Me quedé mirando aquellos mensajes durante varios segundos.
Ethan estaba intentando acceder a mi expediente médico.
Tres años atrás habría sentido miedo.
Ahora sentí rabia.
Respondí inmediatamente:
—Bloqueen cualquier solicitud relacionada conmigo. Nadie puede entregar información sin mi autorización escrita.
La respuesta llegó enseguida.
“Entendido, señora Foster. Seguridad interna ya está investigando.”
Guardé el teléfono y acaricié mi vientre.
—No voy a permitir que nadie te convierta en parte de sus juegos.
Aquella tarde llamé a mi abogado.
No quería explicaciones de Ethan.
Quería distancia.
Sin embargo, a la mañana siguiente apareció en la recepción del hotel donde me alojaba.
Cuando bajé, estaba esperando junto a los ascensores.
—Natalie.
Seguí caminando.
Ethan se interpuso.
—Necesitamos hablar.
—Nosotros dejamos de necesitar hablar hace tres años.
—¿De quién es el bebé?
Lo miré incrédula.
—Eso no te concierne.
Su mandíbula se tensó.
—¿Estás casada?
—Tampoco te concierne.
—Natalie.
—¿Solicitaste información sobre mi embarazo?
Se quedó callado.
Su silencio respondió por él.
—No vuelvas a hacerlo.
—Solo quería saber…
—No tienes derecho a querer saber nada.
Por primera vez pareció desconcertado.
Quizá esperaba encontrar a la mujer que había dejado frente a cientos de invitados.
La que siempre necesitaba explicarse.
Pero aquella Natalie ya no existía.
—Has cambiado —murmuró.
—Era inevitable.
Intentó tomarme del brazo, pero retrocedí.
—No me toques.
Ethan bajó lentamente la mano.
—Grace me dijo que probablemente regresaste por mí.
No pude evitar reír.
—Claro que te lo dijo.
—¿Qué significa eso?
—Que después de tres años todavía permites que otra persona piense por ti.
Su rostro se endureció.
—Grace sufrió mucho por culpa de lo ocurrido aquel día.
—¿Ella sufrió?
Lo miré directamente.
—Interesante versión de la historia.
En ese momento se abrieron las puertas del hotel.
Grace entró.
Al verme con Ethan, cambió inmediatamente de expresión.
—Natalie…
Se acercó sujetándose el vientre.
—Prometiste que no volverías a molestarlo.
Fruncí el ceño.
—Nunca he hablado contigo desde que regresé.
Grace miró a Ethan.
—Anoche me llamó desde un número desconocido.
Ethan se volvió hacia mí.
—¿La llamaste?
Saqué mi teléfono.
—Revisa.
Grace palideció.
—No hace falta.
—A mí sí me hace falta.
Abrí el registro de llamadas y se lo mostré.
No había ninguna llamada hacia ella.
Ethan guardó silencio.
Grace comenzó a llorar.
—Quizá borró el registro.
Aquello me confirmó algo que había tardado años en comprender.
Grace no necesitaba demostrar nada. Le bastaba con llorar y Ethan completaba el resto de la historia por ella.
—Disfruten de su drama —dije—. Yo tengo trabajo.
Me marché.
Dos días después asistí a la reunión de antiguos alumnos.
No quería ir, pero mi empresa era patrocinadora del evento y yo debía representar al departamento internacional.
Cuando entré en el salón, varias personas tardaron segundos en reconocerme.
Ya no era la joven que vivía pendiente de Ethan Reed.
Durante tres años en el extranjero había terminado mi especialización y entrado en Foster Biotech.

Ahora dirigía uno de sus proyectos internacionales.
Las miradas sorprendidas no me incomodaron.
Entonces apareció Ethan.
Grace estaba a su lado.
—Natalie —dijo una antigua compañera—. Escuché que estás trabajando para Foster.
—Así es.
—¿La empresa que acaba de firmar el contrato con Reed Medical?
Ethan se volvió bruscamente.
Sonreí.
—Precisamente.
Su expresión cambió.
Reed Medical llevaba meses buscando aquel acuerdo.
Lo que Ethan todavía ignoraba era que yo dirigía el equipo encargado de decidir si la colaboración continuaría.
Grace apretó su brazo.
—Qué coincidencia.
—No exactamente —respondí—. Yo negocié el contrato.
Ethan me miró como si acabara de conocerme.
—¿Tú?
—Sí.
Antes de que pudiera responder, mi asistente se acercó.
—Señora Foster, necesitamos su firma para suspender temporalmente el acuerdo con Reed Medical.
El salón quedó en silencio.
Ethan palideció.
—¿Suspender?
Mi asistente me entregó una carpeta.
—Nuestro departamento jurídico recibió pruebas de que alguien vinculado a Reed Medical intentó obtener ilegalmente información médica privada de una de nuestras ejecutivas.
Miré a Ethan.
—Esa ejecutiva soy yo.
Grace soltó su brazo.
—Ethan, dijiste que solo querías confirmar…
Se detuvo demasiado tarde.
Todos la miraron.
Ethan giró lentamente hacia ella.
—¿Confirmar qué?
Grace abrió la boca.
Nada salió.
—¿Cómo sabías que pedí esa información?
Su rostro perdió el color.
Yo también comprendí.
Nunca había contado a Grace lo del mensaje recibido desde el hospital.
Ethan avanzó un paso.
—¿Fuiste tú quien consiguió acceso?
—Solo quería ayudarte.
—¿Ayudarme?
—Estabas obsesionado con saber de quién era el bebé.
Ethan parecía incapaz de respirar.
—Entonces también fuiste tú quien dijo que Natalie te llamó anoche.
Grace comenzó a llorar.
—Tenía miedo de perderte.
Aquella frase despertó algo.
Saqué mi teléfono y busqué un archivo que había recibido esa misma mañana de seguridad del hospital.
—Entonces quizá también puedas explicar esto.
Mostré la pantalla.
La persona que había solicitado mis datos utilizó credenciales pertenecientes a una clínica asociada.
El acceso estaba vinculado a Grace.
Ethan la miró horrorizado.
Pero aquello no era todo.
—Durante la investigación encontraron solicitudes antiguas asociadas al mismo usuario —continué—. Algunas tienen tres años.
Grace retrocedió.
—No sé de qué hablas.
—Yo sí.
Habían recuperado registros de llamadas realizadas desde aquella misma clínica.
Una coincidía exactamente con la hora en que Ethan recibió la llamada que lo hizo abandonar nuestra boda.
El silencio fue absoluto.
Ethan miró el documento.
—Grace…
Ella negó desesperadamente.
—Puedo explicarlo.
—Dijiste que era una emergencia.
—Lo era para mí.
La voz de Ethan se quebró.
—¿Me hiciste abandonar mi boda porque tenías miedo de perderme?
Grace comenzó a llorar.
Pero esta vez él no corrió hacia ella.
Yo cerré la carpeta.
—No importa.
Ethan me miró.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque para mí terminó hace tres años.
Sus ojos se llenaron de arrepentimiento.
—Natalie, yo no sabía…
—No necesitabas saberlo.
Me acerqué lo suficiente para que pudiera escucharme claramente.
—Solo necesitabas confiar en la mujer con la que ibas a casarte.
Bajó la cabeza.
—Cometí el peor error de mi vida.
—Sí.
—¿Podemos empezar de nuevo?
Negué.
—No.
Fue una palabra sencilla.
Y, sin embargo, me liberó de tres años de recuerdos.
Ethan miró mi vientre.
—¿Al menos puedes decirme quién es el padre?
Sonreí.
—Alguien que estuvo conmigo cuando tuve que reconstruirme.
En ese momento una voz masculina llegó desde detrás.
—Natalie.
Me giré.
Daniel caminaba hacia mí con mi abrigo entre las manos.
Su mirada descendió inmediatamente hacia mi vientre.
—El médico dijo que no debías permanecer tanto tiempo de pie.
—Ya terminaba.
Me colocó cuidadosamente el abrigo sobre los hombros.
Ethan observó aquel pequeño gesto en completo silencio.
No necesitaba más explicaciones.
Daniel extendió una mano.
Yo la tomé.
Antes de marcharme, miré una última vez al hombre al que alguna vez creí amar más que a mí misma.
—Ethan, aquel día pensé que perderte significaba perder mi futuro.
Acaricié suavemente mi vientre.
—Resultó que perderte fue precisamente lo que me permitió encontrarlo.
Salí del salón junto a Daniel.
Detrás de nosotros, Grace intentaba explicarse mientras Ethan permanecía inmóvil.
No volví la cabeza.
Meses después nació mi hija.
Daniel estuvo conmigo.
Mi familia también.
Cuando sostuve aquel pequeño cuerpo entre mis brazos comprendí finalmente algo que había necesitado tres años para aprender.
El amor verdadero nunca debería obligarte a competir, suplicar ni demostrar que mereces ser elegido.
Ethan había elegido marcharse.
Yo había elegido continuar.
Y aquella fue la diferencia entre nuestras vidas.
Porque mientras él seguía atrapado intentando descubrir en qué momento lo había perdido todo, yo ya tenía entre mis brazos todo aquello que realmente importaba.