Me quedé inmóvil frente a la puerta.
—Cuando Javier se entere de que la casa ya no es suya, va a perder la cabeza.
Sentí que el alcohol desaparecía de mi cuerpo de golpe.
¿La casa ya no era mía?
Empujé la puerta.
Clara levantó la vista.
Estaba sentada junto a la ventana con el teléfono en la mano. Llevaba el cabello suelto y una blusa que no recordaba haber visto antes.
Durante unos segundos nos miramos.
—¿Quién es Daniel?
Clara terminó la llamada con tranquilidad.
—Buenas noches, Javier.
—Te pregunté quién es Daniel.
—Y yo no tengo obligación de responderte.
Aquella frase me irritó más de lo que debería.
—Estás viviendo en mi casa.
Entonces sonrió.
No fue una sonrisa burlona.
Fue peor.
Fue la sonrisa de alguien que sabía algo que yo ignoraba.
—¿Tu casa?
—Sí. Mi casa.
Clara dejó el teléfono sobre la mesa.
—Creo que deberías revisar el acuerdo de divorcio.
Solté una carcajada.
—Yo sé perfectamente lo que firmé.
—No parece.
Entré en la habitación.
—¿Qué hiciste?
—Nada que no estuviera escrito.
—Clara.
—La casa quedaría para quien tuviera la custodia principal de Leo.
Mi expresión cambió.
Recordaba aquella cláusula.
Pero nunca le había prestado demasiada atención.
Siempre había supuesto que significaba que Clara podía quedarse allí mientras criaba a Leo.
—Eso no significa que sea tuya.
—Sí significa exactamente eso.
Sentí un vacío en el estómago.
—Imposible.
Clara abrió un cajón y sacó una carpeta.
La dejó frente a mí.
—La transferencia de propiedad terminó hace tres semanas.
Abrí la carpeta.
Leí la primera página.
Después la segunda.
Mi nombre ya no aparecía como propietario.
La casa pertenecía legalmente a Clara.
—Esto es una locura.
—Es el acuerdo que firmaste.
—Me engañaste.
Por primera vez, su expresión se endureció.
—No. Tú estabas demasiado ocupado celebrando tu libertad para leer lo que firmabas.
No tuve respuesta.
Recordé aquel día.
El abogado había explicado las condiciones.
Yo apenas había escuchado.
La empresa quedaba para mí.
Eso era lo único que me importaba.
Estaba convencido de que Clara había perdido.
—¿Y Daniel qué tiene que ver con esto?
Ella recogió los documentos.
—Daniel es mi abogado.
Algo dentro de mí se relajó.
No sabía por qué.
—¿Solo tu abogado?
Clara me observó con incredulidad.
—¿Acabas de preguntarme eso?
—Es una pregunta sencilla.
—Estamos divorciados.
—Vivimos juntos.
—Por Leo.
—Duermes bajo mi techo.
Clara soltó una pequeña risa.
—Otra vez con eso.
Levantó la carpeta.
—Javier, tú duermes bajo mi techo.
Aquella frase me golpeó directamente en el orgullo.
—Entonces, ¿qué? ¿Vas a echarme?
—Todavía no.
—¿Todavía?
Clara caminó hasta la puerta y la abrió.
—Buenas noches.
Comprendí que me estaba pidiendo que saliera.
De su habitación.
De la habitación que durante años había compartido conmigo.
Y salí.
Pero no pude dormir.
A la mañana siguiente, por primera vez en dos meses, no había desayuno preparado.

Abrí la nevera.
Nada.
—¡Clara!
Ella apareció vestida para salir.
Estaba diferente.
Cabello arreglado.
Un vestido sencillo.
Perfume.
No recordaba la última vez que la había visto así.
—¿Dónde está el desayuno?
—No hice.
—¿Por qué?
—Porque no soy tu esposa.
Me quedé mirándola.
—Pero siempre cocinas.
—Cocinaba.
Tomó su bolso.
—Leo ya desayunó.
—¿Y yo?
Clara me miró durante dos segundos.
—Tienes treinta y siete años, Javier.
Y salió.
Aquello se repitió durante los días siguientes.
Mis camisas dejaron de aparecer planchadas.
Mi ropa permanecía donde yo la dejaba.
La cena desapareció de la mesa.
Clara seguía ocupándose de Leo.
Solo de Leo.
Yo había pensado que el divorcio eliminaría sus derechos sin eliminar sus obligaciones. Clara había esperado pacientemente a que comprendiera mi error.
Una semana después, mis padres vinieron.
Mi madre fue directamente a la cocina.
—Clara, queremos hablar contigo.
Clara sirvió café.
—Claro.
—Javier nos contó lo de la casa.
Mi madre respiró profundamente.
—Creemos que deberías devolverla.
Clara casi sonrió.
—¿Devolverla a quién?
—A Javier.
—¿Por qué?
Mi padre intervino.
—Porque nuestra familia pagó gran parte de ella.
Clara asintió.
—Y yo renuncié a cualquier participación en la empresa.
Mi padre quedó callado.
Ella continuó.
—Una empresa que también ayudé a construir durante once años.
Yo golpeé la mesa.
—No trabajaste en mi empresa.
Clara giró hacia mí.
—¿Quién atendía a Leo cuando tú viajabas?
No respondí.
—¿Quién recibía clientes en casa cuando empezabas?
Silencio.
—¿Quién utilizó sus ahorros para ayudarte durante el primer año?
Mi madre bajó la mirada.
Yo sentí que todos estaban colocándose en mi contra.
—Ya basta.
Clara se levantó.
—Estoy de acuerdo.
Entonces sacó otro sobre.
Lo colocó frente a mí.
—Por eso necesito que te mudes.
Mi madre palideció.
—Clara…
—Tiene treinta días.
Abrí el documento.
Era una notificación formal.
Mi exesposa acababa de darme treinta días para abandonar la casa donde yo creía seguir siendo el dueño.
—No puedes hacerme esto.
—Ya está hecho.
—¿Y Leo?
Aquello sí la hizo detenerse.
—No utilices a nuestro hijo para conservar una casa.
—Soy su padre.
—Entonces compórtate como tal.
Guardó sus cosas y salió.
Dos días después conocí finalmente a Daniel.
Llegué temprano del trabajo.
Un automóvil estaba estacionado frente a la casa.
Cuando entré, escuché a Leo riéndose en el jardín.
Me acerqué a la ventana.
Clara estaba allí.
A su lado había un hombre alto, de unos cuarenta años.
Daniel.
Leo sostenía un pequeño avión de madera mientras Daniel le enseñaba cómo lanzarlo.
Los tres se reían.
Sentí algo extraño.
No era rabia.
O no solamente.
Era la sensación de estar mirando desde fuera una vida que alguna vez había sido mía.
Salí al jardín.
—Así que tú eres Daniel.
El hombre se volvió.
—Y tú debes ser Javier.
Nos estrechamos la mano.
No me gustó su tranquilidad.
—¿Los abogados ahora hacen visitas a domicilio?
Clara frunció el ceño.
Daniel respondió antes.
—Cuando son amigos de la familia, a veces.
Amigos.
Aquella palabra me molestó.
Leo corrió hacia Daniel.
—¡Mira, tío Daniel!
Tío Daniel.
Sentí una presión absurda en el pecho.
—Leo, entra.
Mi hijo me miró confundido.
—Pero estamos jugando.
—He dicho que entres.
Clara se interpuso.
—No le hables así.
—Es mi hijo.
—También es el mío.
Daniel retrocedió.
—Será mejor que me vaya.
Clara lo acompañó hasta la entrada.
Antes de subir al automóvil, Daniel dijo algo que no alcancé a escuchar.
Ella sonrió.
La misma sonrisa que había escuchado aquella noche detrás de la puerta.
Esa noche comprendí algo que me negaba a aceptar.
Clara no estaba destrozada por nuestro divorcio.
Estaba mejorando.
Sin mí.
Y aquello me dolió mucho más de lo esperado.
Pero la verdadera sorpresa llegó tres días después.
Mi contador me llamó a primera hora.
—Javier, necesitamos reunirnos inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Hubo un silencio.
—Es sobre la empresa.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué pasa con ella?
—Encontramos documentos antiguos relacionados con la constitución de la sociedad.
—¿Y?
Su siguiente frase me dejó completamente inmóvil.
—Según estos documentos, Clara nunca renunció a todas sus participaciones.
Me puse de pie.
—Eso es imposible.
—Hay algo más.
—¿Qué?
Escuché cómo respiraba al otro lado.
—Daniel acaba de presentar una reclamación formal en su nombre. Y si los documentos son auténticos, Clara no solo puede reclamar parte de la empresa.
Se detuvo.
—¿Entonces qué puede hacer?
La respuesta llegó lentamente.
—Puede quitarte el control de la compañía.