María volvió a leer aquella línea.
“Rivas debe desaparecer del sector antes de que descubra de dónde vienen los casos.”
Debajo estaba la firma de Ricardo Montes.
Sintió que las piernas le fallaban.
Durante años había pensado que el doctor Esteban Rivas había sido destruido por enfrentarse a grandes empresas médicas. Nunca imaginó que una de ellas perteneciera a la familia para la que trabajaba.
Y mucho menos que Ricardo hubiera firmado personalmente aquella orden.
María cerró la carpeta al escuchar pasos.
La puerta del despacho se abrió.
Ricardo apareció.
Tenía el rostro agotado.
—¿Qué haces aquí?
María escondió la carpeta detrás de su cuerpo.
—Limpiando, señor.
Ricardo iba a marcharse cuando vio una hoja en el suelo.
Se detuvo.
Su expresión cambió.
—¿Qué encontraste?
María comprendió que mentir ya no serviría.
Sacó lentamente la carpeta.
—Esto.
Ricardo se quedó inmóvil.
Durante varios segundos ninguno habló.
—Dámela.
—¿Usted conocía al doctor Rivas?
Ricardo extendió la mano.
—He dicho que me la des.
María apretó la carpeta contra su pecho.
Por primera vez desde que trabajaba allí, desobedeció una orden directa.
—Él salvó a mi hermano.
Ricardo palideció.
—¿Qué?
—Hace nueve años. Cuando los demás médicos dijeron que no podían hacer nada.
Los ojos de Ricardo se clavaron en ella.
María abrió la carpeta y señaló la nota.
—¿Por qué escribió esto?
Ricardo observó su propia letra.
Parecía estar mirando un fantasma.
—No entiendes lo que ocurrió.
—Entonces explíquemelo.
—No tengo que explicarte nada.
Ricardo intentó quitarle los documentos.
María retrocedió.
—Su hija tiene tres meses de vida y usted todavía está protegiendo secretos.
Aquello lo detuvo.
Ricardo levantó la mirada.
Por primera vez no había rabia en sus ojos.
Había miedo.
—No vuelvas a mencionar a Sofía.
—Entonces llame al doctor Rivas.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Demasiado inmediata.
María sintió un escalofrío.
—¿Por qué?
Ricardo se dejó caer en una silla.
Se cubrió el rostro.
—Porque Rivas jamás vendría si sabe que se trata de mi hija.
María comprendió que la historia era mucho peor de lo que había imaginado.
—¿Qué le hicieron?
Ricardo permaneció en silencio.
Finalmente habló.
—Hace once años, nuestra división farmacéutica estaba desarrollando un tratamiento experimental. Mi padre había invertido una fortuna.
—¿Y Rivas?
—Dirigía parte de las pruebas clínicas.
Ricardo miró hacia la ventana.
—Encontró irregularidades.
María sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué irregularidades?
—Pacientes que estaban enfermando después de recibir determinados lotes.
—¿Y qué hizo él?
—Quiso detener el programa.
María bajó lentamente la mirada hacia los documentos.
—Pero ustedes no lo permitieron.
Ricardo no respondió.
No hacía falta.
—Mi padre dijo que si aquello salía a la luz perderíamos contratos, inversionistas, hospitales… todo.
—¿Y usted obedeció?
Ricardo apretó los puños.
—Tenía veintinueve años. Acababa de entrar en la compañía.
—Era suficientemente adulto para saber lo que firmaba.
Ricardo cerró los ojos.
—Sí.
Aquella palabra cayó sobre la habitación como una sentencia.
María sintió rabia.
—Destruyeron a un médico por intentar proteger pacientes.
—Yo creía que mi padre solo quería apartarlo del proyecto.
—Aquí dice “silenciar”.
Ricardo golpeó la mesa.
—¡Ya sé lo que dice!
El grito resonó por toda la casa.
Entonces se escuchó otro sonido.
Un llanto débil.
Sofía.
Ricardo salió corriendo.
María lo siguió.
La niña respiraba con dificultad mientras una enfermera intentaba tranquilizarla.

—Llame al médico —ordenó Ricardo.
—Ya viene.
Ricardo tomó la pequeña mano de su hija.
—Papá está aquí.
Sofía apenas abrió los ojos.
María observó al hombre arrodillado junto a la cuna.
El mismo hombre que había utilizado su poder para destruir a Esteban Rivas ahora suplicaba por una oportunidad que el dinero no podía comprar.
El médico privado llegó veinte minutos después.
Examinó a Sofía.
Cuando terminó, apartó a Ricardo.
—Está empeorando más rápido de lo esperado.
—Dijo tres meses.
—Fue una estimación.
Ricardo perdió el color.
—¿Cuánto?
El médico dudó.
—No puedo asegurarlo.
—¿Semanas?
Silencio.
—Tal vez.
Ricardo se apoyó contra la pared.
María tomó una decisión.
Sacó su teléfono.
Conservaba un número que no utilizaba desde hacía años.
Marcó.
Ricardo la vio.
—¿A quién llamas?
María no respondió.
Después de cuatro tonos, alguien contestó.
—¿Sí?
La voz era envejecida.
Pero María la reconoció.
—Doctor Rivas.
Hubo silencio.
—¿Quién habla?
—María Santos. La hermana de Daniel.
Otra pausa.
—María…
Ella cerró los ojos.
—Necesito su ayuda.
—¿Qué ocurrió?
María miró a Sofía.
—Hay una niña enferma.
Ricardo se acercó.
—Cuelga.
María retrocedió.
—Los médicos dicen que no pueden hacer más.
Rivas preguntó:
—¿Qué diagnóstico tiene?
María explicó lo poco que sabía.
Al otro lado de la línea se produjo un silencio extraño.
—Repítelo.
María lo hizo.
Rivas comenzó a hacer preguntas.
Síntomas.
Análisis.
Medicamentos.
Antecedentes.
María respondió como pudo.
Finalmente él preguntó:
—¿Dónde está esa niña?
María miró a Ricardo.
—En la residencia Montes.
La línea quedó completamente silenciosa.
—¿Doctor?
La voz de Rivas cambió.
—¿Montes?
—Sí.
—¿Ricardo Montes?
Ricardo cerró los ojos.
—Es su hija —respondió María.
Pasaron varios segundos.
Entonces Rivas soltó una risa amarga.
—No puedo ayudarla.
—¡Ella no tiene la culpa!
—Lo sé.
—Entonces venga.
—No entiendes.
—Entiendo que una niña puede morir.
Rivas respiró profundamente.
—María, escúchame. Si la enfermedad es la que sospecho, no apareció por casualidad.
María se quedó helada.
—¿Qué quiere decir?
Ricardo levantó la cabeza.
Rivas continuó:
—Necesito ver sus análisis originales. No los informes resumidos. Los resultados completos.
María miró al médico privado.
—Los tenemos.
—Envíamelos.
Ricardo dio un paso adelante.
—No.
María cubrió el teléfono.
—¿Prefiere verla morir?
La pregunta lo atravesó.
Cinco minutos después, los archivos estaban enviados.
Rivas tardó casi una hora en llamar nuevamente.
Nadie abandonó la habitación.
Cuando sonó el teléfono, María activó el altavoz.
—Doctor.
La respiración de Rivas se escuchó claramente.
—He revisado todo.
—¿Puede ayudarla?
—Tal vez.
Ricardo se acercó inmediatamente.
—Dígame qué necesita.
Rivas reconoció su voz.
—Así que estás escuchando.
Ricardo tragó saliva.
—Sí.
—Once años, Ricardo.
—Lo sé.
—Me quitaste mi trabajo. Mi reputación. Hiciste que hospitales enteros cerraran sus puertas para mí.
—Lo sé.
—Y ahora quieres que salve a tu hija.
Ricardo miró a Sofía.
Entonces cayó de rodillas.
—Sí.
María nunca había visto a aquel hombre suplicar.
—Por favor.
Rivas permaneció callado.
Finalmente dijo:
—Hay algo que debes saber antes de que acepte verla.
Ricardo levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué?
—Los resultados de Sofía muestran un patrón que ya he visto.
El médico privado frunció el ceño.
—¿Dónde?
Rivas respondió:
—En los pacientes de aquellas pruebas clínicas.
Ricardo quedó petrificado.
—Eso fue hace once años.
—Exactamente.
—Sofía ni siquiera había nacido.
—Por eso deberías preguntarte cómo llegó hasta ella.
El silencio se volvió insoportable.
Rivas continuó:
—Conservo copias de los archivos que vuestra familia intentó destruir.
—¿Qué archivos?
—Los verdaderos resultados del proyecto.
Ricardo se puso de pie.
—¿Qué tienen que ver con mi hija?
Rivas tardó unos segundos en contestar.
—Todo. Porque aquel proyecto nunca terminó, Ricardo.
María sintió que se le erizaba la piel.
—¿Cómo que nunca terminó?
—Alguien dentro de Montes continuó financiándolo en secreto.
Ricardo negó.
—Imposible.
—Entonces explícame algo.
Se escuchó movimiento al otro lado de la línea.
Papeles.
Después Rivas pronunció lentamente un número de expediente.
Ricardo dejó de respirar.
—Ese código…
María lo miró.
—¿Lo conoce?
Ricardo palideció.
—Es el código médico privado de mi familia.
Rivas habló una última vez.
—Y el nombre asociado al expediente más reciente es Sofía Montes.
En ese instante, desde la puerta llegó una voz anciana.
—Cuelga ese teléfono, Ricardo.
Todos se giraron.
El padre de Ricardo estaba allí.
Don Alejandro Montes.
Apoyado en su bastón.
Mirándolos con una frialdad aterradora.
Y antes de que Ricardo pudiera preguntarle nada, el anciano cerró la puerta detrás de sí y dijo:
—Hay cosas sobre el nacimiento de Sofía que nunca debiste descubrir.