PARTE 2: EL HERMANO QUE CAMBIÓ EL DESTINO

Todos los monitores de Ethan comenzaron a sonar al mismo tiempo.

Teresa se quedó paralizada con mi cuerpo entre sus brazos.

Una enfermera entró corriendo.

—¡¿Qué está pasando?!

Detrás de ella llegaron otras dos.

Teresa intentó mantener la calma.

—El niño estaba perfectamente hace un momento.

La enfermera miró la cuna.

Después me miró a mí.

—¿Por qué se lleva a la niña?

—La doctora pidió unos estudios.

—¿Qué doctora?

Teresa abrió la boca.

No tuvo respuesta.

Perfecto.

GRITA, EMILIA.

Así que grité.

Con toda la fuerza que tenía.

Ethan respondió inmediatamente.

En cuanto escuchó mi voz, sus signos comenzaron a estabilizarse.

La enfermera frunció el ceño.

—Devuelva a la niña junto a su hermano.

Teresa apretó los brazos alrededor de mí.

—No es necesario.

La mujer cambió de tono.

—He dicho que la devuelva.

Teresa no tuvo elección.

Me colocó junto a Ethan.

Mi hermano movió una mano diminuta hasta encontrar la mía.

Sus dedos se cerraron alrededor de mi pulgar.

Los monitores se tranquilizaron.

Y los comentarios aparecieron.

【¡EL GUARDAESPALDAS DE TRES HORAS SALVÓ LA PARTIDA!】

【Teresa está entrando en pánico.】

【Pero todavía tiene un plan.】

¿OTRO?

¡Yo acababa de nacer y ya estaba agotada de esta familia!

Entonces la enfermera miró a mi madre.

—Señora Hartwell.

No respondió.

La enfermera se acercó.

—¿Qué medicación recibió?

Teresa intervino inmediatamente.

—La habitual.

—¿Cuál?

Otra vez silencio.

La enfermera tomó el vaso de la mesita.

Quedaban restos de las pastillas.

—Voy a llamar al médico.

Teresa retrocedió.

Y entonces cometió su primer gran error.

Intentó marcharse.

—¿Adónde va? —preguntó la enfermera.

—A buscar al señor Hartwell.

Pero antes de llegar a la puerta, esta se abrió.

Mi padre estaba allí.

Y no estaba solo.

Dos hombres de seguridad lo acompañaban.

Teresa perdió completamente el color.

Alexander entró despacio.

—La llamada era falsa.

Oh.

Mi padre no era tan fácil de engañar.

—La supuesta emergencia provenía de un número interno vinculado a un teléfono desechable —continuó—. Mi asistente verificó la empresa antes de que llegara al ascensor.

Miró a Teresa.

—Así que regresé.

Mi madre seguía sin poder despertar correctamente.

Alexander se acercó inmediatamente.

—Isabel.

La enfermera explicó lo ocurrido.

Mi padre levantó el vaso.

—¿Quién le dio esto?

Nadie necesitó responder.

Todos miraron a Teresa.

—Señor Hartwell, puedo explicarlo.

—Seguridad.

Los dos hombres bloquearon la puerta.

Teresa empezó a temblar.

—Yo jamás haría daño a la señora.

Alexander no gritó.

Eso era peor.

—Entonces no tendrás inconveniente en esperar mientras analizamos esas pastillas.

Los comentarios aparecieron otra vez.

【¡NO ES SU ÚNICA PRUEBA!】

【REVISA SU BOLSO.】

¡Papá!

¡EL BOLSO!

Naturalmente, yo no podía decirlo.

Así que hice lo único disponible.

Miré fijamente el bolso de Teresa, colocado sobre una silla, y empecé a agitar los brazos.

Mi padre siguió mi mirada.

Una vez.

Dos.

Después observó el bolso.

—Revísenlo.

Teresa corrió hacia él.

—¡No!

Demasiado tarde.

Seguridad lo abrió.

Dentro había unas tijeras pequeñas.

Dos pulseras hospitalarias sin utilizar.

Documentos.

Una cantidad considerable de dinero.

Y una fotografía de otro bebé.

El silencio fue absoluto.

La enfermera tomó una de las pulseras.

—¿Por qué tiene esto?

Teresa dejó de fingir.

Intentó salir.

No llegó lejos.

Seguridad la detuvo.

Mi padre llamó a la policía.

Después ordenó revisar cada cámara, cada registro de acceso y cada persona que hubiera entrado en contacto con nosotros desde el nacimiento.

La investigación comenzó aquella misma mañana.

Y descubrieron algo que ni siquiera los comentarios me habían contado todavía.

Teresa no trabajaba sola.

Su hija, Melissa, había dado a luz esa misma noche en otro hospital.

Una niña.

La nieta que debía ocupar mi lugar.

El plan llevaba meses preparándose.

Teresa había utilizado su posición de confianza para conocer los protocolos del hospital privado elegido por mis padres.

Había conseguido información sobre horarios.

Había manipulado órdenes.

Había sobornado a un empleado para crear aquel tramo vulnerable del traslado.

Y después del intercambio, pensaba hacer desaparecer cualquier prueba que permitiera identificarme fácilmente.

Mi padre escuchó el informe con el rostro convertido en piedra.

Mi madre lloró cuando finalmente despertó.

Me sostuvo contra su pecho.

Después sostuvo a Ethan.

—Mis bebés.

Alexander se sentó junto a ella.

Por primera vez desde que había nacido lo vi asustado.

No como magnate.

Como padre.

—Casi los perdemos.

Mi madre negó.

—No.

Me besó la frente.

—Nuestra hija luchó.

Ethan comenzó a protestar desde su cuna.

Isabel sonrió entre lágrimas.

—Y su hermano también.

Los comentarios aparecieron.

【¡DESTINO MODIFICADO!】

Me quedé inmóvil.

Después apareció otra línea.

【Intercambio de bebés: FRACASADO.】

Y otra:

【Destino original de Emilia Hartwell: CANCELADO.】

Casi habría llorado de felicidad.

Bueno.

En realidad lloré.

Porque era un bebé.

Era prácticamente mi única habilidad.

Pero entonces apareció algo inesperado.

【Advertencia: cambiar el destino tiene consecuencias.】

¿QUÉ?

【La falsa heredera ya no entrará en la familia Hartwell.】

Eso parecía bastante lógico.

【Pero ella tampoco eligió nacer dentro de este plan.】

Me quedé mirando aquellas palabras.

Tenían razón.

La otra niña era inocente.

Teresa había planeado robarme mi vida.

Pero su nieta no había planeado nada.

Durante los siguientes días, la policía reconstruyó el caso.

Teresa fue detenida y las demás personas implicadas quedaron bajo investigación.

Melissa afirmó que su madre había organizado casi todo.

Pero había un problema mayor.

La bebé.

Su madre no estaba en condiciones de hacerse cargo inmediatamente de ella y su situación familiar era complicada.

Escuché a mis padres hablar una noche.

—Servicios sociales decidirá qué ocurre —dijo Alexander.

Mi madre guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Y si ayudamos?

Mi padre la miró.

—Isabel…

—La niña no hizo nada.

¡EXACTAMENTE!

Empecé a hacer ruiditos desde mi cuna.

Mi madre me miró.

—¿Ves?

Alexander suspiró.

—Tiene cuatro días y ya estás utilizándola para ganar discusiones.

—Y está de acuerdo conmigo.

Ethan agitó un brazo.

Mi padre lo señaló.

—Ese también.

Al final, mis padres financiaron asistencia legal y cuidados adecuados para la pequeña sin ocultar quién era ni convertirla en sustituta de nadie.

No la adoptaron.

No fingieron que era una Hartwell.

Simplemente se aseguraron de que no pagara por los delitos de los adultos.

Los comentarios celebraron durante horas.

【¡La protagonista sigue acumulando mérito incluso usando pañales!】

Oye.

Tengo una reputación que mantener.

Los años pasaron.

Y el rey del inframundo, para mi sorpresa, había dicho la verdad en una cosa.

Ethan era insoportable.

Si a los cinco años tropezaba, aparecía antes de que tocara el suelo.

Si alguien me quitaba un juguete:

—Devuélveselo a mi hermana.

Si un niño decía que mis coletas eran feas:

—Las tuyas son peores.

—Ethan.

—¿Qué? Estoy protegiéndote.

A los doce años descubrió que un compañero me había hecho llorar.

Al día siguiente apareció frente a mi habitación.

—Nombre.

—No.

—Apellido.

—Tampoco.

—Clase.

—¡Ethan!

Mi madre gritó desde abajo:

—¡No vas a iniciar una investigación privada por un niño de doce años!

Ethan respondió:

—¡No he dicho que vaya a hacerlo!

Mi padre levantó la vista del periódico.

—Eso significa que ya la inició.

Yo me tapé la cara.

Definitivamente, el rey del inframundo se había excedido con la configuración del hermano protector.

Pero fui feliz.

Realmente feliz.

Hasta que cumplí quince años.

Aquella mañana los comentarios, que durante años solo aparecían ocasionalmente, llenaron mi visión.

【HOY ERA EL DÍA.】

Mi sonrisa desapareció.

【En el destino original, hoy Emilia habría sido entregada al hombre de cincuenta y cuatro años.】

Miré mi habitación.

Mis libros.

Las fotografías familiares.

El regalo que Ethan había dejado junto a mi puerta.

Mi madre discutiendo abajo con los organizadores de mi fiesta.

Mi padre fingiendo que no llevaba una semana preparando una sorpresa.

Todo aquello habría desaparecido por un intercambio ocurrido cuando tenía horas de vida.

Entonces apareció otra frase.

【Pero esa Emilia ya no existe.】

Bajé lentamente las escaleras.

Mi familia estaba esperándome.

Ethan llevaba una caja.

—Feliz cumpleaños.

—¿Qué es?

—Ábrela.

Dentro había una pulsera.

Muy sencilla.

En la parte interior había grabadas cuatro palabras:

“Siempre encontraré a mi hermana.”

Lo miré.

—Qué dramático.

—Te gusta.

—Muchísimo.

Mi madre nos abrazó.

Mi padre protestó porque estábamos arrugándole la camisa.

Y mientras los cuatro discutíamos, las palabras luminosas aparecieron una última vez.

【Evaluación final del nuevo destino.】

【Padres que la aman: conseguido.】

【Hermano protector: conseguido en exceso.】

Tuve que contener la risa.

【Infancia segura: conseguida.】

【Destino robado: destruido.】

Después apareció una última línea.

【La bendición prometida se ha cumplido.】

Miré hacia arriba.

Si el rey del inframundo podía escucharme, tenía una cosa que decirle:

La próxima vez, menciona los pequeños detalles.

Como el intento de intercambio de bebés.

Pero supongo que había aprendido algo.

En mi primera vida creí que hacer el bien significaba acumular méritos para recibir algún día una recompensa.

En la segunda comprendí que la recompensa no era haber nacido rica.

Ni llevar el apellido Hartwell.

Ni crecer rodeada de privilegios.

Era haber tenido la oportunidad de cambiar un destino injusto antes de que pudiera comenzar.

Teresa creyó que podía robarme una vida entera mientras yo era demasiado pequeña para defenderme.

Tenía razón en una cosa.

Yo no podía caminar.

No podía hablar.

Ni siquiera podía sostener mi propia cabeza.

Pero podía llorar.

Podía resistirme.

Y, sobre todo, tenía a un hermano gemelo de tres horas de edad que aparentemente estaba dispuesto a declarar una emergencia médica con tal de impedir que alguien me sacara de aquella habitación.

Así fue como salvé mi segunda vida.

Aunque, si le preguntas a Ethan, seguramente dirá que fue él.

Y después de quince años conociéndolo…

probablemente sea mejor dejarlo creerlo.

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