PARTE 2: LA MUJER INVISIBLE CAMBIÓ LAS REGLAS.

Bridget sostuvo el frasco ámbar frente a Dominic durante unos segundos más.

El silencio dentro de la habitación era tan profundo que podía escuchar el mecanismo del reloj sobre la chimenea.

Dominic intentó mover una mano.

Sus dedos apenas respondieron.

—¿Vincent? —logró murmurar.

—Lo escuché hablar con el doctor Pendleton.

Bridget bajó todavía más la voz.

—Dijeron que le quedan dos o tres semanas. Quieren que su muerte parezca natural.

Los ojos grises de Dominic se endurecieron.

Aquella mirada ya no pertenecía a un enfermo indefenso.

Era la mirada del hombre que había dirigido aquella casa antes de quedar atrapado en su propia cama.

—Prueba.

Bridget mostró el frasco.

—Lo saqué del recipiente de residuos después de que Pendleton inyectara su contenido en el suero.

Dominic observó la etiqueta rota.

Después cerró los ojos.

Durante unos segundos Bridget creyó que había perdido el conocimiento.

Pero cuando volvió a abrirlos, había tomado una decisión.

—No… confíes… en nadie.

—Eso ya lo había entendido.

Una sombra parecida a una sonrisa cruzó el rostro de Dominic.

Entonces escucharon pasos.

Bridget escondió inmediatamente el frasco en el bolsillo.

El picaporte se movió.

La puerta estaba cerrada con seguro.

—¿Quién está ahí? —preguntó una voz masculina.

Bridget reconoció a Vincent.

Su corazón comenzó a golpearle las costillas.

Miró el suero detenido.

Si Vincent entraba y lo veía, comprendería que alguien había intervenido.

Reanudó rápidamente el goteo.

—¡Bridget!

—Un momento, señor Romano.

—¿Por qué está cerrada la puerta?

Ella tomó una toalla y abrió.

Vincent estaba acompañado por dos hombres.

Su mirada pasó de Bridget a Dominic.

—¿Qué estabas haciendo?

—Limpiando el baño.

—No necesitas cerrar con seguro para limpiar.

Bridget bajó los ojos.

—El señor Costello comenzó a toser y pensé que necesitaba privacidad.

Vincent la estudió.

Bridget sintió que cada segundo duraba una eternidad.

Entonces él miró a Dominic.

—¿Te molestó?

Dominic permaneció inmóvil.

Vincent sonrió.

—Claro. Olvidé que apenas puedes hablar.

Entró en la habitación y se acercó a la cama.

—Descansa, primo. Todos estamos cuidando de ti.

Dominic lo miró con un odio tan frío que Bridget temió que Vincent pudiera verlo.

Pero Vincent solo acomodó la manta sobre su pecho.

—Pendleton llegará en una hora.

Bridget sintió que el estómago se le cerraba.

Otra dosis.

Necesitaba hacer algo.

Empujó su carrito hacia el pasillo.

Cuando estaba a punto de salir, Vincent habló.

—Bridget.

Ella se detuvo.

—Sí, señor.

—La señora Gable dice que ayer tardaste demasiado aquí.

—Había mucho que limpiar.

—Procura trabajar más rápido.

—Sí, señor.

Vincent sonrió.

—No queremos que el personal empiece a meterse donde no debe.

Bridget salió sin responder.

Solo cuando llegó al ascensor pudo respirar.

Pero ahora tenía un problema mucho mayor.

No podía simplemente retirar el suero.

Si Dominic mejoraba demasiado rápido, Vincent sabría que alguien había descubierto el plan.

Y si seguían administrándole aquellas sustancias, quizá no sobreviviría el tiempo suficiente para defenderse.

Necesitaban ayuda.

Pero ¿de quién?

Bridget pasó la siguiente hora limpiando el ala oeste mientras escuchaba conversaciones.

Los hombres de Dominic ya hablaban de Vincent como si fuera el próximo jefe.

Algunos parecían encantados.

Otros tenían miedo.

Nadie hablaba de salvar a Dominic.

Todos hablaban de quién ocuparía su lugar.

Entonces recordó algo.

Tres semanas antes, había visto a un hombre discutir con Vincent frente al estudio.

Era mayor, de cabello blanco y hombros anchos.

Vincent le había prohibido entrar a la suite de Dominic.

—El señor Costello necesita tranquilidad —había dicho.

El hombre había respondido:

—Conozco a Dominic desde antes de que tú aprendieras a afeitarte.

Bridget preguntó discretamente a otra empleada quién era.

—Frank Moretti —susurró la mujer—. Fue la mano derecha del padre de Dominic.

Aquella tarde, Bridget encontró a Frank fumando bajo el techo de una entrada lateral.

—Señor Moretti.

Él la miró.

—¿Sí?

—Necesito hablar con usted sobre el señor Costello.

Frank dejó de fumar.

—¿Qué ocurre?

Bridget dudó.

Recordó la advertencia de Dominic.

No confíes en nadie.

—¿Por qué ya no puede visitarlo?

Los ojos del hombre se estrecharon.

—¿Quién te mandó a preguntarme eso?

—Nadie.

—Entonces vuelve a trabajar.

Bridget se giró.

—Creo que el señor Costello está en peligro.

Frank la agarró suavemente del brazo.

—¿Qué dijiste?

Bridget lo miró.

—Dije que está en peligro.

No reveló más.

Todavía no.

Frank permaneció callado.

Finalmente sacó una tarjeta del bolsillo.

—Si alguna vez necesitas encontrarme fuera de esta propiedad, llama ahí.

Bridget tomó la tarjeta.

—¿Puedo confiar en usted?

La expresión del hombre cambió.

—En esta casa, muchacha, esa pregunta puede costarte la vida.

Aquella noche Bridget casi no durmió.

A la mañana siguiente llegó antes del amanecer.

Pendleton aún no había aparecido.

Entró en la suite de Dominic.

Él estaba despierto.

—Encontré a Frank Moretti —susurró.

Los ojos de Dominic reaccionaron inmediatamente.

—Frank…

—¿Confía en él?

Dominic tardó varios segundos.

Finalmente asintió.

Bridget sintió un pequeño alivio.

—Entonces podemos sacarlo de aquí.

Dominic negó con la cabeza.

—No.

—Si se queda, seguirán intentando matarlo.

—Vincent… necesita creer…

Dominic respiró con dificultad.

—…que está ganando.

Bridget comprendió.

No quería escapar.

Quería descubrir quién más participaba en la traición.

De pronto, Dominic levantó ligeramente un dedo y señaló el escritorio.

—Cajón… inferior.

Bridget lo abrió.

Dentro había documentos, una pistola que no tocó y una pequeña libreta negra.

Dominic señaló la libreta.

Bridget la abrió.

Había nombres.

Jueces.

Empresarios.

Policías.

Hombres de la organización.

Algunos estaban marcados con círculos rojos.

Otros con cruces.

En la última página aparecía Vincent Romano.

Pero debajo de su nombre había otro.

Bridget sintió que la sangre se le helaba.

ARTHUR PENDLETON.

Y junto a él, escrito con la letra temblorosa de Dominic:

“NO TRABAJA PARA VINCENT.”

Bridget levantó la mirada.

—Entonces, ¿para quién trabaja?

Antes de que Dominic pudiera responder, escucharon un ruido detrás de ellos.

La puerta acababa de abrirse.

El doctor Pendleton estaba allí.

No estaba solo.

A su lado se encontraba Frank Moretti.

Bridget sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Pendleton cerró lentamente la puerta.

Frank miró la libreta entre las manos de Bridget.

Y entonces dijo algo que convirtió el miedo de Dominic en auténtico terror.

—Te dije que la mujer de limpieza acabaría encontrándola.

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