PARTE 2: ESTA VEZ, ELEGÍ MI PROPIA VIDA.

Cuando crucé la puerta de la casa Reed, nadie intentó detenerme.

Eso debería haberme dolido.

En cambio, sentí alivio.

Caminé hasta la parada del autobús con mi vieja maleta golpeándome la pierna y la carta de admisión escondida contra el pecho.

Por primera vez en dos vidas, no estaba caminando hacia Nathaniel. Estaba alejándome de él.

Tres días después llegué a la universidad.

El dormitorio era pequeño. Cuatro camas de hierro, escritorios gastados y una ventana desde la que podía verse medio campus.

Para mí parecía un palacio.

Mi compañera de habitación, Sophie Bennett, me encontró aquella primera noche cosiendo una rotura de mi única chaqueta.

—¿De verdad viniste sola?

—Sí.

—¿Tu familia no te acompañó?

Pensé en Karen.

—No tengo una familia que haga esas cosas.

Sophie no volvió a preguntar.

Las primeras semanas fueron difíciles.

Trabajaba por las tardes en la biblioteca para pagar mis gastos y estudiaba hasta pasada la medianoche.

Pero era feliz.

Extrañamente feliz.

Cada examen aprobado me pertenecía.

Cada moneda ganada era mía.

Cada decisión, incluso las equivocadas, era una decisión que nadie había tomado por mí.

Mientras tanto, comenzaron a llegar noticias sobre Nathaniel e Isabella.

No necesitaba buscarlas.

Las familias Reed y Monroe eran conocidas, y Sophie adoraba escuchar rumores.

—Dicen que la boda será en diciembre —comentó una tarde.

Mi mano se detuvo sobre el libro.

Diciembre.

En mi vida anterior, para esa fecha yo ya estaba casada con Nathaniel.

Recordaba perfectamente nuestro primer invierno.

La casa helada.

La sopa demasiado salada que preparé intentando impresionarlo.

Y a Nathaniel sentado junto a la ventana, mirando la nieve como si esperara a otra persona.

Entonces no entendí.

Ahora sí.

—¿Amelia?

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—Pensé que conocías al capitán Reed.

—Lo conocía.

Volví a estudiar.

—Ya no importa.

Y realmente intenté que no importara.

Hasta que, dos meses después, Nathaniel apareció frente al edificio de mi facultad.

Llevaba uniforme.

Varias estudiantes lo miraron al pasar.

Yo cerré mi libro.

—¿Qué haces aquí?

—Necesitamos hablar.

—No tenemos nada que hablar.

Su mandíbula se tensó.

—Karen fue a mi casa.

Eso sí llamó mi atención.

—¿Qué quería?

—Dinero.

Solté una risa breve.

Por supuesto.

—Dijo que tú todavía perteneces a su familia y que tiene derecho a decidir con quién te casas.

Mi sonrisa desapareció.

Nathaniel continuó:

—Está negociando con un hombre de tu pueblo.

Sabía exactamente quién era.

El viudo.

En mi vida anterior había escapado antes de que Karen pudiera cerrar aquel trato.

Esta vez creí que la universidad sería suficiente para detenerla.

Me equivoqué.

—No puede obligarme.

—Legalmente quizá no. Pero tiene tus documentos familiares y está diciendo que abandonaste el hogar después de robarle dinero.

Me levanté de golpe.

—¡Eso es mentira!

—Lo sé.

Lo miré.

Nathaniel sostuvo mi mirada.

Por primera vez desde nuestro renacimiento no vi desprecio.

Vi algo más incómodo.

Culpa.

—¿Por qué me ayudas?

Tardó demasiado en responder.

—Porque no quiero deberte nada en esta vida.

Ahí estaba.

Incluso su ayuda tenía que convertirse en una manera de saldar cuentas.

Asentí.

—Entonces gracias por avisarme.

Recogí mis libros.

Nathaniel pareció sorprendido.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

—No lo sé.

—Tú tienes a Isabella. Yo tengo mi universidad. Conseguimos exactamente lo que queríamos.

Pasé junto a él.

Entonces habló.

—¿Eras infeliz conmigo?

Me detuve.

Durante cincuenta años había deseado escuchar aquella pregunta.

Llegaba demasiado tarde.

—No siempre.

Me giré.

—Ese fue precisamente el problema.

Nathaniel frunció el ceño.

—Hubo momentos buenos. Muchos. Por eso tardé una vida entera en comprender que ser tratada con respeto no significa ser amada.

Su rostro perdió parte del color.

—Amelia…

—Fuiste un buen padre. Un esposo responsable. Cuidaste de mí cuando enfermé.

Respiré profundamente.

—Pero cuando estabas muriendo, llamaste a Isabella.

Sus ojos se abrieron.

Él no recordaba aquello.

—¿Qué?

—Tus últimas palabras fueron para ella.

Nathaniel permaneció completamente inmóvil.

—Dijiste que te esperara al otro lado.

Su expresión cambió.

Por primera vez vi dolor verdadero.

Pero ya no era mío cargar con él.

—Ahora tienes tu segunda oportunidad —dije—. No la desperdicies preocupándote por mí.

Y me marché.

Dos semanas después regresé al pueblo acompañada por una profesora de la universidad y un funcionario local.

Karen esperaba encontrar a la muchacha asustada de antes.

En cambio, encontró documentos.

Testigos.

Y una hija que ya no necesitaba pedir permiso.

Cuando comprendió que no podía obligarme a casarme, gritó hasta quedarse sin voz.

—¡Después de todo lo que hice por ti!

La miré con serenidad.

—Querías venderme.

Karen levantó una mano.

Esta vez no retrocedí.

El funcionario se interpuso.

Y aquella fue la última vez que mi madrastra tuvo poder sobre mi vida.

Regresé a la universidad esa misma tarde.

Pasaron los meses.

Llegó diciembre.

La boda de Nathaniel e Isabella se celebró como estaba previsto.

Yo no asistí.

Mientras ellos intercambiaban votos, yo estaba presentando el examen más importante del semestre.

Cuando salí del aula, comenzó a nevar.

Extendí la mano.

Un copo cayó sobre mi palma.

Sonreí.

En algún lugar de la ciudad, Nathaniel finalmente se estaba casando con la mujer que había amado durante dos vidas.

Y yo no sentí celos.

Sentí libertad.

Los años siguientes pasaron rápidamente.

Me gradué entre los mejores estudiantes de mi promoción.

Conseguí una plaza para continuar mis estudios.

Después llegó una oportunidad para trabajar en otra ciudad.

Acepté sin pensarlo.

Nathaniel dejó de ocupar espacio en mis días.

Hasta que, cuatro años después de nuestra separación, recibí una carta.

Reconocí inmediatamente la letra.

Era de Margaret Reed.

La madre de Nathaniel.

La abrí pensando que quizá alguien había enfermado.

Solo contenía unas pocas líneas.

“Amelia, sé que no debería molestarte, pero Nathaniel está preguntando por ti. Su matrimonio con Isabella terminó.”

Me quedé mirando aquellas palabras.

No sentí alegría.

Tampoco satisfacción.

Solo una extraña tristeza por dos personas que habían recibido exactamente lo que creían desear.

Doblé la carta.

No respondí.

Una semana después llegó otra.

Luego una tercera.

Las guardé sin abrir.

Hasta que una tarde, al salir de la universidad donde ahora trabajaba como asistente, vi un automóvil militar estacionado junto a la entrada.

Nathaniel estaba apoyado contra la puerta.

Parecía mayor.

Cansado.

Cuando me vio, sus ojos se enrojecieron.

—Amelia.

Seguí caminando.

Él se interpuso.

—Por favor. Solo cinco minutos.

—Ya utilizaste cincuenta años de mi vida.

Aquellas palabras lo dejaron inmóvil.

Lo rodeé.

—Isabella y yo nos divorciamos —dijo.

No me detuve.

—Lo sé.

—Nunca fue como la recordaba.

Entonces sí me giré.

—Porque estabas enamorado de un recuerdo, Nathaniel.

Bajó la mirada.

—Creo que cometí un error.

Sentí una calma absoluta.

—No.

Él levantó los ojos.

—¿No?

—Elegirla no fue tu error.

Me acerqué lo suficiente para que escuchara claramente.

—Tu error fue creer que, si algún día te arrepentías, yo seguiría esperando donde me dejaste.

Su rostro se quebró.

—Amelia, dame otra oportunidad.

Negué.

—Ya tuvimos dos vidas para aprender esta lección.

Nathaniel cerró los ojos.

—Entonces… ¿no queda nada entre nosotros?

Miré hacia el edificio detrás de mí.

Mis estudiantes me esperaban.

Mi trabajo me esperaba.

Mi futuro me esperaba.

Sonreí.

—Queda una vida entera.

Hice una pausa.

—Pero esta vez es mía.

Pasé junto a él sin mirar atrás.

En mi primera vida pensé que renacer significaría tener otra oportunidad para amar mejor a Nathaniel.

Estaba equivocada.

Había renacido para aprender a elegirme a mí misma.

Y mientras las puertas de la universidad se abrían frente a mí, comprendí que algunas segundas oportunidades no existen para recuperar lo perdido.

Existen para tener el valor de no volver jamás.

Related Posts

PARTE 2: DESCUBRÍ QUE LA TRAICIÓN DE MI ESPOSO ESCONDÍA UN SECRETO AÚN MAYOR, Y LA VERDAD HIZO TEMBLAR A TODA SU FAMILIA

Las puertas del quirófano se cerraron detrás de Kenneth y Maya. Justin permaneció a mi lado, mirando fijamente el pasillo. —Sabrina, dime que esto es una pesadilla….

PARTE 2: MI HIJA GRABÓ EN SECRETO A MI ESPOSA Y DESCUBRIMOS EL PLAN QUE HABÍA PREPARADO PARA DESTRUIR A NUESTRA FAMILIA EN NAVIDAD

Llamé a la policía. No porque quisiera vengarme de Victoria. Lo hice porque mi hija me había pedido ayuda. Y después de escuchar aquella frase, no pensaba…

Parte 2: LA VERDAD QUE ESCONDÍA LA MANSIÓN

Ryan se quedó inmóvil frente a las puertas de cristal. Detrás de él, la calle seguía iluminada por las luces de nuestra antigua casa, aunque ahora estaba…

PARTE 2: MI SUEGRA ME EXIGIÓ OTROS 1.500 DÓLARES, PERO NO SABÍA QUE YA HABÍA DESCUBIERTO DE DÓNDE SALÍA REALMENTE SU DINERO

Daniel seguía junto a su madre. Linda permanecía en el suelo, llevándose una mano a la mejilla y repitiendo que yo era una mujer peligrosa. Yo no…

PARTE 2: MI FAMILIA DESCUBRIÓ QUE LA HIJA A LA QUE OBLIGARON A SERVIR EN LA COCINA ERA LA MUJER QUE PODÍA SALVAR EL IMPERIO QUE HABÍAN DESTRUIDO

Nadie respondió. Julian permaneció junto a mí mientras el silencio se extendía por el comedor. Mi madre fue la primera en recuperar la voz. —¿Prometida? Julian asintió….

PARTE 2: ESCUCHÉ LA CONFESIÓN DE MI ESPOSO Y PREPARÉ UNA CENA DE ANIVERSARIO QUE TERMINÓ REVELANDO SU DOBLE VIDA

Levanté mi copa. —Mi querido esposo, Liam… Él me miró. —Me has dado un recuerdo en este aniversario que creo que nunca olvidaré. Su madre sonrió. —Qué…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *