Los quince días que Adrián había comprado para mantenerme lejos de su boda terminaron convirtiéndose en el peor error de su vida.
Porque mientras él elegía flores, invitados y champaña para celebrar con Isabella, yo utilizaba cada hora detrás de aquellas paredes para recuperar todo lo que alguna vez había puesto en sus manos.
A la mañana siguiente pedí realizar mi llamada.
La agente me condujo hasta un teléfono.
Marqué un número que llevaba cuatro años sin utilizar.
Contestaron al segundo tono.
—¿Sí?
—Señor Salazar.
Hubo silencio.
—Soy Camila.
Otro silencio.
Después escuché cómo el hombre al otro lado se levantaba bruscamente.
—¿Señorita…?
—No diga mi apellido.
Bajó inmediatamente la voz.
—Llevamos años buscándola.
—Ahora me encontró.
—¿Dónde está?
Miré las paredes grises.
—Detenida.
—¿Qué?
—Quiero que escuche con atención. No venga a buscarme todavía.
—Pero…
—Primero active mi representación accionarial.
El abogado dejó de hablar.
Sabía exactamente lo que significaba.
—¿Está segura?
—Completamente.
—Su participación sigue protegida por el fideicomiso. Si revela su identidad…
—Ya no necesito esconderla.
Durante años había permitido que Adrián creyera que los inversionistas que sostenían al Grupo Valdés eran fondos extranjeros.
En realidad, detrás de varias sociedades estaba mi familia.
Y detrás de mi familia estaba yo.
Poseía directa e indirectamente el sesenta y dos por ciento de las acciones con derecho a voto.
Adrián nunca lo descubrió porque jamás se molestó en preguntar de dónde venía la mujer que le había entregado cuatro años de su vida.
—Prepare una junta extraordinaria —ordené—. Quiero revisar la presidencia, los contratos recientes y todas las operaciones vinculadas a Isabella Rosales.
—¿Cuándo?
Miré el calendario colgado junto a la puerta.
—El día de la boda.
El señor Salazar guardó silencio.
—Entendido.
Antes de colgar añadí:
—Y no permita que Adrián se entere hasta que sea demasiado tarde.
Los siguientes días fueron extrañamente tranquilos.
Adrián no llamó.
No preguntó por mí.
Nadie vino a visitarme.
Eso terminó de destruir la última parte de mí que todavía buscaba excusas para él.
Mientras tanto, comenzaron a llegar documentos para mi firma.
Transferencias de representación.
Revocaciones de poderes.
Solicitudes de auditoría.
Cada hoja que firmaba arrancaba otra pieza del mundo que Adrián creía controlar.
El séptimo día apareció algo inesperado.
El señor Salazar había enviado un informe sobre Isabella.
Lo leí tres veces.
Ella no había regresado únicamente para casarse con Adrián.
Durante los últimos seis meses, empresas relacionadas con su familia habían recibido contratos millonarios del Grupo Valdés.
Contratos aprobados personalmente por Adrián.
Sentí una decepción diferente.
Ya no era sentimental.
Era empresarial.
Adrián había confundido su compañía con una propiedad privada.
Y eso yo no podía perdonarlo.
El día doce, la directora del centro entró en mi celda.
—Torres.
Me levanté.
—Tiene visita.
Pensé que sería Salazar.
No lo era.
Era Isabella.
Apareció vestida de blanco.
No era el vestido de novia, pero parecía elegido para recordarme que faltaban apenas unos días para la ceremonia.
Se sentó frente a mí.
—Camila.
—Isabella.
Sonrió.
—Pensé que estarías peor.
—Yo pensé que estarías ocupada preparando tu boda.
Su sonrisa se tensó.
—Precisamente por eso vine.
Sacó un sobre.
—Quiero ofrecerte dinero.
Casi me reí.
—¿Para qué?
—Para que desaparezcas después de salir.
—¿Adrián sabe que estás aquí?
Su mirada cambió apenas un instante.

Suficiente.
—No.
Entonces comprendí algo.
Isabella me tenía miedo.
No sabía quién era realmente.
Pero sabía que yo representaba una amenaza.
—Quédate con tu dinero.
Se levantó.
—Adrián nunca te amó.
La frase debería haberme herido.
No lo hizo.
—Entonces no entiendo por qué necesitas venir a decírmelo desde el otro lado de una mesa de prisión.
Isabella perdió la sonrisa.
Se inclinó hacia mí.
—Mantente lejos de nosotros.
La miré directamente.
—Después de la boda, probablemente serás tú quien quiera mantenerse lejos de él.
Su rostro palideció.
No preguntó qué significaba.
Se marchó.
Tres días después, las puertas se abrieron.
Mi liberación había sido adelantada tras la revisión legal presentada por Salazar.
Recuperé mi ropa.
Mi teléfono.
Mis documentos.
Y algo más.
Mi nombre.
Un automóvil negro esperaba afuera.
Salazar abrió la puerta.
—Bienvenida, señorita Montenegro.
Hacía años que nadie me llamaba así.
Subí.
—¿La junta?
—Terminó hace cuarenta minutos.
Me entregó una carpeta.
La abrí.
Resultado de la votación.
Adrián Valdés quedaba suspendido de sus funciones como presidente mientras se investigaban operaciones financieras realizadas bajo su administración.
—¿Y mis acciones?
—Todas consolidadas.
—¿Porcentaje?
Salazar sonrió.
—Sesenta y dos por ciento.
Miré por la ventana.
En algún lugar de la ciudad, Adrián probablemente estaba preparándose para casarse.
—¿El vuelo?
—Sale esta noche.
—Perfecto.
No quería verlo.
No quería explicaciones.
Solo quería marcharme.
Pero mientras nosotros avanzábamos hacia el aeropuerto, en el hotel más lujoso de la ciudad comenzaba la ceremonia.
Adrián esperaba frente al altar.
Isabella caminaba hacia él.
Entonces su teléfono vibró.
Después vibró el del padrino.
Después los de varios ejecutivos invitados.
Una noticia acababa de llegar.
ADRIÁN VALDÉS, SUSPENDIDO DE LA PRESIDENCIA DEL GRUPO VALDÉS.
Él abandonó el altar.
—¿Qué significa esto?
Su abogado lo llamó.
—Adrián, tenemos un problema.
—Soluciónalo.
—No puedo.
—¿Quién convocó la junta?
Hubo silencio.
—La accionista mayoritaria.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué accionista?
—Camila Montenegro.
El mundo pareció detenerse.
—No conozco a ninguna Camila Montenegro.
El abogado respiró profundamente.
—Sí la conoces.
Entonces le explicó todo.
La verdadera identidad.
El fideicomiso.
Las sociedades.
El sesenta y dos por ciento.
Y finalmente pronunció el nombre que Adrián conocía demasiado bien.
Camila Torres.
El teléfono cayó de su mano.
Isabella se acercó.
—Adrián, todos están esperando.
Él ni siquiera la miró.
—¿Dónde está Camila?
Minutos después salió del hotel todavía vestido para su boda.
Abogados y guardaespaldas lo siguieron.
Llegó al centro de detención exigiendo verme.
La directora revisó los documentos.
—La señorita que busca salió hace tres días.
—¿Tres días?
—Sí.
Adrián se quedó completamente inmóvil.
—¿Dónde está?
La directora levantó los hombros.
—Eso ya no es asunto nuestro.
Adrián llamó a Salazar.
No obtuvo respuesta.
Llamó nuevamente.
Nada.
Entonces recibió un mensaje.
Era de su secretario.
“Señor Valdés, el vehículo de la señorita Montenegro acaba de llegar al aeropuerto.”
Adrián corrió hacia la salida.
Pero cuando llegó al aeropuerto, mi avión ya estaba rodando hacia la pista.
Yo miraba las luces de la ciudad desde mi asiento de primera clase cuando mi teléfono comenzó a vibrar.
ADRIÁN.
Lo observé durante unos segundos.
Después rechacé la llamada.
Volvió a llamar.
La rechacé nuevamente.
Entonces llegó un mensaje.
“CAMILA, POR FAVOR. NO TE VAYAS. NECESITO VERTE.”
Apagué el teléfono.
El avión despegó.
Y mientras aquella ciudad se hacía pequeña bajo las nubes, comprendí algo.
Adrián había utilizado su poder para encerrarme quince días porque temía que yo apareciera en su boda.
Nunca imaginó que, cuando finalmente quisiera encontrarme, sería él quien llegaría demasiado tarde.
Pero había algo que ninguno de los dos sabía todavía.
Antes de apagar el teléfono había recibido otro mensaje.
No era de Adrián.
Era del auditor.
Solo contenía una fotografía y una frase.
La fotografía mostraba a Isabella entrando meses atrás en una oficina privada junto a uno de los principales rivales del Grupo Valdés.
Debajo decía:
“SEÑORITA MONTENEGRO, ENCONTRAMOS LA VERDADERA RAZÓN POR LA QUE ISABELLA REGRESÓ. Y ADRIÁN NO ERA EL HOMBRE DEL QUE ELLA ESTABA ENAMORADA.”