PARTE 2: CUANDO DESCUBRIÓ LA VERDAD, YA ERA DEMASIADO TARDE.

Adrian permaneció de rodillas frente a mí.

Sus ojos seguían clavados en el informe médico.

—Seis meses…

Pronunció aquellas palabras como si no pudiera comprenderlas.

—Elena, dime que esto está equivocado.

Recogí el documento de la mesa y lo doblé lentamente.

—Levántate.

—Voy a conseguirte otro médico.

No respondí.

—Los mejores especialistas del país. Si hace falta, iremos al extranjero. Harrison Group puede pagar cualquier tratamiento.

Lo miré sin emoción.

—Hace cuatro años también podías pagar una investigación.

Adrian dejó de respirar por un instante.

—Y no lo hiciste.

Margaret permaneció en silencio junto al ordenador.

Mi hermano bajó la cabeza.

—Me equivoqué.

—No.

Negué lentamente.

—Equivocarse es tomar una salida incorrecta. Tú me viste arrodillada bajo la nieve durante tres días.

Su rostro se contrajo.

—Elena…

—Te pedí que revisaras las cámaras. Te pedí que hablaras con Rachel. Te pedí que comprobaras las horas de acceso al laboratorio.

Mi voz seguía tranquila.

—No hiciste ninguna de esas cosas. Elegiste creerle a Vivian porque era más fácil pensar que yo era una criminal.

Adrian se cubrió el rostro.

Por primera vez vi llorar al hombre que había dirigido nuestra familia desde la muerte de nuestros padres.

Pero sus lágrimas llegaron cuatro años tarde.

Margaret rompió el silencio.

—Señor Harrison, necesito saber algo.

Adrian levantó la cabeza.

—¿Qué?

Ella señaló los archivos de la memoria USB.

—Vivian no pudo hacer todo esto sola.

La habitación quedó inmóvil.

Margaret abrió varios registros.

—Para modificar estos resultados necesitó acceso administrativo. Para reemplazar los archivos originales necesitó credenciales superiores. Y para borrar el historial de cambios…

Se detuvo.

—Necesitó ayuda desde dentro.

Adrian se puso lentamente de pie.

—¿Está diciendo que alguien la ayudó?

—Estoy diciendo que debemos averiguar quién.

Mi hermano sacó inmediatamente el teléfono.

—Haré revisar todos los servidores.

—No —dije.

Adrian me miró.

—¿Por qué?

—Porque si Vivian descubre que tenemos las pruebas, desaparecerán más cosas.

Margaret asintió.

—Elena tiene razón.

Mi hermano parecía incapaz de acostumbrarse a que yo ya no confiara en él.

—Entonces dime qué necesitas.

—Nada de ti.

Aquellas palabras lo golpearon.

Guardé el informe médico en mi bolso.

—Profesora Wilson, usted tiene la memoria. Cumpla la promesa.

Margaret me tomó suavemente de la mano.

—Lo haré.

Me dirigí hacia la puerta.

Adrian volvió a seguirme.

—Elena, espera.

Continué caminando.

—Por favor.

Me detuve.

—¿Qué quieres?

—Quiero llevarte a casa.

Solté una pequeña risa.

—¿A qué casa?

No respondió.

—¿A la habitación que entregaste a Vivian después de mi condena?

Su expresión cambió.

Sabía que había acertado.

—¿O quizá quieres sentarme otra vez en la mesa familiar para fingir que estos cuatro años nunca ocurrieron?

—No quiero fingir.

—Entonces acepta las consecuencias.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Entré.

Adrian colocó una mano entre ellas antes de que se cerraran.

—Voy a demostrar tu inocencia.

Lo miré fijamente.

—Hazlo por ti.

—Elena…

—Yo dejé de necesitar que me creyeras hace cuatro años.

Las puertas se cerraron entre nosotros.

Aquella tarde alquilé una pequeña habitación cerca del hospital.

No quería regresar a la mansión Harrison.

Tampoco quería dinero.

Solo deseaba utilizar el tiempo que me quedaba para terminar lo que Rachel había comenzado.

Pero Adrian no obedeció.

Durante las siguientes cuarenta y ocho horas movilizó abogados, investigadores privados y especialistas informáticos.

Por primera vez hizo aquello que debería haber hecho antes de mi juicio.

Investigó.

Y cuanto más investigaba, peor se volvía todo.

La primera llamada llegó de Margaret.

—Elena, encontramos algo.

Fui inmediatamente al hospital.

Sobre su escritorio había varias hojas impresas.

—Los archivos de Rachel fueron modificados desde una dirección interna vinculada a Harrison Biomedical.

Sentí un escalofrío.

Harrison Biomedical era una subsidiaria de la empresa familiar.

—¿Por qué nuestra empresa tenía acceso al laboratorio?

—Financiaba parte del proyecto.

Margaret deslizó otro documento hacia mí.

—Y mira quién autorizó el acceso extraordinario dos semanas antes de que Rachel descubriera la manipulación.

Leí el nombre.

ADRIAN HARRISON.

Me quedé inmóvil.

—No.

Margaret me observó cuidadosamente.

—¿Reconoces la firma?

—Sí.

Era auténtica.

En ese momento la puerta se abrió.

Adrian entró acompañado por dos abogados.

—Yo firmé esa autorización.

Lo miré.

—¿Por qué?

—Vivian me dijo que necesitaba revisar información para preparar una presentación ante los inversionistas.

Sentí una risa amarga subir por mi garganta.

—Otra vez Vivian.

—No sabía lo que estaba haciendo.

—Nunca sabías nada cuando se trataba de ella.

Adrian dejó una carpeta sobre la mesa.

—Pero ahora sé algo más.

La abrió.

Había registros bancarios.

Transferencias.

Contratos.

Una sociedad desconocida.

—Después de tu condena —explicó—, Harrison Biomedical compró varias patentes relacionadas con la investigación que Rachel estaba desarrollando.

Margaret palideció.

—Eso es imposible.

—No lo es.

Pasó varias páginas.

—Las patentes fueron adquiridas a través de una empresa intermediaria.

—¿De quién?

Adrian tardó demasiado en responder.

—Vivian controla esa empresa.

Margaret se levantó de golpe.

—Entonces no destruyó a Rachel por celos profesionales.

La miré.

Ya había comprendido.

—Lo hizo por dinero.

Adrian asintió.

Vivian había falsificado la investigación de Rachel para desacreditarla y después apropiarse de su trabajo cuando nadie creyera en ella.

Y yo había encontrado las pruebas.

Por eso necesitaba sacarme del camino.

Mi condena nunca había sido una casualidad.

Había sido parte del plan.

—Voy a llamar a la policía —dijo Adrian.

—Espera.

Todos me miraron.

Señalé una transferencia realizada cuatro años atrás.

—¿Qué es esto?

Adrian se acercó.

La cantidad era enorme.

El dinero había salido de una empresa controlada por Vivian apenas tres días antes de mi arresto.

El destinatario estaba oculto detrás de un código bancario.

Uno de los abogados tomó la hoja.

—Podemos solicitar la identidad.

Adrian hizo la llamada.

La respuesta llegó veinte minutos después.

Cuando escuchó el nombre, perdió completamente el color.

—¿Quién es? —pregunté.

No respondió.

—Adrian.

Sus manos comenzaron a temblar.

Finalmente dejó el teléfono sobre la mesa.

—El detective encargado de tu caso.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Margaret se llevó una mano a la boca.

—¿Lo compraron?

Adrian cerró los ojos.

—Parece que sí.

Todo había sido preparado.

Las pruebas.

Las cámaras.

El testimonio.

La investigación policial.

Yo nunca había tenido ninguna posibilidad de demostrar mi inocencia.

De repente comencé a toser.

Primero suavemente.

Después con tanta fuerza que tuve que apoyarme en la mesa.

—¡Elena!

Adrian corrió hacia mí.

Levanté una mano para detenerlo.

Pero esta vez la tos no cedió.

Margaret llamó inmediatamente a una enfermera.

El mundo comenzó a girar.

Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue a Adrian sosteniéndome mientras gritaba mi nombre.

Cuando desperté, estaba conectada a un monitor.

Mi hermano estaba sentado junto a la cama.

Parecía haber envejecido diez años en una noche.

—El médico dice que estás peor de lo que pensábamos.

Giré la cabeza hacia la ventana.

—Ya lo sabía.

—Encontraremos una solución.

—Adrian.

—No voy a dejarte morir.

Lo miré.

—No puedes decidir eso.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Vivian.

Adrian y yo nos quedamos inmóviles.

—Contesta —dije.

—¿Qué?

—Contesta.

Activó el altavoz.

La voz dulce de Vivian llenó la habitación.

—Adrian, ¿dónde estás? Llevo horas buscándote.

Mi hermano apretó el teléfono.

—En el hospital.

Hubo una breve pausa.

—¿Con Elena?

Adrian me miró.

—Sí.

El silencio al otro lado duró demasiado.

Finalmente Vivian habló.

Pero su voz ya no parecía dulce.

—Entonces supongo que ella te enseñó la memoria USB.

Sentí que el corazón se me detenía.

Adrian palideció.

Nunca le habíamos dicho a Vivian que existía una memoria USB.

Margaret cerró inmediatamente la puerta de la habitación.

Adrian habló lentamente.

—¿Cómo sabes eso?

Vivian soltó una pequeña risa.

—Porque llevo cuatro años buscándola.

Después añadió:

—Y si Elena realmente salió de prisión con esa memoria…

Su tono se volvió helado.

—Entonces quizá seis meses de vida sean demasiado tiempo.

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