PARTE 2: LA VERDAD QUE NOS ROBARON.

La pregunta de Leo me atravesó.

—Entonces… ¿por qué nunca viniste a buscarme?

Abrí la boca, pero no pude responder.

¿Cómo explicarle a un niño de cinco años que durante todo ese tiempo había pensado en él cada día?

¿Cómo decirle que todavía recordaba su primer llanto?

Me agaché lentamente hasta quedar a su altura.

—Porque me dijeron que no podía hacerlo.

Leo frunció el ceño.

—¿Quién?

Antes de responder, miré a Nathan.

Su rostro había cambiado.

Ya no parecía el CEO distante de aquella mañana.

Parecía furioso.

—Mi madre —dijo él.

Leo bajó la mirada.

—La abuela dijo que tú no me querías.

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Eso no es verdad.

—Dijo que te dieron dinero para que te fueras.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Leo, mírame.

El niño levantó lentamente la cabeza.

Yo nunca te abandoné porque no te quisiera. Me obligaron a despedirme de ti antes de poder conocerte.

Leo permaneció en silencio.

Después preguntó:

—¿Me viste cuando nací?

Tragué saliva.

—Escuché tu voz.

—¿Pero no me cargaste?

Negué.

Sus pequeños labios temblaron.

Entonces ocurrió algo que no esperaba.

Leo dio un paso hacia mí.

Luego otro.

Y me abrazó.

Me quedé paralizada.

Cinco años.

Había esperado cinco años sin saber que estaba esperando aquel momento.

Finalmente rodeé su pequeño cuerpo con los brazos.

Las lágrimas cayeron sin que pudiera detenerlas.

Por primera vez sostenía a mi hijo.

Nathan giró el rostro hacia otro lado.

Cuando Leo se separó, se limpió los ojos con la manga.

—Papá dijo que podía conocerte.

Miré a Nathan.

—Necesitamos hablar.

Leo nos observó.

—¿Hice algo malo?

—No —respondimos ambos al mismo tiempo.

Nathan suspiró.

—Leo, ¿recuerdas la cafetería de abajo?

El niño asintió.

—El señor Harris está esperando allí.

Pocos minutos después, uno de los asistentes de Nathan vino a buscarlo.

Cuando Leo desapareció por el pasillo, mi expresión cambió.

—¿Qué estás haciendo?

Nathan entró y cerró la puerta.

—Descubrí la verdad hace tres días.

—¿Qué verdad?

Sacó una carpeta de su abrigo.

—La verdadera razón por la que desapareciste.

Sentí un escalofrío.

—Yo no desaparecí.

—Ahora lo sé.

Dejó la carpeta sobre mi mesa.

—Cuando regresé del extranjero, mi madre me dijo que habías cobrado el dinero y que habías decidido no tener contacto con Leo.

Lo miré incrédula.

—¿Y le creíste?

—Estaba enfermo, Emma.

—Yo también estaba destruida.

Nathan bajó la mirada.

—Lo sé.

Su voz perdió dureza.

—Cuando regresé, apenas podía caminar. Leo tenía meses. Mi madre controlaba médicos, abogados, cuentas… todo. Me enseñó documentos firmados por ti.

—Yo firmé documentos.

—No todos.

Me quedé inmóvil.

Nathan abrió la carpeta.

Sacó varias páginas.

Reconocí inmediatamente mi nombre.

También reconocí algo más.

La firma parecía mía.

Pero yo jamás había visto aquellos documentos.

—¿Qué es esto?

—Una renuncia permanente a cualquier vínculo con Leo.

Sentí náuseas.

—Nunca firmé eso.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

Nathan sacó otro informe.

—Porque contraté a un perito.

Leí la conclusión.

FIRMA MANIPULADA.

Mis manos comenzaron a temblar.

—Tu madre falsificó mi firma.

—Eso parece.

Solté los documentos.

Durante cinco años me había culpado.

Había pensado que quizá debería haber luchado más.

Que quizá había sido cobarde.

Pero Margaret había construido una prisión legal alrededor de mí antes de que siquiera comprendiera que estaba atrapada.

—¿Por qué investigaste ahora?

Nathan tardó demasiado en responder.

—Porque Leo empezó a hacer preguntas.

—¿Qué preguntas?

—Sobre su madre.

Se acercó a la ventana.

—En la escuela hicieron un árbol familiar. Todos hablaban de sus madres. Cuando volvió a casa, preguntó por la suya.

Cerró los ojos un instante.

—Mi madre le dijo que había nacido mediante un acuerdo y que tú habías desaparecido después de cobrar.

Sentí rabia.

—Le dijo eso a un niño.

—Sí.

—¿Y tú?

Nathan me miró.

—Discutí con ella.

—Cinco años tarde.

Aceptó el golpe sin defenderse.

—Sí.

El silencio entre nosotros se hizo pesado.

Finalmente señalé la carpeta.

—¿Por qué apareciste en mi empresa?

—No sabía que trabajabas allí.

Lo estudié.

Parecía sincero.

—Cuando entraste en aquella sala —continuó— pensé que estaba viendo un fantasma.

—No lo demostraste.

—Había doce personas observándonos.

—Siempre fuiste bueno fingiendo que yo no existía.

Nathan apretó la mandíbula.

—Aquellos meses tampoco fueron como tú creías.

—No quiero hablar de aquellos meses.

—Yo sí.

—Entonces habla contigo mismo.

Caminé hacia la puerta.

—Trajiste a Leo. Ya dijiste lo que querías decir. Ahora vete.

Nathan no se movió.

—No puedo.

—¿Por qué?

Su expresión cambió.

—Porque esto no termina con documentos falsificados.

Sacó una segunda carpeta.

Mucho más gruesa.

La dejó sobre la mesa.

—Después de encontrar la falsificación revisé las cuentas de mi madre.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

—Tiene todo que ver contigo.

Abrió una página.

Había transferencias bancarias.

Fechas.

Nombres de clínicas.

Cantidades enormes.

Entonces reconocí el hospital donde mi madre había sido operada.

—¿Qué significa esto?

Nathan señaló una transferencia.

—El tratamiento de tu madre no costó lo que te dijeron.

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Qué?

—Mi madre infló artificialmente la cantidad que supuestamente necesitabas.

Negué.

—Eso es imposible.

—Emma, investigaron tu situación antes de acercarse a ti.

—Ella sabía que necesitaba dinero.

—Sabía mucho más.

Nathan sacó un informe antiguo.

Mi nombre aparecía allí.

También el de mi madre.

Nuestra dirección.

Mis empleos.

Mis deudas.

Incluso mis horarios universitarios.

Me llevé una mano a la boca.

—Nos investigaron.

—Durante semanas.

—¿Por qué yo?

Nathan permaneció en silencio.

—Nathan.

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Porque mi madre no buscaba simplemente a una mujer joven.

Sentí un escalofrío.

—Entonces, ¿qué buscaba?

—A ti.

No entendí.

Nathan continuó.

—Había otras candidatas.

—¿Cuántas?

—Diecisiete.

Mi respiración se volvió irregular.

—¿Y me eligieron a mí?

—Sí.

—¿Por qué?

Nathan abrió la última sección.

—Eso es lo que todavía estoy intentando descubrir.

En ese momento sonó mi teléfono.

Número desconocido.

Respondí.

—¿Hola?

Una voz femenina habló.

—¿Emma Rivera?

—Sí.

—Soy la doctora Elaine Foster.

No reconocí el nombre.

—Trabajé para Margaret Whitmore hace cinco años.

Miré inmediatamente a Nathan.

La mujer continuó.

—Necesito hablar con usted antes de que Margaret descubra que Nathan encontró esos documentos.

Sentí frío.

—¿Sobre qué?

Hubo un silencio.

Después escuché una respiración nerviosa.

Sobre Leo. Y sobre la verdadera razón por la que Margaret la eligió entre aquellas diecisiete mujeres.

Nathan se acercó.

—¿Qué está diciendo?

Pero la doctora todavía no había terminado.

—Emma, escúcheme con atención. Hay algo que jamás le dijeron sobre aquel embarazo.

Apreté el teléfono.

—¿Qué cosa?

La respuesta hizo que Nathan palideciera.

—Margaret Whitmore no la eligió para darle un heredero a Nathan. El niño era solamente la primera parte de su plan.

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