PARTE 2: CIENTO CUARENTA Y SIETE MOTOS LO ESTABAN ESPERANDO.

Había planeado la fuga durante cuatro días.

No fue difícil descubrir cómo funcionaba la Residencia Amanecer. Los adultos hablaban delante de mí como si yo fuera parte del mobiliario.

Sabía cuándo cambiaban los turnos.

Sabía qué puerta lateral quedaba sin vigilancia durante unos minutos.

Y sabía que los viernes llevaban al abuelo al jardín después de comer.

Lo más complicado fue conseguir un vehículo que pudiera controlar con una sola mano.

Entonces vi el scooter eléctrico que utilizaban algunos residentes para recorrer los jardines.

No era una Harley.

Ni siquiera se parecía remotamente a una moto.

Pero tenía manillar.

Tenía ruedas.

Y podía llevar al abuelo hasta el puente.

El viernes llegué con mi mochila y actué como siempre.

—Hola, abuelo.

Él levantó la mano derecha.

Le mostré el casco que llevaba escondido.

Era su viejo casco negro.

Lo había encontrado en nuestro garaje.

Sus ojos se abrieron.

—Hoy vamos a salir.

Me miró fijamente.

—Si no quieres hacerlo, apriétame una vez.

Esperé.

Nada.

—Si quieres venir conmigo, dos veces.

Extendí la mano.

Apretó dos veces.

Veinte minutos después atravesábamos la puerta lateral.

Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que las enfermeras podían escucharlo.

Nadie gritó.

Nadie nos detuvo.

Seguimos avanzando.

Cuando llegamos a la acera, coloqué cuidadosamente el casco sobre la cabeza del abuelo.

Le quedaba un poco grande ahora.

Había perdido peso.

Aquello me dolió.

—Pareces un motero otra vez.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

El camino hasta el puente tenía poco más de tres kilómetros.

Yo caminaba junto al scooter controlando la velocidad mientras él mantenía la mano buena sobre el manillar.

Al principio miraba hacia abajo.

Después empezó a mirar alrededor.

Los árboles.

Los coches.

Las personas.

El cielo.

Era como si estuviera viendo el mundo después de seis meses encerrado.

Cuando pasamos junto a una gasolinera, una moto arrancó al otro lado de la calle.

El motor rugió.

El abuelo levantó inmediatamente la cabeza.

Sus labios se movieron.

No salió ningún sonido.

Pero sonrió.

Era una sonrisa pequeña.

Torcida por el ictus.

La primera que le veía desde hacía meses.

Tuve que secarme los ojos con la manga.

—Espera a ver lo que viene.

Él me miró intrigado.

Yo había encontrado a los Lobos del Asfalto por internet.

Les envié un mensaje desde la computadora de la escuela.

“Soy Lucas, el nieto de Jack. Necesito ayuda.”

Pensé que responderían uno o dos.

Respondieron ciento cuarenta y siete.

Cuando faltaban unos metros para llegar al puente, escuchamos el primer motor.

Después otro.

Y otro.

El abuelo se quedó completamente inmóvil.

Al doblar la curva aparecieron.

Ciento cuarenta y siete motos estaban estacionadas a ambos lados de la carretera.

Hombres y mujeres con chaquetas de cuero permanecían junto a ellas.

Nadie hablaba.

En cuanto nos vieron, todos se pusieron de pie.

El abuelo dejó de respirar durante un segundo.

Entonces levantó su mano derecha.

El rugido comenzó.

Un motor.

Después diez.

Después cincuenta.

Finalmente los ciento cuarenta y siete.

El sonido hizo vibrar el puente.

El abuelo comenzó a llorar.

No discretamente.

Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras intentaba levantar más el brazo.

Un hombre enorme, con barba gris, caminó hacia nosotros.

Lo reconocí por las fotografías.

Ray.

Había sido vicepresidente del club durante casi treinta años.

Se arrodilló frente al abuelo.

—Hola, presidente.

Mi abuelo cerró los ojos.

Ray le tomó la mano.

—Pensabas que nos habíamos olvidado de ti, ¿verdad?

Dos apretones.

Sí.

Ray bajó la cabeza.

Cuando volvió a levantarla, estaba llorando.

—Nunca.

Uno por uno comenzaron a acercarse.

Algunos tocaban el hombro del abuelo.

Otros simplemente le mostraban dos dedos en señal de saludo.

Nadie lo trataba como un enfermo.

Lo trataban como a Jack Turner, presidente de los Lobos del Asfalto.

Y por primera vez desde el ictus, mi abuelo volvió a parecer mi abuelo.

Entonces Ray hizo una señal.

Los motoristas se apartaron.

Detrás de ellos había una motocicleta cubierta con una lona negra.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

Yo tampoco sabía qué era.

Ray retiró la lona.

El abuelo abrió los ojos de par en par.

Era su moto.

La misma que mamá había vendido.

Restaurada.

Brillante.

Exactamente como aparecía en aquellas fotografías.

Mi abuelo comenzó a temblar.

Miró a Ray.

Después me miró a mí.

—Pensábamos que había desaparecido para siempre —dijo Ray—. Pero cuando tu hija la vendió, terminó en manos de un coleccionista que conocía nuestra historia.

Se inclinó hacia él.

—La recuperamos.

El abuelo apoyó la mano sobre el depósito.

Sus dedos recorrieron lentamente el metal.

Entonces sucedió algo que nunca olvidaré.

Intentó hablar.

Su rostro se tensó por el esfuerzo.

Durante seis meses no había conseguido pronunciar una palabra.

Ray se acercó.

—Tranquilo, hermano.

Pero el abuelo insistió.

Abrió la boca.

—L…

Todos nos quedamos inmóviles.

Volvió a intentarlo.

—Lu…

Sentí que las piernas me temblaban.

—¿Abuelo?

Sus ojos encontraron los míos.

—Lu… cas.

Había dicho mi nombre.

Me lancé hacia él y lo abracé.

Todos comenzaron a aplaudir.

Pero entonces escuché una voz detrás de nosotros.

—¡LUCAS!

Me congelé.

Mamá estaba al otro extremo del puente.

Dos vehículos de la residencia se habían detenido detrás de ella.

Venía corriendo hacia nosotros.

Nunca la había visto tan furiosa.

—¡APÁRTATE DE ÉL!

Me puse delante del abuelo.

—Mamá, escucha…

—¡¿TIENES IDEA DE LO QUE HAS HECHO?!

—Él quería venir.

—¡ÉL NO PUEDE DECIDIR ESO!

El abuelo golpeó el manillar con su mano buena.

Mamá lo miró.

—Papá, esto es peligroso.

Dos apretones.

Sí.

Ella frunció el ceño.

Ray dio un paso adelante.

—Está intentando decirte que entiende perfectamente lo que ocurre.

—Usted no se meta.

—Me meteré cuando alguien trate a mi hermano como si hubiera dejado de ser una persona.

Mamá palideció.

—Estoy intentando protegerlo.

Entonces el abuelo volvió a hacer aquel esfuerzo terrible.

—N…

Mamá se quedó inmóvil.

—¿Papá?

—No.

La palabra salió débil.

Pero todos la escuchamos.

—No.

Mi madre comenzó a llorar.

El abuelo señaló la moto.

Después señaló su pecho.

Finalmente señaló el camino.

Ray comprendió.

Yo también.

Quería volver a montar.

—No puede hacerlo —dijo mamá inmediatamente—. Es imposible.

Ray negó con la cabeza.

—No solo.

Dos miembros del club acercaron un sidecar adaptado que yo no había visto.

Tenía cinturón especial, soporte lateral y espacio suficiente para asegurar al abuelo.

Mamá miró aquello horrorizada.

—Ni hablar.

Entonces mi abuelo extendió la mano hacia ella.

Mamá tardó varios segundos en acercarse.

Él tomó sus dedos.

Una vez.

Después dos.

Ella cerró los ojos.

—¿De verdad quieres hacerlo?

Dos apretones.

Mamá rompió a llorar.

Finalmente asintió.

Acomodaron al abuelo en el sidecar.

Ray subió a la moto.

Yo me senté detrás de él.

Y mamá permaneció junto al puente mientras ciento cuarenta y siete motores volvían a rugir.

Aquella tarde recorrimos apenas unos kilómetros.

Pero para mi abuelo fueron cuarenta y tres años.

Cuando regresamos, estaba agotado.

También estaba sonriendo.

Mamá lo abrazó durante mucho tiempo.

—Perdóname, papá.

Él apretó su mano dos veces.

Entonces apareció una ambulancia de la residencia.

Una enfermera corrió hacia nosotros.

Pero no parecía enfadada.

Parecía asustada.

—Señora Turner, necesitamos hablar con usted inmediatamente.

Mamá se secó las lágrimas.

—¿Qué ocurre?

La enfermera miró al abuelo.

Después me miró a mí.

—Cuando descubrimos que Jack había desaparecido, revisamos las grabaciones para saber cómo había salido.

Hizo una pausa.

—Y encontramos algo más.

Mamá frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

La enfermera bajó la voz.

—Alguien ha estado entrando en la habitación de su padre durante las noches y cambiando su medicación.

Todo quedó en silencio.

—¿Qué está diciendo? —preguntó mamá.

La enfermera tragó saliva.

—Estoy diciendo que quizá su padre no estaba empeorando por el ictus.

Miró hacia la residencia.

—Y la persona que aparece entrando en su habitación anoche acaba de descubrir que tenemos las grabaciones.

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