PARTE 2: AL AMANECER, ALEJANDRO LO PERDIÓ TODO.

Alejandro regresó a las seis y veinte de la mañana.

Yo estaba despierta.

No porque lo hubiera esperado.

Hacía mucho tiempo que había dejado de hacerlo.

Estaba sentada en la cocina, tomando café mientras revisaba por última vez los documentos que mi abogado me había enviado.

Escuché la puerta principal abrirse.

Luego sus pasos.

—¿No dormiste?

Levanté la mirada.

Su camisa estaba arrugada y olía al perfume que Carlota utilizaba desde hacía años.

—Dormí perfectamente.

Aquella respuesta pareció molestarlo.

Alejandro dejó las llaves sobre la barra.

—Carlota estaba muy alterada. La electricidad volvió casi a las tres, pero tuve que quedarme porque…

—No tienes que explicarme nada.

Se quedó callado.

Por primera vez, comprendió que ya no me importaba dónde había pasado la noche.

Sacó su cartera.

—Voy por café antes de ir a la oficina.

—Claro.

Veinte minutos después recibí su llamada.

—Isabela, ¿qué hiciste?

Miré por la ventana.

—Buenos días para ti también.

—¡Mis tarjetas están bloqueadas!

Sonreí.

Había llegado el momento.

—No están bloqueadas.

—¡Acabo de intentar pagar y rechazaron tres!

—Tus tarjetas personales deberían funcionar.

Silencio.

—¿Personales?

—Sí. Las vinculadas a tus propias cuentas.

Su respiración cambió.

—¿Qué significa eso?

—Que las tarjetas adicionales asociadas a mis cuentas empresariales fueron canceladas anoche.

Alejandro soltó una risa nerviosa.

—¿Tus cuentas?

—Exactamente.

Durante años había permitido que utilizara mis tarjetas corporativas porque yo administraba la mayor parte de nuestros gastos.

Restaurantes.

Viajes.

Compras.

Incluso algunos gastos de Esteban.

Alejandro se había acostumbrado tanto a aquello que terminó creyendo que era suyo.

—Reactívalas.

—No.

—Isabela, no estoy jugando.

—Yo tampoco.

Colgué.

Cinco minutos después volvió a llamar.

No contesté.

Después llegaron once mensajes.

Los ignoré todos.

A las ocho, mi abogado tocó la puerta.

El licenciado Ramírez entró cargando una carpeta.

—¿Segura?

—Completamente.

Firmé.

Cada página.

Sin lágrimas.

Sin dudas.

Aquella mañana inicié formalmente mi divorcio.

Pero todavía faltaba algo.

—¿Y la memoria USB? —preguntó Ramírez.

La saqué del bolso.

La había guardado durante semanas.

Después de perder a mi bebé, Alejandro se negó a revisar las cámaras.

Así que lo hice yo.

La casa tenía un sistema de seguridad instalado durante una remodelación.

Alejandro había olvidado que las grabaciones también se almacenaban automáticamente en un servidor externo contratado por mi despacho.

Yo recuperé la copia.

Ramírez conectó la memoria a su computadora.

El video comenzó.

Yo aparecía caminando por el pasillo superior.

Esteban estaba detrás de mí.

Discutíamos.

No había audio suficiente para entender todas las palabras.

Pero las imágenes eran claras.

Esteban extendía ambas manos hacia mi espalda.

Yo perdía el equilibrio.

Después desaparecía por las escaleras.

Ramírez detuvo la grabación.

—Isabela…

—Continúa.

El video siguió.

Esteban permaneció arriba.

No bajó inmediatamente.

No pidió ayuda.

Solo observó.

Pasaron largos segundos antes de que sacara su teléfono.

Ramírez cerró la computadora.

—Alejandro sabía que existían cámaras.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué nunca quiso revisar esto?

Aquella era la pregunta que me había perseguido durante un mes.

Hasta que encontré la respuesta.

—Porque alguien las revisó antes que yo.

Ramírez frunció el ceño.

Saqué otro documento.

Era el registro de acceso al sistema.

La cuenta de administrador había ingresado a las grabaciones cuarenta minutos después de mi caída.

Usuario: Alejandro Montes.

Mi abogado levantó lentamente la vista.

—Entonces pudo haber visto el video antes de llegar al hospital.

—Exactamente.

Sentí que la voz se me quebraba, pero no lloré.

—Cuando entró en mi habitación y me dijo que Esteban jamás haría algo así… probablemente ya sabía que yo decía la verdad.

Aquello era lo que más dolía.

No su incredulidad.

Su elección.

Alejandro había elegido proteger a su hijo sabiendo lo ocurrido.

A las nueve y cuarto, la puerta se abrió violentamente.

Alejandro entró.

—¡Isabela!

Ramírez se levantó.

—Señor Montes.

Alejandro se detuvo.

Miró la carpeta.

Después me miró a mí.

—¿Qué hace él aquí?

Deslicé los documentos sobre la mesa.

—Vino a recoger mi firma.

Alejandro leyó el encabezado.

Su rostro cambió.

—¿Divorcio?

—Sí.

—¿Estás loca?

No respondí.

—¿Vas a destruir nuestro matrimonio por una discusión?

Ramírez intervino.

—Le recomiendo medir sus palabras.

Alejandro lo ignoró.

—Isabela, mírame.

Lo hice.

—¿Qué?

Pareció desconcertado.

Tal vez esperaba encontrar a la mujer que durante años había suplicado por un lugar en su familia.

Esa mujer ya no existía.

—No puedes irte así.

—Ya me fui hace un mes. Solo que todavía dormía aquí.

Entonces vio la memoria USB.

Y se quedó inmóvil.

Fue apenas un segundo.

Pero lo noté.

—¿Qué hay ahí? —preguntó.

Empujé la memoria hacia él.

—Tú dime.

Alejandro no la tocó.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

Me levanté.

—Recuperé la grabación de las escaleras.

Su rostro perdió el color.

Ramírez lo observó atentamente.

—También tenemos el registro que demuestra que su usuario accedió al sistema aquella tarde.

Alejandro me miró.

Por primera vez había verdadero miedo en sus ojos.

—Isabela, puedo explicarlo.

Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.

—Entonces sí lo viste.

No respondió.

—¡RESPÓNDEME!

Fue la primera vez que levanté la voz en semanas.

Alejandro cerró los ojos.

—Sí.

Una sola palabra.

Suficiente para destruir cualquier duda que me quedara.

—Lo vi.

Tuve que sujetarme de la mesa.

—Y después fuiste al hospital.

—Sí.

—Me miraste llorar por nuestra hija.

Su mandíbula tembló.

—Sí.

—Y me dijiste que estaba inventándolo.

—Quería proteger a Esteban.

Lo miré con incredulidad.

—¿De qué?

—¡Es mi hijo!

—Ella también era tu hija.

Alejandro quedó completamente en silencio.

—Nuestra bebé también era tu hija.

Ramírez bajó la mirada.

Alejandro intentó acercarse.

Retrocedí.

—No me toques.

—Isabela…

—Se acabó.

Entonces escuchamos pasos en las escaleras.

Esteban estaba allí.

Había escuchado todo.

Su rostro estaba blanco.

—Papá…

Alejandro se giró.

—Sube a tu habitación.

Pero Esteban no obedeció.

Me miró directamente.

Ya no había arrogancia en sus ojos.

Había miedo.

—Ella no sabe todo.

Alejandro palideció.

—Esteban, cállate.

El muchacho bajó otro escalón.

—¡Tú dijiste que nunca se enteraría!

—¡SUBE AHORA!

Ramírez se puso de pie.

Yo no podía apartar los ojos de Esteban.

—¿De qué no debía enterarme?

El adolescente miró a su padre.

Después me miró a mí.

—Yo no quería hacerlo.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¿Qué quieres decir?

Esteban empezó a llorar.

Alejandro avanzó hacia él.

—No digas nada.

Pero el muchacho retrocedió.

—Mamá me dijo que solo tenía que asustarte.

Sentí un escalofrío.

—¿Carlota?

Esteban asintió.

—Ella me dijo que, si el bebé nacía, papá nunca volvería con nosotros.

Alejandro negó desesperadamente.

—No sabes lo que estás diciendo.

Entonces Esteban pronunció las palabras que cambiaron todo.

—Sí lo sé, papá. Porque tú estabas con mamá cuando ella me llamó y me dijo que lo hiciera.

Nadie se movió.

Alejandro parecía incapaz de respirar.

Mi abogado tomó lentamente su teléfono.

Y antes de que pudiera decir una sola palabra, el celular de Alejandro comenzó a sonar.

En la pantalla apareció un nombre.

CARLOTA.

Alejandro intentó rechazar la llamada.

Pero Esteban gritó:

—¡CONTESTA, PAPÁ! ¡Y PREGÚNTALE POR QUÉ ME OBLIGÓ A BORRAR EL OTRO VIDEO!

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