Parte 2: OCHO AÑOS DE SILENCIO

Amelia lo miró sin comprender.

—¿Qué acabas de decir?

Nathaniel soltó su pierna y se apartó.

—Que lo sabía.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace años.

La vergüenza golpeó a Amelia con más fuerza que cualquier rechazo.

Retrocedió.

—Entonces sabías lo que sentía y nunca dijiste nada.

—Porque esperaba que fueras capaz de decírmelo tú.

—¿Y Victoria?

Nathaniel soltó una risa seca.

—Victoria fue una cita organizada por nuestros padres.

—Dijiste que volverías a verla.

—Porque tenemos negocios pendientes entre nuestras empresas.

Amelia negó con la cabeza.

Aquello parecía demasiado conveniente.

—No te creo.

Nathaniel se levantó.

—Bien. Pero antes hay algo más importante.

Señaló el vaso.

Su expresión perdió cualquier rastro de humor.

—Lo que hiciste esta noche estuvo mal.

Amelia bajó los ojos.

—Lo sé.

—No. Necesito que realmente lo entiendas. No importa cuánto quieras a alguien. No puedes quitarle la capacidad de decidir.

Las lágrimas regresaron.

—Me arrepentí.

—Y eso importa. Pero no borra que lo intentaste.

Amelia apretó el frasco vacío.

—Mañana me iré.

Nathaniel frunció el ceño.

—¿Irte dónde?

—A cualquier sitio donde no tengas que verme.

—Otra vez estás decidiendo por los dos.

—¿Qué quieres que haga?

—La verdad.

Amelia respiró profundamente.

Por primera vez en ocho años dejó de esconderse.

—Te amo.

Nathaniel permaneció inmóvil.

—Desde antes de que nuestras familias empezaran con esa estupidez de llamarnos hermanos. Intenté olvidarte. Intenté convencerme de que se me pasaría. Y esta noche tuve tanto miedo de perderte que hice algo imperdonable.

—¿Por qué nunca hablaste?

Amelia soltó una risa amarga.

—Porque tú nunca pareciste verme.

Nathaniel caminó hacia un cajón.

Lo abrió.

Sacó una caja pequeña.

Amelia palideció.

—¿Qué es eso?

—Mi prueba de que tú tampoco sabes mirar.

Dentro había objetos absurdamente cotidianos.

Una entrada de cine.

Una fotografía familiar.

Una cinta negra.

Una tarjeta de cumpleaños escrita por Amelia cuando tenía dieciocho años.

—¿Guardaste eso?

—Todo.

Amelia tomó la tarjeta.

Recordaba perfectamente lo que había escrito.

“Espero que algún día encuentres a alguien capaz de soportarte.”

Nathaniel señaló la última línea.

Debajo, casi escondido, Amelia había añadido:

“Y que te quiera incluso cuando seas insoportable.”

—La leí unas quinientas veces —dijo él.

—¿Por qué?

Nathaniel la miró.

—Porque quería que esa persona fueras tú.

Amelia sintió que las piernas le fallaban.

—No.

—Sí.

—Tuviste decenas de novias.

—Tuve relaciones que nunca llegaron a ninguna parte.

—Eso no demuestra nada.

—Entonces escucha el resto.

Nathaniel tomó la fotografía familiar.

Había sido tomada seis años atrás.

Amelia estaba en un extremo.

Nathaniel en el otro.

—¿Recuerdas esa Navidad?

—Sí.

—Tu madre empezó a bromear diciendo que algún día yo tendría que aprobar a tu novio.

Amelia asintió.

—Esa noche discutí con mi padre.

—¿Por mí?

—Le dije que dejara de presentarte como mi hermana.

Amelia abrió mucho los ojos.

Nathaniel continuó:

—Él creyó que era porque los rumores me molestaban. No entendió la verdadera razón.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Nathaniel tardó en responder.

—Porque tenías diecinueve años y todavía dependías completamente de nuestras familias. Yo era mayor, tenía más independencia y no quería que confundieras admiración con amor.

Aquella respuesta la desarmó.

—Así que esperé —continuó—. Y después cometí mi propio error. Esperé demasiado.

Amelia cerró la caja.

—Entonces ¿por qué Victoria?

—Porque hace tres meses decidí que tenía que dejarte libre.

—¿Libre?

—Pensé que si después de ocho años nunca habías dicho nada era porque realmente me considerabas familia. Victoria apareció y acepté conocerla.

Amelia soltó una carcajada incrédula entre lágrimas.

—Somos dos idiotas.

—Eso parece.

—No bromees.

—No estoy bromeando.

Nathaniel volvió a señalar el vaso.

—Y tampoco voy a convertir lo ocurrido esta noche en una historia romántica.

Amelia se estremeció.

—No esperaba que lo hicieras.

—Bien. Porque si alguna vez existe algo entre nosotros, empezará con libertad. Sin trampas. Sin culpa. Sin obligaciones.

Aquello dolió.

Pero también fue exactamente lo que Amelia necesitaba escuchar.

—Entiendo.

Tomó su bolso.

—¿Adónde vas?

—A casa de una amiga.

Nathaniel no intentó detenerla.

—Amelia.

Ella se volvió.

—Mañana hablaremos.

—Quizá.

—No. Mañana hablaremos. Lo que decidas después será decisión tuya.

Por primera vez aquella noche, Amelia asintió.

A la mañana siguiente ocurrió el segundo giro.

Victoria apareció en casa.

Amelia había regresado para hablar con sus padres y esperaba encontrar un desastre.

En cambio, encontró a Victoria desayunando tranquilamente con Nathaniel.

Amelia se quedó congelada en la entrada.

—Perfecto —murmuró—. Esto mejora por segundos.

Victoria levantó una ceja.

—Supongo que tú eres Amelia.

—Supongo que tú eres Victoria.

—Correcto.

Nathaniel se levantó.

—Puedo explicarlo.

—Por favor. Porque aparentemente todo el mundo sabe cosas menos yo.

Victoria dejó la taza.

—Nathaniel y yo nunca tuvimos intención de casarnos.

Amelia parpadeó.

—¿Qué?

—Nuestros padres querían explorar la posibilidad. Nosotros aprovechamos la reunión para discutir una colaboración empresarial.

—Pero él dijo…

—¿Que volveríamos a vernos? Claro. Tenemos otra reunión el jueves.

Victoria miró a Nathaniel.

—Aunque ahora entiendo por qué estabas mirando el teléfono cada cinco minutos durante nuestra cena.

Amelia giró lentamente hacia él.

Nathaniel carraspeó.

—Esperaba que me escribieras.

—Nunca te escribo cuando sales.

—Exactamente.

Victoria sonrió.

—Ustedes dos necesitan terapia o un traductor.

—Victoria —advirtió Nathaniel.

—Ya me voy.

Antes de marcharse, Victoria se detuvo junto a Amelia.

Su expresión se volvió seria.

—Nathaniel me contó lo ocurrido anoche.

La vergüenza regresó.

—Entonces debes pensar que soy horrible.

—Pienso que hiciste algo grave y que debes asumirlo. También pienso que arrepentirte antes de continuar dice algo importante sobre quién quieres ser a partir de ahora.

Victoria tomó su bolso.

—No desperdicies esa segunda oportunidad.

Y salió.

Pero la conversación más difícil todavía esperaba.

Los padres de ambos descubrieron la verdad aquella misma tarde.

La madre de Amelia fue la primera en reaccionar.

—¡Durante años te presentamos como su hermana!

—No somos hermanos —respondió Nathaniel.

—La gente hablará.

—La gente siempre habla.

El padre de Nathaniel golpeó la mesa.

—¿Desde cuándo ocurre esto?

—No ocurre nada —dijo Amelia.

Todos la miraron.

Ella respiró profundamente.

—Nathaniel y yo no somos pareja.

Él no protestó.

Aquello sorprendió a todos.

—Necesito tiempo —continuó Amelia—. Lo que hice anoche cruzó un límite. No voy a fingir que porque descubrí que él siente algo por mí todo desapareció.

Nathaniel asintió.

—Estoy de acuerdo.

Su padre lo miró incrédulo.

—Entonces ¿qué están anunciando exactamente?

Amelia respondió:

—Que dejaremos de fingir que somos hermanos. Lo demás lo decidiremos nosotros.

Ese fue el verdadero comienzo.

No hubo boda inmediata.

Ni promesas dramáticas.

Amelia comenzó terapia para comprender cómo ocho años de obsesión, miedo y silencio habían terminado convirtiéndose en una decisión que jamás quería repetir.

Nathaniel también cambió.

Dejó de provocarla con otras mujeres.

Dejó de esconder sus sentimientos detrás de bromas.

Y, sobre todo, dejó de decidir cuándo Amelia estaría preparada.

Pasaron cuatro meses.

Después seis.

Durante ese tiempo fueron amigos de una manera completamente nueva.

Sin secretos.

Sin juegos.

Hasta que una tarde Nathaniel la invitó al mismo jardín donde años atrás ella lo había visto besar a otra mujer.

—Qué lugar tan horrible para traerme —dijo Amelia.

—Lo elegí precisamente por eso.

Nathaniel le entregó un sobre.

Dentro había dos boletos de avión.

—¿Qué es esto?

—París.

—Nathaniel…

—No es una fuga ni una propuesta. Tengo un viaje de trabajo y quiero preguntarte si deseas acompañarme.

Amelia lo observó.

—¿Preguntarme?

—Estoy aprendiendo.

Ella sonrió.

—Entonces déjame pensarlo.

—¿Cuánto?

—Una semana.

—Cruel.

—Cuatro días.

—Acepto.

Amelia viajó con él.

Y fue allí donde finalmente comenzaron una relación.

No porque estuvieran atrapados.

Precisamente porque ninguno lo estaba.

Dos años después, Nathaniel volvió a aquel jardín.

Esta vez llevaba una pequeña caja.

Amelia lo vio y cruzó los brazos.

—Como esto sea otra colección de tarjetas viejas, me voy.

—No.

Nathaniel abrió la caja.

Dentro había un anillo.

—Amelia Hart, llevo diez años esperando que dejes de huir de lo que sientes.

Ella lo miró.

—Eso suena peligrosamente parecido a una orden.

Nathaniel cerró inmediatamente la caja.

—Entonces empecemos otra vez.

Respiró.

—¿Quieres casarte conmigo?

Amelia permaneció en silencio unos segundos.

Nathaniel comenzó a ponerse nervioso.

—Puedes decir que no.

—Lo sé.

—También puedes pedirme tiempo.

—Lo sé.

—No tienes que…

—Nathaniel.

—¿Sí?

Amelia sonrió.

—Sí.

Él soltó el aire.

Pero ella levantó un dedo.

—Con una condición.

Nathaniel palideció teatralmente.

—Después de nuestra historia, esa frase me preocupa.

Amelia rio.

—Nada de secretos.

—Aceptado.

—Nada de decidir por el otro.

—Aceptado.

—Y jamás vuelvas a llamarme hermanita.

Nathaniel sonrió.

—Ese será el sacrificio más difícil.

Amelia le dio un golpe ligero en el brazo.

Meses después celebraron una ceremonia pequeña.

Victoria asistió.

También sus familias, que finalmente habían entendido que ninguna etiqueta inventada podía cambiar el hecho de que Amelia y Nathaniel no compartían sangre ni habían crecido juntos como hermanos.

Durante la recepción, Nathaniel encontró a Amelia sola junto a una ventana.

—¿En qué piensas?

—En aquella noche.

Él entendió inmediatamente.

—Yo también la recuerdo.

Amelia bajó la mirada.

—Todavía me avergüenza.

Nathaniel tomó su mano.

—Entonces recuerda también lo que hiciste después.

—Me detuve.

—Sí.

Amelia levantó los ojos.

Aquello no convertía su error en algo correcto.

Nunca lo haría.

Pero había aprendido que arrepentirse de verdad no significaba fingir que nunca había ocurrido.

Significaba cambiar.

Nathaniel apretó suavemente su mano.

—¿Lista?

—¿Para qué?

Señaló el salón.

—Para nuestra vida.

Amelia sonrió.

Durante ocho años había creído que amar significaba conseguir a Nathaniel a cualquier precio.

Había necesitado estar a punto de perderse a sí misma para comprender lo contrario.

El amor que necesitaba una trampa nunca habría sido amor.

El hombre que finalmente se convirtió en su esposo no lo hizo porque Amelia lo obligara.

Lo hizo después de conocer toda la verdad.

Después de verla asumir su error.

Después de darle tiempo para cambiar.

Y, sobre todo, después de preguntarle.

Amelia entrelazó los dedos con los suyos.

—Ahora sí.

Y esta vez, cuando caminaron juntos hacia el futuro, ninguno llevaba al otro prisionero.

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