Me quedé inmóvil frente al automóvil.
—¿Tu prometida?
Gabriel cerró la puerta que acababa de abrir y me miró con una tranquilidad que solo consiguió ponerme más nerviosa.
—Eso dije.
—Creo que tienes fiebre otra vez.
—Treinta y seis con cinco esta mañana.
Por supuesto que sabía su temperatura exacta.
Seguía siendo Gabriel Gu.
—Luna me invitó a tu fiesta de compromiso.
—Correcto.
—Y me dijo que finalmente tenías novia.
—También correcto.
Apreté el asa de mi maleta.
—Entonces ve a buscarla y deja de llamarme prometida.
Gabriel guardó silencio unos segundos.
Después sacó el teléfono.
Tocó la pantalla y me lo mostró.
Era la invitación que Luna me había enviado.
Leí nuevamente las palabras que meses atrás apenas había mirado porque estaba demasiado ocupada sintiendo alivio.
“Celebración del compromiso de Gabriel Gu.”
Nada más.
No aparecía el nombre de la prometida.
Levanté lentamente la cabeza.
—No.
—Sí.
—No.
—Emma.
—¡No puedes comprometerte conmigo sin preguntarme!
—Intenté preguntarte.
—¿Cuándo?
—La mañana después de aquella noche.
Sentí que el rostro me ardía.
—Estabas dormido.
—Fingía dormir porque quería saber cuánto tardarías en entrar en pánico.
Abrí la boca.
La cerré.
—Eso es enfermizo.
—Tardaste nueve minutos.
—¡Gabriel!
Por primera vez apareció algo parecido a diversión en sus ojos.
—Después huiste al aeropuerto.
—Porque necesitaba pensar.
—En Sri Lanka.
—Necesitaba pensar muy lejos.
Gabriel tomó mi maleta.
Intenté recuperarla.
—Puedo cargarla.
—Lo sé.
—Entonces dámela.
—No.
Y comenzó a caminar hacia el automóvil.
Lo seguí indignada.
—¡No puedes aparecer después de cuatro meses y decidir que vamos a casarnos!
Se detuvo.
—Yo no desaparecí cuatro meses.
Aquello me hizo callar.
—Te envié mensajes durante seis semanas. Llamé. Mandé correos. Incluso pedí a Nathan que intentara localizarte.
Recordé todas aquellas notificaciones que había ignorado.
—Después cambiaste de número —continuó.
—Necesitaba espacio.
—Cambiaste de país tres veces.
—Mucho espacio.
Gabriel respiró profundamente.
—Entonces Luna me dijo que solo regresarías si creías que yo había seguido adelante.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Luna sabía?
—Todo.
La traidora.
En ese instante mi teléfono sonó.
Luna.
Contesté.
—Voy a acabar contigo.
Su carcajada atravesó el altavoz.
—¡Ya lo sabes!
—¿Cómo pudiste?
—Porque llevas cuatro meses escapando de una conversación.
—¡Tu hermano anunció un compromiso conmigo sin mi permiso!
Hubo silencio.
—Bueno… técnicamente anunció una fiesta.
—Luna.
—Te espero en casa.
Colgó.
Miré a Gabriel.
—Tu familia está loca.
—Probablemente.
Durante el trayecto ninguno habló durante varios minutos.
Yo observaba la ciudad intentando ordenar mis pensamientos.
Entonces noté que no íbamos hacia la casa de Luna.
—¿Adónde vamos?
—A mi casa.
—Quiero ver a Luna.
—Está allí.
—¿Por qué?
—Porque la fiesta es esta noche.
Mi estómago dio un vuelco.
—Gabriel, no voy a fingir ser tu prometida delante de doscientas personas.
—Ciento ochenta y cuatro.
—¡Ese no es el problema!
El automóvil se detuvo frente a la villa.
Había vehículos por todas partes.
Personal de catering.
Floristas.
Guardias.
Luces decorativas.
Aquello no parecía una pequeña reunión familiar.
Parecía una boda sin ceremonia.
Luna apareció corriendo por las escaleras.
—¡Emma!
Me abrazó.
Yo permanecí rígida.
—Tienes diez segundos para explicarte.
—Gabriel lleva años enamorado de ti.
Parpadeé.
—¿Qué?
Gabriel, detrás de mí, cerró los ojos.
—Luna.
—Ya era hora de que alguien se lo dijera.
Ella me tomó de los hombros.
—¿Recuerdas cuando espantaba a todos los chicos que intentaban acercarse a ti?

—Pensaba que simplemente era insoportable.
—También.
Gabriel le lanzó una mirada.
Luna sonrió.
—Pero principalmente estaba celoso.
Lo miré.
El hombre frío e imposible que conocía desde adolescente apartó la vista por primera vez.
Y entonces muchas cosas comenzaron a encajar.
Las cenas familiares en las que siempre terminaba sentado frente a mí.
Los conductores que aparecían misteriosamente cuando salía tarde.
Las llamadas de Gabriel preguntando a Luna dónde estábamos.
Los regalos de cumpleaños demasiado específicos para venir de alguien que supuestamente apenas me prestaba atención.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
Gabriel respondió sin rodeos.
—Ocho años.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Ocho?
—Desde que tenías veinte.
Luna sonrió.
—El viejo árbol de hierro tardó bastante en admitirlo.
—¿Y tú sabías?
—Desde hace seis años.
—Te odio.
—No me odias.
Antes de que pudiera contestar, Nathan apareció desde la casa.
—Señor Gu, tenemos un problema.
Gabriel cambió inmediatamente de expresión.
—¿Qué pasó?
Nathan miró hacia mí antes de responder.
—La señora Gu llegó.
Luna palideció.
Aquello sí me preocupó.
La madre de Gabriel y Luna vivía en el extranjero y apenas regresaba.
—¿No estaba en Suiza? —preguntó Luna.
—Estaba.
—¿Quién le contó lo de la fiesta?
Nathan no respondió.
No hacía falta.
Un automóvil blanco entró por las puertas.
Cuando se detuvo, una mujer elegante descendió acompañada por dos asistentes.
La señora Gu me conocía desde hacía años.
Siempre había sido amable conmigo.
Pero aquella tarde no sonrió.
Caminó directamente hacia nosotros.
—Gabriel.
—Madre.
Su mirada pasó de su hijo hacia mí.
—Necesito hablar contigo a solas.
—Puedes hablar delante de Emma.
La mujer apretó los labios.
—Precisamente Emma es el motivo.
El ambiente cambió.
Luna dejó de sonreír.
Gabriel se colocó discretamente a mi lado.
—Entonces habla.
Su madre sacó un sobre de su bolso.
—Me enteré esta mañana de que estás utilizando esta fiesta para anunciarla como tu futura esposa.
—Sí.
—No ocurrirá.
Gabriel permaneció completamente tranquilo.
—Eso lo decidirá Emma.
La señora Gu me observó.
Por primera vez vi preocupación genuina en su rostro.
—Emma, hay algo que debes saber antes de considerar cualquier relación con mi hijo.
Gabriel dio un paso adelante.
—Madre.
—No.
Ella abrió el sobre.
—Si vas a involucrarla, merece conocer toda la verdad.
Sacó una fotografía antigua.
Me la entregó.
Al principio no entendí qué estaba mirando.
Aparecían nuestros padres muchos años atrás.
Pero detrás había una fecha y una anotación escrita a mano.
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
La señora Gu respiró profundamente.
—Significa que el encuentro entre tú y Gabriel nunca fue casual. Nuestras familias acordaron vuestro compromiso cuando ambos eran niños.
Sentí que el mundo se detenía.
Miré a Gabriel.
—Dime que no lo sabías.
Él no respondió.
Y aquel silencio fue suficiente.
Gabriel lo sabía.
Retrocedí.
—¿Desde cuándo?
Sus ojos encontraron los míos.
—Desde antes de aquella noche.
El corazón comenzó a golpearme con fuerza.
—Entonces explícame una cosa.
Levanté la fotografía entre nosotros.
—¿Te enamoraste de mí porque querías hacerlo… o porque llevabas años creyendo que yo ya te pertenecía?
Gabriel abrió la boca.
Pero antes de que pudiera responder, Nathan apareció nuevamente en la entrada.
Esta vez estaba pálido.
—Señor Gu, debe venir inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Nathan miró hacia los invitados que empezaban a llegar.
Después bajó la voz.
—La mujer que todos creen que es su verdadera prometida acaba de llegar. Y trae un contrato firmado por usted.