fechas.
Códigos.
Autorizaciones.
Y una modificación realizada meses atrás.
Eleanor amplió el documento.
Mi nombre aparecía junto a una firma electrónica.
—Yo nunca firmé eso.
—Lo sé —respondió ella.
La autorización indicaba que yo aceptaba voluntariamente llevar un embrión ajeno y renunciar a cualquier reclamación sobre el bebé después del nacimiento.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Falsificaron mi firma.
Eleanor siguió leyendo.
Entonces se quedó completamente quieta.
—¿Qué ocurre?
No respondió.
Amplió otra sección.
El documento también autorizaba una cesárea anticipada en caso de que los “progenitores genéticos” solicitaran la entrega inmediata del recién nacido.
Tuve que sentarme.
—Nathan planeó todo.
Eleanor negó lentamente.
—Eso parece.
—¿Parece?
Me mostró la pantalla.
La autorización no había sido firmada únicamente por Nathan.
Había otra firma.
Claire Whitman.
Y debajo aparecía una tercera autorización.
Una que hizo que Eleanor perdiera el color del rostro.
—Esto no tiene sentido —susurró.
—¿Qué?
Antes de que pudiera responder, sonó una alarma en el pasillo.
Una enfermera abrió la puerta.
—Necesitamos llevar a la señora Lancaster a obstetricia inmediatamente.
—¿Qué sucede?
—Su presión está subiendo y el monitor fetal muestra cambios. El médico quiere evaluarla ahora.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
Eleanor tomó mi mano.
—No dejaré que nadie haga nada sin tu consentimiento.
Pero cuando salimos, Nathan estaba esperando.
Y ya no estaba solo.
Dos abogados permanecían junto a él.
Claire sostenía una carpeta contra el pecho.
Nathan me miró con una tranquilidad que me produjo escalofríos.
—Emma, esto termina hoy.
Uno de los abogados abrió la carpeta.
—Señora Lancaster, existe un acuerdo legal firmado antes de la transferencia embrionaria.
—Es falso —respondí.
—Eso tendrá que determinarlo un tribunal.
Nathan miró mi vientre.
—Pero el bebé puede nacer antes de que eso ocurra.
Eleanor avanzó furiosa.
—No tocarás a Emma.
Nathan sonrió.
—Abuela, hay algo que tú tampoco sabes.
Sacó una hoja.
—El embrión E-1736 nunca estuvo destinado originalmente a Emma.
El rostro de Eleanor cambió.
—¿Qué acabas de decir?
Nathan dejó el documento frente a nosotros.
Miré la primera línea.
Después la segunda.
Y sentí que el mundo volvía a desaparecer bajo mis pies.
EL ÓVULO FIGURABA A NOMBRE DE CLAIRE WHITMAN.
PERO EL MATERIAL GENÉTICO PATERNO NO PERTENECÍA A NATHAN LANCASTER.
Eleanor agarró el papel con manos temblorosas.
—Entonces… ¿de quién es?
Nathan no respondió.
Porque detrás de nosotros, una voz masculina desconocida acababa de decir:
—Mío.