PARTE 2: LA VERDAD QUE ESCONDÍAN EN ESA CASA.

Héctor sintió que el jardín entero se quedaba en silencio.

—¿De quién? —preguntó.

Lucía bajó la mirada.

Gael seguía aferrado a su manga.

—Señor Villalba, quizá no debería haber dicho nada.

—Ya lo dijiste.

Héctor se incorporó lentamente.

—Ahora termina.

Lucía miró hacia las ventanas de la casa.

Después volvió a mirar al niño.

—Gael cambia cuando escucha llegar el coche de la señorita Inés.

Héctor frunció el ceño.

—¿Qué significa “cambia”?

—Deja de jugar. Se esconde. A veces se mete debajo de la cama y no quiere salir.

—Inés me dijo que esos episodios ocurrían sin motivo.

Lucía negó lentamente.

—No, señor.

—Casi siempre ocurren después de que ella entra en su habitación.

Héctor sintió un escalofrío.

Quiso rechazar aquella idea inmediatamente.

Inés llevaba dos años a su lado.

Había sido ella quien buscó especialistas después de la muerte de Elena, la madre de Gael.

Ella organizaba las consultas.

Controlaba los horarios.

Preparaba los medicamentos.

Incluso había convencido a Héctor de reducir sus viajes con Gael porque, según los médicos, demasiados cambios podían alterarlo.

—¿Has visto a Inés hacerle algo?

Lucía tardó demasiado en responder.

—No directamente.

—Entonces estás suponiendo.

—Sí.

Lucía respiró hondo.

—Pero también sé lo que veo.

Gael tiró suavemente de su uniforme.

—Luci.

Héctor se quedó inmóvil.

Era una palabra sencilla.

Pero Gael rara vez llamaba a alguien por su nombre.

Lucía se arrodilló.

—Estoy aquí.

El niño señaló la casa.

Su sonrisa había desaparecido.

—No medicina.

Héctor sintió que el pecho se le cerraba.

—¿Qué dijiste, hijo?

Gael retrocedió.

Lucía levantó una mano.

—No lo presione.

Héctor la miró.

—¿Qué significa eso?

—Cada tarde, antes de que usted regrese, la señorita Inés le da unas gotas.

—Son parte de su tratamiento.

—Lo sé.

Lucía dudó.

—Pero después de tomarlas queda completamente diferente.

Héctor recordó demasiadas noches entrando en la habitación de su hijo.

Gael dormido.

Gael ausente.

Gael demasiado cansado para levantar siquiera la cabeza.

Inés siempre tenía la misma explicación.

“Ha tenido un día difícil.”

“El tratamiento necesita tiempo.”

“El especialista dice que es normal.”

Pero el niño que Héctor acababa de encontrar corriendo y riendo por el jardín no parecía enfermo.

Parecía libre.

—¿Hoy tomó las gotas?

—No.

—¿Por qué?

—La señorita Inés salió esta mañana. Me dijo que se las diera después del almuerzo.

Héctor la observó fijamente.

—¿Y no lo hiciste?

Lucía palideció.

—No.

—¿Por qué?

Ella metió una mano en el bolsillo del delantal y sacó un pequeño frasco.

—Porque hace tres semanas ocurrió algo.

Héctor tomó el frasco.

—Habla.

—Gael lo tiró accidentalmente. Cuando fui a recogerlo, vi que la etiqueta estaba despegándose.

Lucía señaló el borde.

—Debajo había otra.

Héctor arrancó lentamente la etiqueta superior.

Aparecieron unas letras parcialmente borradas y un nombre diferente.

Su expresión cambió.

—Esto no es lo que aparece en sus recetas.

—Por eso tuve miedo.

Héctor sacó el teléfono.

—Voy a llamar al doctor Salcedo.

Lucía levantó rápidamente la cabeza.

—¡No!

Héctor se quedó mirándola.

—¿Por qué?

—Porque él viene aquí cuando usted no está.

El silencio volvió a caer.

—¿Salcedo?

Lucía asintió.

—Dos o tres veces al mes.

—Es el neurólogo de Gael.

—Lo sé.

—Es normal que visite a su paciente.

—Entonces ¿por qué nunca entra por la puerta principal?

Héctor sintió un vacío en el estómago.

Lucía continuó.

—Siempre entra por el garaje. Y cuando llega, la señorita Inés manda al personal al otro extremo de la casa.

Héctor miró hacia la mansión que había construido creyendo que allí su hijo estaría protegido.

De repente le pareció un lugar desconocido.

Sacó el teléfono y llamó al jefe de seguridad.

—Ramírez.

—Señor Villalba.

—Quiero una copia de todas las grabaciones de las cámaras de los últimos seis meses.

Hubo una pausa.

—Señor…

—¿Qué ocurre?

—Las cámaras interiores dejaron de almacenar grabaciones hace aproximadamente cinco meses.

Héctor apretó el teléfono.

—¿Quién autorizó eso?

—La señorita Inés. Nos dijo que usted había aprobado la orden por privacidad médica del niño.

Héctor cerró los ojos.

Él jamás había autorizado nada semejante.

—No le digas a nadie que he preguntado.

Colgó.

Lucía parecía aterrada.

—Señor, si ella descubre que hablé…

—No va a despedirte.

—No temo perder el trabajo.

Aquello lo hizo mirarla.

—Entonces ¿qué temes?

Lucía abrió la boca.

En ese momento se escuchó un motor acercándose.

Gael reaccionó antes que ambos.

Todo su cuerpo se tensó.

La alegría desapareció de su rostro.

Corrió hacia Lucía y se escondió detrás de ella.

—No.

Héctor reconoció el automóvil.

El Mercedes blanco de Inés acababa de cruzar la entrada.

Gael comenzó a respirar rápidamente.

—No medicina.

—Gael…

—¡No medicina!

Lucía lo abrazó.

—Tranquilo.

El coche se detuvo.

Inés bajó con gafas oscuras y un vestido color crema.

Al ver a Héctor en el jardín, su expresión se congeló durante una fracción de segundo.

Después sonrió.

—Cariño. No sabía que regresarías tan temprano.

Héctor guardó el frasco en su bolsillo.

—La reunión terminó antes.

Inés miró a Lucía.

Luego a Gael.

—¿Por qué está afuera?

—Estábamos jugando —respondió Lucía.

La sonrisa de Inés se volvió más rígida.

—Ya sabes que Gael no debe sobreestimularse.

Se acercó.

El niño se escondió todavía más.

Héctor observó cada movimiento.

Nunca antes había prestado atención a aquella reacción.

Ahora resultaba imposible ignorarla.

Inés extendió la mano.

—Ven conmigo, Gael. Es hora de tu medicina.

El niño negó violentamente.

—No.

Inés se quedó inmóvil.

Héctor también.

Gael acababa de responderle directamente.

—No seas difícil —dijo Inés.

Intentó tomarlo del brazo.

Héctor se interpuso.

—Déjalo.

Inés parpadeó.

—¿Qué?

—He dicho que lo dejes.

Por primera vez, algo frío apareció detrás de su expresión perfecta.

—Héctor, no sabes cómo manejar sus crisis.

—Quizá ese sea precisamente el problema.

Ella lo estudió durante varios segundos.

—¿Qué quieres decir?

Héctor sonrió ligeramente.

—Nada.

No podía acusarla todavía.

Necesitaba pruebas.

Y, sobre todo, necesitaba sacar a Gael de cualquier peligro sin alertarla.

—Esta noche no le darás nada —dijo.

—Eso sería irresponsable.

—He tomado una decisión.

Inés miró a Lucía.

Aquella mirada duró apenas un segundo.

Pero Héctor la vio.

Y Lucía también.

Era una advertencia.

Horas después, Héctor fingió que todo había vuelto a la normalidad.

Cenó con Inés.

Habló de negocios.

Incluso permitió que ella creyera que el incidente del jardín estaba olvidado.

A las once, cuando la casa quedó en silencio, entró en su despacho y cerró la puerta.

Había pedido a un laboratorio independiente que analizara el contenido del frasco.

Los resultados llegaron poco después.

Héctor abrió el informe.

Leyó la primera línea.

Después la segunda.

Se quedó helado.

La sustancia encontrada no coincidía con el tratamiento registrado de Gael.

Pero había algo todavía peor.

La concentración detectada era varias veces superior a la indicada para un niño de su edad.

Héctor sintió náuseas.

Entonces alguien llamó suavemente a la puerta.

Era Lucía.

Estaba pálida.

—Señor Villalba, tiene que venir.

—¿Qué pasó?

—Encontré algo en la habitación de Gael.

Subieron juntos.

Lucía movió un pequeño armario y señaló una tabla del suelo ligeramente levantada.

Héctor la retiró.

Debajo había una caja metálica.

Dentro encontró recetas, informes médicos y varios sobres.

Pero en el fondo había una memoria USB.

Héctor la llevó inmediatamente al despacho.

La conectó al ordenador.

Solo contenía un archivo de vídeo.

La fecha correspondía a ocho meses atrás.

Dos meses antes de que Lucía llegara a trabajar a la casa.

Presionó reproducir.

La imagen mostraba la habitación de Gael.

Inés apareció en pantalla.

No estaba sola.

El doctor Salcedo estaba junto a ella.

Ambos discutían.

Héctor aumentó el volumen.

Entonces escuchó claramente la voz del médico.

—Esto tiene que terminar, Inés. El niño está empezando a recordar.

Ella respondió algo que hizo que Héctor dejara de respirar.

—Entonces aumenta la dosis. Si Gael cuenta lo que vio la noche en que murió su madre, los dos estamos acabados.

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