PARTE 2: EL HOMBRE QUE LLEVABA SEIS AÑOS BUSCÁNDOME.

Adrian permaneció sentado frente a los documentos de divorcio.

Por primera vez en seis años, no parecía tener preparada una respuesta.

—Sophia, ¿qué significa esto?

—Exactamente lo que dice.

Pasó rápidamente las páginas.

—¿Quieres divorciarte?

—Sí.

—¿Por qué?

Casi sonreí.

La facilidad con la que pronunciaba aquella pregunta resultaba increíble.

—Porque estoy cansada.

Adrian dejó los documentos sobre la mesa.

—¿Cansada de qué?

—De este matrimonio.

Su expresión cambió.

—Anoche estabas perfectamente.

—Anoche simplemente dejé de fingir conmigo misma.

Se levantó.

—No voy a firmar.

Lo miré con calma.

—No te estoy pidiendo permiso.

En ese instante se escuchó el ruido de varios vehículos deteniéndose frente al edificio.

Adrian frunció el ceño.

Me acerqué a la ventana.

Tres automóviles negros estaban estacionados abajo.

Del primero descendió un hombre de cabello gris, traje oscuro y porte elegante.

Cuando levantó la cabeza hacia nuestra ventana, sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

Lo reconocí.

Habían pasado muchos años, pero jamás podría olvidar aquel rostro.

—No puede ser… —susurré.

Adrian se acercó.

—¿Quién es?

No respondí.

Minutos después llamaron a la puerta.

Cuando abrí, el hombre permaneció inmóvil observándome.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Sophia.

Mi garganta se cerró.

—Señor Bennett.

Él negó lentamente.

—Por favor. Después de todo este tiempo, no me llames así.

Adrian apareció detrás de mí.

—¿Quién es usted?

El hombre lo miró.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Así que tú eres Adrian Whitmore.

El silencio se volvió pesado.

Adrian palideció.

Yo fingí sorpresa.

—¿Whitmore?

Mi esposo me miró.

Durante una fracción de segundo comprendió que acababa de cometer un error.

—Sophia…

—¿Por qué te llama Whitmore?

—Puedo explicarlo.

El señor Bennett soltó una risa sin humor.

—Me imagino que tendrá mucho que explicar.

Dos hombres colocaron varias carpetas sobre la mesa.

—Llevo seis años buscándote —me dijo Bennett—. Después de la muerte de tu madre desapareciste sin dejar dirección.

—Pensé que nadie me buscaba.

Su rostro reflejó dolor.

—Tu madre me hizo prometer que te encontraría.

Sacó un documento.

—Hay algo que nunca te contó.

Adrian permaneció completamente inmóvil.

Bennett puso frente a mí una fotografía antigua.

Mi madre aparecía junto a un hombre que no reconocí.

Detrás de ellos había un edificio enorme.

—Tu madre no era simplemente una mujer que poseía unas cuantas joyas —explicó—. Durante años administró inversiones y participaciones empresariales a través de terceros.

Sentí que me faltaba el aire.

—No entiendo.

—Antes de morir creó un fideicomiso.

Me entregó una carpeta.

—Y tú eres su única beneficiaria.

Mis manos temblaron.

Adrian dio un paso hacia nosotros.

—¿De cuánto estamos hablando?

Bennett levantó lentamente la mirada.

—Eso no es asunto suyo, señor Whitmore.

—Soy su esposo.

—Por lo que veo, no durante mucho tiempo.

Adrian apretó la mandíbula.

Abrí la carpeta.

Había propiedades, inversiones y documentos legales.

Las cifras parecían irreales.

—Esto debe ser un error.

—No lo es.

—¿Por qué mi madre nunca me dijo nada?

—Porque tenía miedo.

—¿De quién?

Bennett miró directamente a Adrian.

—De la familia Whitmore.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Qué tiene que ver su familia con mi madre?

Antes de que pudiera responder, Adrian intervino.

—Ya basta.

Todos lo miramos.

Su rostro estaba completamente transformado.

El marido humilde había desaparecido.

Frente a mí estaba el hombre cuya voz había escuchado en aquella llamada.

Frío.

Autoritario.

Poderoso.

—Sophia, entra al dormitorio. Hablaré con ellos.

Lo observé con incredulidad.

—¿Perdón?

—Esto puede ser peligroso. Déjame manejarlo.

Solté una carcajada.

—Durante seis años decidiste qué podía saber y qué no. Eso terminó esta mañana.

Bennett sonrió ligeramente.

—Tu madre estaría orgullosa.

Adrian lo miró con furia.

—No vuelva a mencionar a su madre.

Entonces comprendí algo.

Adrian sabía más de lo que estaba diciendo.

—Tú conocías a mi madre.

—No.

—Estás mintiendo.

—Sophia…

—¿Sabías del fideicomiso?

No respondió.

Aquello fue suficiente.

Sentí náuseas.

Durante seis años había pensado que nuestro encuentro había sido casual.

Adrian era un hombre aparentemente arruinado.

Yo era una mujer sola después de perder a su madre.

Nos enamoramos.

O eso creía.

—¿Por qué te casaste conmigo?

Adrian se quedó en silencio.

Bennett abrió otra carpeta.

—Quizá esto responda a tu pregunta.

Sacó una copia de un documento corporativo.

En la parte superior aparecía el logotipo del Grupo Whitmore.

La fecha era de siete años atrás.

Un año antes de conocer a Adrian.

Seguí leyendo.

Había un informe sobre mí.

Mi universidad.

Mi antiguo empleo.

La dirección donde vivía.

Incluso fotografías tomadas sin que yo lo supiera.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Qué es esto?

—Un informe privado encargado por Whitmore Holdings.

Miré a Adrian.

—¿Me investigaste antes de conocerme?

—Déjame explicarte.

—¡RESPONDE!

Fue la primera vez que levanté la voz.

Adrian cerró los ojos.

—Sí.

Una sola palabra destruyó los últimos seis años de mi vida.

Nuestro encuentro en aquella cafetería.

Nuestra primera cita.

Su supuesta quiebra.

Las deudas.

Todo.

—Entonces nunca fue casualidad.

—Al principio, no.

Retrocedí.

Instintivamente llevé una mano hacia mi vientre.

Adrian vio el movimiento.

Sus ojos bajaron hacia mi mano.

Por un instante temí que comprendiera.

Pero Bennett volvió a hablar.

—Sophia, tenemos que irnos.

—¿Por qué?

—Porque desde que confirmé tu identidad esta mañana, alguien ha intentado acceder al fideicomiso.

Adrian se tensó.

—¿Quién?

Bennett lo ignoró.

—También intentaron bloquear temporalmente tus derechos sobre varias participaciones.

—¿Participaciones en qué?

Bennett dudó.

Después colocó el último documento frente a mí.

Leí el nombre de la empresa.

WHITMORE GROUP.

Mi corazón se detuvo.

—Esto…

Bennett asintió.

—Tu madre poseía acciones del grupo.

Adrian tomó el documento.

Su rostro perdió todo color.

—Esto es imposible.

—Es completamente legal.

—¿Cuántas acciones?

Bennett me miró.

—Las suficientes para que Sophia tenga derecho a ocupar un asiento en el consejo.

Adrian retrocedió.

Entonces comprendí la verdadera dimensión de aquello.

El hombre que durante seis años había escondido su riqueza para impedirme entrar en su mundo acababa de descubrir que yo ya formaba parte de él antes incluso de conocerlo.

Guardé los documentos.

—Me voy con el señor Bennett.

Adrian bloqueó la puerta.

—No.

—Apártate.

—Sophia, hay cosas que no entiendes.

—Entonces explícame una.

Lo miré directamente a los ojos.

—¿Te casaste conmigo porque me amabas o porque querías controlar las acciones de mi madre?

Adrian abrió la boca.

Pero antes de responder, su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

Contestó.

—¿Qué ocurre?

Escuchó durante unos segundos.

—¿Cómo que convocó una reunión?

Su rostro se volvió blanco.

—¿Mi madre hizo qué?

Colgó.

Me miró como si acabara de descubrir algo todavía peor.

—Sophia…

Bennett se puso delante de mí.

—¿Qué sucede?

Adrian respiró profundamente.

—Mi madre acaba de convocar al consejo de emergencia del Grupo Whitmore.

—¿Y?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Y acaba de presentar documentos asegurando que Sophia murió hace seis años.

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