PARTE 2: LOS CUATRO NIÑOS QUE LLEVABAN SU SANGRE.

El pequeño miró a Santiago sin miedo.

Luego señaló con un dedo una fotografía colocada sobre el aparador del comedor.

Era una imagen antigua.

Santiago aparecía junto a su esposa, Elena, el día de su boda.

—Ese eres tú —dijo el niño.

Santiago sintió un escalofrío.

—Sí.

El pequeño señaló entonces a Elena.

—Y ella es nuestra mamá.

El silencio cayó sobre la habitación como un golpe.

Santiago dejó de respirar.

Lucía cerró los ojos.

—Mateo, no…

—Nos dijiste que nunca mintiéramos —respondió el niño.

Los otros tres permanecieron agarrados a la falda de Lucía.

Santiago caminó lentamente hasta la fotografía.

La tomó con ambas manos.

—Eso es imposible.

Elena llevaba cinco años muerta.

Cinco años desde aquel accidente que había convertido aquella mansión en un mausoleo.

Cinco años desde que Santiago había ordenado cerrar su habitación y guardar todas sus pertenencias.

Miró a los cuatro niños.

Tenían aproximadamente cinco años.

La cuenta era aterradora.

—Lucía.

Ella levantó los ojos llenos de lágrimas.

—¿Son hijos de Elena?

Lucía asintió.

Santiago tuvo que apoyarse en una silla.

—¿Y míos?

Lucía tardó demasiado en contestar.

Finalmente susurró:

—Sí.

Santiago sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—No.

Sacudió la cabeza.

—Elena murió sin hijos. Los médicos dijeron…

Se interrumpió.

Un recuerdo apareció de repente.

Meses antes del accidente, Elena había comenzado a sentirse mal por las mañanas.

Él casi nunca estaba en casa.

Reuniones.

Viajes.

Negocios.

Siempre había algo más importante.

—¿Estaba embarazada?

—Sí.

—¿Por qué nadie me lo dijo?

Lucía apretó los labios.

—Porque la señora Elena no murió el día que usted cree.

Santiago levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué dijiste?

Los niños comenzaron a inquietarse.

Lucía los llevó hasta la cocina y pidió que esperaran allí.

Cuando regresó, Santiago seguía inmóvil.

—Habla.

—La señora sobrevivió al accidente.

—Mientes.

—Estuvo hospitalizada.

—Yo vi su cuerpo.

Lucía palideció.

—Usted vio un ataúd cerrado.

Santiago recordó el funeral.

Su suegro había insistido en que el accidente había dejado a Elena irreconocible.

No le permitieron verla.

Él estaba destruido y aceptó todo.

De pronto, cada detalle de aquel día comenzó a parecerle sospechoso.

—¿Dónde estuvo?

—En una clínica privada.

—¿Quién pagó?

Lucía bajó la mirada.

—Su suegro.

El nombre que Santiago no quería pronunciar apareció inmediatamente en su mente.

Arturo Valdés.

Un hombre que nunca había aceptado que su hija se casara con él.

—¿Por qué fingir su muerte?

—No conozco toda la historia.

—Pero conoces suficiente.

Lucía respiró profundamente.

—La señora Elena estaba embarazada de cuatro bebés. Después del accidente quedó muy delicada. Su padre la trasladó y prohibió que cualquiera le informara a usted.

—¿Y Elena permitió eso?

—Al principio no podía decidir nada.

Santiago apretó los puños.

—¿Y después?

Lucía comenzó a llorar.

—Después creyó que usted la había abandonado.

—¿Qué?

—Le mostraron documentos.

—¿Qué documentos?

—Cartas. Fotografías. Papeles de divorcio.

Santiago retrocedió.

—Nunca pedí el divorcio.

—Ahora lo sé.

Lucía se secó las lágrimas.

—Pero ella no.

Santiago recordó aquellos meses posteriores al accidente.

Había enviado mensajes desesperados.

Había llamado cientos de veces.

Todo había sido devuelto o bloqueado.

Él creyó que Elena estaba muerta.

Mientras tanto, alguien había convencido a Elena de que Santiago había decidido borrarla de su vida.

—¿Cuándo nacieron?

—Tres meses después.

Santiago miró hacia la cocina.

Cuatro voces infantiles susurraban detrás de la puerta.

Sus hijos.

Había perdido sus primeros pasos.

Sus primeras palabras.

Sus cumpleaños.

Cinco años completos.

—¿Dónde está Elena?

La expresión de Lucía cambió.

Santiago lo vio inmediatamente.

—¿Dónde está mi esposa?

—Señor…

—¡Dímelo!

—Murió después del parto.

Aquellas palabras lo atravesaron.

Santiago cerró los ojos.

Durante unos segundos volvió a ser el hombre que había permanecido frente a un ataúd vacío creyendo que acababa de perderlo todo.

Solo que ahora comprendía que aquella despedida había sido una mentira.

—¿Y los niños?

—El padre de Elena no los quería.

Santiago abrió los ojos.

—¿Qué significa eso?

—Decía que eran un problema. Una prueba de algo que debía desaparecer.

—Son sus nietos.

—Nunca los trató como tales.

Lucía explicó que una enfermera había cuidado de los cuatro durante un tiempo. Cuando enfermó, buscó a alguien que pudiera protegerlos.

La hermana mayor de Lucía aceptó.

Pero murió dos años después.

Desde entonces, Lucía había cuidado de ellos como podía.

—¿Por qué no viniste a buscarme?

—Lo intenté.

Santiago frunció el ceño.

—Nunca te vi.

—Porque su administrador me echó antes de que pudiera acercarme.

—¿Ramiro?

Lucía asintió.

Otro golpe.

Ramiro llevaba veinte años trabajando para Santiago.

Conocía sus cuentas.

Sus propiedades.

Sus horarios.

Incluso administraba la seguridad de aquella casa.

—Me dijo que si volvía a mencionar a los niños, conseguiría que me arrestaran por extorsión.

—¿Entonces por qué trabajas aquí?

—Porque necesitaba pruebas.

Santiago la observó.

Por primera vez comprendió que Lucía no había llegado casualmente a su casa.

—Entraste a trabajar aquí para investigar.

—Sí.

—¿Qué encontraste?

Lucía miró hacia el pasillo.

Después metió una mano en el bolsillo del delantal.

Sacó una pequeña llave.

—Algo que alguien llevaba cinco años intentando esconder.

Subieron al segundo piso.

Lucía se detuvo frente al dormitorio de Elena.

Santiago no entraba allí desde el funeral.

La habitación permanecía casi intacta.

Lucía caminó hasta un antiguo escritorio.

Introdujo la llave en un compartimento secreto.

Dentro había una caja metálica.

Santiago la abrió.

Encontró fotografías de Elena embarazada.

Informes médicos.

Cuatro certificados de nacimiento.

Tomó el primero.

PADRE: SANTIAGO CRUZ.

Sus piernas comenzaron a temblar.

Abrió los demás.

Su nombre aparecía en los cuatro.

Debajo encontró una carta.

Reconoció inmediatamente la letra de Elena.

“Santiago, si algún día encuentras esto, significa que lograron separarnos.”

Tuvo que detenerse.

Las lágrimas nublaron su visión.

Continuó leyendo.

Elena explicaba que había descubierto que alguien cercano a Santiago estaba desviando dinero de sus empresas.

Había encontrado documentos.

Nombres.

Transferencias.

Y había cometido el error de decir que pensaba contárselo.

Santiago levantó la vista.

—¿Mi suegro?

Lucía negó lentamente.

—No era él.

Entonces se escuchó un ruido abajo.

La puerta principal acababa de abrirse.

Santiago se puso rígido.

—¿Esperabas a alguien?

Lucía palideció.

—No.

Pasos firmes comenzaron a avanzar por el vestíbulo.

Los cuatro niños salieron de la cocina.

—¡Lucía!

Ella corrió hacia la escalera.

Santiago la siguió.

Desde arriba vio a un hombre entrando al comedor como si aquella casa también le perteneciera.

Traje oscuro.

Cabello gris.

Una carpeta bajo el brazo.

Santiago sintió que la sangre se le congelaba.

Era Ramiro.

El administrador levantó la mirada.

Vio a Santiago.

Luego vio a Lucía.

Finalmente descubrió a los cuatro niños detrás de ella.

Su expresión cambió.

—Así que ya los encontraste.

Santiago bajó lentamente las escaleras.

—¿Qué hiciste, Ramiro?

El hombre dejó la carpeta sobre la mesa.

—La pregunta correcta no es qué hice yo.

Sonrió.

—La pregunta es qué hizo Elena cuando descubrió quién eras realmente.

Santiago se detuvo.

—¿De qué estás hablando?

Ramiro abrió la carpeta y sacó una fotografía.

La deslizó por la mesa.

Santiago la tomó.

La imagen había sido tomada tres días después de la supuesta muerte de Elena.

En ella aparecía Elena embarazada entrando en la clínica privada.

Pero no estaba sola.

Un hombre caminaba a su lado.

Santiago acercó la fotografía a la luz.

Y cuando reconoció aquel rostro, sintió que el corazón se le detenía.

Porque aquel hombre llevaba muerto más de veinte años.

Y era su propio padre.

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