PARTE 2: LA PISTA EN LAS CENIZAS

Silas amplió la imagen en la pantalla.

—Cuando Meline quemó la ecografía, creyó que había destruido todo. Pero el hospital conservaba una copia digital. Y hay algo más.

Abrió otro archivo.

Dominic vio una dirección.

Boston.

No era mi apartamento.

Era la dirección del profesor para quien trabajaba.

Dominic cerró los ojos.

Durante doce semanas había buscado a una mujer desaparecida.

Ahora buscaba a la madre de su hijo.

—Prepara el avión.

Silas dudó.

—¿Y los Duca?

Dominic levantó la mirada.

—Se acabó la alianza.

Aquella misma noche convocó a sus abogados, auditores y jefes de seguridad.

Durante años había tolerado acuerdos secretos porque mantenían la paz entre familias.

Ya no.

Si aquellos pactos habían conseguido que yo creyera que debía huir para proteger a nuestro bebé, entonces Dominic estaba dispuesto a destruirlos.

Seraphina llegó furiosa.

—Si rompes nuestro compromiso, tendrás una guerra.

Dominic dejó sobre la mesa el comunicado de compromiso que jamás había firmado personalmente.

—Nunca hubo compromiso. Hubo una negociación.

—Para el mundo es lo mismo.

—Para mí no.

Seraphina lo observó.

Entonces comprendió.

—La encontraste.

Dominic no respondió.

Ella sonrió.

—Así que la pequeña artista era más importante de lo que fingías.

—Mucho más.

—¿Y qué tiene ella que pueda hacerte incendiar una alianza?

Dominic se levantó.

—Mi hijo.

La sonrisa desapareció.

Horas después, los Valente comenzaron a revisar cada acuerdo, pago y comunicación relacionada con los Duca.

Y encontraron algo peor.

Seraphina sabía de mi embarazo.

Uno de sus hombres había sobornado a un empleado para obtener información sobre mi visita al hospital.

El compromiso no solo pretendía unir dos organizaciones.

También pretendía mantenerme lejos de Dominic.

Porque un heredero cambiaba el equilibrio de poder.

Cuando Dominic entendió aquello, dejó de buscarme para llevarme de regreso.

Empezó a buscarme para advertirme.

Pero llegó tarde.

En Boston, mi vida tranquila acababa de romperse.

Una tarde encontré la puerta del apartamento entreabierta.

Me quedé inmóvil en las escaleras.

No entré.

Retrocedí lentamente y llamé a la policía desde una cafetería cercana.

Nada importante parecía haber desaparecido.

Pero alguien había registrado mis cajones.

Aquella noche comprendí que Clara Evans ya no era suficiente.

Preparé otra bolsa.

Estaba cerrándola cuando alguien llamó a la puerta.

Tres golpes.

Mi corazón se detuvo.

—Meline.

Conocía aquella voz.

Dominic.

Me quedé paralizada.

—Sé que estás ahí.

No abrí.

—Vete.

Hubo silencio.

Después escuché algo inesperado.

Sus pasos alejándose.

Miré por la ventana.

Dominic estaba cruzando la calle.

No había intentado entrar.

No había enviado hombres a derribar la puerta.

Simplemente esperaba bajo la nieve.

Abrí unos centímetros.

—¿Cómo me encontraste?

Se volvió.

Sus ojos descendieron inmediatamente hacia mi vientre.

Durante unos segundos, el hombre más temido de Chicago pareció incapaz de hablar.

—Es mío —dije antes de que preguntara—. Pero no significa que puedas llevártelo.

Su rostro cambió.

—¿Eso creías?

—Te escuché.

—Escuchaste exactamente lo que necesitaba que Seraphina escuchara.

Solté una risa amarga.

—Entonces funcionó perfectamente.

Dominic bajó la cabeza.

—Sí.

Aquella respuesta me sorprendió.

No intentó justificarse.

—Quise protegerte mintiendo sobre lo que significabas para mí —continuó—. Y conseguí que huyeras pensando que eras desechable.

—Tenía miedo de que me quitaras al bebé.

Dominic palideció.

—Nunca.

—¿Cómo podía saberlo?

No respondió.

Porque no podía.

Entonces sacó una carpeta.

—Los Duca conocían tu embarazo antes que yo.

Sentí frío.

Dominic me explicó lo que habían descubierto.

El acceso ilegal a mis datos.

Los hombres enviados para localizarme.

La presión detrás del supuesto compromiso.

De repente miré hacia mi apartamento.

—¿Ellos entraron?

—Probablemente.

Dominic dio un paso hacia mí, pero se detuvo cuando retrocedí.

—No voy a tocarte sin permiso, Meline.

Aquella frase importó más que cualquier promesa.

Los días siguientes fueron un caos de abogados, declaraciones y seguridad.

Dominic entregó las pruebas que vinculaban a intermediarios de los Duca con el acceso ilegal a mis datos y rompió públicamente cualquier relación comercial con ellos.

Pero yo no regresé a Chicago.

Y tampoco regresé con él.

—Quiero estar presente cuando nazca —me dijo.

—Puedes estar presente como padre.

Sus ojos se endurecieron ligeramente.

—¿Y nosotros?

—Nosotros tendremos que empezar desde cero.

Dominic asintió.

Por primera vez desde que lo conocía, aceptó una condición que no podía controlar.

Nuestro hijo nació meses después en Boston.

Dominic estuvo allí.

No entró exigiendo nada.

Esperó hasta que yo permití que se acercara.

Cuando finalmente sostuvo al bebé, aquel hombre que podía intimidar una sala entera permaneció completamente silencioso.

Después levantó los ojos hacia mí.

—Destruí todo por intentar mantenerte a salvo.

—Entonces aprende algo de eso.

—¿Qué?

Miré a nuestro hijo.

—Proteger a alguien no significa decidir por él.

Dominic nunca olvidó esas palabras.

Yo tampoco.

No volvimos a ser la pareja que habíamos sido.

Construimos algo diferente, lentamente, con límites que yo establecía y decisiones que tomábamos juntos.

Y meses después, Dominic me entregó una pequeña caja.

Dentro no había un anillo.

Había una fotografía.

La copia digital de aquella primera ecografía.

La imagen que yo creía haber quemado para siempre.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.

—Pensé que la había destruido.

Dominic miró al pequeño dormido entre mis brazos.

—No.

Después me miró a mí.

—Solo destruiste la vida de la que necesitabas escapar.

Guardé la fotografía.

Porque aquella noche en Chicago yo había creído que estaba huyendo de Dominic.

Con el tiempo comprendí que también estaba huyendo de una vida construida sobre secretos, miedo y decisiones tomadas por otros.

Y esta vez, si Dominic quería formar parte de la nueva vida de nuestro hijo y de la mía, tendría que hacerlo de una manera completamente distinta.

No como el hombre que podía encontrarme en cualquier ciudad.

Sino como el hombre que finalmente aprendió a respetar mi decisión de quedarme.

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