PARTE 2: EL NOVIO QUE LLEGÓ A TIEMPO

Samuel miró la mano de Lucas sobre mi cintura.

Después miró mi anillo.

Su expresión cambió lentamente.

—¿Prometida?

Lucas respondió con absoluta calma:

—Sí.

Samuel soltó una risa incrédula.

—Valeria, ya basta. ¿Contrataste a alguien para darme celos?

Casi me atraganté con el té.

Lucas, en cambio, sonrió.

—Me alegra saber que parezco suficientemente caro como para ser contratado.

Camila escondió una sonrisa.

Samuel dio un paso hacia mí.

—Cinco años, Valeria. Te conozco. No vas a casarte con un hombre que apareció de repente.

—Lucas no apareció de repente.

—Nunca me hablaste de él.

—Tú tampoco me hablaste de tu esposa.

Silencio.

La empleada de la boutique fingió revisar una tableta.

Camila dejó de sonreír.

Samuel bajó la voz.

—Ya te expliqué lo de Camila.

—No. Me explicaste que me mandaste cinco años fuera para poder casarte con otra mujer y esperabas que yo siguiera disponible cuando terminaras.

—¡Fue una apuesta!

—Eso no mejora absolutamente nada.

Lucas me miró.

—¿Este es Samuel?

Asentí.

—El mismo.

—Entiendo.

Solo dijo eso.

Y, curiosamente, aquella indiferencia irritó a Samuel mucho más que cualquier insulto.

—¿Quién eres tú?

Lucas sacó una tarjeta.

Samuel la tomó.

Su rostro cambió.

Lucas Rivera.

Director internacional de integración y futuro responsable de operaciones globales de nuestra empresa matriz.

Samuel conocía perfectamente ese nombre.

Su compañía llevaba meses intentando conseguir un acuerdo con nuestro grupo.

—Tú eres…

—El prometido de Valeria —terminó Lucas—. Para esta conversación, con eso basta.

Tomé su mano.

—Vamos. Tengo un vestido que probarme.

Entramos.

Samuel intentó seguirnos.

La empleada le bloqueó el paso.

—Disculpe, señor. La prueba es privada.

Por primera vez desde que regresé, vi a Samuel quedarse fuera de una puerta que yo había decidido cerrar.

Y me gustó.

Probé tres vestidos.

El cuarto era sencillo.

Marfil.

Espalda limpia.

Una cola larga cubierta de pequeñas perlas.

Cuando salí, Lucas dejó el teléfono.

No habló durante varios segundos.

—¿Tan mal está?

Negó.

—Estoy intentando encontrar una frase que no suene ridícula.

—Prueba.

—Quiero casarme contigo ahora mismo.

Me reí.

—La ceremonia es el sábado.

—Demasiado lejos.

La dependienta sonrió.

Y yo supe que aquel era el vestido.

No porque Lucas lo aprobara.

Sino porque al mirarme al espejo reconocí a la mujer que había tardado cinco años en construir.

No llevaba el vestido que Camila había usado.

No estaba celebrando la boda que Samuel había pospuesto.

Era una vida completamente nueva.

Dos días antes de la ceremonia, Samuel apareció en mi empresa.

No pidió cita.

Entró directamente en mi despacho.

—Cancela la boda.

Levanté la vista del ordenador.

—Buenos días para ti también.

—He investigado a Lucas.

—Qué productivo.

—Lo conociste hace tres años.

—Correcto.

Samuel palideció.

Finalmente había entendido.

—Entonces cuando dejaste de responderme…

—Ya sabía que estabas casado.

Se quedó inmóvil.

Le conté lo ocurrido.

Mi regreso secreto.

La fiebre.

Las diecisiete llamadas.

La conversación detrás de su puerta.

El hospital.

Mi vuelo de regreso.

Por primera vez, Samuel no tuvo nada que decir.

—¿Estuviste aquí?

—Sí.

—¿Por qué no entraste?

—Porque te escuché decir que enviarme cinco años lejos era “fácil”.

Su rostro perdió el color.

—Valeria…

—Ese día terminó nuestra relación. Solo olvidé informarte oficialmente.

—Yo pensaba divorciarme de Camila.

—Ese era tu problema.

—¡Lo hice por una apuesta estúpida!

—Exactamente.

Cerré el portátil.

—Cambiaste cinco años de mi vida por una apuesta estúpida.

Samuel se acercó.

—Pero yo siempre pensé casarme contigo.

—¿Quieres que te agradezca haberme reservado como segunda esposa mientras cumplías siete años de matrimonio con otra?

—No fue así.

—Fue exactamente así.

Entonces dijo algo que terminó de demostrarme que seguía sin entender.

—Lucas apareció cuando estabas vulnerable. Se aprovechó.

Me levanté.

—Lucas me conoció cuando estaba reconstruyéndome. Nunca me pidió que esperara. Nunca decidió mi carrera a escondidas. Nunca me prometió un futuro mientras dormía junto a otra mujer.

Abrí la puerta.

—Ahora sal.

Samuel no se movió.

—¿Lo amas?

—Sí.

Aquella palabra finalmente lo destruyó.

No mis reproches.

No mi indiferencia.

Eso.

—¿Más que a mí?

Lo miré durante unos segundos.

—A ti ya no te amo.

Salió sin despedirse.

Pensé que terminaría ahí.

Me equivoqué.

La mañana de mi boda, Camila apareció.

Estaba sola.

Sin maquillaje.

Sin aquella sonrisa triunfal.

—Necesito hablar contigo.

—Hoy no es buen día.

—Samuel quiere divorciarse.

No sentí absolutamente nada.

Camila parecía esperar otra reacción.

—¿No vas a decir nada?

—¿Qué quieres que diga?

—¡Está destruyendo nuestra familia por ti!

Miré su vientre.

—No me metas en vuestro matrimonio.

—Desde que regresaste no deja de hablar de ti.

—Entonces habla con tu esposo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Tú siempre ganas.

Aquella frase me hizo detenerme.

—¿Ganar?

—En la escuela eras mejor. En la universidad también. Samuel te quería a ti. Todo el mundo te admiraba.

Finalmente comprendí algo.

Para Camila aquello siempre había sido una competición.

Para mí, nunca.

—Te casaste siete años con un hombre para demostrarme que podías quitármelo.

Ella apretó los labios.

—Él me eligió.

—Entonces disfrútalo.

—¡Ahora te está eligiendo otra vez!

Negué.

—No, Camila. Samuel no sabe elegir. Ese ha sido siempre su problema.

La miré directamente.

—Y yo dejé de participar en vuestro juego hace tres años.

Cerré la puerta.

Una hora después caminé hacia Lucas.

Laura lloraba más que mi madre.

Lucas me esperaba al final del pasillo.

No había apuestas.

No había secretos.

No había ninguna promesa aplazada durante siete años.

Cuando llegué hasta él, susurró:

—Llegué puntual esta vez.

Sonreí.

—Eso espero.

Nos casamos.

Legalmente.

De verdad.

Con nuestros nombres juntos en el registro.

Meses después, Samuel y Camila iniciaron su propio proceso de separación.

No pregunté detalles.

También descubrí que Samuel había intentado utilizar contactos profesionales para complicar uno de nuestros proyectos.

No funcionó.

Yo ya no era aquella empleada joven que podía ser enviada cinco años al extranjero sin hacer preguntas.

Era directora regional.

Y las decisiones sobre mi carrera ya no pasaban por él.

Un año después regresé al mismo aeropuerto.

Esta vez por trabajo.

Mientras esperaba mi equipaje, vi a Samuel a cierta distancia.

Parecía más cansado.

Me reconoció.

Miró mi alianza.

Después vio a Lucas acercarse con dos cafés.

Samuel sonrió tristemente.

—Al final sí te casaste.

—Sí.

—Yo siempre pensé que sería conmigo.

—Lo sé.

Guardó silencio.

—Si pudiera volver atrás…

Lo interrumpí con suavidad.

—No puedes.

Lucas llegó y me entregó mi café.

Samuel lo observó.

—¿Eres feliz?

Miré a Lucas.

Después respondí:

—Mucho.

Samuel asintió.

Y por primera vez no intentó convencerme de nada.

Nos marchamos.

Cinco años antes, Samuel había utilizado una transferencia al extranjero para apartarme mientras cumplía una absurda promesa con Camila. Creyó que podía congelar mi vida y encontrarme exactamente donde me había dejado cuando decidiera regresar.

Pero cometió un error.

Mientras él jugaba a estar casado, yo aprendí a vivir sin él.

Mientras esperaba que regresara convertida en la misma Valeria, yo construí una carrera, recuperé mi dignidad y conocí a alguien que nunca necesitó perderme para comprender mi valor.

Samuel llegó al aeropuerto con un anillo cinco años tarde.

Lucas llegó diez minutos tarde a una boutique.

Y descubrí que hay una diferencia enorme entre ambos retrasos.

Uno llegó tarde porque creyó que yo esperaría eternamente.

El otro llegó justo a tiempo porque nunca me pidió que lo hiciera.

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