PARTE 2: CUANDO POR FIN LEVANTÓ LA VISTA.

Daniel sostuvo el teléfono junto al oído.

—Emily, cálmate. ¿Qué pasó?

La voz de ella llegaba entre sollozos.

—No puedo hacerlo sola. Por favor, ven.

Daniel me miró.

Después miró las dos maletas junto a mis pies.

Durante tres segundos permaneció inmóvil.

Yo no dije nada.

No iba a pedirle que se quedara.

No otra vez.

—Está bien —respondió finalmente—. Voy para allá.

Y en ese instante, cinco años terminaron dentro de mí.

Daniel colgó y tomó las llaves.

—Emily está teniendo una crisis. Hablaremos cuando regrese.

Sonreí.

—No habrá nada que hablar.

Se detuvo.

—No empieces otra vez.

—No estoy empezando nada, Daniel. Estoy terminándolo.

Sacudí ligeramente el asa de mi maleta.

—Cuando regreses, ya no estaré aquí.

Su expresión se endureció.

—Haz lo que quieras.

Y salió.

La puerta se cerró detrás de él.

Esperé unos segundos.

Una parte de mí deseaba escuchar sus pasos regresando.

No ocurrió.

Entonces tomé mis maletas y me marché.

A la mañana siguiente abordé el avión.

Mi hermana vivía en otra ciudad y llevaba meses ofreciéndome un puesto en su pequeña empresa de diseño. Siempre lo había rechazado porque Daniel decía que mudarnos perjudicaría su carrera universitaria.

Aquella vez no le pedí permiso.

Durante el vuelo apagué el teléfono.

Cuando aterrizamos, tenía diecisiete llamadas perdidas.

Todas eran de Daniel.

Había también un mensaje.

“¿Dónde estás?”

Luego otro.

“El hotel acaba de decirme que cancelaste la boda.”

Y finalmente:

“Llámame ahora.”

No respondí.

Por primera vez en cinco años, Daniel era quien esperaba una respuesta que no llegaba.

Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos.

Mi hermana no hizo preguntas.

Solo me abrazó y me preparó una habitación.

Mientras tanto, Daniel siguió llamando.

Primero enfadado.

Después confundido.

Finalmente desesperado.

Tres días antes de la fecha en que debíamos casarnos, dejó un mensaje de voz.

—Esto ya llegó demasiado lejos. Regresa y arreglaremos las cosas.

Lo borré.

Todavía hablaba como si yo hubiera creado el problema.

El día de nuestra boda amaneció lluvioso.

Yo esperaba sentirme destruida.

En cambio, me desperté y descubrí que podía respirar.

Preparé café.

Abrí las ventanas.

Y por primera vez en mucho tiempo imaginé un futuro que no dependía de mantener feliz a Daniel.

Entonces recibí un mensaje de un número desconocido.

Era Emily.

“Necesito hablar contigo. Hay algo sobre Daniel que debes saber.”

Estuve a punto de bloquearla.

Pero llegó una fotografía.

Daniel aparecía dormido en un sofá.

Reconocí inmediatamente el apartamento de Emily.

La fecha de la fotografía era de seis meses atrás.

Seis meses.

Mucho antes del viaje.

Mucho antes del lápiz labial.

Mucho antes de que yo sospechara algo.

Mis dedos se congelaron sobre la pantalla.

Emily escribió:

“No pasó lo que estás pensando. Pero Daniel te ha mentido durante mucho tiempo.”

La llamé.

Contestó inmediatamente.

—Lo siento —dijo.

—No quiero disculpas. Quiero la verdad.

Hubo silencio.

—Daniel me dijo que ustedes llevaban meses separados.

Cerré los ojos.

—Vivíamos juntos.

—Lo sé ahora.

Emily comenzó a llorar.

—Cuando empecé la tesis, él empezó a acercarse a mí. Me llevaba a cenar, me acompañaba a casa y decía que su relación contigo prácticamente había terminado.

Sentí náuseas.

—¿Estuvieron juntos?

—No como pareja.

Su respuesta fue inmediata.

—Pero yo me enamoré de él.

Aquello dolió menos de lo esperado.

Quizá porque ya no quedaba nada que romper.

—¿Y el viaje?

—Él lo organizó.

—¿Por qué?

Emily guardó silencio demasiado tiempo.

—Porque quería que alguien nos viera.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Daniel sabía que las fotografías llegarían hasta ti.

Me quedé completamente quieta.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene.

La voz de Emily bajó.

—Quería que tú cancelaras la boda.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué?

—No lo sé completamente.

—Emily.

—Te juro que no lo sé. Pero hace unos meses empezó a tener problemas en la universidad. Algo relacionado con dinero destinado a investigación.

Recordé las noches en que Daniel llegaba tarde.

Las llamadas que contestaba en otra habitación.

Su creciente irritabilidad.

Yo había pensado que era estrés por la boda.

—¿Qué tiene eso que ver conmigo?

—Tu padre.

Dejé de respirar.

Mi padre había muerto tres años antes.

Había sido abogado y miembro durante años del consejo administrativo de la misma universidad donde Daniel trabajaba.

—No metas a mi padre en esto.

—Encontré documentos en la computadora de Daniel.

—¿Qué documentos?

—Correos antiguos. Contratos. Informes financieros.

Emily respiró temblorosamente.

—Y tu nombre aparece en varios.

Me levanté de golpe.

—Envíamelos.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque Daniel se llevó la computadora anoche.

Entonces escuché un ruido detrás de ella.

Emily dejó de hablar.

—¿Qué ocurre?

—Hay alguien en mi puerta.

Después escuché tres golpes.

—Emily, no abras.

No respondió.

Otros tres golpes.

Entonces una voz masculina atravesó el teléfono.

La reconocí.

Daniel.

—Emily, sé que estás dentro.

Ella susurró:

—Tengo que colgar.

La llamada terminó.

Intenté comunicarme nuevamente.

Nada.

Diez minutos después, Daniel me llamó.

Contesté.

—¿Dónde está Emily?

Silencio.

—Así que hablaste con ella.

Su voz ya no tenía arrogancia.

Parecía cansado.

—¿Por qué querías que cancelara la boda?

Daniel respiró profundamente.

—Porque casarte conmigo podía ponerte en peligro.

Me quedé helada.

—¿De qué estás hablando?

—Hay cosas que no entiendes.

—Entonces explícamelas.

—No por teléfono.

—Ya no puedes darme órdenes.

—No estoy intentando controlarte.

Solté una risa amarga.

—Eso es exactamente lo que llevas cinco años haciendo.

Daniel guardó silencio.

Después dijo algo que cambió completamente la conversación.

—Tu padre no murió por causas naturales.

Sentí que las piernas me fallaban.

Tuve que apoyarme contra la mesa.

—No vuelvas a decir eso.

—Encontré pruebas.

—Estás mintiendo.

—Ojalá.

—¿Qué pruebas?

Daniel respiró hondo.

—Documentos que tu padre escondió antes de morir. Descubrió que alguien estaba desviando dinero de varios proyectos universitarios.

Miré la lluvia caer detrás de la ventana.

—¿Quién?

—Todavía no puedo demostrarlo.

—Entonces ¿por qué aparezco yo en esos documentos?

Daniel tardó en responder.

—Porque después de su muerte heredaste algo que nunca supiste que existía.

Mi corazón comenzó a golpear con fuerza.

—¿Qué heredé?

Antes de responder, escuché otra voz cerca de él.

Daniel dejó escapar una maldición.

—Tengo que irme.

—¡Daniel!

—Escúchame.

Por primera vez había auténtico miedo en su voz.

—No regreses a nuestro apartamento. No hables con nadie de la universidad. Y no confíes en Emily hasta que yo pueda explicarte todo.

—Hace una hora ella me dijo exactamente lo contrario.

Silencio.

—¿Qué te dijo?

—Que no confiara en ti.

Daniel respiró con dificultad.

—Entonces ya saben que habló contigo.

La llamada se cortó.

Intenté devolverla.

El teléfono estaba apagado.

En ese mismo instante sonó el timbre de la casa de mi hermana.

Caminé hacia la puerta.

Sobre el suelo había un paquete pequeño.

No había repartidor.

Solo mi nombre escrito a mano.

Lo abrí.

Dentro encontré una vieja memoria USB y una fotografía de mi padre tomada pocas semanas antes de morir.

En la parte posterior había una frase escrita con su letra.

“SI ALGÚN DÍA RECIBES ESTO, SIGNIFICA QUE DANIEL DESCUBRIÓ LA VERDAD.”

Debajo había otra línea.

La leí dos veces.

“Y SI CANCELÓ LA BODA, FUE PORQUE HIZO EXACTAMENTE LO QUE YO LE PEDÍ.”

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