PARTE 2: CUANDO ME PERDIÓ, TAMBIÉN PERDIÓ TODO.

A las siete de la mañana siguiente, mi teléfono ya tenía cuarenta y tres llamadas perdidas.

Veintinueve eran de Gabriel.

Seis de su madre.

Las demás pertenecían a personas que la noche anterior habían permanecido sentadas alrededor de aquella mesa mientras Camila se burlaba de mí.

No respondí ninguna.

Había pasado la noche en casa de mis padres.

A las ocho, llamé al salón donde debía celebrarse nuestro compromiso.

—Quiero cancelar el evento de esta noche.

La coordinadora guardó silencio.

—Señorita, perderá parte del depósito.

—No importa.

Después llamé a la empresa encargada de las flores.

Luego al servicio de catering.

Después al fotógrafo.

En menos de una hora desmonté la celebración que llevaba seis meses preparando.

La última llamada fue diferente.

Marqué el número de mi abogado.

—Necesito retirar mi respaldo de Beaumont Horizon.

Esta vez el silencio duró más.

—¿Está segura?

Miré el anillo que había dejado Gabriel sobre la mesa del club y que ya no estaba en mi dedo.

—Completamente.

Beaumont Horizon era el proyecto con el que Gabriel pretendía demostrar que podía construir un imperio sin depender del dinero de su familia.

Lo que casi nadie sabía era que dos inversionistas habían rechazado el proyecto inicialmente.

Habían cambiado de opinión después de que yo garantizara personalmente parte de la operación a través de mi empresa.

No era un regalo.

Ni una venganza.

Era confianza.

Y Gabriel acababa de demostrarme que mi confianza estaba depositada en la persona equivocada.

—Prepare la documentación —dije—. Quiero salir de cualquier compromiso que legalmente pueda cancelar.

A las nueve y diecisiete, Gabriel apareció frente a la casa de mis padres.

Lo vi desde una ventana.

Seguía usando la misma camisa de la noche anterior.

Tenía el cabello desordenado y el rostro agotado.

Mi padre abrió la puerta.

—Quiero hablar con ella.

—Ella no quiere hablar contigo.

—Señor, esto es entre nosotros.

Mi padre lo miró con una serenidad que conocía demasiado bien.

—Ayer era entre ustedes. Hoy estás golpeando la puerta de mi casa.

Gabriel bajó la voz.

—Solo necesito cinco minutos.

Decidí salir.

No porque quisiera reconciliarme.

Sino porque necesitaba terminar aquello sin dejar ninguna puerta entreabierta.

Cuando Gabriel me vio, dio un paso hacia mí.

—Por fin.

—Tienes cinco minutos.

Pareció sorprendido por mi frialdad.

—Lo de anoche se salió de control.

—No.

Negué.

—Anoche simplemente dejé de ignorar lo que llevaba años ocurriendo.

—Camila ya eliminó el grupo.

Casi sonreí.

—¿Y crees que ese era el problema?

—También quiere disculparse.

—No quiero su disculpa.

Gabriel respiró hondo.

—Entonces dime qué quieres.

—Nada.

Aquella respuesta pareció desconcertarlo.

—¿Nada?

—Exactamente.

—No puedes terminar una relación de tres años de esta manera.

—La terminé anoche.

Su expresión cambió.

—Estabas enfadada.

—Estaba decepcionada.

—Podemos solucionarlo.

—¿Cómo?

No respondió.

Esperé.

Finalmente dijo:

—Hablaré con Camila.

Solté una pequeña risa.

—Todavía crees que esto se trata de Camila.

—¡Ella empezó todo!

—Y tú lo terminaste.

Gabriel se quedó inmóvil.

—Ella pudo llamarme sobra cien veces. Pero tú eras el hombre que me había prometido que jamás utilizaría aquella herida contra mí.

Mi voz comenzó a temblar, aunque no aparté la mirada.

—Sabías cuánto me costó volver a confiar en alguien después de Daniel. Y cuando llegó el momento de defenderme, preferiste decir delante de todos que mi abandono era una verdad que debía aprender a soportar.

Gabriel bajó la cabeza.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Entonces déjame arreglarlo.

—Hay errores que se arreglan.

Hice una pausa.

—Y hay errores que revelan quién eres.

Su teléfono comenzó a sonar.

Lo ignoró.

Volvió a sonar.

Después una tercera vez.

Gabriel lo sacó con evidente irritación.

Miró la pantalla.

Su rostro cambió.

—Tengo que contestar.

Me aparté.

—Adelante.

Respondió.

—¿Qué ocurre?

Escuchó unos segundos.

—¿Cómo que suspendieron la operación?

Otra pausa.

Me miró.

—No. Eso estaba garantizado.

Su expresión fue perdiendo color.

—¿Quién retiró el respaldo?

No necesité decir nada.

Gabriel entendió.

Terminó la llamada lentamente.

—Fuiste tú.

—Retiré mi garantía.

—¿Estás loca?

Aquellas palabras confirmaron que nada había cambiado.

—Ten cuidado, Gabriel.

—¿Sabes lo que acabas de hacer? Podemos perder meses de trabajo.

—Tu empresa puede perder meses de trabajo.

—¡Tú apoyabas este proyecto!

—Porque confiaba en ti.

—No puedes mezclar nuestra relación con los negocios.

—Precisamente por eso retiré mi respaldo. No pienso mantener una inversión basada en una confianza que ya no existe.

Gabriel caminó de un lado a otro.

Ya no parecía un prometido intentando recuperar a la mujer que amaba.

Parecía un empresario descubriendo cuánto dependía de ella.

Entonces llegó otro mensaje.

Lo leyó.

—¿También cancelaste el compromiso?

—Sí.

—Mi familia ya invitó a más de cien personas.

—Entonces tendrás que avisarles.

—Esto va a ser humillante.

Lo miré durante varios segundos.

—Ahora entiendes un poco cómo me sentí anoche.

Se quedó callado.

Su teléfono volvió a vibrar.

Esta vez no era una llamada.

Era un mensaje.

Lo abrió.

Sus ojos se ensancharon.

—¿Qué significa esto?

Me mostró la pantalla.

La administración de la residencia donde vivíamos le notificaba que debía coordinar la retirada de sus pertenencias.

—La casa pertenece a mi familia.

—Dijiste que podíamos vivir allí.

—Mientras construíamos una vida juntos.

—¡He vivido allí dos años!

—Y tendrás tiempo razonable para recoger tus cosas.

Gabriel me miró como si acabara de conocerme.

—Lo tenías todo preparado.

—No.

Negué.

—Lo preparé esta mañana.

Entonces apareció un automóvil negro frente a la entrada.

Reconocí inmediatamente a Camila cuando bajó.

Venía furiosa.

Caminó directamente hacia nosotros.

—¿Qué demonios estás haciendo?

No tuve que preguntar a quién se dirigía.

—Camila —dijo Gabriel—, ahora no.

—¡Claro que ahora!

Me señaló.

—¿Sabes que por su berrinche pueden congelar el proyecto?

—No es asunto tuyo —respondí.

—¡Sí lo es!

Aquello me hizo detenerme.

Gabriel también la miró.

Camila comprendió demasiado tarde lo que había dicho.

—¿Por qué sería asunto tuyo? —pregunté.

—Porque Gabriel es mi amigo.

—Eso no explica tu reacción.

Ella cruzó los brazos.

—He estado a su lado desde antes de que aparecieras.

—Eso ya lo sé.

—Entonces sabes que no permitiré que destruyas lo que ha construido.

Gabriel se acercó.

—Camila, basta.

Pero ella estaba demasiado enfadada.

—No. Estoy cansada de que todos tengan que tratarla como si fuera de cristal porque un hombre la dejó plantada.

Sentí la mano de mi padre sobre mi hombro.

No necesitaba protección.

Ya no.

—Gracias, Camila.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque acabas de recordarme por qué tomé la decisión correcta.

Me giré para entrar.

Entonces Camila gritó:

—¡Daniel no te abandonó porque dejara de amarte!

Me detuve.

El mundo pareció quedarse en silencio.

Giré lentamente.

Gabriel estaba pálido.

Demasiado pálido.

Miré primero a Camila.

Después a él.

—¿Qué acabas de decir?

Camila abrió la boca, pero Gabriel la sujetó del brazo.

—Cállate.

Aquella palabra lo cambió todo.

No dijo que Camila estuviera mintiendo.

Le pidió que callara.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—Gabriel.

Él evitó mis ojos.

—¿Qué sabe Camila sobre Daniel?

—Nada.

—Mírame y repítelo.

No pudo.

Camila soltó el brazo de Gabriel.

Su rabia se transformó lentamente en una sonrisa extraña.

—¿Nunca se lo contaste?

—Camila, te estoy advirtiendo.

—¿Contarme qué?

Ella me observó.

Y entonces comprendí que la humillación del grupo no había sido una simple broma.

Había algo detrás.

Algo que Gabriel conocía.

—Pregúntale dónde estaba —dijo Camila— cuarenta y ocho horas antes de tu primera boda.

Sentí que las piernas se me debilitaban.

Miré a Gabriel.

—¿Conocías a Daniel antes de conocerme?

Gabriel cerró los ojos.

Y su silencio fue suficiente.

Mi teléfono vibró en aquel instante.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

Había una fotografía tomada tres años atrás.

Daniel estaba sentado en una cafetería.

Frente a él había dos personas.

Camila.

Y Gabriel.

Debajo de la fotografía solo aparecía una frase.

“SI QUIERES SABER POR QUÉ DANIEL DESAPARECIÓ ANTES DE LA BODA, PREGÚNTALE A TU PROMETIDO CUÁNTO LE PAGÓ.”

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