Me quedé inmóvil bajo las luces de la entrada del hospital.
Las rosas rojas ocupaban casi todo su pecho.
Él sonreía.
Por primera vez en semanas, parecía haber recordado que tenía esposa.
—Cariño… Feliz aniversario de bodas.
Lo miré durante varios segundos.
Qué extraño.
La noche anterior habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.
Ahora solo sentía cansancio.
—Llegas tarde.
Su sonrisa se volvió incómoda.
—Lo sé. La semana pasada fue una locura con los vuelos y…
—No hablo del aniversario.
Me aparté para continuar caminando.
Él me siguió.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Estás pálida.
Entonces miró mi ropa y después la pulsera hospitalaria que todavía llevaba en la muñeca.
Su expresión cambió.
—¿Por qué estabas ingresada?
Instintivamente oculté la muñeca bajo la manga.
—Un procedimiento menor.
—¿Qué procedimiento?
—No importa.
Intentó tocarme, pero retrocedí.
Su mano quedó suspendida en el aire.
Por primera vez pareció darse cuenta de que algo entre nosotros había cambiado de verdad.
—Wen.
—Estoy cansada. Quiero irme a casa.
Su teléfono sonó.
No necesitaba mirar la pantalla para saber quién era.
Él sí lo hizo.
Y aquella mínima vacilación terminó de responder todas mis preguntas.
—Contesta —dije.
—Puede esperar.
Solté una pequeña sonrisa.
—Ahora sí puede esperar.
Frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
Pasé junto a él.
Esta vez no me siguió inmediatamente.
Cuando llegué al estacionamiento escuché sus pasos detrás de mí.
—Déjame llevarte.
—He pedido un coche.
—Soy tu marido.
Me detuve.
Aquellas palabras casi me hicieron reír.
“Soy tu marido.”
Había acompañado a otra mujer a sus controles prenatales.
Había preparado un hogar para ella.
Había olvidado nuestro aniversario.
Y, sin embargo, todavía pronunciaba aquellas palabras como si significaran algo.
—Por poco tiempo —murmuré.
—¿Qué dijiste?
—Que el coche llegará en poco tiempo.
No le expliqué nada más.
Todavía no.
Quería que el divorcio siguiera su curso sin que pudiera detenerlo.
El coche llegó.
Antes de subir, él me entregó las rosas.
—Esta noche cenaremos juntos.
Miré el ramo.
—Tengo guardia.
Era mentira.
Pero ya no me importaba.
Cerré la puerta.
A través de la ventana lo vi quedarse solo en la acera.
Y mientras el vehículo arrancaba, su teléfono volvió a sonar.
Esta vez contestó.
Dos días después regresé al apartamento.
Comencé a guardar mis cosas.
No necesitaba mucho.
Ropa.
Libros.
Mi computadora.
Algunas fotografías de mis padres.
Todo cabía en cuatro maletas.
Dejé intactos los regalos que él me había comprado durante nuestro matrimonio.
Joyas.
Bolsos.
Relojes.
No quería llevarme recuerdos de una vida que ya había terminado.
Sobre la mesa dejé una copia del acuerdo de divorcio.
Su firma seguía allí.
Firme.
Descuidada.
Definitiva.
Mi vuelo a París salía en tres días.
Allí me esperaba una plaza en un programa médico que había rechazado dos años antes porque él no quería mantener un matrimonio a distancia.
Esta vez había llamado para preguntar si la oferta seguía disponible.
Seguía disponible.
Mi vida también.
Aquella tarde recibí un mensaje suyo.
“¿Dónde estás?”.
No respondí.
Después llegó otro.
“Compré tu pastel favorito.”.
Miré la pantalla.
Antes habría corrido a casa.
Ahora bloqueé el teléfono y continué doblando ropa.
Entonces apareció una nueva publicación de ella.
Estaba frente a un apartamento luminoso junto al río.
La descripción decía:
“Nuestro pequeño rincón. Papá ha pensado en cada detalle.”
Sentí una punzada en el pecho.
Pero duró apenas unos segundos.
Ya no era mi problema.
Guardé la última blusa.
Cerré la maleta.
Y salí.

Esa noche él regresó antes de lo habitual.
Yo no estaba allí para verlo, pero después supe exactamente lo que ocurrió.
Encontró el apartamento silencioso.
Abrió nuestro dormitorio.
Mi armario estaba casi vacío.
Primero pensó que había llevado la ropa a la lavandería.
Después vio los espacios donde antes estaban mis libros.
Las fotografías habían desaparecido.
Mi maleta tampoco estaba.
Entonces encontró los documentos sobre la mesa.
Los abrió sin preocupación.
Hasta que leyó el encabezado.
SOLICITUD DE DIVORCIO.
Se quedó mirando aquellas palabras.
Después llegó a la última página.
Y vio su propia firma.
La misma firma que había puesto sin leer porque tenía demasiada prisa por acudir a la llamada de otra mujer.
Me llamó once veces.
No contesté.
A la duodécima llamada apagué el teléfono.
A la mañana siguiente estaba terminando unos informes en el hospital cuando la puerta de mi despacho se abrió bruscamente.
Él entró.
Llevaba el acuerdo arrugado entre los dedos.
—¿Qué significa esto?
Seguí escribiendo.
—Sabes leer.
—¡Wen!
Levanté finalmente la mirada.
—Esto es un hospital.
Bajó la voz.
—Me engañaste para que firmara.
—Te entregué un documento. Tú decidiste no leerlo.
—Me dijiste que era para comprar un apartamento.
—Te dije que había visto un apartamento que me gustaba.
Se quedó callado.
Recordaba perfectamente la conversación.
—No aceptaré el divorcio.
—Ya lo aceptaste.
Golpeó los papeles contra mi escritorio.
—¿Por ella?
No pude evitar sonreír.
—¿De verdad necesitas preguntarlo?
—Ya te expliqué que solo estoy ayudándola.
—No necesito más explicaciones.
Me levanté.
—Puedes ayudarla todo lo que quieras.
—¿Qué demonios significa eso?
Lo miré directamente.
—Que pronto serás libre.
Su expresión se endureció.
—Estás actuando de manera impulsiva.
—No.
Tomé mi bolso.
—Por primera vez en años estoy haciendo exactamente lo contrario.
Pasé junto a él.
Entonces me sujetó suavemente de la muñeca.
—Anoche hablé con tu enfermera.
Mi cuerpo se tensó.
Giré lentamente.
Había algo diferente en sus ojos.
—Me dijo que estuviste ingresada.
No respondí.
—También dijo que habías solicitado varios días libres por razones médicas.
—Mi historial no es asunto tuyo.
—Soy tu esposo.
—Otra vez esa frase.
Aparté mi brazo.
Pero él no se movió.
Entonces sus ojos bajaron hasta mi escritorio.
Había dejado una carpeta clínica entre varios informes.
Solo podía verse una esquina de la etiqueta.
Mi nombre.
La fecha.
Y una palabra.
OBSTETRICIA.
Su rostro perdió el color.
—Wen…
Cerré inmediatamente la carpeta.
Pero ya era demasiado tarde.
—¿Por qué hay un expediente de obstetricia con tu nombre?
El silencio se hizo insoportable.
Él dio un paso hacia mí.
—¿Estabas embarazada?
No contesté.
Su respiración cambió.
—Respóndeme.
Tomé la carpeta y la guardé dentro de un cajón.
—Ya no importa.
—¿Qué significa “ya no importa”?
Antes de que pudiera responder, alguien llamó a la puerta.
Era una enfermera.
—Doctora Wen, disculpe. La paciente de la habitación 308 pregunta por usted.
Él se volvió.
—¿Quién?
La enfermera dudó.
—La señorita que vino para sus controles prenatales.
Su exnovia.
El teléfono de él sonó en ese mismo instante.
El nombre de ella apareció en la pantalla.
Ninguno de los dos dijo nada.
Lo observé mirar el teléfono.
Después mirarme a mí.
Y por primera vez tuvo que elegir sabiendo que podía perder algo.
No esperé su decisión.
—Ve —dije.
—Wen…
—Te está esperando.
—Primero dime si estabas embarazada.
Abrí la puerta de mi despacho.
—Ya elegiste muchas veces sin darte cuenta.
Mi voz no tembló.
—Esta vez solo tendrás que vivir con lo que elegiste.
Salí y lo dejé allí.
Pero cuando llegué al ascensor escuché que gritaba mi nombre.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
Entonces vi que sostenía algo que había caído de mi carpeta.
Un documento.
Mi solicitud de traslado a París.
Y en la parte superior podía leerse claramente:
FECHA DE SALIDA: 23 DE AGOSTO.
Las puertas se cerraron.
Mi teléfono vibró inmediatamente.
Era un mensaje suyo.
Solo contenía cinco palabras.
“Wen, ¿qué le pasó al bebé?”.