Parte 2: LA FOTO QUE CAMBIÓ MI NOMBRE

—¿Por qué tienes una fotografía mía?

Damon no respondió.

Intentó incorporarse y tuvo que detenerse.

—Primero cierra la puerta.

Lo hice.

No porque confiara en él.

Porque algo en el pasillo acababa de cambiar.

Kirill ya no hablaba.

Los hombres que corrían por la casa se habían quedado extrañamente silenciosos.

Me arrodillé junto al botiquín.

—Necesitas al médico.

—No.

—Entonces dime qué puedo hacer.

Damon señaló vendas limpias.

Mientras se las acercaba, volví a mirar la fotografía.

No era reciente.

Yo tendría quizá ocho años.

Estaba frente a una casa que apenas recordaba, sosteniendo la mano de mi madre.

Detrás había un hombre.

Alguien había marcado su rostro con tinta negra.

Sentí frío.

—¿Dónde conseguiste esto?

Damon cerró los ojos.

—De tu padre.

Me quedé inmóvil.

—Mi padre murió cuando yo era niña.

—Eso te dijeron.

Aquellas tres palabras fueron peores que cualquier grito.

—¿Quién eres tú para hablar de mi familia?

Damon abrió los ojos.

—Alina, ¿por qué crees que trabajas aquí?

—Porque la señora Petrova me contrató.

—No.

—Vi el anuncio.

—El anuncio fue puesto para ti.

Retrocedí.

—Eso es imposible.

—Tu solicitud nunca compitió con ninguna otra.

Mi respiración se aceleró.

Recordé mi entrevista.

La rapidez con que me contrataron.

La habitación preparada.

El salario ligeramente superior al normal.

Sloan diciendo que era extraño que una finca como aquella contratara a alguien sin referencias internas.

—¿Me has estado vigilando?

—Protegiendo.

—No confundas esas palabras.

Algo parecido a respeto apareció en su expresión.

—Tienes razón.

Entonces se escucharon tres golpes.

Kirill.

—Tenemos un problema.

Damon tomó el arma del suelo.

—Entra.

Kirill abrió.

Me vio sosteniendo la fotografía.

Su rostro cambió.

—Se lo dijiste.

—No tuve elección.

—Siempre hay elección.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

Ninguno respondió.

Golpeé la fotografía contra la mesa.

—¡Quiero la verdad!

Kirill miró a Damon.

Damon finalmente habló.

—El hombre detrás de tu madre se llamaba Viktor Morozov.

—¿Quién era?

—Tu padre.

Negué inmediatamente.

—Mi padre se llamaba Alexei Petrov.

—Ese era el nombre que utilizó después de sacarte de Chicago.

Sentí que la habitación se inclinaba.

Damon continuó.

Viktor había trabajado años atrás para la organización Volkov.

No como soldado.

Como contador.

Era quien conocía empresas, propiedades, cuentas y nombres.

Hasta que descubrió que alguien dentro de la organización estaba desviando dinero y vendiendo información a grupos rivales.

—¿Quién?

Damon miró hacia la puerta.

—Nunca consiguió demostrarlo.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Antes de desaparecer, escondió un archivo.

Kirill terminó:

—Y todos creen que tú sabes dónde está.

Solté una risa incrédula.

—Tenía ocho años.

—Precisamente —dijo Damon—. Viktor pensó que nadie sospecharía de una niña.

Entonces entendí.

—¿La emboscada de esta noche?

Damon asintió.

—Preguntaron por ti.

Mi estómago se cerró.

—¿Quién?

—Todavía no lo sabemos.

Kirill apartó la mirada.

Damon lo notó.

Yo también.

—Tú sí sabes algo —dije.

Kirill no respondió.

Damon levantó lentamente el arma.

—Kirill.

—No seas estúpido.

—¿Qué sabes?

Kirill apretó la mandíbula.

—Uno de los atacantes llevaba el símbolo de Morozov.

Me quedé sin aire.

—¿Mi padre?

—No necesariamente —dijo Damon.

Entonces la puerta se abrió.

La señora Petrova entró.

Por primera vez desde que la conocía, aquella mujer severa parecía aterrada.

—Tenemos que sacar a Alina de aquí.

Damon frunció el ceño.

—¿Por qué?

Petrova cerró la puerta.

—Porque el hombre que organizó la emboscada ya está dentro de la finca.

Silencio.

—¿Quién? —preguntó Kirill.

Ella me miró.

—Sloan.

No pude hablar.

—Eso es mentira.

Sloan era mi amiga.

La persona que me había enseñado dónde guardar las llaves.

Quien me había llevado sopa cuando tuve fiebre.

—La vi entrar en el archivo privado —dijo Petrova—. Tiene una llave que nunca le entregué.

Damon se puso de pie a pesar de su estado.

—Kirill.

Pero antes de que pudieran salir, el intercomunicador se encendió.

La voz de Sloan llenó la habitación.

—Alina, necesito que bajes sola.

Me acerqué al aparato.

—¿Qué está pasando?

—Pregúntale a Damon quién destruyó a tu padre.

Miré hacia él.

Damon no dijo nada.

Eso me asustó más que la acusación.

—Damon.

—No fui yo.

Sloan continuó:

—Claro que te dirá eso.

—¿Dónde estás?

—En la cocina. Ven y te enseñaré la verdad.

Damon negó.

—No vas.

Lo miré.

—Llevo meses obedeciendo órdenes en esta casa. Se acabó.

Kirill intentó detenerme.

—Alina—

—Si todos conocen mi historia excepto yo, entonces bajaré.

Damon comprendió que no podría convencerme.

—Voy contigo.

—Sloan dijo sola.

—Sloan ya mintió sobre quién era. Sus condiciones dejaron de importarme.

Bajamos.

La cocina estaba vacía.

Sobre la mesa había una caja metálica.

Sloan permanecía junto a ella.

Ya no parecía la cocinera bromista que conocía.

—Lo siento —dijo.

—¿Quién eres?

—Mi nombre sí es Sloan Rivera.

Señaló la caja.

—Pero conocí a tu padre.

Sentí que Damon se tensaba detrás de mí.

Sloan abrió la caja.

Había fotografías.

Documentos.

Y una cinta de casete vieja.

—Viktor me salvó la vida hace veintiocho años —dijo—. Cuando descubrió al traidor, me pidió que protegiera una cosa si él desaparecía.

—¿Qué?

Sloan señaló mi cuello.

Instintivamente toqué el pequeño medallón que llevaba desde niña.

Un regalo de mi madre.

—Eso.

Lo abrí.

Dentro había una diminuta pieza metálica que siempre había creído decorativa.

Sloan sacó un dispositivo antiguo.

La pieza encajó perfectamente.

Un compartimento se abrió.

Dentro había una tarjeta de memoria.

Mi padre había escondido la prueba conmigo durante casi toda mi vida.

Damon cerró los ojos.

—Por eso querían encontrarla.

—¿Y tú lo sabías? —pregunté.

—Sabía que Viktor te había dejado algo. No sabía qué.

—Entonces me trajiste aquí como carnada.

—No.

—¡Pusiste el anuncio para mí!

—Porque alguien más ya te estaba buscando.

La habitación quedó en silencio.

Damon sacó un documento.

Era un informe de vigilancia.

Había fotografías mías entrando al supermercado.

Saliendo de mi antiguo apartamento.

Tomando el tren.

Todas habían sido tomadas antes de que trabajara para él.

—Encontramos esto hace nueve meses —dijo—. En manos de un hombre que preguntaba por Viktor Morozov.

Sentí náuseas.

—¿Quién lo contrató?

Damon miró a Sloan.

—Eso es lo que intentamos descubrir.

Sloan conectó la tarjeta.

Aparecieron archivos contables antiguos.

Nombres.

Pagos.

Grabaciones.

Kirill se acercó a la pantalla.

Y se quedó blanco.

—No.

Damon lo miró.

—¿Qué?

Kirill señaló un nombre.

Mikhail Volkov.

El tío de Damon.

El hombre que todos consideraban retirado.

Según los archivos, Mikhail había sido quien traicionó a Viktor.

Había vendido información durante años y después culpado al padre de Alina.

Pero había algo más.

Una transferencia reciente.

Realizada hacía solamente cuatro días.

Sloan amplió el registro.

El destinatario era alguien dentro de la finca.

Señora Petrova.

Todos nos volvimos.

Ella estaba en la puerta.

Tenía un teléfono en la mano.

—Qué lástima —dijo.

Kirill avanzó.

—¿Por qué?

Petrova sonrió con tristeza.

—Porque llevo treinta años limpiando los errores de los Volkov.

Entonces las luces se apagaron.

Hubo confusión.

Damon me empujó detrás de la isla de cocina mientras Kirill pedía refuerzos.

No vi una batalla espectacular.

Solo escuché órdenes, puertas cerrándose y hombres corriendo.

Minutos después regresó la electricidad.

Petrova había desaparecido.

Pero no llegó a las puertas de la finca.

Seguridad la encontró intentando salir por un túnel de servicio antiguo.

Lo que siguió desmontó décadas de mentiras.

Petrova había trabajado para Mikhail desde antes de que Damon heredara el control.

Ella había colocado personas dentro de la finca, filtrado información y ayudado a organizar la emboscada.

Sloan no había venido para entregarme.

Había permanecido cerca porque sospechaba que el archivo de Viktor reaparecería algún día.

Y mi padre…

Mi padre no había muerto cuando yo tenía ocho años.

Había sobrevivido varios años escondido.

Encontramos una última grabación.

Su voz sonaba cansada.

—Alina, si algún día escuchas esto, quiero que sepas que irme no significó abandonarte. Significó intentar que nadie pudiera encontrarte a través de mí.

Tuve que detener la grabación.

Damon salió de la habitación.

Me dejó escuchar el resto sola.

Por primera vez comprendí por qué.

No intentaba convertirse en parte de aquel momento.

Sabía que no le pertenecía.

Las pruebas fueron entregadas a las autoridades correspondientes y utilizadas para desmantelar las operaciones ilegales vinculadas a Mikhail y sus colaboradores.

Damon también tomó una decisión que sorprendió a todos.

Comenzó a separar las empresas legítimas de aquello que su familia había construido en las sombras.

No ocurrió de la noche a la mañana.

Pero ocurrió.

Yo renuncié.

Damon no intentó detenerme.

—¿Adónde irás? —preguntó.

—A algún lugar donde nadie haya colocado un anuncio específicamente para manipular mi destino.

Aceptó el golpe.

—Justo.

Antes de marcharme me entregó la fotografía.

La misma que había encontrado junto a su arma.

—Siempre fue tuya.

La observé.

Mi madre.

Yo.

Mi padre.

Por primera vez no vi una amenaza.

Vi una familia que había intentado sobrevivir.

—¿Por qué dijiste mi nombre aquella noche? —pregunté.

Damon tardó en responder.

—Porque eras la única persona de esta casa que no quería nada de mí.

Sonreí ligeramente.

—Solo quería que dejaras de echar al médico.

Por primera vez desde aquella noche, se rio.

Meses después abrí una pequeña cafetería con Sloan.

La llamamos Viktor.

No porque mi padre hubiera sido perfecto.

Sino porque finalmente sabía que había existido.

Una mañana apareció un automóvil negro.

Damon entró.

Se sentó junto a la ventana.

Me acerqué con una taza.

—Café solo —dije—. Sin azúcar. Brutalmente fuerte.

Miró la taza.

—¿Todavía recuerdas?

—Tengo buena memoria.

Dejé la cuenta junto a él.

—Y ahora pagas como todos.

Damon miró el precio.

—Esto es extorsión.

—Bienvenido al mundo real.

Sloan soltó una carcajada desde la cocina.

Yo regresé detrás del mostrador.

La fotografía de mi infancia estaba enmarcada junto a la caja registradora.

Durante años había pensado que mi vida había comenzado cuando entré a trabajar en la finca Volkov.

Estaba equivocada.

Mi historia había empezado mucho antes.

Con un padre que escondió una verdad.

Con personas poderosas que hicieron cualquier cosa para enterrarla.

Y con una pequeña pieza de metal que permaneció alrededor de mi cuello hasta que llegó el momento correcto.

Aquella noche entré en el dormitorio de Damon creyendo que iba a salvarle la vida.

Al final, la fotografía que encontré allí terminó salvando algo diferente.

Mi nombre.

Mi pasado.

Y la verdad sobre quién había sido mi padre.

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