PARTE 2: LA VERDAD QUE LOS BLACKWOOD ENTERRARON.

Me quedé mirando la pantalla encendida.

“Emily, puedes huir de Adrian… pero no de la verdad sobre tu hija.”

Durante cinco años nadie me había llamado Emily.

Para los Blackwood yo siempre había sido la señora Blackwood.

Antes de ellos, sin embargo, Emily había sido mi nombre.

Sentí que el compartimento se hacía más pequeño.

La llamada terminó.

Intenté devolverla.

Número inexistente.

Entonces llegó una fotografía.

La abrí.

Y dejé de respirar.

Era una niña de unos cuatro años, sentada frente a un enorme ventanal.

Cabello oscuro.

Vestido blanco.

Una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda.

Olivia.

Mi hija.

La niña que supuestamente estaba en un campamento de verano en Suiza.

Debajo apareció otro mensaje.

“Olivia nunca salió de Harbor City.”

Me puse de pie tan rápido que la maleta cayó al suelo.

—No…

Marqué el número del mayordomo.

No contestó.

Volví a llamar.

Nada.

Busqué el contacto de Adrian.

Mi dedo quedó suspendido sobre su nombre.

Cinco años de matrimonio.

Cinco años intentando convencerme de que algún día aquel hombre me miraría como algo más que una obligación.

Pero Olivia era diferente.

La primera vez que la sostuve, Adrian había permanecido junto a la ventana del hospital.

—Es una Blackwood —había dicho.

Ni siquiera me había preguntado cómo me sentía.

Aun así, yo había amado a aquella niña por los dos.

Por eso, cuando los abogados me informaron que Adrian conservaría la custodia, sentí que me arrancaban algo del pecho.

Me dijeron que no tenía posibilidades de ganar.

Sin fortuna.

Sin familia poderosa.

Sin influencia.

Firmé porque creí que al menos Olivia estaría protegida.

Ahora alguien afirmaba que todo era mentira.

Mi teléfono vibró otra vez.

“Si regresas, te encontrarán. Si continúas hacia Valdoria, encontrarás las respuestas.”

Debajo había una dirección.

No respondí.

Guardé el teléfono y me senté.

Durante el resto de la noche no dormí.

Cuando amaneció, Harbor City estaba a cientos de kilómetros.

Valdoria apareció detrás de montañas cubiertas de niebla.

Era completamente distinta.

Calles estrechas.

Casas antiguas.

Pequeños negocios abriendo sus puertas.

Nadie conocía a Emily Blackwood.

Nadie me observaba.

Seguí la dirección hasta una pequeña clínica abandonada en las afueras.

La puerta estaba entreabierta.

—¿Hola?

Nadie respondió.

Entré.

El lugar olía a polvo.

Sobre un escritorio había un sobre.

Mi nombre estaba escrito encima.

No Emily.

No señora Blackwood.

Elena Marlow.

El mismo nombre de mi identificación falsa.

Lo abrí.

Dentro encontré una copia de un certificado de nacimiento.

Leí primero el nombre.

Olivia Blackwood.

Después la fecha.

Correcta.

Lugar de nacimiento.

Correcto.

Nombre del padre.

Adrian Blackwood.

Entonces llegué a la línea correspondiente a la madre.

Mi corazón se detuvo.

No decía Emily.

Había otro nombre.

Catherine Vale.

—Eso es imposible.

Revisé el documento buscando señales de falsificación.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—Ese certificado sí es falso.

Me giré.

Una mujer de cabello gris estaba parada en la puerta.

—¿Quién es usted?

—La enfermera que estuvo presente la noche en que nació Olivia.

Se acercó lentamente.

—Y llevo cinco años esperando que abandones a los Blackwood.

Retrocedí.

—Explíquese.

La mujer dejó una carpeta sobre la mesa.

—Tu hija nació a las tres y diecisiete de la madrugada. Estaba sana.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

Abrió la carpeta.

Dentro había dos brazaletes hospitalarios.

Uno llevaba mi nombre.

El otro tenía un número.

—Aquella noche nacieron dos niñas.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué está diciendo?

—Que alguien ordenó modificar los registros antes del amanecer.

—¿Quién?

La mujer me sostuvo la mirada.

—La madre de Adrian.

Todo dentro de mí quedó en silencio.

Recordé a Margaret Blackwood entrando en mi habitación después del parto.

Recordé cómo había tomado a Olivia sin pedirme permiso.

Recordé sus palabras.

“Ahora descansa. Nosotros nos ocuparemos de todo.”

—¿Por qué haría algo así?

—Porque los Blackwood necesitaban una heredera.

—Olivia era su nieta.

La mujer negó lentamente.

—Ese era precisamente el problema.

Antes de que pudiera preguntar, escuchamos un automóvil detenerse afuera.

La enfermera palideció.

—Nos encontraron.

—¿Quiénes?

Me agarró del brazo.

—No hay tiempo.

Me condujo hacia una puerta trasera.

—Escúchame. La niña que conoces como Olivia está viva. Pero la niña que tú diste a luz no es la niña que creció en la mansión Blackwood.

Sentí que las piernas me fallaban.

—No.

—Emily, tienes otra hija.

La puerta principal se abrió de golpe.

La mujer me empujó hacia el exterior.

—¡Corre!

Salí por un callejón y no miré atrás.

Media hora después estaba escondida en una cafetería de la estación.

Mis manos no dejaban de temblar.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Adrian.

Esta vez contesté.

—¿Dónde estás? —preguntó.

Su voz no era fría.

Era desesperada.

—¿Dónde está Olivia?

Hubo silencio.

—¿Quién habló contigo?

Aquella pregunta confirmó demasiado.

—¿Qué hicieron con mi hija?

—Emily, escucha…

—¡Dime dónde está!

Adrian respiró profundamente.

—Regresa a Harbor City.

—No.

—Entonces dame tu ubicación y voy por ti.

—Nunca más volverás a decidir adónde voy.

Estaba a punto de colgar cuando dijo:

—Mi madre te mintió.

Me quedé inmóvil.

—¿Sobre qué?

—Sobre muchas cosas.

—¿Olivia es mi hija?

Silencio.

—Adrian.

Finalmente habló.

—La niña que vive conmigo no lo es.

Cerré los ojos.

Una lágrima cayó sobre mi mano.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde ayer.

Aquello me hizo abrir los ojos.

—¿Ayer?

—Encontré documentos después de que firmamos el divorcio. Por eso viajé a Nueva York. No fui a ninguna reunión.

Su voz se quebró.

—Estaba intentando localizar a nuestra hija.

Nuestra hija.

—¿Dónde está?

—Creo que en Valdoria.

Miré alrededor.

—¿Crees?

—Mi madre llevaba años enviando dinero a una institución de esa región.

En ese instante recibí otro mensaje.

Era una ubicación.

Y una fotografía.

Una niña estaba de espaldas frente a un jardín de jazmines.

En su cabello llevaba algo que reconocí inmediatamente.

Una horquilla de madera de sándalo idéntica a la mía.

Debajo había una sola frase.

“Si quieres recuperar a tu verdadera hija, ven sola antes del anochecer.”

Adrian seguía hablando.

—Emily, pase lo que pase, no vayas a ninguna dirección que te envíen.

Miré el reloj.

Faltaban tres horas para el anochecer.

—¿Por qué?

Su respuesta llegó acompañada de un silencio aterrador.

—Porque acabo de encontrar al hombre que fabricó tus documentos de divorcio… y jura que tú nunca firmaste ningún divorcio conmigo.

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